Si ser cristiano consiste en seguir los pasos, la práctica de Jesús, entonces la identidad cristiana impli ca responsabilidades en la historia, frente al mundo de hoy. Ser cristiano es vivir con el espíritu de Jesús y luchar por el Reino de Dios en la historia que él
anunció. La identidad cristiana ya no se define bien por un ingenuo “hacer actos de caridad”. A una persona solidaria ya no es posible describirla simplemente como una “persona caritativa". Muchos “mártires de la caridad” hoy no habrían hecho los méritos necesarios para ser llamados “mártires de la solidaridad”, y esto es así porque a diferencia de lo que pasó con la palabra “caridad”, la solidaridad todavía no se divorció de la justicia. “Muchos de los que siguen oprimiendo a “estos mis hermanos más humildes” (Mt25,31s) siguen patro cinando instituciones de caridad, mientras persiguen e imponen un destino de muerte -semejante al de Jesús- a instituciones y personas comprometidas a fondo en la solidaridad"(6).
Como ya hemos explicado, la solidaridad es la caridad de siempre pero haciéndose cargo de las implicancias históricas, con todas sus exigencias y riesgos. La solidaridad impide que la caridad se esfume en idealismos abstractos e ingenuos, en puros senti mientos históricamente ineficaces. La solidaridad nos habla de una caridad histórica, que se ha bajado del reino de los dioses del Olimpo para meterse de lleno en los avatares históricos, donde se revela el Dios de Jesús.
Toda la tradición bíblica es histórica. El Dios bíblico es un Dios mezclado con la historia. El pueblo de Israel elaboró un pensamiento eminentemente histórico, excepcional en su entorno cultural. Aristóteles, por ejemplo, con toda su sabia elaboración teórica, nunca llegó a plantearse un pensamiento histórico. No salió de un planteamiento cíclico del tiempo y por eso no descubrió la dimensión histórica de la creación y de la
sociedad. En cambio la revelación bíblica y el Dios de Jesús son eminentemente históricos. Desgraciadamen
te la posterior influencia del helenismo, y el fenómeno de trasvase de la experiencia cristiana a la cultura griega, volvió a “deshistorizar” al cristianismo. Lo idea lizó nuevamente y lo “espiritualizó” falsamente. Y esto podemos catalogarlo como una de las mayores trage dias que le sobrevino al cristianismo, de consecuencias todavía incalculables y que aún hoy, luego de veinte siglos de historia, nos afectan profundamente: la caída de la esencia del mensaje evangélico en manos de la filosofía griega. Ello le quitó todo el “mordiente” y la eficacia histórica a la fe cristiana. Como bien afirma José M. Vigil, “el cristianismo, trasladado por la filosofí a griega a otro plano, abandonó la historia real. Las almas, lo religioso, lo puramente espiritual, lo sobrena tural, la vida eterna, el cielo, la vida de la gracia, las prácticas religiosas cúlticas y sacramentales... constitu yeron su mundo, un mundo alejado de la historia real diaria y conflictiva”(7).
La solidaridad nos permite mirar la historia siempre como algo que no es profano. La miramos con los ojos de la fe. El cristiano reconoce la autonomía de las leyes de la creación, no la sacraliza y respeta su plena secularidad. Pero sabe que es en ella donde se da la salvación. Sabe que no existen “dos historias” separa das, la profana y la sagrada. Existe una sola historia en la que se juegan los intereses de Dios y de la humani dad. En ella se juega el ser de la identidad cristiana. Esa historia es para el cristianismo la mediación de Dios, la condición para descubrir y encontrarse con Dios. Por
eso no habla tanto de una “historia de la salvación”, sino de “salvación de la historia”. Para el cristianismo no pueden existir lecturas espiritualistas, cúlticas, mo ralistas, ahistóricas... de los tiempos. Es leyendo esos “signos concretos de los tiempos” como se capacita para luchar por establecer el Reino de Dios en la Historia.
La solidaridad, a diferencia de como se entendía la caridad, es política. Reconoce algo que antiguamente se ocultaba en el cristianismo con consecuencias nefas tas. Los cristianos solidarios comienzan a reconocer que no pueden ser “apolíticos”. Han superado aquella suerte de mala conciencia que les llevaba a negar la dimensión política de sus actos. Ya no dicen: “Yo no hago política, sino actos de caridad”... Porque son conscientes de la dimensión política de todos los actos humanos. Entienden la política en el sentido positivo y amplio, pero concreto y exigente, como lo indica su etimología (polis: ciudad; política: manera de organizar las relaciones humanas en la “ciudad”-sociedad). El campo de lo político es el de la realización del bien común, el espacio o ámbito donde los seres humanos construyen (o destruyen) la sociedad. Por eso es una dimensión y una responsabilidad universal, de todos los seres humanos.
Han descubierto que la política no es algo “sucio” o pecaminoso, sino que, como dicen lúcidamente los obispos en la reunión de Puebla: “es una forma de dar culto al único Dios” (n. 521; ver también Lumen
Gentium, n. 34). Esta afirmación es fundamental: ¡los
obispos equiparan el hacer política nada menos que a
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la acción de dar culto a Dios! Ya no podremos hablar más de la caridad como apolítica, ni de separar el campo de lo político (profano) y lo religioso (sagrado). La solidaridad es política, como la caridad también (así lo entendía ya Pío XI: “caridad política”). Desde siem pre se debió entender como una “macrocaridad", una caridad liberadora e histórica. Quedan definitivamente descartadas, por erróneas y obsoletas en la nueva conciencia del cristianismo, expresiones como las de: “los cristianos no deben meterse en política”, “la Igle sia no debe meterse en política”... Porque, como bien dijo Leonardo Boff, “todo es político, aunque lo políti co no lo es todo”. Nada existe que no tenga significa ción o implicancias políticas. Aun el pretender ser apo lítico es una posición política, la misma abstención o la omisión en cualquier circunstancia son opciones polí ticas.Así los cristianos descubrimos, y expresamos mejor con el término solidaridad, que “manchamos las manos” en la acción política, histórica, no es un paso equivocado, pecaminoso, sino todo lo contrario. Es precisamente la manera de permanecer intachables ante el juicio del Dios solidario y de la fraternidad anunciada por Jesús como forma de acceder a Dios. Los cristianos deben estar en la historia en la primera línea de lucha, allí donde se construye la humanidad nueva que anuncia el Evangelio: la buena noticia para los pobres y oprimidos. Lucharán por los derechos huma nos, especialmente los de las mayorías oprimidas, por la dignidad de todos y cada uno. Lucharán por la vida, para que ella se imponga definitivamente sobre la
muerte. Lucharán por el amor, la justicia, la fraternidad, la libertad, la paz... única manera de garantizar la presencia divina y de acceder a ella.
Pero para esta tarea es necesaria una nueva con ciencia. Es necesario saber que la liberación, la lucha por la nueva humanidad no es posible con buenas intenciones o deseos “caritativos” y abstractos. Es necesario encarar fórmulas y opciones concretas, con todas sus implicancias socioeconómicas, políticas e ideológicas... Y esas fórmulas no se encuentran en el Evangelio. Hay que elaborarlas desde la secularidad, usando las mediaciones históricas y colaborando con todas las personas de buena voluntad que están, por las motivaciones que puedan tener, en la misma tarea.
En los cristianos esas mediaciones están íntima mente ligadas a la fe en el Reino anunciado por Jesús. Pero no son el Reino en su plenitud, nunca podrán identificarse plenamente con el Reino. La acción libe radora acercará a ese Reino pero habrá que mantener siempre una distancia crítica, habrá que enjuiciar siem pre las mediaciones elegidas a la luz y con los criterios y prioridades del Evangelio.
La acción solidaria aparece así como liberadora. Liberación y Solidaridad se hacen casi sinónimas. El cristianismo en Latinoamérica ha comprendido que ese mundo que es imposible separar de la visión de fe, es un campo de batalla. Ya no se ve como una armonía en la que los individuos podían “pecar”, cometer actos de consecuencias restringidas a su foro interno, sin dimensiones sociales y políticas. El mundo no se des cribe como un lugar armónico, en el que existen peca
dores y justos. La visión es mucho más compleja: es una realidad de contradicciones y enormes conflictos en que la injusticia golpea el rostro de los pequeños y los mantiene secularmente en la opresión. Y en medio de este campo de batalla nadie puede pretender tener las manos limpias, nadie puede “pasearse con una flor en la mano”, como decía Giono, en medio de tanta muerte y oprobio. Lo que cabe es el compromiso histórico para defender los derechos humanos y de los pueblos. Cabe la solidaridad que lleva a liberar a los oprimidos y en ese mismo acto ser una buenísima noticia para los empobrecidos y los marginados de los beneficios de la sociedad.
Solidaridad:
UNA NUEVA EXPERIENCIA DE DlOS
No es fortuito que en las comunidades cristianas se vaya dando una mutación del lenguaje y que expresen progresivamente con la palabra solidaridad algo muy profundo que comienzan a experimentar. No es una nueva teoría, no es una cuestión de “modas" o de esnobismo. Se debe, nada menos, que a una nueva manera de expresar la experiencia de Dios que tienen esos cristianos y cristianas.
No es que cambie la experiencia profunda del amor, de la caridad-caridad. Ella no cambia en la medida que es realidad primaria y nuclear de la expe riencia de Dios. Dios es eso precisamente: amor (aga-
pé), y Dios no cambia. Pero sí está cambiando nuestra
manera de experimentar a Dios. Ese Dios inabarcable, que percibimos nuevo y misterioso, desbordante de cualquier elucubración teórica o imaginativa.
La historia, la tradición han ido progresando en ese descubrir a Dios y transmitirlo a las nuevas generacio nes. Con el paso del tiempo es indudable que se ha enriquecido la captación y la experiencia de Dios en la Iglesia. Nuevas perspectivas y exigencias de vida se hacen presentes. Podemos decir que “solidaridad" es la palabra que hoy nos expresa mejor esa experiencia de Dios, aunque -forzoso es reconocerlo- siempre de manera inadecuada e incompleta. La solidaridad es nuestro lenguaje para expresar las exigencias actuales de la caridad que emana del Dios-caridad, siempre mayor y siempre redescubierto en la práctica del amor solidario.
Desde la experiencia de la solidaridad nos damos cuenta de que está apareciendo un nuevo rostro de Dios. Un rostro renovado, despojado de esa capa de polvo que la historia del cristianismo había ido secular mente velando. Nuestro siglo, con el Concilio Vaticano II, es testigo del surgimiento de una nueva experiencia de Dios. La teología actual, los aportes de las nuevas ciencias bíblicas, la práctica de los cristianos, la densi dad del martirio latinoamericano, nos acercan, como nunca, un nuevo rostro del Dios anunciado por Jesús. Podemos decir que el conocimiento y la experiencia que tenemos ahora de Dios son nuevos, no habían sido captados en los veinte siglos anteriores. Y aunque esto
no nos hace ni mejores ni peores que nuestros mayo res, sí reafirma el Espíritu, “que hace nuevas todas las cosas”, incluso la experiencia de Dios.
Dios vuelve a entrar en la historia, se abre paso en ella por la práctica política y solidaria de los cristianos, camina junto a ellos y llama desde el gemido histórico de los oprimidos. Se hace presente en cada acto libera dor. Lo experimentamos como un Dios “humanizado, humanísimo, encarnado, solidarizado, en Jesús... la expresión máxima de la solidaridad humana de Dios. Jesucristo es la solidaridad histórica de Dios hacia los hombres... Dios encarnado, que da la buena noticia a los pobres, hombre conflictivo, acusado, condenado a muerte, colgado de una cruz, prohibido por los pode res imperiales, religiosos y económicos de su tiempo, nosotros hemos llegado a conocer mejor que nunca el rostro de Dios, su solidaridad máxima y el llamado que nos hace a la solidaridad global, histórica, total, como la de Jesús...”(8).
Los cristianos, que se caracterizan por seguir a Jesús en su práctica de vida, expresan esta nueva experiencia de Dios también por medio de una práctica nueva y diferente a la anterior. Siguen a Jesús y comprenden su identidad cristiana de una manera completamente renovada. Se profesan discípulos de ese Jesús de Naza- ret que luchó por el Reino que anunció. Profeta perse guido, temido como subversivo por los poderes de turno, condenado y ajusticiado, pero vivo en todas las vidas y prácticas de sus seguidores: identificados con él
y solidarios con los caídos al borde del camino, atentos a su grito desesperado y fieles a la interpelación histó rica que les llega del Dios que se manifestó en Jesús.
Redescubren de ese Jesús un mensaje que no es tanto una doctrina ni una ética privada, ni una “reli gión”, sino una invitación a una práctica solidaria y liberadora. A jugar la vida desde las exigencias de esa solidaridad que nace de la sensibilidad ante el grito del oprimido caído al borde del camino. Los cristianos redescubren la Causa de Jesús como una tarea vital, una praxis histórica en la que se juegan la vida y la entregan generosamente. Saben que Jesús no dio su vida por una religión, ni por una doctrina, ni por una nueva moral o por las almas piadosas... sino por los pobres históricos, los oprimidos por un sistema injusto (religioso, político y económico). Y en esta experiencia nueva de Dios la solidaridad expresa cabalmente la mejor respuesta a la interpelación de Dios desde la historia de los empobrecidos.
Esta nueva experiencia impulsa a los cristianos a ponerse también solidariamente del lado de todos aquellos que luchan generosamente por transformar este mundo de injusticia en otro más humano, y por eso más cercano al Reino anunciado por Jesús. No están para “prácticas piadosas de caridad”, sino para solida rizarse con quienes se solidarizó Jesús y asumiendo las consecuencias políticas y sociales como las asumió Jesús. La solidaridad para ellos es ahora un concepto mucho más amplio y englobante que la caridad. Se
puede equiparar a la identidad cristiana, es decir, a “vivir y luchar por la Causa de Jesús”.
Solidaridad esponerse dellado delasvíctimas
Sin duda, cuando desplazamos el centro de grave dad del cristianismo desde la caridad a la solidaridad, estamos enfrentando una implacable dinámica históri ca que entendió mal el “amor al prójimo”. Estamos también, en consecuencia, violando una fuerte tradi ción teológica, que no por ser milenaria deja de ser falsa.
Nos referimos a una teología que se acomodó al poder de turno y no fue capaz de guardar distancia crítica ante los elementos ideológicos de esos poderes. No captó que las ideas dominantes de la época eran las ideas del poder dominante. Una teología que mostró una permanente tendencia a acomodarse a una inter pretación de la historia y de las realidades que reflejaba simplemente ocultos intereses, no precisamente de las víctimas. Y montó un enorme aparato “científico” sobre una escolástica sin huesos. Con una lectura superficial de las sagradas escrituras y atada a una metafísica pagana de la historia concluyó interpretan do el amor al prójimo desde el centro del poder y no desde la periferia, desde el caído al borde del camino, desde la víctima del despojo.
Se estableció una teología invertida, que no tenía como centro a la víctima sino a las leyes de una sociedad que producía el sacrificio de las víctimas.
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Perdió la referenda del Evangelio, en el que la víctima es siempre el centro del amor. Se casó con una sociedad y su visión de la historia, que al avanzar hada el paraíso prometido tiene que producir forzosamente víctimas.
Es momento de enfrentar esa teología, esa manera de interpretar la realidad y el Evangelio. Es necesario suplantar esa visión desde el centro por la óptica de la víctima. Una teología será válida si sus conclusiones no producen víctimas. La víctima debe ser el criterio de verdad de cualquier teología. No se puede concebir una teología asentada en una metafísica de la historia que vive de sacrificios humanos... Y como ya vimos daramente, la víctima es el pobre, es el despojado al que se aproxima el buen samaritano. El Dios que exige el sacrificio del pobre, sacrificios de víctimas humanas, es un ídolo abominable.
En nuestro mundo de hoy es imperioso que nos pongamos de una vez por todas del lado de las vícti mas. Y ello sin duda es una cuestión de fe. Pero de una fe que, por auténticamente evangélica, puede ser compartida por todos aquellos que tienen la “sensibi lidad” necesaria que ya analizamos extensamente. Esta fe inexorablemente chocará y se opondrá a una tradi ción victimaria y sacrifidal que se apoderó y secuestró el cristianismo, especialmente a partir de la teología elaborada por Anselmo de Canterbury. Esta manera de hacer teología tiene una concepdón en la que “el hombre es sacrificado y con Cristo acepta ser sacrifica do. Su perfección está en aceptar que haya víctimas. Como tal, el cristianismo se ha integrado al ejercicio del poder. Aparece la visión del poder como fuerza sacri-
ficadora, frente a la cual el cristiano -como Jesús en la cruz- se deja sacrificar y -como Jesús el último juez- sacrifica él mismo a los hombres”(9).
El desasosiego y dolor que causa esta posición teológica quizás no es bien captado por quienes están alejados de la reflexión cristiana. Porque lo que está en juego aquí es una tradición de muchos siglos y que marcó a fuego a los cristianos llevándolos a muchas luchas absurdas, a muchos sacrificios inútiles y a ser 'victimarios útiles" de oscuros intereses. Esta tradición teológica es dolorosa y vergonzante para los cristianos porque 'si Dios es eso, el cristiano no se puede poner al lado de la víctima, para reclamar el hecho de que