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MI PRÓJIMO-LAS MASAS EMPOBRECIDAS

In document LUIS PEREZ AGUIRRE LA OPCION ENTRAÑABLE (página 69-112)

Hoy, veinte siglos después de que la parábola del buen samaritano fue narrada, no seríamos consecuen­ tes si no destacamos que la visión personalista de la fe se desnaturaliza si nos reducimos al “micro-proceso del encuentro interpersonal”. Jesús no tuvo otra posibili­ dad que la de expresarse en categorías que no llegaban a la verdadera socialidad del proceso histórico. Pero hoy día, el avance de la conciencia a caballo de las nuevas ciencias sociales, económicas y antropológicas exige superar la mera relación “yo-tú” en que fue narrada la parábola. Debemos evitar una caridad “individualista” porque el prójimo ya no es para noso­ tros sólo la persona tomada individualmente. Es ella considerada en la urdimbre de sus relaciones sociales, ubicada en sus coordenadas económicas, sociales, culturales, sexuales y raciales.

El relato evangélico expresa la fe en una historici­ dad inicial, pero no tiene en cuenta el encuentro

interhumano en el contexto de la amplia lucha libera­ dora. La fe, si no la trasladamos a nuestras categorías actuales, tiene el peligro de permanecer como algo “privatizado” al privilegiarse los momentos del en­ cuentro entre dos personas. Se hace fácilmente reduci­ ble al diálogo entre individuos o de una pareja y generalmente en las horas de ocio y meditación. No negamos la importancia de la fe en este nivel de relación, pero decimos que nos faltan todavía a los cristianos modelos de experiencia de fe que tengan como punto de referencia “los muchos hermanos”, que importa ayudar a liberar. Es por ello que las categorías en que se expresa generalmente la “espiritualidad cristiana”, están lejos de responder a la experiencia humana contemporánea, representada por el acto eminentemente social de amor contenido en la práctica liberadora.

Nuestra teología de amor al prójimo debe ser revi­ sada en contraste con el macro-proceso que se da a nivel social. No puede ignorar los procesos de sociali­ zación característicos de las sociedades modernas. Aun la parábola del buen samaritano puede fácilmente convertirse en pura ideología, en su sentido más peyo­ rativo, si el “samaritano” de hoy no se pregunta jamás por el “porqué” de la existencia de los ladrones y asesinos.

“El prójimo no es meramente el individuo en su dignidad personal. Sólo estaré amando al individuo si lo tomo en serio en su amplio contexto histórico. Por esto surge hoy en la teología el tema “masas humanas - mi prójimo” (por ejemplo en M. D. Chenu). Sobre

todo en el contexto del proceso de liberación de nuestros pueblos dominados, el contexto del macro- proceso histórico es indispensable para plantear las im­ plicaciones realistas del amor al prójimo” (4).

El P. Chenu decía que “las masas son también nuestro prójimo. Esta nueva óptica nos aleja del len­ guaje privatizante primitivo del encuentro yo-tú. Pío XII ya nos advertía que la caridad es, hoy, una “caridad política”. Por eso, dar de comer o de beber, o visitar al preso en nuestros días es un acto eminentemente político: “significa la transformación de una sociedad estructurada en beneficio de unos pocos que se apro­ pian de la plus-valía del trabajo de los más. Transforma­ ción que debe por lo tanto ir hasta cambiar radicalmen­ te el basamento de esa sociedad: la propiedad privada de los medios de producción" (5).

Vemos que el relato del evangelio si algo pretende evitar es “espiritualizar” las situaciones. La pregunta sobre cómo vivir el amor emerge de la experiencia sentida del pobre. Y hoy día, el “pobre de espíritu” extiende esa experiencia a la de la clase de los explo­ tados. Si reducimos el “amar al prójimo” a la mera relación yo-tú nos enfrentamos a una inadecuación e ineficacia ante el reto que significa amar en una socie­ dad que está dividida en clases antagónicas. Nuestro amor al que está discriminado y marginado hoy implica “compadecernos” de la clase social a la que pertenece. Ya no se puede eludir el problema, situado en el corazón mismo del cristianismo, de ¿cómo vivir el amor al prójimo hoy? Porque amar al pobre y desde el pobre es comprometerse con él, pero no en abstracto, sino en

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la situación concreta social y de clase en que se encuen­ tra.

El pobre para nosotros no es una mera realidad estadística. Tampoco cabe aquí hacer una considera­ ción teórica sobre “la pobreza". En el contexto de la parábola del buen samaritano debemos poner hoy los rostros bien concretos de niños, jóvenes, de indígenas, de campesinos, de obreros, de subempleados y desem­ pleados, de marginados y ancianos (Doc. de Puebla, n. 31-39). Son esos pobres con los que nos encontramos a diario en las calles, en los caminos del campo, en las comunidades populares, en las periferias de las ciuda­ des, en los buses, en los “cantegriles”-“favelas”-“villas- miseria”... Los pobres son una realidad compacta, impresionante. Son las grandes mayorías, masas in­ mensas, multitudes incalculables. Se han convertido en un fenómeno social escandaloso, desafiante e inesqui- vable. Es un dato colectivo y fundamental de la existen­ cia cotidiana. Millones de pobres en nuestra América Latina se convierten en una realidad que golpea nues­ tras conciencias. Depende de nuestra “sensibilidad” que superemos una visión fatalista y falsamente provi - dencialista del fenómeno de la existencia de los po­ bres, para alcanzar las causas estructurales, económi­ cas y sociales de su existencia. No se trata de un dato de la naturaleza y mucho menos de la “voluntad de Dios", sino que son producto de decisiones políticas de los grupos de poder (económico, social y político). Antaño la pobreza se concebía como una desgracia que podía acontecer sin culpa de los hombres, como un terremo­ to o una enfermedad. Por eso se la podía remediar con

la beneficencia. Pero hoy, con nuestra nueva concien­ cia, ya no es posible concebirla así: sólo puede ser concebida esa pobreza como consecuencia de decisio­ nes de los hombres. Por eso, hoy, pobreza equivale a

opresión.

Frente a este “pobre-masa” se juega la actitud de los samaritanos de hoy. La caridad, el amor al prójimo, ha dejado de ser sólo “microcaridad” para pasar a ser necesariamente, también “macrocaridad”. Así lo for­ mulaba J. Comblin (6) explicando el cambio que las ciencias y la filosofía contemporáneas han operado en nuestra actual imagen del mundo y de la vida. Para nosotros la experiencia actual del pobre como revela­ ción de Dios se convierte en experiencia de toda una clase, como rostro de Dios. Y por eso nuestro amor a ese “prójimo-clase” tiene que ir también más allá del amor a personas aisladas. Está necesariamente llamado a terminar en estructuras, convirtiéndose por ello en un amor más universal y así más divino.

Ese amor universal sólo abandona el terreno de la abstracción y se hace concreto y efectivo cuando se encarna en la lucha por la liberación de los que son oprimidos. Por eso vivir el amor al prójimo hoy día, en el contexto de la parábola del buen samaritano, revela el alcance sociopolítico del mismo. Y lejos de empe­ queñecer el mensaje de la parábola, recuerda su alcan­ ce y dimensión universal.

En este nivel social no se destruye el calor humano del amor y su carga afectiva y entrañable. Pero se redefine. El calor vital del sentimiento humano se redefine al situarlo en el pobre con su entorno real y sus

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relaciones sociales sin las cuales el pobre y el oprimido quedarían siendo un abstracto, un ente irreal. Se trata ahora de saber sentir por su causa, saber compartir todas las lágrimas y las alegrías de esa gran masa humana. El amor se redefine en el sentir toda la angus­ tia y las tristezas ante la fuerza aterradora del mal.Y también en alegrarse en las pequeñas victorias -que las hay- sobre él. Esta experiencia es la nueva manera de vivir la caridad evangélica. Por un proceso de “conver­ sión" a la dimensión social del individuo, se redefinen las dimensiones de las relaciones personales del amor. A este respecto es bien ilustrativa la regla de vida de “los compañeros de Emaús” elaborada por el Abbé Fierre en Francia luego de la última guerra mundial: “Ante cualquier sufrimiento humano empléate, según pue­ das, no solamente en aliviarlo sin tardanza, sino tam­ bién en destruir sus causas. Empléate no solamente en destruir sus causas, sino también en aliviarlo sin tardan­ za. Nadie es seriamente ni bueno, ni justo, mientras no esté resuelto, según sus medios, a consagrarse, con un corazón igual, con todo su ser, a una como a otra de estas dos tareas. No pueden separarse sin renegarse”. El amor de amistad, el cariño y el amor familiar, se amplían y se sitúan en su verdadera dimensión socio- política del amor, que se hace cada vez más consciente de las estructuras sociales y más universal, pero no por ello menos real. Será así el “nuevo modo” de amar a Dios y al prójimo. Es la nueva manera de vivir el amor instaurada en una nueva dinámica generada por Jesús de Nazaret, que sorprendió a las personas de su tiem­ po.

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“Los hombres son la mediación necesaria de nues­ tro encuentro con el Señor, sobre todo aquellos a quienes la opresión, el despojo y la alienación han desfigurado el rostro humano y no tienen ni “aparien­ cia ni presencia”, y son “desecho de hombres” (Is 53,2- 3). Aquellos que, marginados, han forjado una verda­ dera cultura, en cuyos valores hay que entrar si se quiere llegar a estos hombres. Por ellos pasa la salva­ ción de la humanidad, ellos son los portadores del sentido de la historia y “los herederos del Reino” (Santiago 2,5). Nuestra actitud hacia ellos, o mejor, nuestro compromiso con ellos dirá si orientamos nues­ tra existencia en conformidad con la voluntad del Padre. Esto es lo que Cristo nos revela identificándose con el pobre en el texto de Mateo. Sobre esta base habría que construir esa teología del prójimo que nos falta todavía”(7).

Cabe citar aquí aquella conocida poesía de León Felipe, que le gustaba tanto al Che Guevara y que en su momento se le atribuyó erróneamente porque se la encontró recopiada entre sus papeles personales:

“Cristo te amo

no porque bajaste de una estrella sino porque me descubriste que el hombre tiene sangre lágrimas

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¡sí! tú nos enseñaste que el hombre es Dios... un pobre Dios crucificado como tú

y aquel que está a tu izquierda en el Gólgota el mal ladrón

¡también es Dios! ”

No se trata entonces de repetir con exactitud lo que Jesús dijo e hizo en su tiempo, sino que debemos comenzar a analizar nuestros tiempos y actuar en consecuencia con el mismo espíritu con el que Jesús analizó los suyos. Y debemos partir siempre, como lo hacía Jesús en todo momento, de la compasión: hoy día, hacia los millones de seres humanos que desfalle­ cen de hambre, que son humillados y discriminados; compasión hacia los millones de seres humanos que padecen las consecuencias de nuestra actual forma de estructurar la sociedad. Sólo cuando, como el buen samaritano, descubramos y sintamos en las entrañas nuestra común humanidad, comenzaremos a sentir y experimentar lo mismo que experimentó Jesús. Sólo aquellos que sienten y valoran por encima de todo la dignidad de la persona en cuanto tal, están en conso­ nancia con el Dios de Jesús, que creó al ser humano a su imagen y semejanza y que “no hace acepción de personas” (Hech 10,34).

El sufrimiento de los pobres y oprimidos causaba un enorme efecto en las emociones y entrañas de Jesús. Los evangelistas y la Iglesia primitiva lo captaron de tal manera que ni sintieron necesidad de dar razones apologéticas de ello. La actividad y el modo de pensar de Jesús, y el impacto que producía en la gente, no se

pueden entender si descartamos esa capacidad de compasión extraordinaria. El sufrimiento de los opri­ midos y la perspectiva de un sufrimiento mucho mayor que se daría en el futuro, causaba un efecto desgarra­ dor en Jesús. Cuando previó la inminente catástrofe que sumiría a tanta gente en un baño de sangre y produciría atroces sufrimientos, tuvo que sacudir pro­ fundamente a un hombre tan sensible y compasivo como Jesús. “¡Ay de las que estén encinta o amaman­ tando aquellos días!”(Lc 21,23). “Te arrasarán con tus hijos dentro” (Lc 19,44). Y la compasión es siempre una respuesta inmediata al sufrimiento. Es el primer paso para enfrentarlo. Luego vendrá la organización y la movilización de las energías para luchar contra él.

Habiendo explicado la dificultad de Jesús para expresarse en categorías sociales modernas, no es difí cil probar que nunca se redujo el objeto de su compasión a la mera relación individual. Es clara la compasión de Jesús por las masas, por el pueblo que estaba fatigado y decaído. La multitud estaba como caída por el suelo, postrada y violentada por la opre­ sión de sus líderes religiosos -falsos pastores- que final­ mente matarían también al Buen Pastor (cf. Mc 14,27). La palabra “muchedumbre” (oxlos) transmite la idea de gentío, masa desorientada... Es el pueblo por el cual Jesús siente una entrañable compasión.

La muchedumbre por la que Jesús estaba movido a compasión andaba desparramada como ovejas sin pastor (en el lenguaje y la cultura pastoril esto era bien inteligible por todos), “cada cual desparramada por su camino”. Esta percepción de Jesús respecto de las

multitudes lo remite de inmediato a la rica tradición bíblica de la pastoral. Está repitiendo textualmente la milenaria preocupación de Yavé por su pueblo desde los tiempos de Moisés (Núm. 27,17), del profeta Mi- queas (I Re. 22,17), de Ezequiel (c. 34). A medida que los pastores entran en la vida del pueblo, van partici­ pando de sus opresiones y de la represión por parte de los poderes de turno contra los movimientos de libera­ ción y de cambio social. Tuvieron la misma experiencia de Jesús: Misereor super turbas (Mc 8,2), (tengo com­ pasión de las multitudes). Los profetas de hoy y los verdaderos pastores redescubren auténticamente a las muchedumbres de los pobres como “los hermanos menores de Jesús” (Mt 25,40).

La opción preferencial y solidaria para con los pobres lleva a esos nuevos pastores a dar prioridad a los derechos humanos. Y en primer lugar procuran salvaguardar los derechos de las grandes mayorías que son los pobres en el mundo de hoy. Por eso el compro­ miso con los derechos de las personas debe comenzar por los derechos de los empobrecidos. Especialmente el derecho a la vida y a los medios de vida como la salud, la vivienda, el trabajo, la educación. En América Latina se habla cada vez más no sólo de los derechos de la persona, sino también de los derechos de los pue­ blos. Y especialmente de los derechos de ios pobres, expresión recogida por el documento de los obispos en la reunión de Puebla (n.1217; 1119; 711; 324; 320). Se encara la dignidad humana a partir de los caídos en el borde del camino, recuperando así la perspectiva bíblica que equipara los derechos de los pobres con

los derechos de Dios: “Quien oprime al débil ultraja a su Creador, pero quien se apiada del pobre, le da gloria” (Pr 14, 31; 17,5); “Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al extranjero y le da pan y vestido” (Dt 10,18; cf. Jr 22,16). Si hicieron esto a los pobres, “fue a mí a quien lo hicieron... a mí lo dejaron de hacer...", dice el Señor (Mt 25,40.45).

La lucha de quienes se han organizado para, junto con los humildes, hacerse samaritanos para levantar a los caídos, afrontando todo tipo de amenazas, peligros, persecuciones y aun la tortura y la muerte, ponen en práctica lo que nos enseña el Sínodo de Obispos de 1974: “La promoción de los derechos humanos es una exigencia del Evangelio y debe ocupar lugar central en el ministerio de la Iglesia”.

El entregar la vida en este contexto confiere un sentido nuevo y pleno a la cruz y a la muerte. Ellas se asumen por solidaridad, compasión y amor a los cruci­ ficados de nuestra historia. En profunda actitud de vicarios, porque no se está perseguido ni amenazado de muerte mientras no se sale a defender la vida de los otros, esas personas unen su destino y dan refugio a los oprimidos, a los perseguidos y a los amenazados de muerte. En la América Latina de hoy son millares los cristianos y un sinnúmero las personas que asumen las cruces, es decir, toda suerte de riesgos y sacrificios por solidarizarse e identificarse con sus hermanos perse­ guidos. Alguien que no tenía por qué, que no era pobre, deja su condición y su bienestar para luchar solidariamente por los oprimidos. Enfrenta sufrimien­ tos y horrores de todo tipo en las montañas y las selvas,

se sumerge en lo inhumano de los tugurios, se interna en los leprosarios y en los cotolengos, se va a vivir en medio de la prostitución... y en razón de esas opciones solidarias pasa todo tipo de penurias, hambre, enfer­ medades que acortan su vida, y mueren antes de tiempo.

Y esto no se hace por masoquismo, nadie “aguan­ taría” estar en ese tipo de opciones sin una verdadera y profunda actitud de solidaridad. En el caso de los cristianos, se hacen pobres con los pobres para identi­ ficarse con ellos y con El en ellos a fin de superar la pobreza y buscar la justicia y la fraternidad. Es lo que hizo el Siervo Sufriente: “tomó sobre sí nuestros dolo­ res” (Is 53,4) y “cargó con nuestras iniquidades” (Is 53,11). Dios mismo, por la Alianza, se hace patético, es decir, asume el Pathos (sufrimiento, padecimiento) de su pueblo a quien ama. Y esa empatia y simpatía de Dios para con los crucificados y los ofendidos de nuestro tiempo continúa. El Juez supremo se sigue haciendo hambriento con los hambrientos, desnudo con los desnudos, oprimido con los oprimidos y prisio­ nero con los prisioneros (cf. Mt 25,31-46).

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Cu a n d o lavida seconvierte enparábola: LOS DESAPARECIDOS

Es el momento de hacer una experiencia a partir de todo lo que venimos diciendo. Para ello nos valemos de una de las experiencias más dramáticas vividas por nuestros pueblos. Se trata de la violación a los derechos

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