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CAPÍTULO III: DE LA VISIÓN A LA ACCIÓN

A. La imagen del mundo y la imagen del hombre

Durante el siglo XVI, la noción de microcosmos desempeñó un papel trascendental en el saber:

Como categoría del pensamiento aplica a todos los dominios de la naturaleza el juego de las semejanzas duplicadas; garantiza a la investigación que cada cosa encontrará, en una escala mayor, su espejo y su certidumbre macrocósmica; afirma en cambio que el orden visible de las esferas más altas vendrá a reflejarse en la profundidad más oscura de la tierra. (Foucault 49)

Al ser concebido así el mundo, ordenado y estructurado, las relaciones y parentescos posibles de establecer eran infinitas. Mediante la analogía, una de las formas de similitud que permitían organizar el saber, se establecían múltiples y meticulosas combinaciones, dentro de las cuales existía un punto privilegiado:

Este punto es el hombre; está en proporción con el cielo, y también con los animales y las plantas, lo mismo que con la tierra, los metales, las estalactitas o las tormentas. Erguido entre las fases del mundo, tienen relación con el firmamento (su rostro es a su cuerpo lo que la faz del cielo al éter; su pulso palpita en sus venas como los astros circulan según sus vías propias; las siete aberturas forman en su rostro lo que son los siete planetas del cielo). (Foucault 40)

Al interior del Libro de la cosmographia aparecen expresadas, en imágenes y palabras, algunas relaciones comparativas que nos hablan de este protagonismo del hombre, y de sus similitudes. Ya al inicio de la obra, la imagen del cuerpo humano es comparada, con la representación cartográfica con el fin de explicar las diferencias entre corografía y geografía de acuerdo a los planteamientos de los antiguos. Según Antonio Sánchez:

En un lenguaje corporal Ptolomeo distinguía entre la descripción anatómica de nuestra cabeza y la de nuestro ojo u oído. La geografía, según él tenía que ver con la descripción de nuestra propia cabeza, esto es, la descripción total del mundo era como la representación anatómica de nuestra cabeza entera. Así, la corografía del espacio cartografiado equivalía a las partes del todo, al ojo o al oído. (397)

Sonia Rose, escribe que durante el Renacimiento “el hombre, medida de todas las cosas, mantuvo estrecha relación con el universo, motivo por el cual, como lo recuerda Vesalio, los antiguos calificaron el cuerpo humano de microcosmos” (160). Según la autora, esta relación entre macro y microcosmos permite entender la percepción del cuerpo humano como mapa y el mapa como cuerpo, idea que vemos representada también en un grabado presente al interior de la Cosmographiae introdvctio, que muestra la división de la esfera en cinco zonas que encuentran su equivalencia en los dedos de la mano.

La comparación nuevamente la encontraremos de manera explícita al analizar las volvelles23, uno de los aspectos materiales que más resultan llamativos en nuestro objeto de estudio. Podemos definir una volvelle como una construcción de papel o pergamino, formada de una o más capas que fijadas a una hoja pueden ser giradas individualmente. Las distintas piezas que la componen llevan contenido gráfico —al igual que su base— y su rotación permite al lector realizar cálculos o descubrir nueva información.

23 Denominación francesa, deriva del latín volvere. Su origense remonta al siglo XIII, en Inglate-

rra. La más antigua que se conoce fue incluida en el manuscrito Chronica Majora de un monje benedictino inglés llamado Matthew Paris y permitía al lector determinar la fecha de Pascua. Otro de los códices existentes más antiguos que contienen volvelles es el reconocido Ars Magna de Ramón Llull, publicado alrededor del año 1305.

Fig. 14. Grabado presente en el f. 16 de la Cosmographiae introdvctio,

Una de estas construcciones, es llamada en las traducciones castellanas espejo de cosmographia” y a propósito de su nombre se ofrecen las siguientes palabras: “Espejo fe dice en el qual miramos nueftra imagen y por tanto efte inftrumento fe dize espejo, porque en el contemplamos el fitio de toda la tierra” (f. 30v). En el texto que antecede al instrumento se explican cada una de sus partes y su modo de empleo. Está conformado por tres ruedas giratorias, unidas por un hilo, y en relación a la primera de ellas —donde vemos representados los continentes— el autor escribió que “fe le dize mappa reprefenta el efpejo del mundo” (f. 30v).

Es interesante la idea de espejo ya que sugiere que estas imágenes se concebían como un fiel reflejo de la realidad. Una idea vigente incluso en nuestros días, ya que como señala Harley,

Fig. 15. Volvelle del Cosmographicus liber, Landshut,

en nuestra cultura occidental, se ha definido a la cartografía como una ciencia concreta, “la premisa es que un mapa debe ofrecer una ventana transparente al mundo” (61). Esto ha in- fluido en la forma en que interpretamos un mapa y la formación de juicios en los que se les clasifica según su correspondencia con la verdad topográfica, mientras que entendiéndolos como “una construcción social del mundo expresada a través del medio de la cartografía” (61), podemos descubrir en ellos nuevos significados.

En la volvelle reproducida anteriormente, la visualización que se ofrece al lector incluye el polo norte en el centro de la circunferencia en la que se inscribe la imagen, este tipo de pro- yección es conocida como polar. Si imaginamos el globo terráqueo como una cabeza huma- na, la vista que se ofrece en esta imagen sería posible para un observador que la mira desde arriba, en una posición estratégica.

Una digitalización de la edición castellana del año 1548, que pertenece a la biblioteca del Real Instituto y Observatorio de la Armada de España, nos muestra esta construcción incompleta24, la ausencia de las dos piezas superiores nos permite apreciar aquel mapa giratorio en su totalidad y llama nuestra atención la presencia de un elemento gráfico que no se encuentra en la primera versión de esta volvelle. Vemos una embarcación en el Atlántico, pero su visualización no responde al plano cenital que se vería reflejado al situar un espejo gigante sobre el polo, es una vista lateral, como tradicionalmente figuraban los barcos, en los mapas de la época. En este sentido, la imagen más que ser una representación mimética de la realidad geográfica, es el resultado de una fusión entre ejercicio técnico, por una parte, y selección de aquellos elementos visuales y verbales que resultan relevantes para quienes los

24 Disponible en línea en: http://bvpb.mcu.es/bvpb/catalogo_imagenes/grupo.cmd?interno=S&posi- cion=69&path=11002486&forma=&presentacion=pagina

producen. El barco será un motivo insistente en las imágenes que analizamos, invitando al lector a poner su atención en la aventura de navegar y no en otro tipo de desplazamiento; es decir, no veremos la representación de carruajes ni caballos.

J. B. Harley nos recuerda que “lejos de fungir como una simple imagen de la naturaleza que puede ser verdadera o falsa, los mapas redescriben el mundo, al igual que cualquier otro documento, en términos de relaciones y prácticas de poder, preferencias y prioridades culturales” (61). Por esto consideramos que la inclusión de embarcaciones no obedece solo a una estrategia para diferenciar los elementos de agua y tierra reproducidos en las imágenes, pues para ese fin se han utilizado otros códigos, como el achurado del mar, la representación del barco opera como una señal de la presencia del hombre en aquel lugar, que ahora puede recorrer gracias al perfeccionamiento técnico asociado a la navegación y el conocimiento derivado de la exploración.

Creemos que imágenes como estas contribuyeron a la configuración de un cambio en el modo de concebir los océanos, que anteriormente se percibían como algo “constitutivamente extraño y ajeno al hombre”, dado que el lugar natural del hombre era la tierra, como señala O`Gorman. Se creía que el océano, además de ser el límite cósmico de la morada del hombre, representaba una amenaza permanente en cuanto que, en principio, debería cubrir en su totalidad la superficie del globo terrestre (74). La insistente presencia de embarcaciones debió representar, para el observador de estas impresiones, una posibilidad de acción sobre el mar y la oportunidad de ampliar los límites que por siglos le habían sido impuestos.

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