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LA «INEVITABILIDAD» DE LA PLANIFICACIÓN

In document Camino de Servidumbre-Hayek (página 73-79)

la competencia en un número constantemente creciente de sectores, y que la única elección que nos queda es: o que los monopolios privados dominen la producción, o que la dirija el Estado. Esta creencia deriva principalmente de la doctri- na marxista sobre la «concentración de la industria», aun- que, como tantas ideas marxistas, se la encuentra ahora en muchos círculos que la han recibido de tercera o cuarta mano y no saben de dónde procede.

El hecho histórico del progresivo crecimiento del monopo- lio durante los últimos cincuenta años y la creciente restric- ción del campo en que juega la competencia no puede, evi- dentemente, discutirse; pero, a menudo, se exagera mucho la extensión de este fenómeno1. Lo importante es saber si este

proceso es una consecuencia necesaria del progreso de la tec- nología, o si se trata simplemente del resultado de la política seguida en casi todos los países. Veremos ahora que la histo- ria efectiva de esta evolución sugiere con fuerza lo último. Pero antes debemos considerar hasta qué punto el desarrollo tecnológico moderno es de tal naturaleza que haga inevitable en muchos campos el crecimiento de los monopolios.

La causa tecnológica alegada para el crecimiento del mono- polio es la superioridad de la gran empresa sobre la pequeña debido a la mayor eficiencia de los métodos modernos de pro- ducción en masa. Los métodos modernos, se asegura, han creado, en la mayoría de las industrias, condiciones por las cuales la producción de la gran empresa puede aumentarse con costes unitarios decrecientes; y el resultado es que las grandes empresas están superando y expulsando de todas partes a las pequeñas; este proceso seguirá hasta que en cada industria sólo quede una, o, a lo más, unas cuantas empresas gigantes. Este argumento destaca un efecto que a veces acom- paña al progreso tecnológico, pero menosprecia otros que ac-

1. Para una discusión más completa de estos problemas véase el ensa- yo del profesor L. Robbins sobre «La inevitabilidad del monopolio», en

túan en la dirección opuesta, y recibe poco apoyo de un estu- dio serio de los hechos. No podemos investigar aquí con deta- lle esta cuestión, y tenemos que contentarnos con aceptar los mejores testimonios disponibles. El más amplio estudio de estos hechos emprendido recientemente es el del Temporary National Economic Committee americano sobre la «Concen- tración del poder económico». El dictamen final de esta Comi- sión (que no puede, ciertamente, ser acusada de desmedidas preferencias liberales) concluye que la opinión según la cual la mayor eficiencia de la producción en gran escala es causa de la desaparición de la competencia, «encuentra insuficiente apoyo en todos los testimonios disponibles en la actualidad»2, y la detallada monografía que sobre este problema preparó la Comisión resume la respuesta de esta manera:

La superior eficiencia de las grandes instalaciones no ha sido de- mostrada; en muchos campos, no han podido ponerse de mani- fiesto las ventajas que se supone han destruido la competencia. Ni tampoco exigen, inevitablemente, el monopolio las economías de escala donde éstas existen... La dimensión o las dimensiones de eficiencia óptima pueden alcanzarse mucho antes de quedar so- metida a tal control la mayor parte de una oferta. La conclusión de que la ventaja de la producción en gran escala tiene, inevitable- mente, que conducir a la abolición de la competencia, no puede aceptarse. Téngase, además, presente que el monopolio es, con frecuencia, el producto de factores que no son el menor coste de una mayor dimensión. Se llega a él mediante confabulaciones, y lo fomenta la política oficial. Si esas colusiones se invalidan y esta po- lítica se invierte, las condiciones de la competencia pueden ser res- tauradas3.

2. Final Report and Recommendations of the Temporary National Eco- nomic Committee, 77th Congress, lst Session, Senate Document n.° 35, 1941,pág.89.

3. C. Wilcox, Competition andMonopoly in American Industry, Tem- porary National Economic Committee, Monograph n.° 21, 1940, pág. 314.

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Una investigación de las condiciones en Gran Bretaña conduciría a resultados muy semejantes. Todo el que ha observado cómo los aspirantes a monopolistas solicitan re- gularmente, y obtienen muchas veces, la asistencia de los poderes del Estado para hacer efectivo su dominio, apenas dudará que no hay nada de inevitable en este proceso.

Confirma enérgicamente esta conclusión el orden histó- rico en que se ha manifestado en diferentes países el ocaso de la competencia y el crecimiento del monopolio. Si hubie- ran sido el resultado del desarrollo tecnológico o un necesa- rio producto de la evolución del «capitalismo», podríamos esperar que apareciesen, primero, en los países de sistema económico más avanzado. De hecho, aparecieron en primer lugar durante el último tercio del siglo XIX en los que eran entonces países industriales comparativamente jóvenes: Es- tados Unidos y Alemania. En esta última, especialmente, que llegó a considerarse como el país modelo de la evolución necesaria del capitalismo, el crecimiento de los cárteles y sindicatos ha sido sistemáticamente m u y alimentado des- de 1878 por una deliberada política. No sólo el instrumento de la protección, sino incitaciones directas y, al final, la coac- ción, emplearon los gobiernos para favorecer la creación de monopolios, con miras a la regulación de los precios y las ventas. Fue allí donde, con la ayuda del Estado, el primer gran experimento de «planificación científica» y «organiza- ción explícita de la industria» condujo a la creación de m o - nopolios gigantescos que se tuvieron por desarrollos inevi- tables cincuenta años antes de hacerse lo mismo en Gran Bretaña. Se debe, en gran parte, a la influencia de ios teóri- cos alemanes del socialismo, especialmente Sombart, gene- ralizando la experiencia de su país, la extensión con que se aceptó el inevitable desembocar del sistema de competencia en el «capitalismo monopolista». Que en los Estados Unidos una política altamente proteccionista haya permitido un proceso en cierto m o d o semejante, pareció confirmar esta

generalización. Como quiera que sea, la evolución de Ale- mania, más que la de Estados Unidos, llegó a ser considera- da como representativa de una tendencia universal; y se con- virtió en un lugar común hablar de una «Alemania donde todas las fuerzas políticas y sociales de la civilización mo- derna habían alcanzado su forma más avanzada»4, por citar

un reciente ensayo político muy leído.

Qué poco había de inevitable en todo esto, y hasta qué punto es el resultado de una política preconcebida, se pone de manifiesto cuando consideramos la situación británica hasta 1931 y la evolución a partir de aquel año, cuando Gran Bretaña se embarcó también en una política de proteccionis- mo general. Si se exceptúan unas cuantas industrias, que ha- bían logrado antes la protección, hace no más que una doce- na de años la industria británica era, en su conjunto, tan competitiva, quizá, como en cualquier otro tiempo de su his- toria. Y aunque en la década de 1920 sufrió agudamente las consecuencias de las incompatibles medidas tomadas res- pecto a los salarios y el dinero, los años hasta 1929 no resul- tan desfavorables, comparados con los de la década de 1930, si se atiende a la ocupación y a la actividad general. Sólo a partir de la transición al proteccionismo y el cambio general en la política económica británica que le acompañó, ha avan- zado con una velocidad sorprendente el crecimiento de los monopolios, que ha transformado la industria británica en una medida que, sin embargo, el público apenas ha adverti- do. Argumentar que este proceso tiene algo que ver con el progreso tecnológico durante este período, que las necesida- des tecnológicas que operaron en Alemania en las décadas de 1880y 1890 se hicieron sentir en Inglaterra en la de 1930, no es mucho menos absurdo que el pretender, como está implí- cito en la frase de Mussolini (citada a la cabeza de este capítu- lo), ¡que Italia tuvo que abolir la libertad individual antes que

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ningún otro pueblo europeo porque su civilización había lar- gamente sobrepasado a la de los demás países!

En lo que a Inglaterra se refiere, la tesis según la cual el cambio en la opinión y la política no hace sino seguir a un cambio inexorable en los hechos, puede lograr cierta apa- riencia de verdad precisamente por haber seguido a distan- cia Inglaterra la evolución intelectual de los demás. Pudo así argüirse que la organización monopolística de la industria creció, a pesar del hecho de mostrarse todavía la opinión pú- blica en favor de la competencia, pero que los acontecimien- tos exteriores frustraron esta inclinación. La verdadera rela- ción entre teoría y práctica se aclara, sin embargo, en cuanto contemplamos el prototipo de esta evolución: Alemania. No puede dudarse que allí la supresión de la competencia fue cuestión de una política preconcebida, que se emprendió en servicio del ideal que ahora llamamos planificación. En el progresivo avance hacia una sociedad completamente plani- ficada, los alemanes, y todos los pueblos que están imitando su ejemplo, no hacen más que seguir la ruta que unos pensa- dores del siglo XIX, en su mayoría alemanes, prepararon con tal fin.

La historia intelectual de los últimos sesenta u ochenta años es ciertamente ilustración perfecta de una verdad: que en la evolución social nada es inevitable, a no ser que resulte así por así creerlo.

Cuando se afirma que el progreso tecnológico moderno hace inevitable la planificación puede esto interpretarse de otra manera diferente. Puede significar que la complejidad de nuestra moderna civilización industrial crea nuevos pro- blemas que no podemos intentar resolver con eficacia si no es mediante la planificación centralizada. En cierto modo esto es verdad, pero no en el amplio sentido que se pretende. Es, por ejemplo, un lugar común que muchos de los proble- mas creados por la ciudad moderna, como muchos otros

problemas ocasionados por la apretada contigüidad en el es- pacio, no pueden resolverse adecuadamente por la compe- tencia. Pero no son estos problemas, ni tampoco los de los «servicios públicos» y otros semejantes, los que ocupan la mente de quienes invocan la complejidad de la civilización moderna como un argumento en pro de la planificación centralizada. Lo que, generalmente, sugieren es que la cre- ciente dificultad para obtener una imagen coherente del proceso económico completo hace indispensable que un or- ganismo central coordine las cosas si la vida social no ha de disolverse en el caos.

Este argumento supone desconocer completamente cómo opera la competencia. Lejos de ser propia para condiciones relativamente sencillas tan sólo, es la gran complejidad de la división del trabajo en las condiciones modernas lo que hace de la competencia el único método que permite efectuar adecuadamente aquella coordinación. No habría dificultad para establecer una intervención o planificación eficiente si las condiciones fueran tan sencillas que una sola persona u oficina pudiera atender eficazmente a todos los hechos im- portantes. Sólo cuando los factores que han de tenerse en cuenta llegan a ser tan numerosos que es imposible lograr una vista sinóptica de ellos, se hace imperativa la descentra- lización. Pero cuando la descentralización es necesaria, sur- ge el problema de la coordinación; una coordinación que deje en libertad a cada organismo por separado para ajustar sus actividades a los hechos que él sólo puede conocer, y, sin embargo, realice un mutuo ajuste de los respectivos planes. Como la descentralización se ha hecho necesaria porque na- die puede contrapesar conscientemente todas las considera- ciones que entran en las decisiones de tantos individuos, la coordinación no puede, evidentemente, efectuarse a través de una «intervención explícita», sino tan sólo con medidas que procuren a cada agente la información necesaria para que pueda ajustar con eficacia sus decisiones a las de los demás.

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