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LA «INEVITABILIDAD» DE LA PLANIFICACION

In document Camino de Servidumbre-Hayek (página 81-87)

tricidad para todos los fines pudiera resultar más barato que el carbón o el gas si a todos se les obligara a emplear sola- mente electricidad. En casos como éstos es, por lo menos, posible que pudiéramos estar todos mejor y prefiriésemos la nueva situación si cupiera elegir; pero nadie individualmen- te tiene la elección a su alcance, porque la alternativa es que tendríamos que usar todos el mismo automóvil barato (o usar todos solamente electricidad) o podríamos escoger en- tre las diversas cosas, pero pagando precios mucho más al- tos por cualquiera de ellas. No sé si esto es cierto en alguno de los casos citados; pero hay que admitir como posible que la estandarización obligatoria o la prohibición de sobre- pasar un cierto número de variedades pudiese, en algunos campos, aumentar la abundancia más que lo suficiente para compensar las restricciones en la elección del consumidor. Cabe incluso concebir que un día pueda lograrse un nuevo invento, cuya adopción apareciese indiscutiblemente bene- ficiosa, pero que sólo podría utilizarse si se hiciese que mu- chos o todos estuvieran dispuestos a aprovecharlo a la vez.

Sea mayor o menor la importancia de estos casos, lo cier- to es que no puede pretenderse de ellos legítimamente que el progreso técnico haga inevitable la dirección centralizada. Únicamente obligarían a elegir entre obtener mediante la coacción una ventaja particular o no obtenerla; o, en la ma- yoría de los casos, obtenerla un poco más tarde, cuando un posterior avance técnico haya vencido las dificultades par- ticulares. Cierto es que en estas situaciones tendríamos que sacrificar una posible ganancia inmediata, como precio de nuestra libertad; pero evitaríamos, por otra parte, la necesi- dad de subordinar el desarrollo futuro a los conocimientos que ahora poseen unas determinadas personas. Con el sa- crificio de estas posibles ventajas presentes preservamos un importante estímulo para el progreso futuro. Aunque a cor- to plazo pueda, a veces, ser alto el precio que pagamos por la variedad y la libertad de elección, a la larga incluso el pro-

greso material dependerá de esta misma variedad, porque nunca podemos prever de cuál, entre las múltiples formas en que un bien o un servicio puede suministrarse, surgirá des- pués una mejor. No puede, por lo demás, afirmarse que toda renuncia a un incremento de nuestro bienestar material pre- sente, soportada para salvaguardar la libertad, vaya a ser siempre premiada. Pero el argumento en favor de la libertad es precisamente que tenemos que dejar espacio para el libre e imprevisible crecimiento. Se aplica no menos cuando, so- bre la base de nuestro conocimiento presente, la coacción parece traer sólo ventajas, y aunque en un caso particular pueda, efectivamente, no provocar daño.

En la mayor parte de las discusiones actuales sobre los efectos del progreso tecnológico se nos presenta este progreso como si fuera algo exterior a nosotros, que pudiera obligar- nos a usar los nuevos conocimientos con arreglo a un crite- rio determinado. Cuando lo cierto es que si bien las inven- ciones nos han dado un poder tremendo, sería absurdo que se nos sugiriese la necesidad de usar este poder para destruir nuestra más preciosa herencia: la libertad. Lo cual significa que si deseamos conservarla debemos defenderla más celo- samente que nunca, y tenemos que prepararnos para hacer sacrificios por ella. Si bien no hay nada en el desarrollo tec- nológico moderno que nos fuerce a una planificación eco- nómica global, hay, sin embargo, mucho en él que hace infinitamente más peligroso el poder que alcanzaría una autoridad planificadora.

Si escasamente puede ya dudarse que el movimiento hacia la planificación es el resultado de una acción deliberada, y que no hay exigencias externas que a él nos fuercen, merece la pena averiguar por qué tan gran proporción de técnicos mi- lita en las primeras filas de los planificadores. La explicación de este fenómeno está muy relacionada con un hecho im- portante que los críticos de la planificación deberían tener

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siempre en la mente: apenas cabe dudar que casi todos los ideales técnicos de nuestros expertos se podrían realizar dentro de un tiempo relativamente breve, si lograrlo fuera el único fin de la Humanidad. Hay un infinito número de co- sas buenas que todos estamos de acuerdo en considerar al- tamente deseables y a la vez posibles, pero de las cuales sólo al logro de unas cuantas podemos aspirar dentro de nuestra vida, o sólo hemos de aspirar a lograrlas muy imperfecta- mente. Es la frustración de sus ambiciones en su propio campo lo que hace al especialista revolverse contra el orden existente. A cualquiera le duele ver cosas sin hacer que todos consideramos deseables y posibles. Que todas estas cosas no puedan hacerse al mismo tiempo, que una cualquiera de ellas no pueda lograrse sin el sacrificio de otras, sólo se com- prenderá si se tienen en cuenta factores que caen fuera de todo especialista y únicamente pueden apreciarse con un penoso esfuerzo intelectual; penoso, porque nos obliga a considerar sobre un fondo más amplio los objetos a los que se dirigen la mayor parte de nuestros esfuerzos y a contrape- sarlos con otros que quedan fuera de nuestro interés inme- diato y que, por esta razón, nos importan menos.

Cada uno de los múltiples fines que, considerados aislada- mente, sería posible alcanzar en una sociedad planificada, crea entusiastas de la planificación, que confían en su capaci- dad para infundir a los directores de aquella sociedad su pro- pio juicio de valor sobre un objetivo particular; y las esperan- zas de algunos de ellos se cumplirían, indudablemente, pues una sociedad planificada perseguirá algunos objetivos más que la del presente. Locura sería negar que los ejemplos cono- cidos de sociedades planificadas o semiplanificadas suminis- tran ilustraciones sobre este punto: que hay cosas que las gen- tes de estos países deben por entero a la planificación. Las magníficas autopistas de Alemania e Italia son un ejemplo a menudo citado, aunque no representan una clase de planifi- cación que no sea igualmente posible en una sociedad liberal.

Pero no sería menor locura citar estos ejemplos de excelencia técnica en campos particulares como prueba de la superiori- dad general de la planificación. Sería más correcto decir que tan extremas excelencias técnicas, desproporcionadas con las condiciones generales, son prueba de una mala dirección de los recursos. A todo el que ha corrido por las famosas autopis- tas alemanas y ha observado que su tráfico es menor que el de muchas carreteras secundarias de Inglaterra le quedarán po- cas dudas acerca de la escasa justificación de aquéllas, en lo que a finalidades pacíficas se refiere. Otra cuestión es si se tra- ta de un caso en que los planificadores se decidieron en favor de los «cañones» y en contra de la «mantequilla»5. Mas, para

nuestros criterios, esto no es motivo de entusiasmo.

La ilusión del especialista, de lograr en una sociedad pla- nificada mayor atención para los objetivos que le son más queridos, es un fenómeno más general de lo que la palabra especialista sugiere en un principio. En nuestras predilec- ciones e intereses, todos somos especialistas en cierta medi- da. Y todos pensamos que nuestra personal ordenación de valores no es sólo nuestra, pues en una libre discusión entre gentes razonables convenceríamos a los demás de que esta- mos en lo justo. El amante del paisaje, que desea, ante todo, conservar su tradicional aspecto y que se borren del hermo- so rostro natural las manchas producidas por la industria, lo mismo que el entusiasta de la higiene, que pretende derribar todos los viejos caseríos pintorescos, pero malsanos, o el afi- cionado al automóvil, que aspira a ver cortado el país por grandiosas carreteras, y el fanático de la eficiencia, que am- biciona el máximo de especialización y mecanización, no menos que el idealista que, para el desarrollo de la persona- lidad, quiere conservar el mayor número posible de artesa- nos independientes, todos saben que sólo por medio de la 5. Al corregir este texto me llega la noticia de haberse suspendido las obras de conservación de las autopistas alemanas.

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planificación podría lograrse plenamente su objetivo; y to- dos desean, por este motivo, la planificación. Pero, sin duda, adoptar la planificación social por la que claman no haría más que revelar el latente conflicto entre sus objetivos.

El movimiento en favor de la planificación debe, en gran parte, su fuerza presente al hecho de no ser aquélla, todavía, en lo fundamental, más que una aspiración, por lo cual une a casi todos los idealistas de un solo objetivo, a todos los hom- bres y mujeres que han entregado su vida a una sola preocu- pación. Las esperanzas que en la planificación ponen, no son, sin embargo, el resultado de una visión amplia de la so- ciedad, sino más bien de una visión muy limitada, y a menu- do el resultado de una gran exageración de la importancia de los fines que ellos colocan en primer lugar. Esto no significa rebajar el gran valor pragmático de este tipo de hombres en una sociedad libre, como la nuestra, que hace de ellos objeto de una justa admiración. Mas, por eso, los hombres más an- siosos de planificar la sociedad serían los más peligrosos si se les permitiese actuar, y los más intolerantes para los planes de los demás. Del virtuoso defensor de un solo ideal al fanáti- co, con frecuencia no hay más que un paso. Aunque es el re- sentimiento del especialista frustrado lo que da a las deman- das de planificación su más fuerte ímpetu, difícilmente habría un mundo más insoportable -y más irracional- que aquel en el que se permitiera a los más eminentes especialis- tas de cada campo proceder sin trabas a la realización de sus ideales. Además, la «coordinación» no puede ser, como algu- nos planificadores parecen imaginarse, una nueva especiali- dad. El economista es el último en pretender que posee los conocimientos que el coordinador necesitaría. Postula un método que procure aquella coordinación sin necesidad de un dictador omnisciente. Pero esto significa precisamente la conservación de algún freno impersonal, y a menudo ininte- ligible, de los esfuerzos individuales, del género de los que desesperan a todos los especialistas.

El gobernante que intentase dirigir a los particulares en cuanto a la forma de em- plear sus capitales, no sólo echaría sobre sí el cuidado más innecesario, sino que se arrogaría una autoridad que no fuera prudente confiar ni siquiera a Consejo o Senado alguno; autoridad que en ningún lugar sería tan peligrosa como en las ma- nos de un hombre con la locura y presun- ción bastantes para imaginarse capaz de ejercerla.

ADAM SMÍTH

Los rasgos comunes a todos los sistemas colectivistas pueden describirse, con una frase siempre grata a los socialistas de todas las escuelas, como la organización deliberada de los es- fuerzos de la sociedad en pro de un objetivo social determi- nado. Que nuestra presente sociedad carece de esta dirección «consciente» hacia una sola finalidad, que sus actividades se ven guiadas por los caprichos y aficiones de individuos irres- ponsables, ha sido siempre una de las principales lamenta- ciones de sus críticos socialistas.

En muchos aspectos esto plantea muy claramente la cues- tión fundamental y nos dirige, a la vez, al punto en que surge el conflicto entre libertad individual y colectivismo. Las di- versas clases de colectivismo —comunismo, fascismo, etc.— difieren entre sí por la naturaleza del objetivo hacia el cual desean dirigir los esfuerzos de la sociedad. Pero todas ellas difieren del liberalismo y el individualismo en que aspiran a organizar la sociedad entera y todos sus recursos para esta finalidad unitaria, y porque se niegan a reconocer las esferas

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