la última lección de michel foucault
En muchos aspectos, es esta empresa de descalificación de los mar- cos de análisis unificadores lo que sedujo a Michel Foucault. En efecto, este no deja de insistir, en Nacimiento de la biopolítica, en el hecho de que la teoría neoliberal anula la posibilidad misma de una mirada “cen- tral, totalizadora y dominante”.3 Y escribe:
El homo œconomicus es el único oasis de racionalidad posible dentro de un proceso económico cuya naturaleza incontrolable no impugna la racionalidad del comportamiento atomístico del homo œconomicus; al contrario, la funda. Así, el mundo económico es opaco por naturaleza. Es imposible de totalizar por naturaleza. Está originaria y definitivamente constituido por puntos de vista cuya multiplicidad es tanto más irreductible cuanto que ella misma ase- gura al fin y al cabo y de manera espontánea su convergencia. La economía es
una disciplina atea; es una disciplina sin Dios; es una disciplina sin totalidad;
es una disciplina que comienza a poner de manifiesto no solo la inutilidad, sino también la imposibilidad de un punto de vista soberano, de un punto de vista del soberano sobre la totalidad del Estado que él debe gobernar. Y concluye: “El liberalismo, en su consistencia moderna, se inició pre- cisamente cuando se formuló esa incompatibilidad esencial entre, por una parte, la multiplicidad no totalizable característica de los sujetos de interés, los sujetos económicos, y, por otra, la unidad totalizadora del so- berano jurídico”.4
La manera un poco exaltada como Foucault retoma aquí el tema neoliberal de la “multiplicidad”, y muestra cómo desemboca en una concepción de la sociedad liberada de toda trascendencia (la economía como disciplina atea, sin Dios, sin totalidad, etc.), no puede interpretar- se como una adhesión tácita del autor de Vigilar y castigar al paradigma neoliberal.
“Concluding Panel” del coloquio “Sexual nationalisms”, Ámsterdam, 26 a 28 de enero de 2011 (disponible en el sitio de Internet del autor: <http://didiereribon.blogspot.com>).
3 Michel Foucault, Naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France, 1978-1979,
ed. de Michel Senellart bajo la dirección de François Ewald y Alessandro Fontana, París, Gallimard y Seuil, col. Hautes Études, 2004, p. 296 [trad. esp.: Nacimiento de la biopolítica.
Curso en el Collège de France (1978-1979), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica,
2007, p. 332].
inmanencia, heterogeneidad y multiplicidad En realidad, lo que le interesa es una idea muy fuerte, según la cual siempre hay una voluntad de control en el fundamento de los discur- sos totalizadores. Las teorías unificadoras están necesariamente atrave- sadas por pulsiones de orden. Por su forma misma, reproducen efectos de poder, de dominación, al convocar por ejemplo a la constitución de instancias trascendentes. En síntesis, son pensamientos cómplices de la soberanía.
Si este tema fue tan importante para Foucault, es porque representó uno de los grandes ejes de su crítica del marxismo (y asimismo, por otra parte, del psicoanálisis), llevada adelante desde mediados de la década de 1970. Aquí nos situamos, pues, en el marco de una reflexión sobre el problema de la resistencia, una interrogación sobre las condiciones de la elaboración de una crítica radical del funcionamiento del orden social: ¿qué teoría es la más capaz de producir efectos de emancipación? ¿Qué analítica brinda la posibilidad de comprender de la manera más adecua- da la mecánica del poder, permitiendo desestabilizarla y frenarla?
La intuición fundamental de Foucault es que el marxismo es una doctrina insuficiente, por ser insuficientemente crítica. Es cierto, a pri- mera vista se presenta como una teoría que pone en cuestión los fun- damentos del orden económico y social y que da instrumentos para desestabilizarlo, abolirlo y hasta superarlo. Pero el problema esencial del marxismo es no haber indagado en la forma totalización: hizo suya en su integridad la ambición de construir una visión unificadora de la reali- dad, es decir, de reducir lo que pasa en la sociedad a unos cuantos prin- cipios elementales y predeterminados. Al hacerlo, en el momento mismo en que esta doctrina pretende suministrar armas contra la dominación, ejerce a su vez efectos de poder, de autoridad, de censura. Por un lado porque, por el hecho mismo de adoptar un punto de vista englobador, es incapaz de cuestionar la idea de soberanía y representa incluso una de las modalidades posibles del ejercicio de esta. Por otro, porque, al so- meter la reflexión sobre la sociedad a nuevos “trascendentales”, oculta necesariamente luchas parciales y realidades minoritarias presentes o ve- nideras que escapan o escaparán a su grilla de lectura.
Es en su curso del Collège de France de 1976, publicado con el títu- lo de Defender la sociedad, donde Foucault plantea esta crítica del mar- xismo y, en términos más generales, de todas las teorías “englobadoras” (una de cuyas encarnaciones es el psicoanálisis, que, además, es tal vez
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la hoy dominante a escala internacional).5 A su entender, uno de los fe-
nómenos más importantes desde los años sesenta —y sobre todo en el momento de 1968— fue la aparición de una multitud de ofensivas “dis- persas”, “discontinuas”, “particulares”, “locales”, que apuntaban al fun- cionamiento de la institución psiquiátrica, la moral o la jerarquía sexual tradicionales, el aparato judicial y penal, etc.6 Y lo que impresiona a Fou-
cault es la extrema productividad de esos discursos regionales. Menciona entonces la “sorprendente eficacia de las críticas discontinuas y particu- lares”. La proliferación de las luchas parciales permitió poner en eviden- cia “una especie de desmenuzamiento general de los suelos, incluso y sobre todo de los más conocidos, sólidos y próximos a nosotros, a nues- tro cuerpo, a nuestros gestos de todos los días”.7
Como es obvio, el autor de Vigilar y castigar no se detiene en esa constatación. Puesto que en lo que quiere insistir es en el hecho de que esas críticas locales solo pudieron salir a la luz en el marco de un cues- tionamiento de las teorías totalizadoras: esas luchas sectoriales surgieron a través de un combate contra los paradigmas centralizadores. Consis- tieron en la reaparición de “saberes sometidos” y contenidos históricos “marginados”, “descalificados”, “sepultados, enmascarados en coheren- cias funcionales o sistematizaciones formales”: “Los saberes sometidos son esos bloques de saberes históricos que estaban presentes y enmas- carados dentro de los conjuntos funcionales y sistemáticos, y que la crí- tica pudo hacer reaparecer”.8 Foucault se refiere al ejemplo del saber del
psiquiatrizado, el enfermo, el enfermero, el delincuente; en síntesis, ese “saber de la gente” olvidado por el marxismo y que no es en absolu- to, aclara, un saber “común, un buen sentido sino, al contrario, un sa- ber particular, un saber local, regional, un saber diferencial, incapaz de unanimidad”.9 En otras palabras, todo el desafío radica aquí en poner
5 Michel Foucault, “Il faut défendre la société”. Cours au Collège de France, 1975-1976,
ed. de Mauro Bertani y Alessandro Fontana, bajo la dirección de François Ewald y Alessan- dro Fontana, París, Gallimard y Seuil, col. Hautes Études, 1997 [trad. esp.: Defender la
sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976), Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2000].
6 Ibid., pp. 6 y 7 [18 y 19]. 7 Ibid., p. 7 [20]. 8 Ibid. [21].
inmanencia, heterogeneidad y multiplicidad en juego “saberes locales, discontinuos, descalificados, no legitimados, contra la instancia teórica unitaria que pretende filtrarlos, jerarquizarlos, ordenarlos”.10
De tal modo, Michel Foucault opone en ese texto dos modos de producción de la crítica: están, por una parte, los discursos que se efec- túan en los “términos mismos de la totalidad”, y por otra, las ofensivas dispersas, no centralizadas, que, para establecer su validez, no necesi- tan “el visado de un régimen común”.11 Ahora bien, la genealogía y la
arqueología del poder en las sociedades contemporáneas solo pueden llevarse a cabo y desplegarse en toda su amplitud con la condición de suprimir la “tiranía de los discursos englobadores”:12 las teorías “tota-
litarias” (la palabra es de Foucault), como el marxismo y el psicoanáli- sis, tienen un efecto fundamentalmente “inhibidor”. Llevan “de hecho, [a] un efecto de frenado”. A veces pueden, es cierto, proporcionar ins- trumentos utilizables en un nivel local, pero justamente a condición de que la “unidad teórica del discurso qued[e] como suspendida o, en todo caso, recortada, tironeada, hecha añicos, invertida, desplazada, caricatu- rizada, representada, teatralizada, etcétera”.13
En el fondo, la idea esencial defendida por Foucault es que, a su vez y muy a menudo a su pesar, los discursos totalizadores producen necesa- riamente efectos de sujeción y jerarquización. “Minorizan” a los sujetos de la experiencia. Ahora bien, la genealogía siempre se situará del otro lado. Procurará sacar a la luz el reverso de los procesos de totalización. Se define como una empresa para “romper el sometimiento de los sabe- res históricos y liberarlos, es decir, hacerlos capaces de oposición y lucha contra la coerción de un discurso teórico unitario, formal y científico”.14
La elaboración de un pensamiento crítico requiere de tal modo dar- se los medios de estar a la escucha de las diversas luchas que surgen en el espacio social, acompañar su irrupción y, por ende, discernirlas en su singularidad. Hay que adoptar una actitud de apertura a lo inédito y, por consiguiente, renunciar a las grillas de lectura que inmovilizan la per- cepción y fijan o predeterminan la mirada que se puede posar sobre el
10 Ibid. [22]. 11 Ibid., p. 8 [20]. 12 Ibid., p. 9 [22]. 13 Ibid., pp. 7 y 8 [20]. 14 Ibid., p. 11 [23 y 24].
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mundo. Puesto que esas grillas generan efectos de dominación y oculta- ción; participan del ejercicio del poder en vez de permitir revelar su me- cánica. Una teoría crítica debe liberarse de la tentación de la totalización. Debe renunciar a construir paradigmas destinados a otorgar una cohe- rencia “general” a lo que sucede en el nivel “local”.
Como se recordará, la deconstrucción neoliberal de las concepciones “monistas” y de los paradigmas unificadores desembocaba en una va- loración de las nociones de inmanencia, pluralidad y multiplicidad (la forma mercado representaba la instancia que brindaba la posibilidad de imaginar una sociedad incoherente, heterogénea, por encima de la cual no se cernía ningún horizonte unificador). “Inmanencia”, “pluralidad”, “multiplicidad”: tales son los conceptos que Michel Foucault pone en el centro de su teoría del poder.
Foucault desarrolla ese punto en la sección de La voluntad de sa-
ber dedicada a la elaboración de su “método” (esta es la palabra que él
utiliza) de análisis del poder. ¿Por qué le parece necesaria esa cuestión de método? Porque la palabra “poder”, que utiliza a lo largo de todo su trabajo, “corre el riesgo de inducir varios malentendidos. Malentendidos acerca de su identidad, su forma, su unidad”.15 Y Foucault acomete con-
tra las teorías que tienden a fabricar una imagen demasiado unificadora, demasiado centralizadora del poder: las que hablan del “Poder” como un “conjunto de instituciones y aparatos que garantizan la sujeción de los ciudadanos en un Estado dado” (las teorías del contrato social) o las que designan con ello un “sistema general de dominación ejercido por un elemento o un grupo sobre otro, y cuyos efectos, por derivaciones sucesivas, atravesarían todo el cuerpo social” (las teorías sociológicas o marxistas).16 A esos paradigmas, que construyen trascendentales y pien-
san en términos de unidad y totalidad, Foucault opone otra concepción, habitada por las nociones de inmanencia y multiplicidad: “Me parece que por poder hay que entender en primer lugar la multiplicidad de las
15 Michel Foucault, Histoire de la sexualité, vol. 1: La Volonté de savoir, París, Galli-
mard, 1976, p. 121 [trad. esp.: Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber, México, Siglo xxi, 1985].
inmanencia, heterogeneidad y multiplicidad relaciones de fuerza que son inmanentes al dominio donde se ejercen, y que son constitutivas de su organización”.17
Hacer inteligible el ejercicio del poder hasta en sus “efectos más ‘pe- riféricos’” impone fabricar un punto de vista que no confine el “poder” en un lugar específico, que no suponga la existencia de un “punto cen- tral”, un “foco único” a partir de los cuales se propaguen los mecanismos de control: “La condición de posibilidad del poder […] es el basamen- to móvil de las relaciones de fuerza que, debido a su desigualdad, indu- cen sin cesar estados de poder, pero siempre locales e inestables”. Hay en consecuencia una “omnipresencia del poder: no porque tenga el privile- gio de agruparlo todo bajo su invencible unidad, sino porque se produce a cada instante, en todos los puntos o, mejor, en todas las relaciones de un punto con otro. El poder está en todas partes; no es que lo englobe todo, es que viene de todos lados”.18
17 Ibid., pp. 121 y 122. 18 Ibid.
“La sociedad no existe”: esta fórmula, típica de la doctrina neoliberal, se percibe con frecuencia como un marcador ideológico extremadamen- te fuerte, el eslogan bajo el cual se reunirían todos los que reivindican una filosofía individualista y libran una guerra política contra las refor- mas de inspiración social y una guerra teórica contra la sociología, en particular. Pero, en cierto sentido, esta idea expresa a la perfección el tipo de percepción que, desde mediados de la década de 1970, Foucault trató de instalar e imponer: el poder se ejerce de manera difusa; está en todas partes, actúa de manera diseminada, y las luchas parciales, loca- les, diferenciales que surgen a intervalos regulares no se inscriben en un conjunto más amplio y global dentro del cual haya que resituarlas para comprenderlas y discernir su sentido. Esas luchas contienen en sí mis- mas su propio valor, su propia significación. Conforme a una percepción bastante cercana a la concepción nietzscheana del acontecimiento (el Ser se resume en la pluralidad de los acontecimientos), Foucault afirma que no hay algo que se llame “la sociedad” y dentro de la cual aparezcan de tiempo en tiempo combates y movilizaciones: esas movilizaciones y esos combates deben pensarse por sí mismos, con prescindencia de cualquier horizonte. Las teorías totales y totalitarias borran la pluralidad, la hetero- geneidad, la incoherencia del mundo social; reprimen las batallas secto- riales, que solo pueden, por lo tanto, acceder a la visibilidad contra ellas. (En otras palabras, en la expresión “la sociedad no existe”, reinterpretada en este sentido, lo que se negaría no es la existencia de lo social, sino más bien la totalización llevada a cabo a través de la idea de que habría algo