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La justificación “científica” del mercado

la última lección de michel foucault

Es cierto, podemos deshacernos con facilidad de tales problemas si afirmamos que el mercado es el instrumento de la explotación económi- ca, de la que los neoliberales serían partidarios. En esta óptica, la teoría neoliberal no sería otra cosa que la ideología de la clase dominante y, en definitiva, defendería el mercado a fin de defender —y hasta de incre- mentar— los privilegios adquiridos por quienes tienen interés en la per- petuación del sistema actual.

Esta representación no me parece muy interesante. En primer lugar porque reduce de manera demasiado brutal la teoría neoliberal a objeti- vos económicos y sociales. De ese modo, propone una interpretación re- ductiva (y banal) de una tradición que también es, no hay que olvidarlo, una gran tradición intelectual, una contribución al debate en el campo de la sociología, la economía, la filosofía, etc. Cuando se describe al neo- liberalismo con los rasgos de una pequeña doctrina económica de clase, desaparece toda su dimensión conceptual.

Pero, en especial, presentar el mercado como la ideología de la cla- se dominante es leer a los teóricos neoliberales en función de un siste- ma teórico contra el cual ellos se definen. Es mirarlos desde un punto de vista exterior. Es aplicarles categorías que ellos pretenden deshacer. Está claro que, a priori, una actitud como esa no es ilegítima. No obstante, ha impedido comprender la singularidad de ese paradigma, los nuevos tipos de problemas planteados por él y las nuevas maneras de plantearlos. La ambición de Foucault sería antes bien esforzarse por ponerse en el lugar de esos autores para captar su visión del mundo.

Foucault menciona desde luego, puesto que es indispensable, el ar- gumento más difundido y conocido que los neoliberales utilizan para justificar el mercado y la idea de que los mecanismos competitivos de- berían estar inscriptos en el centro mismo del funcionamiento de la sociedad. Con mucha frecuencia, su argumento principal se presenta como de naturaleza técnica. Lo han formulado diferentes escuelas: la es- cuela austríaca, de Carl Menger y Ludwig von Mises a Friedrich Hayek, pero también la escuela marginalista (Walras, Jevons, Marshall, etc.). Dicho argumento se apoya en el razonamiento económico para afirmar que ese modo específico de asignación de los recursos sería el que exhi- be la mayor eficacia. A corto o mediano plazo, cualquier otro modelo de organización de la producción y el reparto de las riquezas se revelaría menos productivo: el comunismo, el intervencionismo, el dirigismo, el

la justificación “científica” del mercado monopolio; todos estos sistemas, que tienen por característica común la de poner trabas al juego descentralizado de los mecanismos mercantiles y el ajuste libre de los precios en función de las variaciones de la ofer- ta y la demanda, llevarían necesariamente a una “pérdida de eficiencia”, una “destrucción de riqueza colectiva”, una baja del bienestar privado o social, en comparación con lo que permitiría obtener el equilibrio com- petitivo (al margen de algunos casos excepcionales y locales). En con- secuencia, el mercado aparece aquí como una técnica de coordinación entre otras, pero que tendría la característica de ser la más eficiente. En la síntesis que propone de la obra de Hayek, Catherine Audard escribe, por ejemplo:

Hayek es sin lugar a dudas el pensador moderno que mejor comprendió que la incapacidad del comunismo para rivalizar con el capitalismo no se debe a que sea moralmente inferior, sino a que es ineficaz porque no en- tiende la naturaleza de los procesos económicos. No es el planificador sino el empresario quien está mejor situado para discernir los procesos econó- micos, porque los comprende “desde adentro” y recibe permanentemente la información necesaria por intermedio del mercado y el sistema de precios.1

Resulta fácil, a no dudar, comprender por qué los neoliberales hacen hin- capié en este tipo de argumento: pueden dar así a su política una autori- dad científica. Todo sucede aquí como si la discusión sobre el mercado fuera de orden puramente técnico. Se trataría simplemente de evaluar de manera objetiva la eficacia relativa de los diferentes sistemas económicos posibles. Por lo tanto, y en contra de las apariencias o de lo que suele de- cirse de él, el neoliberalismo no sería una ideología. Contaría con funda- mentos científicos y solo restaría inclinarse frente a la lógica implacable del razonamiento matemático.

En muchos aspectos, entonces, esta forma de adosar el discurso neo- liberal a una retórica y una argumentación científicas se emparienta, en los teóricos de esta corriente, con una operación estratégica. Se trata de ejercer efectos de intimidación: esta doctrina tendría la ciencia de su

1 Catherine Audard, Qu’est-ce que le libéralisme? Éthique, politique, société, París, Ga-

llimard, 2009, pp. 374 y 375. Véase también Roger Guesnerie, L’Économie de marché, ed. actualizada y aumentada, París, Le Pommier, 2006.

la última lección de michel foucault

lado, y las teorías alternativas deberían resolverse a aceptar la evidencia de las cifras. Tal vez se trate también de desdramatizar la reflexión sobre el mercado, escapar a las fantasías que suscita, haciendo como si solo fuera cuestión de comparar tranquilamente la optimalidad relativa de los diferentes mecanismos de asignación de los recursos, de modo que la violencia que provocan los escritos neoliberales no tendría razón de ser.

En Nacimiento de la biopolítica, Foucault no da mucha cabida a ese aspecto del razonamiento neoliberal. Se interesa más en la manera como la reflexión sobre la forma mercado entra en resonancia con toda una serie de apuestas políticas, éticas, filosóficas, etc. Precisemos no obstan- te que no se trata aquí de oponer las consideraciones “técnicas” o “eco- nómicas” a las preocupaciones “teóricas”. Una de las especificidades del neoliberalismo es, en efecto, hacer que esas dimensiones sean insepara- bles y estén ineludiblemente ligadas una a otra: muchas veces, al plan- tear problemas técnicos esos autores se ven en la necesidad de ocuparse de problemas políticos, sociales, éticos, etc. Hay algo así como una lógi- ca productora del razonamiento económico que lleva a quienes la ma- nejan a salir de la economía. Por consiguiente, desde el punto de vista de la teoría social o la filosofía política, lo que está en juego en el neoli- beralismo se inscribe en un mismo sistema, un mismo dispositivo que lo que está en juego en él desde un punto de vista económico o “científico”. Estamos ante las dos caras de una misma actividad. De modo que no es una casualidad que en los escritos del autor que probablemente haya ido más lejos que nadie en la defensa del neoliberalismo como técnica social dotada de la mayor eficacia, Friedrich Hayek, encontremos los avances teóricos más profundos y radicales acerca de lo que puede significar el pensamiento neoliberal, y podríamos hacer una observación análoga res- pecto del economista Gary Becker.

La representación tradicional de la filosofía neoliberal se apoya en la idea de que se trataría de una doctrina que pone en su centro el valor de la libertad y, asociados a él, los valores de la propiedad privada y los de- rechos naturales. La preocupación de esta corriente sería defender la so- beranía de cada individuo sobre su cuerpo y su propiedad. Esta defensa puede asumir, por supuesto, diferentes formas. Se la ejerce de manera más o menos radical, más o menos vigorosa. Pero todas las versiones se inscribirían, no obstante, en un dispositivo conceptual común que plantea ante todo el principio de una legitimidad plena y cabal de cada quien para utilizar lo que posee como mejor le parezca, y que descalifica a continuación como ilegítimas e injustificables las acciones tendientes a restringir ese uso. El liberalismo y el neoliberalismo configurarían así el concepto de “libertad” como el instrumento privilegiado de su crítica radical de las instancias que, según ellos, tienden a violar los derechos de propiedad de los individuos; entre esas instancias está en primer lu- gar el Estado, cuyo intervencionismo económico y social desembocaría necesariamente en la multiplicación de mecanismos coercitivos (el im- puesto, la regulación, etc.). La defensa del mercado se inscribiría pues en un marco más general de defensa de la libertad: es indiscutible, además, que los neoliberales siempre presentaron la libertad económica como una libertad política tan importante como las demás.1

1 Véase por ejemplo Milton Friedman, “Liberté économique et liberté politique”, en Ca-

pitalisme et liberté, trad. de A. M. Charno, París, Robert Laffont, 1971, pp. 21-37 [trad. esp.:

IV. De la pluralidad

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En apoyo de esta representación podemos mencionar el hecho de que la mayoría de los grandes libros de esta tradición se afirman en su título mismo como meditaciones sobre el concepto de libertad, desde

De la libertad de John Stuart Mill hasta los Cuatro ensayos sobre la liber- tad, recopilación de los principales ensayos de Isaiah Berlin, pasando

por Los fundamentos de la libertad de Hayek y La ética de la libertad de Murray Rothbard, uno de los teóricos de la doctrina libertaria y anar- cocapitalista.

El gesto de Foucault va a consistir en recusar esa representación, relativizar el lugar que ocupa el concepto de libertad —y por ende, tam- bién el de “derecho natural”— en el pensamiento neoliberal, y proponer una visión alternativa de esta tradición. Foucault sostiene, en efecto, que el concepto central del enfoque neoliberal no es el de libertad sino el de pluralidad. El valor de libertad cumple desde luego un papel importan- te, pero a menudo subordinado, secundario en relación con la noción de pluralidad: con frecuencia, la función de aquella es servir a esta. En otras palabras, el neoliberalismo debe concebirse como una meditación sobre la multiplicidad, una reflexión sobre la sociedad que sitúa en su centro el tema de la pluralidad. La especificidad de ese paradigma estriba en que nos fuerza a preguntarnos lo que implica y quiere decir vivir en una so- ciedad compuesta de individuos o grupos que experimentan modos de existencia diversos.

En ese marco hay que comprender el lugar asignado a la forma mer- cado. Según los neoliberales, esta constituye en efecto el único modo de regulación adaptado a una característica esencial de las sociedades con- temporáneas, que es la diversidad fundamental de los sectores de acti- vidad y la pluralidad de las formas de existencia. Más aún: una vez que nos situamos del lado de la diversidad, de la pluralidad, de la innova- ción social, no podemos sino abogar por un desarrollo de la lógica mer- cantil contra todas las otras modalidades de organización, en primera fila de las cuales está la lógica de Estado.

Entre quienes defendieron esta concepción está Friedrich Hayek. Para él, la característica fundamental de la sociedad moderna es su hetero- geneidad. La industrialización generó un movimiento masivo de división “La relación entre libertad económica y libertad política”, en Capitalismo y libertad, Ma- drid, Rialp, 1966].

de la pluralidad del trabajo. La especialización produjo una proliferación de los sectores de actividad. El mundo contemporáneo está más diferenciado que el mundo antiguo. Y la consecuencia de esa situación sería la imposibili- dad de una administración centralizada de la economía:

El control y el dirigismo no presentan dificultades en una situación lo bas- tante simple para permitir a un solo hombre o un solo consejo abarcar to- dos los sucesos. Pero cuando los factores que deben considerarse se tornan tan numerosos que es imposible tener una visión sinóptica de ellos, entonces —pero solo entonces— se impone la descentralización.2

El Estado y la administración pretenden sustituir al mercado en nombre del interés general, el bien común, el bienestar social… Pero ¿qué sentido tienen esos valores en un mundo diverso? ¿Cómo concebir un plan “co- lectivo” en el cual se reconozcan todos los individuos? ¿Cómo pretender poseer un código moral completo y universalmente válido o seguir una dirección en la cual todo el mundo quiera ir? “Ninguna mente podría abarcar la infinita variedad de necesidades diversas de individuos diver- sos que se disputan los recursos disponibles y atribuyen una importancia determinada a cada uno de ellos.”3 Es esta imposibilidad fundamental de

fabricar un conocimiento “total”, de construir una visión unificadora de la sociedad, la que explica por qué la única actitud concebible sería el rechazo de todo control centralizado y la promoción de la lógica mer- cantil, que deje a los individuos libres en su accionar y no los dirija. La filosofía neoliberal, concluye pues Hayek, parte del

hecho indiscutible de que los límites de nuestra facultad de imaginación no permiten incluir en nuestra escala de valores más de un sector de las ne- cesidades de la sociedad entera y, como las escalas de valores, en sentido estricto, no pueden existir más que en la mente de los individuos, solo hay escalas de valores parciales, escalas inevitablemente diversas y a menudo incompatibles.

2 Friedrich Hayek, La Route de la servitude, trad. de Georges Blumberg, París, Presses

Universitaires de France, 1985, p. 42 [trad. esp.: Camino de servidumbre, Madrid, Alianza, 2000].

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Por esta razón, es preciso “dejar que el individuo, dentro de determi- nados límites, tenga la libertad de ajustarse a sus propios valores y no a los de otro, y que sus fines sean todopoderosos y escapen a la dictadura de los otros”.4

Al imponer la idea de que la reflexión sobre la sociedad debe poner en primer plano las nociones de “diversidad” y “multiplicidad” y fijarse como meta la invención de dispositivos que permitan proteger y hacer proliferar las diferencias, el neoliberalismo persigue un objetivo teórico bien preciso. Pretende encarnar una ruptura con el conjunto de las co- rrientes intelectuales que se afanan en construir una visión “monista” del mundo social. En ese sentido, el enemigo principal del neoliberalismo no ha sido, como se cree con demasiada frecuencia, el socialismo o el mar- xismo o, en términos más generales, los programas dirigistas y colectivis- tas. Es cierto, estas doctrinas fueron a menudo los blancos de sus ataques más violentos. Pero la polémica incesante contra las corrientes anticapi- talistas fue un obstáculo para la comprensión del pensamiento neoliberal. El objeto de la oposición incesante del neoliberalismo, aquello con- tra lo cual este se levantó con más fuerza y constancia, es una actitud fi- losófica más general, que vemos plasmada en escuelas, países o períodos distintos, pero que, según sus defensores, tiene su verdadero nacimiento en el pensamiento de la Ilustración: la actitud consistente en promover una percepción unificante o unificadora de la sociedad a través de la valoración de todo lo que concierne a lo “común”, lo “colectivo”, lo “ge- neral”, en detrimento de lo que está en la órbita de lo individual, lo par- ticular, lo local.

Para los neoliberales, una pulsión autoritaria y conservadora ani- ma la filosofía política tradicional. Esta construye en forma sistemáti- ca una teoría de la soberanía política y del derecho en el marco de una