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LA INSCRIPCIÓN DE LA CRUZ

In document EL_PROCESO_A_JESÚS_Paul_Winter,__1995 (página 155-160)

9 «NOSOTROS NO TENEMOS AUTORIDAD PARA EJECUTAR A NADIE»

12. LA INSCRIPCIÓN DE LA CRUZ

Los cuatro Evangelios nos informan de una inscripción en la cruz de Jesús, pero hay variantes respecto al contenido de la inscripción (Mc15, 26; Mt 27, 37; Lc23, 38; Jn 19, 19). La forma más simple es la de Marcos: «El Rey de los Judíos». El Segundo Evangelio no incluye ninguna información sobre el idioma, o idiomas, en que se hizo la inscripción, pero como la lengua que se hablaba en Judea era el arameo, él debe ser el candidato evidente. Las palabras concretas de la

inscripción podrían haber sido: ν'-ππ'ί ν^π o νίοιπ'τ tain. 1

Mientras el Segundo Evangelista trata la inscripción de la cruz como «un détail légal de l'exécution»,2 una expresión simple y directa del motivo de la ejecución de Jesús (el delito del que se le había declarado culpable),3 los

evangelistas posteriores amplían el sencillo informe marcosiano, sumando a las palabras de la inscripción propiamente dicha otras y subrayando su carácter multilingue. El término αιτία desaparece, sin embargo, de las versiones

lucasiana y juaniana del «détail», por no casar con el respeto debido a Jesús de Nazaret. El cambio es completo en el Cuarto Evangelio, donde las palabras del titulus (este término técnico aparece concretamente en Jn 19, 19) en vez de ser indicación de por qué se había emitido un veredicto judicial adquieren un

sentido profético. Igual que Caifas, contra su deseo, se ve obligado a anunciar el cumplimiento de un plan providencial (Jn 11, 51), así Pilatos, cuando ordena que se fije en la cruz una inscripción (Jn 19, 19), no indica la αιτία (causa) de la muerte de Jesús, sino que proclama su βασιλεία (basileia - reinado). Esto se corresponde con el carácter general de la versión juaniana de la crucifixión de Jesús. El titulus no indica ya el delito concreto del condenado; es una

confirmación profética de la soberanía de Jesús sobre las gentes de todas las lenguas lo que Pilatos (¿involuntariamente?) ordena fijar en la cruz, y allí permanece pese a la oposición judía. La cruz, no se identifica ya con la mayor humillación del ser humano, se ha convertido en símbolo de la exaltación de

Jesús; lejos de interpretarse la Pasión en el sentido de ταπεινοϋσθαι, se describe con la expresión ύψωθηναι. 4 Pese a expresiones como «Tengo sed», la

descripción de la muerte de Jesús que hace el Cuarto Evangelio, carece de realismo. La muerte sólo es en él una fase transitoria de la glorificación del Λόγος (Logos-Verbo) - eterno en su ruta hacia el Padre que le había enviado. Jesús no dice «tengo sed» porque realmente la tuviese, lo dice para que pueda cumplirse la profecía de las Sagradas Escrituras (Jn 19, 28).

Quizás sea esta interpretación juaniana de las palabras grabadas en la cruz lo que ha llevado a algunos autores modernos a dudar de la historicidad de todo el relato que figura en Mc15, 26.5 Este escepticismo carece de base. T. A. Burkill, en su monografía sobre el evangelio marcosiano, analiza la inscripción y acaba aceptando que Mc15, 26 pertenece al estrato más primitivo del relato de la Pasión, 6 fielmente reproducido en este caso por el Segundo Evangelista. Y ésta parece ser la conclusión correcta. Hay, desde luego, buenas razones, además de las que ha expuesto Burkill, para no dudar del hecho histórico de que se fijó en la cruz una inscripción como la citada en Mc15, 26, o se colgó de ella, en la crucifixión de Jesús de Nazaret. Si algo hay sobre su pasión que figure en los cuatro Evangelios y esté de acuerdo con la historia, es precisamente el dato de que fue crucificado y que de la cruz de que colgó su cuerpo torturado colgaba también una indicación sumaria de la causa por la que había sido condenado al servile supplicium.7

Como se ha indicado ya, no hay razón válida para considerar el έπιγεαφή της- αιτίας- αύτοΟ (Mc15, 26) como algo más que simple dato histórico. Las palabras de la inscripción no contienen la menor referencia al Antiguo Testamento, y no pudieron nacer del deseo de hacer coincidir la versión de las últimas horas de Jesús con una predicción divina. Las palabras del titulus de Pilatos eran, en cierto modo, ofensivas, hasta para la vision cristiana de la persona de Jesús. 8 Lejos de nacer de un deseo de buscar confirmación profética en las palabras de Mc15, 26, fue precisamente este versículo el que indujo a algunos cristianos a alterar la redacción de Salm 95 (96), a fin de que el Antiguo Testamento

coincidiera con lo que el Nuevo pretendía; «la historia» es, aquí, pues, anterior a «la profecía». Las palabras κύριος- έβασίλευσεν en Salm 95, 10 Gk (96, 10 en el M. T.) se modificaron para que coincidieran con el informe evangélico de la inscripción de la cruz de Cristo, de modo que dijesen ό κύριος- έβασίλευσεν από ξύλου. Fue una adaptación cristiana primitiva. La Epístola de Barnabas 8, 5 la refiere con las palabras ή βασιλεία Σησοϋ επί ξύλου, y Justino lo aprovechó en su Diálogo con Trifón. 9 Esta interpretación llegó a aceptarse luego de modo casi general en el occidente cristiano. Tertuliano, en Adversus Marcionem, parece convencido de su autenticidad: «si legisti penes David Dominus regnavit a ligno, expecto quid intellegas, nisi forte lignarium aliquem regem significan Iudaeorum, et non Christum, qui exinde a passione ligni superata morte regnavit».10 Es

significativa la sustitución de «Deus» por «Dominus» y del futuro «regnavit» por el perfecto en el pasaje paralelo de Contra los judíos, de Tertuliano: «Si legistis penes prophetam in Psalmis Deus regnabit a ligno, expecto quid intellegatis, ne forte lignarium aliquem regem significan putetis, et non

Christum, qui exinde a passione ligni [Christi] superata morte regnavit». 11 La referencia reaparece en De montibus Sina et Sion del Seudocipriano:

«annuntiate regnum Dei in gentibus, quia Dominus regnavit a ligno et transivit in gentibus»,12 y la repiten Ambrosio, Agustín, León el Grande, Gregorio el Grande, Casiodoro, Pedro Damián, Bernardo de Clairvaux y otros. En

recensiones griegas recientes del Salterio, se ha eliminado discretamente del texto la interpretación, que pasa a las notas al pie. Aún puede encontrarse, sin embargo, en el Salterio Veronense.

Hay otra razón, quizás aún más sólida, para no presumir que la teología y la apologética influyeran en el texto de la inscripción: los autores de los Evangelios compilaban tradiciones que ellos reformulaban y adaptaban para ajustarías a las ideas de un público acostumbrado a leer en griego, y empapado de las ideas predominantes en el antiguo mundo mediterráneo: para ellos, el significado de Jesús no dependía del hecho de que fuera ό βασιλεύς- των Ιουδαίων, sino de que era ό σωτήρ τοϋ κόσμον. No puede sostenerse, pues, que las ideas

teológicas del Segundo Evangelista hubiesen sugerido las palabras de Mc15, 26. Por último, la costumbre de fijar un titulus al cuerpo del reo crucificado la

atestiguan otras fuentes como característica del procedimiento penal romano.13 La ausencia completa de consideraciones ulteriores (es decir, propósitos

apologéticos, por parte de primitivos κηρύσσοντες- (predicadores) o motivaciones teológicas del Segundo Evangelista) y la presencia, al mismo tiempo, de pruebas objetivas confirmatorias, no dejan ninguna duda respecto a la historicidad del hecho.14

Que Jesús murió crucificado y que la cruz llevaba una inscripción explicando la causa de su condena, es el único dato sólido y cierto que debería ser el punto de partida de cualquier investigación histórica de las versiones evangélicas de su juicio.

Llegados a este punto, cabrían algunos comentarios sobre «las últimas

palabras» que los diversos evangelistas atribuyen al Jesús agonizante. Hay tres declaraciones que pasan por tales: Mc15, 34 (Mt 27, 46), Lc23, 46 y Jn 19, 30. Las versiones lucasiana y juaniana de las últimas palabras de Jesús no tienen base sólida de veracidad histórica; los autores de Lucas y Juan no podían aceptar la idea de que Jesús pudiese haber entregado su alma con palabras que cupiese interpretar como un grito de desesperación y desamparo. El hecho mismo de que se pueda dar tal interpretación a las palabras «Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado», lo han alegado varios estudiosos-como prueba de la historicidad de tal exclamación. El argumento no resulta convincente. El

Segundo Evangelio contiene una referencia de las últimas palabras de Jesús que es ya mezcla de dos versiones distintas de la tradición. Según Mc 15, 37, Jesús murió con un gran grito inarticulado; Mc 15, 34 sustituye el grito inarticulado por una cita de Salm 22, 2 (21, 2 en el Salterio griego). Aquellos entre quienes se formó la tradición en que se basa Mc 15, 34, consideraron adecuado que las últimas palabras de Jesús tuvieran una referencia escritural.15 El Segundo Evangelista se encontró, al parecer, con dos tradiciones, y reprodujo ambas en los versículos 34 y 37. Es la segunda de las dos la que corresponde,

evidentemente, a la tradición primaria. Si bien a los autores de Lucas y Juan pudo influirles la idea de que no debía representarse a Jesús muriendo con

palabras desesperadas en los labios, tal actitud psicologizante difícilmente podía corresponder al medio cristiano-judío en que se formó la tradición de Mc 15, 34. En ese medio todos vivían, actuaban y tenían su ser, en función de la Biblia. Por tanto, una cita del Antiguo Testamento tenía que parecerles más adecuada para el Jesús agonizante que un grito sin palabras.16

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