ella, era una casa que había estado en tres millones pero después de
la crisis bajó a dos millones, y estábamos a finales del año en que
me pasó todo lo malo y yo le dije: «Dos millones y ni un dólar
más.» Aceptó tan rápido que pensé que debí ofrecerle millón
ochocientos. Pagué con cheque de gerencia, me regaló una canasta
de frutas y me hice propietario de una gran casa en la isla. Bien
pronto me enteré de dos cosas de las que la vendedora, nada tonta,
no me informó: los impuestos prediales de la casa eran de tres mil
dólares mensuales y en el subsuelo vivía una colonia de ratas. Lo
segundo tenía solución, había que matarlas a todas, lo primero no
tenía arreglo, estaba jodido y había que pagar los impuestos.
Originalmente, yo no quería ser padre.
Cuando digo originalmente, quiero decir cuando tenía veinticinco años y Casandra quedó embarazada de mí.
Alegué con vehemencia ante ella que si quería ser un escritor, no podía tener hijos.
Casandra me obligó a ser padre y demostró lo estúpido y cobarde que yo era entonces, pues por supuesto era posible ser escritor y tener hijos.
No fueron hijos, fueron hijas. Casandra me dio dos hijas y me acostumbré a amarlas tan pronto como nacieron. No fue un esfuerzo. Las amé por puro instinto, porque era lo natural, como creo que ellas me amaron a mí.
No me impuse límites en el amor que les di porque recordaba con tristeza los límites que mis padres me impusieron de niño y porque creía que nunca se puede amar demasiado; a tus hijos tienes que amarlos sin medidas ni reservas y nunca es bueno dejarlos llorar hasta que se cansen de llorar, como escuchaba decir a mis padres cuando era niño y seguían llegando bebés a la casa; pensaba y sigo pensando que siempre es mejor prestarle atención y
darle amor al bebé o al niño que llora y darle aquello que pide, aun si no lo merece o necesita, pero si dárselo le dará una sonrisa, pues hay que dárselo.
Esa fue mi filosofía como padre durante dieciséis años: no las hagas llorar, siempre que puedas hazlas reír, dales lo que te pidan aunque no lo merezcan; dales todo el amor que sientas por ellas y no les impongas reglas o recortes a su libertad en nombre de la disciplina; ya la vida se encargará de imponerles las reglas y recortes a su libertad, no seas tú quien juegue ese papel de comisario o censor, tú sé el papá payaso que las hace reír y complace en todo.
Ahora me dicen que por eso tengo la culpa de que mis hijas sean como son: seguras de sí mismas, fuertes, con amor propio. Ahora me dicen que les di tanto amor y las consentí tanto que por eso saben bien lo que quieren.
El problema es que ahora están seguras de que lo que quieren es no verme más.
Entonces me dicen que yo tengo la culpa porque las engreí demasiado. No comparto esa idea. No se puede amar demasiado. Se ama todo lo que se ama porque el instinto te dicta amar. Y así fue siempre con mis hijas. Hasta que ellas se molestaron porque entró otra mujer en mi vida, Lucía, y por consiguiente a sus vidas, y porque dejé embarazada a Lucía, y supongo que ellas se sintieron invadidas, agredidas, atropelladas por esa mujer que venía a competir con ellas o desplazarlas como las mujeres que gobernaban mi vida. Su instinto adolescente (era comprensible) fue odiar a Lucía y por extensión a mí, pues ellas seguramente sintieron que ya no eran las únicas mujeres que gobernaban mi vida y se molestaron con la mujer que dejé embarazada y, sobre todo, se molestaron conmigo y me lo hicieron saber porque yo las eduqué en que me dijeran siempre lo que sentían y no me tuvieran miedo.
Pero cuando las eduqué en eso, en decirme la verdad sin tenerme miedo, no imaginé que, después de dieciséis años de amor sin interrupciones, de pronto un mal día me dirían: «No queremos verte más, desaparece de nuestras vidas.»
Fue duro leer eso. No estaba preparado en modo alguno para que me dijeran eso. Porque sentí que no era una pose ni un exabrupto, sentí que de veras no querían verme por un buen tiempo. Y sentí que cuando me decían «desaparece de mi vida» estaban diciéndome simplemente «desaparece», es decir, «si quieres, muérete».
Y presiento que no me queda mucha vida y en efecto voy a desaparecer de sus vidas y la mía, pero no estaba preparado para que mis hijas me ordenaran que desapareciera así, tan de pronto.
Pero ahora debo desaparecer y no quiero desaparecer porque las extraño y pienso en ellas, les escribo y no contestan, y estar viviendo en esta isla en la que pasamos tanto tiempo juntos me trae demasiados recuerdos de ellas que a veces me hacen llorar. Pero lloro solo y en silencio, sin hacer dramas, y simplemente cambio la canción que evocó el recuerdo hiriente o evito la calle que trajo a mi memoria aquella noche cuando salimos disfrazados a pedir caramelos.
No es fácil dejar de amar a quienes has amado los últimos dieciséis y catorce años, y a quienes sigues amando a pesar de que ellas al parecer ya no te aman o están haciendo un esfuerzo por dejar de amarte. Yo no quiero hacer ese esfuerzo. Quiero esforzarme por seguir amándolas y por reanudar la complicidad que nos unía. Pero no es fácil. No es fácil porque no hay respuesta. No es fácil porque son orgullosas y rencorosas como yo. No es fácil porque su madre no sé si ayuda. No es fácil porque la mujer a la que amo y el bebé al que amo están en mi vida y no quiero que dejen de estarlo para, a cambio de esa ausencia que no podría tolerar, entonces recuperar, si acaso, el amor perdido o ausente o enmudecido de mis hijas.
Solo se me ocurrió decirles esto cuando me pidieron que desapareciera: «Me han dado dieciséis años de felicidad en estado puro, tal vez es justo que la vida me obligue a suspender un tiempo tanta felicidad, tal vez era egoísta de mi parte pedirle a la vida que la felicidad con ustedes fuese permanente, creciente y sin interrupciones, quizás esta abrupta e inesperada interrupción sea
una manera de recordarme la suerte que tuve de ser su padre y compartir esos años felices con ustedes.»
Aun así, no estaba preparado para que me dijeran: «desaparece». No quiero desaparecer. Trato de reaparecer, pero no hay nadie, no hay respuesta. Duele. Algo he hecho mal.
Porque el origen del conflicto fue sin duda que me enamoré de Lucía y la dejé embarazada, y eso no puede haber sido un error. Y porque nada de eso lo hice deliberadamente contra ellas o imaginando que despertaría en ellas los celos contra Lucía y nuestro bebé y la manifiesta hostilidad contra mí, una hostilidad que siendo adolescentes supongo que daba cierto prestigio.
Yo también odié a mi padre cuando tenía la edad de mis hijas, pero odié a mi padre de niño, de adolescente, de grande, lo odié toda mi vida o toda su vida porque él me enseñó a odiarlo, me educó en que la nuestra no sería una relación de amor, sino una guerra sin cuartel.
De manera que no es lo mismo que lo que me pasó a mí con mi padre, porque no tuve dieciséis años de felicidad con él que se suspendieron bruscamente. Mis primeros dieciséis años, y todos los que vinieron después, sentí que no me quería, o estaba avergonzado de mí o yo le resultaba un estorbo irritante, y con mis hijas no ha sido en modo alguno algo parecido, sino todo lo contrario: sus primeros dieciséis y catorce años he tratado de hacerles sentir que ellas son lo más genial que me ha pasado, y aunque ahora no quieran verme, sigo sintiendo eso, y por eso lo último que les escribí fue que quizás es justo que la vida me castigue de esta manera solo para apreciar o valorar lo espléndido que fue ser su padre cuando ellas todavía no querían que desapareciera un tiempo.
Lo que ahora me atormenta es que no sé cuánto tiempo me harán desaparecer.
Pero mentiría si dijera que no me duele pensar en que mis hijas prolongarán esta ausencia de mi vida por un año, dos, tres. Que es lo más probable, por otra parte: cuando dejen de vivir con su madre y se vayan a estudiar a sabe Dios qué universidades, tal vez entonces se sientan solas y me extrañen, y quieran que reaparezca
en sus vidas. Pero eso me deja triste porque dos o tres años sin ellas me parecen décadas y porque no sé si estaré vivo cuando, con suerte, ellas quieran que regrese a sus vidas.