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fino al lado Mi suerte estaba echada, esa noche que Lucía vino al programa y anunció el embarazo, creo que el dueño del canal y sus

gerentes mamones decidieron que tenían que dejar caer la

guillotina y decapitarme; estaban seguros de que el embarazo era

una jugada política para hacerme subir en las encuestas y despejar

las dudas sobre mi sexualidad.

Mi vida cambió por una pastilla para dormir.

Aquella noche fui a tomar mi dosis habitual de pastillas y descubrí que no tenía la más potente de todas.

Pude tratar de dormir tomando las demás, o una dosis de las demás superior a la habitual, pero me entró una crisis de nervios y me dije que si no conseguía la pastilla que me faltaba no dormiría y al día siguiente sería el infierno.

Cuando no duermo es el infierno. Lo mismo le pasaba a mi padre, es el mismo tipo de locura.

Por eso salí presuroso a las tres y media de la mañana a buscar una farmacia abierta que me vendiera la pastilla.

Después de dar vueltas y vueltas encontré una farmacia en la avenida Mercurio. Un señor de aspecto oriental me habló con desconfianza detrás de unas rejas. Le pedí la pastilla. Me pidió la receta. Le dije que no tenía. Me dijo que entonces no podía vendérmela. Le rogué que me la vendiese, le dije que mi doctor se llamaba tal y cual y que me había dado la receta, pero ya no la tenía conmigo y hacía años que tomaba esa pastilla, y si no la tomaba aquella noche no podría dormir. El señor me creyó a medias. Trajo la pastilla. Era una sola pastilla.

—Son siete soles —dijo.

Le dije que necesitaba un frasco entero. Se negó a vendérmelo. Me resigné a comprarle la pastilla. Le pagué con un billete de diez.

—Quédese con el cambio —dije.

Subí a la camioneta, bajé por Mercurio, doblé en Tres Marías y de pronto advertí que tenía una sirena detrás. Me detuve. No entendía por qué me habían parado. No estaba manejando rápido.

No había cometido ninguna infracción. Se acercó un policía y dijo que me había pasado la luz roja. Le dije que no me había pasado ninguna luz roja. Discutimos acaloradamente. Le dije que me estaba acusando de algo falso y eso era indigno de un policía. Me dijo que yo debía de estar loco o drogado para no haber visto el semáforo en la esquina de la calle Mercurio.

—Si me pasé el semáforo en rojo, le juro por mis hijas que no lo vi —le dije.

—Es que el semáforo está mal puesto y muchos dicen que no lo ven —dijo él.

Luego fue evidente que el policía quería dinero para dejarme ir. No sé por qué, tal vez porque ya venía irritado o tenso, le dije sin rodeos que no estaba dispuesto a pagarle nada fuera de la ley, yo respetaba a la autoridad y si había cometido una infracción, pues que me multase y pagaría la multa sin protestar.

El policía llamó a su compañero. Hablaron sin que yo pudiera escuchar. Se acercaron a mí. Me hablaron en un tono más cordial. Evidentemente me habían reconocido.

Me dijeron que no querían multarme, pero tampoco podían dejarme ir porque me había pasado la luz roja. Es decir, insistieron en que pagase una coima amigable. Yo me puse terco e insistí en que me pusieran la multa. Ellos sugerían amablemente que la coima me saldría más barata que la multa. Yo afirmaba enfáticamente que no me importaba pagar más, pero de ninguna manera les pagaría algo fuera de la ley.

No sé por qué estaba de un ánimo tan virulento aquella noche, no sé por qué (habiendo pagado coimas tantas otras veces) esa vez me parecía que pagar una coima era premiarlos por esperar sigilosamente en ese supuesto semáforo que me pasé en rojo para saltar sobre mí a cobrarme la coima, me parecía que era premiar esa conducta innoble de la policía y a la vez humillarme como ciudadano.

Simplemente me cogieron en mi noche de «no pago una puta coima, punto, y si me tienen que llevar a la comisaría, pues vamos».

Al final, después de discutir con vehemencia sin que ninguna de las partes cediera, y luego de soportar los policías el sermón

moralista que les infligí sobre el honor que no debían manchar recibiendo dineros por fuera de la ley, me dejaron ir, hartos de ese lunático charlatán que les recordaba que ellos representaban la autoridad y yo acataba esa autoridad y me sometía a ella, y precisamente por eso, por respeto al uniforme que vestían, me negaba a pagarles nada que no fuera estrictamente la multa.

Creo que los policías terminaron odiándome y pensaron que era un tacaño y no un ciudadano honrado y, cansados de mi cháchara, me dejaron ir sin multarme.

Pero yo estaba demasiado tenso para irme a dormir.

Llamé a Lucía y le pregunté si tenía marihuana. Eran las cuatro de la mañana. La desperté. No se molestó. Me dijo que sí. Le pregunté si podía pasar a fumar. Me dijo que sí.

Media hora después, estábamos fumando marihuana y escuchando a John Mayer, Avril, Pink y Lily Allen (ella escuchaba ese tipo de canciones).

Media hora después, estábamos haciendo el amor. Yo no tenía un condón. Estuvo genial.

Llegué a mi casa cuando ya había amanecido. Antes, en un café del barrio, tomé mis pastillas, incluyendo la que me vendió el señor en la botica enrejada. Me fui a dormir.

Semanas después, Lucía me llamó y dijo que no le venía la regla. «Genial», le dije. Creo que mi optimismo no le hizo ninguna gracia.

Al día siguiente me dijo que se había hecho la prueba de sangre y estaba embarazada. Le dije que me parecía una estupenda noticia. Le pregunté si quería tener al bebé.

—Por supuesto —me dijo—. Aunque tú desaparezcas, voy a tener al bebé.

—Por favor, no se te ocurra abortar —le dije—. Si no lo quieres tener, me lo das a mí, yo me encargo de todo.

—De ninguna manera voy a abortar —dijo Lucía. Luego hice una pregunta que no debí hacer: —¿Estás segura de que soy el papá?

Me respondió ofendida: —¡Obvio!

La acompañé al ginecólogo. Todo iba bien. Estaba de seis semanas. Las náuseas eran normales. Ya pasarían.

Saliendo del ginecólogo, le dije que si era hombre quería que se llamase James Baylys. Estuvo de acuerdo. Diría más: se entusiasmó con la idea. Luego me dijo que si era mujer se llamaría Lucía. Me pareció perfecto (aunque pensé que a mi tío Waldo tal vez le molestaría, porque su hija tenía el mismo nombre y apellido que quizá tendría mi hija).

Hasta allí todo estaba bien.

Un día amanecí de malhumor, y cuando Lucía me llamó y pidió que la acompañase al ginecólogo, le dije que no, no quería ir al ginecólogo con ella, mi vida era demasiado complicada para verla cuando ella me llamase.

—Todo bien —dijo ella, y cortó.

Pero todo no estaba bien. Todo estaba mal y se pondría peor. Porque le escribí un correo diciéndole que, si bien quería tener al bebé y me ilusionaba ser papá de nuevo, solo la vería una vez por semana, punto, y cuando tuviese al bebé también la seguiría viendo una vez por semana, y asumiría todas mis obligaciones económicas y digamos sentimentales, pero las confinaría a una visita semanal, más exactamente los sábados por la tarde, punto. Le dije en el correo que no se hiciera ilusiones: si tenía el bebé, a mí me verían los sábados y nada más. Y le dije que si yo viajaba, no viajaría con ella y el bebé de ninguna manera. Y le dije que sería todo lo buen padre que pudiese ser, pero limitándome a los sábados que estuviese en Lima, y si me provocaba irme medio año o un año fuera del Perú, pues me iría igual, y ella se quedaría con el bebé en Lima, no me iría con ella y el bebé ni loco.

Nunca debí escribir ese correo. Ella no contestó.

Yo pensé ingenuamente que Lucía había entendido que no era una buena idea que la acompañase al ginecólogo y tenía que respetar mis jodidas manías ermitañas.

Pero no fue ingenuidad, fue idiotez la mía.

Porque cuando ella leyó el correo lo tuvo todo muy claro: hizo una cita para abortar al día siguiente y me escribió un correo

informándome de que probablemente abortaría por mi culpa.

Y ahora ¿cómo hago para ir los sábados a visitar a James Baylys, que ya nunca será James Baylys?

(Jaime Baylys, «Todo mal», El Siglo XXI)

Al día siguiente de que Lucía saliera en el programa diciendo

que estaba embarazada, comenzó el caos. Bajé a media tarde al

piso uno: Carmen y Pilar ya habían regresado del colegio, Casandra

me miró con cara de querer degollarme, les pedí a mis hijas hablar

a solas con ellas. Hablé primero con Pilar en su cuarto, ya lo sabía

todo, se lo habían comentado en el colegio, estaba muy afectada,

sorprendida, perpleja, decepcionada por mí. ¿Cómo podía haber

hecho una cosa tan vulgar, tan chapucera, embarazar a una

chiquilla que ella ni siquiera conocía? ¿Cómo podía haberla puesto

en una situación tan incómoda en el colegio con sus amigas? Solo

atiné a decirle que el embarazo había sido fortuito, un golpe de

suerte, un accidente, fumamos marihuana esa noche, no nos

cuidamos, y luego le dije varias veces: «No te preocupes, nada va a

cambiar, todo va a seguir igual entre nosotros, ustedes van a seguir

en este apartamento, yo en el de arriba, y Lucía en su apartamento

y cuando nazca el bebito iré a verlo los sábados y tú no tienes que

conocerlo ni verlo nunca; Lucía no vendrá a este edificio y todo va

a seguir exactamente igual entre nosotros.»

Pilar lloró apenas, se contuvo, fue muy elegante, no me hizo

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