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Hace años conocí a un joven periodista argentino, Leopoldo Camacho, que vino a hacerme una entrevista en un hotel de Buenos Aires. Nos hicimos amigos, no tardamos en hacernos amigos íntimos. Durante el tiempo en que lo fuimos, ese joven no vivió conmigo, porque yo necesitaba vivir solo, pero sí vivió de mí, y sin privarse de nada. Lo mantuve, pagué todos sus gastos, lo llevé de viaje a medio mundo, le regalé un apartamento y un auto, le permití una vida cómoda y, cuando tuvo que trabajar, lo hizo desde mi apartamento en Buenos Aires, con la computadora que le había comprado en Miami, mandando videos para mis programas de televisión.

Hace unos años sentí que mi amistad con Leopoldo tendía a declinar. Sin embargo, no lo abandoné porque su hermana enfermó de cáncer, agonizó dos años y murió. Lo acompañé durante aquel tiempo doloroso, como lo acompañé en los funerales de su hermana. Luego fui alejándome de él. Por lo pronto decidí no hacer más las entrevistas para un canal de Buenos Aires que me obligaban a ir a esa ciudad cada tres semanas. Eso me liberó de la servidumbre del viaje mensual a Argentina. Estando a caballo entre Miami y Lima, procuré que las visitas que me hacía Leopoldo fueran más esporádicas, lo que, como era previsible, desató sus quejas.

Yo siempre le había dicho que la nuestra era una relación de amistad, pero él se aferraba a la cursilería de que algún día se casaría conmigo en el hotel Alvear. Por supuesto, él sabía que yo era bisexual y en teoría aprobaba que estuviera con otras mujeres si me resultaba apetecible, pero los primeros años que pasé con él no me resultó apetecible estar con una mujer.

Seis años después de enredarme con él, conocí a Lucía. Durante casi un año, ella y yo fuimos solo amigos, pero Leopoldo percibía esa amistad con recelo, aunque procuraba disimularlo. Luego Lucía y yo pasamos a ser amigos íntimos. No se lo conté a Leopoldo para

evitarme reproches. Él lo descubrió espiando mis correos en un viaje a Sitges. Como era previsible, hizo una escena.

En otra ocasión, y por seguir espiando mis correos, se enteró de que Lucía podía estar embarazada de mí (lo que fue solo una falsa alarma). Era abril. Leopoldo se desbordó en una escena de culebrón. Fue realmente embarazoso. La teoría de que yo, siendo bisexual, y siendo su amigo, podía estar con otra mujer, no resultaba aprobada en la práctica. En la práctica, Leopoldo actuaba como una pareja posesiva, celosa, despechada.

Por eso, el año en que viví en Bogotá, pasé muy pocos días con él. Sobra decir que lo invité y le di dinero para que se dedicase a su más ardiente pasión: comprar ropa, en particular zapatillas. Sin embargo, se las ingenió para hacer su numerito: como lo alojé en mi apartamento y me fui a dormir a un hotel porque en el apartamento dormía fatal por culpa de los perros que permitían vivir en el edificio y ladraban a todas horas, Leopoldo hizo un escándalo, dijo que lo había abandonado y me obligó a traer desde Buenos Aires a una amiga suya, Natalia, para que lo acompañase. Cuando por fin se fueron, tuve el presentimiento de que no lo vería en mucho tiempo. Su conducta había sido bochornosa. Cuando quería tener sexo conmigo y yo rehusaba educadamente, tiraba la puerta y gritaba vulgaridades, y la verdad es que ya me daba vergüenza tener un amigo así.

Cuando Leopoldo se enteró de que Lucía estaba embarazada, de que ella y yo estábamos felices e ilusionados con el bebé en camino y de que no sabíamos si nacería en Lima o dónde, su primera reacción fue amable, pues me escribió felicitándome y diciendo que compartía nuestra alegría. Pero, como el tiempo habría de demostrar, era una reacción falsa, impostada.

Pues desde entonces, y una vez que me despidieron de la televisión peruana y me mudé a Miami, se dedicó a intrigar telefónicamente contra Lucía, llamándome con insistencia para decirme que yo debía vivir solo en Miami y ella debía quedarse en Lima y tener al bebé en esa ciudad. Esto, por supuesto, no lo decía pensando en el bienestar del bebé, sino en su torturado deseo de venir a Miami a estar conmigo y alejar a Lucía de mí.

Hace poco, Lucía pasó dos semanas muy felices en Miami conmigo (felices, al menos, para mí). Decoramos la casa, compramos la cuna, el coche y otras cosas para el bebé, y decidimos que, como ahora vivía en Miami, tenía más sentido que nos atreviésemos a la aventura de que el bebé naciera en Miami. Además, la presencia de Lucía en mi casa me da paz, me hace feliz, no me siento invadido ni atropellado, ella es lo bastante delicada y sutil como para respetar mis espacios y dejarme respirar con libertad. De modo que hicimos un plan: si todo sale bien, el bebé nacerá en Miami.

Una vez que Lucía partió de regreso a Lima, llamé a Leopoldo. Me dijo que quería venir a visitarme, pues no me veía hacía más de medio año, lo que le parecía un crimen abominable. Prometí averiguar costos de pasajes. En efecto, los averigüé y le dije que un pasaje en business desde Buenos Aires costaba siete mil dólares, y uno haciendo escala en Lima, cuatro mil, y que me parecía una locura gastar ese dinero. Además, le dije que me venía bien pasar unas semanas solo en mi flamante casa, la más linda de todas en las que había vivido en esta isla, la casa en la que quiero vivir lo que me quede por vivir.

Pero Leopoldo se obstinó con venir a verme a Miami. Al día siguiente, me dijo que había conseguido una tarifa en American por mil doscientos dólares y él se la pagaría. Le pedí por favor que me dejara pensarlo. Pero él estaba seguro de que ya estaba en Miami y de que se quedaría un tiempo largo y ya se las ingeniaría para sembrar cizaña contra Lucía y apartarla de mí.

Pues el arrogante mozalbete se equivocó. Con no tan delicados modales, le dije que no quería que viniese, aun con esa tarifa tan conveniente, pues quería estar solo en Miami y no me hacía ilusión verlo, no sentía ya ganas de verlo. Como se puso agresivo, le dije que la sola idea de tenerlo cerca me provocaba «repugnancia».

Jamás hubiera imaginado la venganza de Leopoldo. Fui yo quien decidió que no quería verlo. Por consiguiente, si estaba ofuscado o humillado, debió insultarme a mí. Pero no: cobardemente, escribió un comentario anónimo en el blog de Lucía. Textualmente, escribió esto que Lucía leyó el día que nuestro bebé cumplía cinco meses de

embarazo: «El embrujo que me hiciste ya venció y ahora la maldición caerá sobre ti y tu podrida barriga, puta de mierda.» Delicado, el muchacho. Aludió a un inocente bebé como «podrido» y llamó (como la llamaba Casandra) «puta de mierda» a Lucía.

Lucía me contó que había leído ese comentario y le había hecho daño sentir tanto odio y presentir que provenía de alguna persona cercana a mí. Hice mi lista de sospechosos habituales: Casandra, Leopoldo. A los dos les mandé un correo diciéndoles que tenía el IP del comentario malvado y que rastrearía la dirección y daría con el autor de la vileza.

El cobarde de Leopoldo se meó los pantalones apenas supo que tenía su IP. Confesó de inmediato. Pero confesó insultándome e insultando a Lucía de un modo arrogante, pendenciero. Luego me dijo que se iría de mi apartamento (donde vivió los últimos cinco años, un apartamento con vistas al campo de rugby que ahora he recuperado) y me injurió con procacidades y canalladas que mi memoria ha purgado con buen tino. Solo recuerdo que ponía un énfasis insidioso en burlarse de mi gordura. Pues sí, soy gordo, y a mucha honra, pero no soy un cobarde que le escribe anónimamente a una mujer embarazada diciéndole que su barriga está «podrida».

Como sabe que lo que hizo fue miserable, Leopoldo se retiró ese mismo día de mi apartamento, entregó las llaves al portero y huyó a Madrid.

(Jaime Baylys, «La fuga de la lombriz», El Siglo XXI)

Se me ha terminado el Dormonid. Calculé mal, traje pocos de

Lima. En Miami no lo consigo, no me lo venden. Sin Dormonid

soy un fantasma, un zombi. No duermo. Tomo Ambien, Remerón,

gotas de Rivotril pero es un sueño finito, insuficiente, que me deja

cansado todo el día. Me quedo aturdido, atontado, sin energías. No

puedo escribir, salir de casa, no tengo hambre, no quiero hablar con

nadie. Lucía me ha prometido que me traerá los Dormonid en

febrero. Pero de acá a febrero, ¿cómo carajo llego vivo? Tengo que

encontrar algo potente que me ponga a dormir. Vivir así, cansado

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