4 La valoración vocacional
6. La integración de la vocación en el conjunto de la personalidad
Hasta este punto la valoración vocacional ha considerado dos aspectos estructurales principales (a saber, el yo-ideal con sus valores y el yo-actual con sus necesidades) y ha analizado la relación dialéctica entre ambas estructuras, que generan las tres dimensiones de la virtud o pecado, de la consistencia o inconsistencia y de la normalidad o la psicopatología. En esta última parte de la valoración se pretende completar esta valoración estructural ya hecha con una valoración existencial complementaria de la anterior[222]
.
La antropología de la vocación cristiana considera que la persona es un sujeto vivo, en crecimiento personal y en interacción con personas, grupos sociales y estímulos del ambiente; y, sobre todo, una persona que debe responder a ese entorno desde una intencionalidad consciente que le lleva, a través de distintos niveles de relación con el entorno (empleando distintos niveles de operaciones) a la autotrascendencia en la verdad, el bien y el amor[223]
. En este proceso adquiere un papel muy significativo la voluntad humana como palanca de este crecimiento y como ejercicio de la libertad al servicio de la intencionalidad consciente. Pues el candidato elige continuamente y toma sus opciones a partir del conocimiento que tiene de sí y de su vocación, de modo que en cada decisión pequeña o grande pone en juego todas sus potencialidades en la dirección que él pretende. Y en este optar cotidiano, en este ejercicio continuo de su voluntad, puede integrar mejor las fuerzas dialécticas de su personalidad, y poner todo su psiquismo al servicio de la respuesta a la llamada que es la vocación.
Este dinamismo existencial sucede en la vida humana desde muy pronto, a lo largo del desarrollo evolutivo; por eso en la valoración vocacional se pueden analizar las señales de ese desarrollo, por cuanto haber alcanzado el desarrollo adecuado a la edad es una condición y una medida de la madurez. Aunque es difícil medir este grado de madurez en el desarrollo, los psicólogos del desarrollo nos proporcionan numerosas claves para medir la madurez humana y vocacional, en la que hay que verificar tanto los contenidos de las etapas como, sobre todo, la función que dichos contenidos desempeñan.
Pero al examinador le interesa verificar la incidencia vocacional de esa mayor o menor madurez del desarrollo, por ejemplo en la relación que pueda tener con el desarrollo moral y con el desarrollo de su fe[224]
. Por ejemplo, los rasgos de una fe madura suponen alcanzar una fe como experiencia vital de Dios, y no sólo como ética antropocéntrica; una fe como proyecto personal de vida, y no sólo como proyecto de vida institucional; una fe conjuntiva y universal, y no sólo como autorrealización; una fe en la vida como símbolo de lo último, y no sólo como apego real a esta vida[225]
definitiva, la vocación invita a madurar durante toda la vida y esa maduración se ha de mostrar en signos que se puedan constatar[226]
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Otro modo de verificar el grado de esta madurez vocacional existencial (en la vida vivida) es el de analizar en función de qué tipo de mecanismo adopta sus actitudes vocacionales: si mediante la internalización[227]
, la ambivalente identificación (internalizante o no internalizante) o usando un mecanismo más inmaduro como es la complacencia. Estos mecanismos remiten a un modo existencial (ya no sólo estructural) de asimilación de mensajes vocacionales y formativos, y habla del modo de asumir el propio rol que se le presenta a partir de la aparición de la vocación. En muchas maneras los tres mecanismos citados remiten, por lo tanto, a tres o cuatro niveles de madurez existencial en la respuesta vocacional.
Por ejemplo, a un candidato le agrada mucho ayudar a su párroco en la liturgia de la parroquia. Si prefiere esto a trabajar al sol en las tierras de su padre agricultor de pueblo, quizá las ventajas inmediatas que tiene tal devoción litúrgica puedan hacer sospechosa su motivación. Pero si ayuda al párroco además de sudar junto a su padre en el campo, entonces podemos imaginar que no hay inmediata complacencia en su devoción al altar. Otro candidato al seminario diocesano puede obtener premios evidentes en afiliarse a un movimiento eclesial o sacerdotal (aprobado por la Iglesia) si, por ejemplo, dicho grupo le ofrece una beca para una formación mejor, en un centro internacional, con mejores medios y con más cultivo espiritual. ¿Es la búsqueda de mayor espiritualidad y radicalidad sacerdotal lo que le mueve, o las ventajas indudables (complacencia) que no le puede ofrecer su propia diócesis?
Un tercer candidato puede sentirse deseoso de trabajar en una zona rural cerca de un famoso sacerdote culto y espiritual de reconocido prestigio y autoridad moral, imitándole en lo posible. ¿No puede funcionar en el seminarista una fuerte identificación con este buen modelo de sacerdote?[228]
Siguiendo la antropología de la vocación cristiana se han encontrado empíricamente algunas variables existenciales que resultan muy significativas para establecer la medida de la madurez vocacional en un candidato:
1) la constancia en el estudio, trabajo o misión;
2) la fidelidad a la vivencia de los cinco valores de la vocación cristiana, manifestada especialmente en la relación con Cristo (fidelidad y calidad de la oración) y en la vivencia de la castidad (en cuanto ausencia de gratificación sexual o de vinculaciones afectivas inmaduras);
3) la capacidad de relaciones interpersonales equilibradas con superiores e iguales[229]
. La constatación de estas variables permite una evaluación, al menos cualitativa, de la madurez existencial de una vocación.
Puede haber otros criterios de verificar la madurez existencial de un candidato; por ejemplo, muchos de los rasgos descritos en los documentos de formación sobre el ideal del candidato a sacerdote o religioso/a, que ya hemos señalado, los ofrecen con profusión a sus destinatarios; todo puede ayudar, si lo integramos en la visión estructural de conjunto. En todo caso queda dicho que cada candidato, a pesar de la tensión inevitable en el nivel estructural, y con más o con menos cualidades y circunstancias ambientales, puede disponer de su voluntad para encaminarse en una dirección o en otra; y en este decidir y funcionar existencial activa y ajusta su dialéctica estructural, mostrando así la
madurez que finalmente posee.
Hay candidatos sin muchas cualidades humanas pero, en su limitación, son fieles a una dirección de vida en público y en privado, en el estudio y en la actividad pastoral, en la convivencia y en el descanso. Estos son existencialmente maduros, no sólo estructuralmente consistentes; manifiestan un alto grado de madurez vocacional aunque, analizadas con detalle, no reúnan las mejores cualidades como candidatos.
Otros con más cualidades objetivas (humanas y vocacionales) pueden dispersarlas en múltiples decisiones existenciales contradictorias entre sí, que no tienden a una sola cosa, por lo que no unifican sus energías ni ordenan su vida en servicio y alabanza de Dios nuestro Señor. Aunque sean psíquicamente normales y hasta humanamente brillantes, su primera dimensión no madura ni su vocación integra las numerosas cualidades que poseen.