• No se han encontrado resultados

6 Conclusiones abiertas

1. Un procedimiento válido

La primera conclusión general del recorrido efectuado es que el método ofrecido para entender y juzgar una vocación alcanza el objetivo deseado; parece suficientemente integrador, pues su mirada sobre la vocación de cada sujeto particular se muestra adecuadamente consistente para considerar tanto los criterios teológicos como los psicológicos de la vocación, de modo que se puede entender y evaluar mejor la presencia y calidad de una vocación en el conjunto total de la persona.

Parece también que es un método práctico, claro y aplicable, un verdadero instrumento para ser utilizado por cualquier examinador cuidadoso. Incluye un esquema metodológicamente riguroso que, además, es empleado por muchos examinadores en muy diferentes países para examinar muy variadas vocaciones. Por lo tanto se trata de una pauta formal relativamente abierta y flexible, que permite distintos niveles de profundidad, en relación con la condición de los candidatos, la preparación de cada examinador y el tiempo que se disponga para realizar entrevistas, pruebas y análisis. Un procedimiento que se mantiene siempre vivo y renovado en manos del examinador que lo entiende y aplica con inteligencia a cada circunstancia distinta, y que mejora sus posibilidades a medida que se utiliza.

Al proporcionar una integración de distintas dimensiones, parece un método más completo para examinar a una persona con vocación que la sola evaluación psicológica profesional, puesto que ésta excluye metodológicamente un área muy importante del interés del candidato y de la institución, como es la vocación misma y sus efectos en la

vida vivida; y parece también un sistema de examen vocacional más integral que el solo examen eclesial, por cuanto considera además las distintas dimensiones psicológicas que intervienen en el candidato y puede reconocer la posible influencia de estas dinámicas psicológicas sobre la vocación.

Mucha de la validez del procedimiento presentado se la debe a la antropología en que se apoya, que permite una coherencia teórica y una buena integración interdisciplinar[270]

. Este carácter interdisciplinar permite la incorporación y reelaboración de conceptos muy útiles para el ámbito vocacional como, por ejemplo, los conceptos de valores, actitudes y necesidades; la definición y explicación de cada una de las necesidades disonantes y no disonantes; la introducción de las defensas como mecanismos inconscientes en relación con la vida espiritual; el concepto de desorganización psíquica; la idea estructural de consistencia, inconsistencia y consistencia defensiva; y el crecimiento vocacional como internalización frente a complacencia e identificación, entre otros. El enfoque interdisciplinar de la teoría enriquece la comprensión de una vocación y de la respuesta a la misma, con sus resistencias, dificultades, posibilidades y logros. Su enfoque estructural y transcultural permite una aplicación acomodada a distintas situaciones y sujetos, y permite a la vez distinguir mejor entre los elementos descriptivos y los estructurales de la vocación, entre los contenidos del sujeto (sean virtudes, pecados, actitudes, comportamientos) y su función dinámica dentro del conjunto de la personalidad; con ello no sólo identifica los comportamientos en cuanto entidades observables, sino su significado estructural y dinámico en la persona que tiene vocación.

La antropología de la vocación cristiana también ofrece un marco para ampliar el concepto de madurez integral, pues tiene en cuenta una madurez estructural de cada una de las tres dimensiones, con sus tres tipos distintos de madurez: en la virtud, en la normalidad y en el bien real y no aparente. Ya no se puede mirar a un sujeto con vocación, ni a ningún ser humano, sólo en una perspectiva o dimensión psicológica, ni sólo según una dimensión espiritual. Pero ni siquiera según dos dimensiones conjuntamente (una psicológica natural y otra espiritual sobrenatural); sino que cada persona se expresa y puede ser evaluada según tres dimensiones conjuntamente, en su madurez estructural. Las tres dimensiones, en efecto, suponen una aportación sumamente útil; y, especialmente a través de la llamada segunda dimensión, este modelo de valoración localiza unas fuerzas motivacionales no conscientes (aunque psíquicamente normales) que tienen capacidad de incidir sobre la vocación sin conciencia del sujeto y, lo que es más preocupante, muy frecuentemente sin conocimiento de sus acompañantes y formadores. Respecto a la dimensión de la psicopatología, la teoría afirma (frente a la formulación mayoritaria en la psicología de la época) que no basta un análisis sólo descriptivo, sino que hay que buscar causas (finales y estructurales) para entender y tratar mejor la patología psíquica[271]

. Otro logro de la antropología adoptada que incide sobre la valoración es que a la madurez estructural de las tres dimensiones añade la madurez existencial reflejada en la vida vivida, la cual confirma (o no) la existencia y grado de una madurez integral.

una característica muy relevante de la antropología empleada y de la valoración misma, por cuanto la teoría ha sido confirmada por una investigación empírica que ha empleado una amplia población vocacional, unos instrumentos complejos y contrastados y que hizo un seguimiento notablemente prolongado de una muestra significativa de los sujetos analizados[272]

. Pero es que, a su vez, esta investigación muestra unas constantes en su estudio de las vocaciones que se suelen constatar muy frecuentemente en la práctica privada de la valoración vocacional[273]

. Ejemplos de estas coincidencias son la situación de fragilidad inicial de la vocación, por cuanto el ideal presente es válido de un modo germinativo, pero también altamente vulnerable; que es bastante baja la proporción de vocaciones consistentes que perseveran como tal a lo largo de los años; que hay una alta proporción de vocaciones inconsistentes que abandonan el camino vocacional o que siguen en la institución sin consistencia y sin mostrar la adecuada relevancia vocacional o apostólica; que la motivación es bastante ambivalente en muchas conductas vocacionales; que numerosos abandonos vocacionales pueden tener alguna explicación psicodinámica en la fuerza motivacional de necesidades psicológicas inconscientes; que la dificultad para la transformación espiritual es muy real en muchas vocaciones y que por lo tanto se constata una notable resistencia durante la formación a un cambio profundo de sí, en cuanto transformación en Cristo.

Sin querer agotar la presentación de las bondades del instrumento pastoral explicado en las páginas precedentes, que podría todavía alargarse un poco más, es claro que las indicadas bastan para justificar su uso vocacional y para considerar que ofrece una notable aportación a cualquier práctica de examen o discernimiento vocacional que se emplee y que puede ser mejorado con las aportaciones aquí indicadas. Pero esta afirmación no impide que deseemos ver mejorado este instrumento, para lo que ofrecemos a continuación algunas pistas de trabajo para el futuro, a partir de las observaciones realizadas en nuestra aplicación repetida de esta valoración vocacional. 2. Un instrumento mejorable

Es patente que las cuestiones implicadas en este procedimiento, los conceptos empleados y los supuestos antropológicos son notablemente complejos y por eso el lector de estas páginas habrá pensado que existen en ellas aspectos discutibles[274]

, poco profundizados o, simplemente, que no han sido tratados. Podemos aludir brevemente ahora a alguno de estos aspectos.

Entre los aspectos de la entrevista y de los datos necesarios para el análisis, existe la duda de si el esquema ofrecido se fija suficientemente en los estadios del desarrollo del sujeto examinado en toda su riqueza. Si es cierto que parece un poco limitada la referencia a los conflictos analizados por Erikson, por ser sólo criterios de contenido, también es cierto que se podría complementar este análisis con otros parámetros como el desarrollo del yo en Loevinger o el desarrollo moral de Kohlberg, sin olvidar las interpretaciones del desarrollo religioso de Fowler o de Oser. Parece que el conjunto de estas y otras aportaciones sobre el desarrollo[275]

vocacional ofrecida.

Por otra parte se podría decir algo parecido para integrar los análisis de la familia y del ambiente. En la valoración de Rulla se da una notable importancia a los elementos intrapsíquicos frente a otros enfoques de la evaluación psicológica, que insisten quizá demasiado en la fuerza condicionante del ambiente. Con todo, la experiencia de formadores y acompañantes vocacionales confirma que las experiencias de la historia familiar y el impacto del ambiente marcan notablemente a la mayoría de los candidatos y candidatas, y explican mucho de sus dinámicas actuales. Por lo cual una valoración vocacional no debería descuidar el análisis de la familia (lo que enriquecería la parte de la valoración llamada psicogénesis), del grupo natural de referencia, de la institución vocacional en que crece la vocación[276]

, etc.

El concepto de valores, empleado por la antropología de la vocación cristiana para objetivar la experiencia espiritual, es un concepto muy complejo y discutido, por lo que seguramente es susceptible de revisión en sus fundamentos filosóficos y teológicos, en diálogo con otras antropologías cristianas. Más ampliamente, la teoría inicial de Rulla se fijaba en las disposiciones psicosociales del sujeto y no afrontaba explícitamente el análisis de la primera dimensión, en la que se insertan los valores; pero da la impresión de que la segunda formulación de la teoría tampoco ofrece muchas indicaciones para el análisis de esta dimensión, quizá dando por supuesto que candidatos y examinadores comparten pacíficamente el universo de referentes religiosos que identifican la vocación cristiana. Pero hoy esta situación no es tan clara como hace unos años y parece necesario enriquecer el procedimiento de exploración y análisis de esta primera dimensión. Esto se puede hacer, por ejemplo, relacionando más directamente los cinco valores de la teoría con los valores propuestos en el Nuevo Testamento, y también con las distintas formulaciones eclesiales sobre la vocación.

Por otra parte, el desplazamiento que la teoría ha hecho, desde una psicología de la vocación religiosa y sacerdotal hasta una antropología de la vocación cristiana que es también laical, no ha tenido un desarrollo paralelo que permita establecer claramente un análisis diferencial entre la vocación cristiana laical y la vocación de especial consagración (religiosa o sacerdotal). Si la primera dimensión es común a laicos y consagrados, no parece que sólo el análisis de esta primera dimensión pueda ofrecer base suficiente para verificar la presencia y calidad de una vocación específica de especial consagración.

Respecto a la llamada segunda dimensión, es evidente que constituye un hallazgo muy útil para entender dinámicas espirituales que son influidas por dinámicas psíquicas. Pero ello trae como consecuencia que tanto la segunda como la tercera dimensión incluyen una fuerte carga psicológica para su comprensión, de modo que la diferencia entre las dinámicas psicológicas de una y de otra no siempre parece clara, sino que puede ofrecer algunos solapamientos. Es cierto que la diferencia del horizonte de valores que la caracteriza marca la especificidad de cada una. Por lo cual no toda la psicodinámica normal de cualquier persona forma parte de la segunda dimensión (como en la valoración parece considerarse), sino que puede formar parte de una tercera dimensión que no es patológica sino normal, pero que tampoco tiene mezcla alguna de valores

autotrascendentes en su horizonte. Por ejemplo, si un sujeto tiene necesidades disonantes inconscientes, usa mecanismos de defensa que funcionen, siente un poco de nerviosismo o ansiedad, todo esto parece muy propio de la dinámica natural de una tercera dimensión; pues el horizonte motivacional ordinario de las necesidades psíquicas está constituido por valores naturales (ser querido, ser aplaudido, ser gratificado sexualmente, agredir, defenderse, desanimarse, evitar el peligro), y esto refleja una dinámica más o menos normal de tercera dimensión. Cuando esas dinámicas, además, influyen en la vocación, porque se mezclan en el horizonte de valores del sujeto con otros autotrascendentes, sí parece que entonces, y sólo entonces, pertenece a la segunda dimensión. Pero seguramente muchas personas normales viven predominantemente en tercera dimensión, aunque no tengan ninguna desorganización psíquica. Conforme a esto, si en una persona más o menos normal en tercera dimensión no tiene apenas valores autotrascendentes, su dimensión predominante es la tercera; y sus dinámicas propias, incluido el análisis de necesidades, defensas y estilo defensivo, forman parte de la tercera dimensión, pues se trata de un funcionamiento en el horizonte de los valores naturales.

La llamada tercera dimensión, en cualquier caso distinta de la primera y de la segunda, incluye una problemática que no corresponde tanto a la antropología que manejamos sino a la psicología misma. Rulla analiza sobre todo el polo de la inmadurez y en este terreno se posiciona en el debate abierto a partir de la aparición del DSM III[277]

, completando lo que le parece una perspectiva parcial de dicho manual, como es el uso exclusivo de criterios descriptivos y no causales. Pero, quizá enfrascado en esta batalla, Rulla no se fija demasiado en el otro polo de la madurez de la tercera dimensión, como sería detectar los signos positivos de una persona madura en dicha dimensión. Por eso en la valoración que propone Rulla no parece que se consideren suficientemente las fuerzas de crecimiento del sujeto en esta dimensión; la tradición psicodinámica y clínica en la que se inspira tiende a fijarse más bien en las limitaciones, considerando quizá que un sujeto libre recibe más plenamente la gracia y responde mejor a ella. Pero aunque la sola madurez natural de esta tercera dimensión no dice directamente nada de la vocación propiamente dicha, también es cierto que conocer esa madurez psíquica proporciona una información privilegiada para entender las capacidades del sujeto y para proponerle sugerencias de crecimiento vocacional a partir de ellas.

Es un acierto de la valoración el completar la madurez estructural con la madurez existencial, pues sólo ambas conjuntamente forman la madurez integral que en la valoración interesa. Pero, a su vez, la actual valoración no tiene incorporados unos criterios y procedimientos claros para detectar y valorar esta madurez existencial[278]

, por lo que parece otro aspecto que podría mejorar.

Podría parecer que otra de las limitaciones de la valoración es la relativamente escasa capacidad de predicción, que los formadores desearían fuera mucho mayor; y posiblemente es cierto que los criterios de pronóstico no están suficientemente desarrollados en la rutina de la valoración. Pero son ciertas también dos observaciones que matizan esta crítica. Por un lado, muy pocos métodos psicológicos tienen gran valor de pronóstico, aunque en ocasiones se ofrecen algunos resultados parciales; pero, por

otro lado, algunos datos de la investigación vocacional, que sí permiten extrapolar pronósticos, podrían ser más explicitados e integrados en la valoración y así ofrecerse sistematizados en la rutina del examinador para permitir elementos de pronóstico. Fundamentalmente sabemos que la perseverancia y el crecimiento vocacional, supuesta siempre la acción de la gracia y salvando la libertad del sujeto, son conceptos absolutamente relacionados con la capacidad de internalización, que es la clave de toda previsión o pronóstico; de tal modo que sólo quien tiene capacidad de internalización podrá crecer vocacionalmente, si activa su libertad para ello; y no crecerá vocacionalmente quien no tenga dicha capacidad de internalización[279]

.

El proceso de valoración termina con el informe verbal ofrecido al candidato, que siempre estará amenazado por los dos extremos de ser demasiado simple o tan sumamente complejo que no se entienda ni se pueda aplicar de ninguna manera. Por un lado, después de un trabajo tan exigente como es toda la valoración, no convendría que el informe fuera demasiado simple; las afirmaciones explicativas del examinador (aunque básicamente sean bastante claras) deben apoyarse en numerosas observaciones y datos de la vida del candidato de modo que éste comprenda las explicaciones. Es cierto que, según la teoría manejada, las dinámicas inconscientes no pueden ser reconocidas simplemente con una explicación racional y que por ejemplo una presentación de sus defensas tendrá como primer efecto previsible hacer al sujeto aún más defensivo. Pero, en todo caso, el informe debería proporcionar al candidato una serie de datos más o menos claros, algunos ejemplos iluminadores, consecuencias humanas y vocacionales de lo que se le ha dicho y, en lo posible, motivación para realizar algún cambio en su modo de vida, para aprender a cambiar. Pero de nuevo es claro que sólo un acompañamiento adecuado del candidato, que incluya las claves antropológicas de la valoración realizada, proporciona a largo plazo la mejor información y la más útil ayuda al que ha querido hacer una valoración de su vocación.

Sin duda estos y otros aspectos de la valoración vocacional y de la antropología que la fundamenta pueden ser revisados y mejorados; en nuestra propuesta revisada hemos intentado incorporar algunos de ellos. De cara a esta revisión consideramos que todo diálogo con las aportaciones de otras perspectivas psicológicas, evitando eclecticismos infecundos, favorecerá la evolución de la valoración propuesta para que siga siendo una ayuda cualificada al servicio de las vocaciones. Ese diálogo debería ser tanto teórico, establecido en torno a la antropología necesaria, como práctico, en el intercambio sobre el ejercicio profesional de la evaluación psicológica y la valoración vocacional, de la psicoterapia y del acompañamiento espiritual.