CAPÍTULO IV: LOS RECURSOS PSICOLÓGICOS
4.10. Inteligencia emocional
El concepto inteligencia emocional (IE) fue utilizado por primera vez en 1990 por Peter Salovey y John Mayer. A partir de sus trabajos se han realizado numerosas investigaciones, pero fue Daniel Goleman, quién convirtió estas palabras en un término de moda al publicar su libro Inteligencia emocional (1995).
Inicialmente, la inteligencia emocional era definida como: “una parte de la inteligencia social que incluye la capacidad de controlar nuestras emociones y la de los demás, discriminar entre ellas y usar dicha información para guiar nuestros pensamientos y nuestros comportamientos” (Salovey y Mayer, 1990). La Inteligencia Emocional según esta autor tiene cuatro componentes básicos: a) la capacidad de percibir, valorar y expresar emociones con precisión; b) la capacidad de poder experimentar, o de generar a voluntad determinados sentimientos, en la medida que faciliten el entendimiento de uno mismo o de otra persona; c) la capacidad de comprender las emociones y el conocimiento que de ellas se deriva y d) la capacidad de regular las emociones para fomentar un crecimiento emocional e intelectual. De sus investigaciones posteriores quedó definida como a). La habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud, b). La habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; c). La habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional y d). La habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual (Mayer y Salovey, 1997).
Es a partir de Goleman (1995) que la inteligencia emocional es vista como una forma de interactuar con el mundo, pero teniendo en cuenta los sentimientos y habilidades acerca del control de los impulsos, la autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía y la agilidad mental, entre otras variables. Posteriormente, Goleman (1999) plantea que la inteligencia emocional tiene dos grandes áreas de competencia: la personal y la social. Señala un conjunto de cinco grupos de habilidades emocionales a las que denomina “aptitudes para el vivir”: conciencia de uno mismo (reconocer nuestros propios sentimientos),
autodominio (ser capaces de autorregularnos), automotivación (ser proactivo ante las más
diversas situaciones), empatía (reconocer los sentimientos de los demás) y habilidades
sociales (manjar adecuadamente nuestras relaciones con los demás). Algo importante de
mencionar es que Goleman otorga mucho mayor peso en el éxito organizacional, a las aptitudes emocionales, que a las facultades cognitivas, señalando que estas son susceptibles de ser desarrolladas durante toda la vida.
En general, los primeros trabajos se encaminaron a examinar el constructo de IE, se centraron en el desarrollo teórico de modelos y la creación de instrumentos de evaluación rigurosos (Mayer, Caruso y Salovey, 2000; Salovey, Woolery y Mayer, 2001). En la actualidad, los investigadores ofrecen definiciones más precisas y sus formulaciones son consideradas como complementarias, enfatizando en la existencia de claros dominios compartidos en sus modelos, aunque difieren en la terminología empleada. Las definiciones más ampliamente aceptadas en el campo científico son aquellas que incluyen como elementos básicos de una persona emocionalmente inteligente, definiendo la inteligencia emocional como, “la
capacidad para percibir, asimilar, comprender y regular las emociones propias y la de los demás” (Mayer y Salovey, 1997). Aunque autores como Bar-On (1997) añaden componentes
adicionales al concepto, tales como rasgos de personalidad o habilidades de tipo social o afectivo; lo que no da una delimitación clara de la definición ya que traslapan otros tipos de inteligencia, como son la inteligencia social y la inteligencia personal.
Hoy en día, existe suficiente base teórica sobre el tema y se han desarrollado las herramientas necesarias para examinar de forma fiable la relación de este concepto con otras variables relevantes, tanto en experimentos de laboratorio como en estudios de campo. De hecho, la línea de investigación vigente se centra en establecer la utilidad de este nuevo constructo en
diversas áreas vitales de las personas, con el objetivo de demostrar cómo la IE determina nuestros comportamientos y en qué áreas de nuestra vida influye más significativamente (Extremera y Fernández-Berrocal, 2004).
En el estudio de la inteligencia emocional se pueden definir tres claras líneas de actuación. En la primera línea de investigación los primeros trabajos fueron los que sentaron las bases y fundamentaron, de forma teórica, la aparición de la IE y desarrollaron diversos modelos teóricos, a la vez que describieron los componentes esenciales que debería poseer una persona considerada emocionalmente inteligente (Salovey y Mayer, 1990; Mayer y Salovey, 1993; Salovey y cols., 1995; Mayer y Salovey, 1997). Luego surgió una segunda línea de investigación dirigida a la creación de medidas e instrumentos de evaluación para medir el nivel de IE de las personas de forma fiable (Bar-On, 1997). En este campo, no existe aún un criterio consensuado, debido a la excesiva proliferación de medidas emocionales, porque muchas de ellas presentan dudosas propiedades psicométricas. La tercera línea de actuación es el desarrollo de estudios empíricos que exploran la validez predictiva y la relación de la IE con otras variables criterio relevantes en nuestras vidas (Extremera y Fernández Berrocal, 2002). Uno de los modelos que se considera que mejor ha integrado estas premisas y está abordando el estudio científico de la inteligencia emocional es el propuesto por Mayer y Salovey (Extremera y Fernández-Berrocal, 2004).
Los modelos de IE, considerados con carácter científico son: los modelos mixtos y el modelo de habilidad:
Los modelos mixtos combinan dimensiones de personalidad como el optimismo y la capacidad de automotivación con habilidades emocionales. En España, el que ha tenido más difusión en los contextos educativos ha sido el modelo mixto de inteligencia emocional de Goleman (Fernández-Berrocal y Extremera, 2002).
El modelo de habilidad de John Mayer y Peter Salovey, se considera menos conocido en nuestro entorno, pero cuenta con apoyo en las revistas especializadas. El modelo de habilidad de Mayer y Salovey se centra, de forma exclusiva, en el procesamiento emocional de la información y en el estudio de las capacidades relacionadas con dicho procesamiento. Desde esta teoría, la IE se define como la habilidad de las personas para atender y percibir los sentimientos de forma apropiada y precisa, la capacidad para asimilarlos y comprenderlos de manera adecuada y la destreza para regular y modificar
nuestro estado de ánimo o el de los demás. Desde el modelo de habilidad, la IE implica cuatro grandes componentes: la Percepción y expresión emocional: reconocer de forma consciente nuestras emociones e identificar qué sentimos y ser capaces de darle una etiqueta verbal; la Facilitación emocional: capacidad para generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la Comprensión emocional: integrar lo que sentimos dentro de nuestro pensamiento y saber considerar la complejidad de los cambios emocionales y la
Regulación emocional: dirigir y manejar las emociones tanto positivas como negativas
de forma eficaz.
Estas habilidades están enlazadas de forma que para una adecuada regulación emocional es necesaria una buena comprensión emocional y, a su vez, para una comprensión eficaz requerimos de una apropiada percepción emocional. No obstante, lo contrario no siempre es cierto. Personas con una gran capacidad de percepción emocional carecen, a veces, de comprensión y regulación emocional. Esta habilidad se puede utilizar sobre uno mismo (competencia personal o inteligencia intrapersonal) o sobre los demás (competencia social o inteligencia interpersonal). En este sentido, la IE se diferencia de la inteligencia social y de las habilidades sociales en que incluye emociones internas, privadas, que son importantes para el crecimiento personal y el ajuste emocional.
Fernández-Berrocal y Extremera (2002) consideran que las habilidades integradas en este modelo son de suma importancia y creen que deben ser habilidades esenciales de obligada enseñanza en la escuela. Sin embargo, debido en parte a la confusión terminológica y a la proliferación de libros sin demasiado rigor científico, que se publicaron tras el best-seller de Goleman en 1995; ni los investigadores ni los educadores tienen claro qué herramientas de evaluación existen para obtener un perfil emocional de sus alumnos. Por lo que estos autores consideran que, la evaluación de la IE en el aula supone una valiosa información para el docente en lo que respecta al conocimiento del desarrollo afectivo de los alumnos e implica la obtención de datos fidedignos que marquen el punto de inicio en la enseñanza transversal. En líneas generales, se puede decir que la capacidad de percibir y expresar emociones, sería la primera habilidad que se requiere para llegar a ser una persona emocionalmente inteligente. Aquí se incluiría el registro, la atención y la identificación de los mensajes emocionales, así
como, su manifestación a través de las expresiones faciales, el tono de la voz, etc. Como principales subhabilidades asociadas al mismo encontramos: la identificación de las emociones en los estados subjetivos propios, la identificación de las emociones en otras personas, precisión en la expresión de emociones y la discriminación entre sentimientos y entre las expresiones sinceras y no sinceras de los mismos.
Desde las teorías de la inteligencia emocional se resalta que nuestras capacidades de percepción, comprensión y regulación emocional son de vital importancia para la adaptación a nuestro entorno y contribuyen sustancialmente al bienestar psicológico y al crecimiento personal, independientemente del nivel cognitivo o el rendimiento académico del alumnado (Salovey y Mayer, 1990; Mayer y Salovey, 1997). Uno de los modelos que mejor ha integrado estas premisas y está abordando el estudio científico de la inteligencia emocional es el propuesto por Mayer y Salovey (Mayer y Salovey, 1997; Mayer, Caruso y Salovey, 1999). Los estudios realizados en Estados Unidos han mostrado que alumnos universitarios con más IE (evaluada con el Trait Meta Mood Scale (TMMS) de grupo investigación de Salovey y Mayer) informan de menor número de síntomas físicos, menos ansiedad social y depresión, mejor autoestima, mayor satisfacción interpersonal, mayor utilización de estrategias de afrontamiento activo para solucionar sus problemas y menos rumiación. Además, cuando estos alumnos son expuestos a tareas estresantes de laboratorio, perciben los estresores como menos amenazantes y sus niveles de cortisol y de presión sanguínea son más bajos (Salovey, Stroud, Woolery y Epel, 2002). Incluso, se recuperan emocionalmente mejor de los estados de ánimos negativos inducidos experimentalmente (Salovey y cols., 1995).
Otros estudios realizados en Australia presentan evidencias de que estudiantes universitarios con alta IE responden al estrés con menos ideaciones suicidas, comparados con aquellos con baja IE, e informan de menor depresión y desesperanza (Ciarrochi, Deane y Anderson, 2002). Igualmente, Liau y cols. (2003) han encontrado que los estudiantes de secundaria que indican menores niveles de IE tienen puntuaciones más altas en estrés, depresión y quejas somáticas. Estudiantes universitarios con niveles altos de IE muestran una mayor empatía, una satisfacción ante la vida más elevada y mejor calidad en sus relaciones sociales (Ciarrochi, Chan y Caputi, 2000).
En España, se han llevado a cabo investigaciones con estudiantes adolescentes de enseñanza secundaria obligatoria y los resultados han mostrado que cuando a los adolescentes se les dividía en grupos, en función de sus niveles de sintomatología depresiva, los alumnos con un estado normal se diferenciaban de los clasificados como depresivos en niveles más altos en IE, mostrando mayor claridad hacia sus sentimientos y niveles más elevados de reparación de sus emociones. En cambio, los escolares clasificados como depresivos tenían menores niveles en estos aspectos de IE y mayores puntuaciones en ansiedad y en la frecuencia de pensamientos repetitivos y rumiativos que tratan de apartar de su mente. Igualmente, altas puntuaciones en IE se han asociado a puntuaciones más elevadas en autoestima, felicidad, salud mental y satisfacción vital, y menores puntuaciones en ansiedad, depresión y supresión de pensamientos negativos (Fernández-Berrocal, Alcaide, Extremera y Pizarro, 2002). El mismo tipo de relaciones entre la IE y el ajuste emocional en estudiantes universitarios se ha encontrado en Chile (Fernández-Berrocal, Salovey, Vera, Ramos y Extremera, 2002).
También se encontró en estudiantes universitarias españolas (Ramos, Fernández-Berrocal y Extremera, 2003) relaciones positivas entre aspectos de IE y empatía y relaciones negativas con los niveles de inhibición emocional. La habilidad para regular las emociones propias y ajenas evaluadas mediante el MSCEIT predijo los niveles de intimidad, afecto y antagonismo que los alumnos universitarios tenían hacia su mejor amigo. Por otro lado, los factores del TMMS fueron predictores significativos de los niveles de empatía de los estudiantes hacia los demás, en concreto, puntuaciones altas en claridad y reparación se relacionaron con mayor toma de perspectiva y menores niveles de distrés personal; mientras que altos niveles de
atención emocional se relacionó con un mayor nivel de implicación empática, pero también
con un mayor distrés personal hacia los problemas ajenos (Extremera y Fernández-Berrocal, en prensa).
Mayer y cols (1999), mediante una medida de habilidad (MEIS) encontraron que los estudiantes universitarios con mayor puntuación en IE tenían también mayor puntuación en empatía. Otros estudios han sido realizados en etapas más tempranas, en donde se ha encontrado que los alumnos de primaria que obtenían mayores puntuaciones en una versión infantil del MEIS eran evaluados por sus compañeros como menos agresivos y sus profesores los consideraban más propensos a los comportamientos pro-sociales que los estudiantes con puntuación baja en IE.
Según Figueroa (2003), la IE incide en la orientación de la vinculación cotidiana intrapersonal, interpersonal, con la naturaleza y con lo trascendente. Incluye autoconciencia emocional, autorregulación del estado de ánimo, eliminar el sentimiento de conflicto y oposición, comunicación positiva, altruismo y auto-mejoramiento afectivo continuo.
De todo lo afirmado, arribamos a la siguiente definición sobre inteligencia emocional: Capacidad de no huir de las experiencias negativas impuestas por la adversidad que permite acceder a las emociones y sentimientos propios y utilizar dicho conocimiento para comprender y orientar el comportamiento. Involucra el autoconocimiento y la autoevaluación que incluye la habilidad de razonar sobre las motivaciones internas emocionales y los procesos dinámicos. Hace referencia a usar esta información emocional en el razonamiento.