• No se han encontrado resultados

Para Cuadra y Florenzano (2003), la psicología positiva es un esfuerzo por mostrar que es necesario considerar los potenciales humanos como un factor que puede llegar a ser preponderante en los períodos de crisis, considerando que las crisis son inevitables y necesarias para el crecimiento y madurez del individuo.

Por su parte Sheldon y King (2001) afirman que la psicología positiva no es otra cosa que el estudio científico de las fuerzas y virtudes humanas naturales, una disciplina que se pregunta cual es la naturaleza de la eficacia del funcionamiento del ser humano, centrando la atención

en los potenciales, motivos y capacidades que hacen que una gran parte de las personas se adapten exitosamente en la mayoría de las circunstancias.

Estas definiciones nos conducen a la misión de la psicología positiva, la cual consiste en entender y fomentar los factores que permiten a las personas, comunidades y sociedades prosperar (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000). Y cuyo propósito principal es medir, entender y potenciar fortalezas humanas y virtudes cívicas, incluyendo esperanza, sabiduría, creatividad, coraje, espiritualidad, responsabilidad, perseverancia y satisfacción, entre otras. En general, los temas principales de la psicología positiva se han dividido en cuatro secciones: evolución de las perspectivas, rasgos personales positivos, implicaciones para la salud física y mental, y promover la excelencia. Y varios autores han apuntado que la psicología positiva tiene implicaciones importantes para la mejora de las cualidades personales y la vida profesional a través de aplicaciones individuales y sociales.

A nivel individual, la psicología positiva investiga los ragos personales positivos como la capacidad para el amor y la vocación, el valor las habilidades interpersonales, la sensibilidad estética, la perseverancia, el perdón, la originalidad, la espiritualidad, la sabiduría, el talento, el bienestar subjetivo, el optimismo, la felicidad, la libre determinación, etc. Diener (2000) se focalizó en el bienestar subjetivo; Peterson (2000) en el optimismo; Avia y Vázquez (1998) en el optimismo inteligente; Myers (2000) en la felicidad; Csikszentmihalyi (1999) en una dimensión particular de la felicidad, la experiencia de flujo (Cuadra y Florenzano, 2003). A nivel social explora las virtudes ciudadanas y las instituciones que instan a los individuos a ser mejores ciudadanos, donde se considera la responsabilidad y el trabajo ético.

Lyubomirsky (2001) indica que la respuesta a la pregunta de porqué alguna gente es más feliz que otra es importante tanto por razones teóricas como prácticas y debería ser objeto central de la psicología positiva.

Argyle (1992) dice que la mayoría de personas cuando se les pregunta acerca de sus niveles de felicidad, estas suelen responder por encima del punto medio, de tal manera que algunos

instrumentos que evalúan aspectos negativos se observa un efecto suelo, mientras que cuando se evalúan aspectos positivos se observa, con relativa frecuencia, un efecto techo.

Bárbara Fredrickson (2001; 2002), investigó como las emociones positvas juegan un papel importante en la evolución de la especia humana. Desde esta línea de investigación se presenta un nuevo modelo; el modelo de la ampliación y construcción de las emociones positivas; en donde postula que las emociones positivas ensanchan el pensamiento y el repertorio de acciones en el instante en que las personas las experimentan, lo cual sirve para fortalecer los recursos personales (tanto los recursos físicos, psicológicos como sociales). Fredrickson (2001) distingue una doble relevancia de las emociones positivas dentro de la psicología positiva, por un lado, como marcador de bienestar, y por otro lado, como medio para conseguir crecimiento psicológico y mejoría del bienestar durante más tiempo.

2.3.3. La Psicología Positiva y la Salud

Hablar de Psicología positiva, es hablar de salud, bienestar y prevención de la enfermedad. Las variables como el optimismo, el sentido de control personal y la habilidad para encontrar significado a las experiencias de la vida se asocian a una mejor salud mental. Así como también mejoran la progresión de enfermedades, aumenta la sobrevida en pacientes terminales e influyen sobre la salud en general (Seligman, 1998).

Peterson, Seligman y Vailant (1988) en un estudio longitudinal de 35 años, encontraron que los sujetos que poseían, a los 25 años un estilo explicativo pesimista, fueron menos saludables en su vida posterior que aquellos que tenían explicaciones optimistas a los eventos que les ocurrían. Esta correlación la halló a partir de los 45 años, edad en que el organismo comienza a declinar. Un factor que resultó correlacionar positivamente con una mejor progresión de la enfermedad y con una mejor calidad de vida son las llamadas "ilusiones positivas". Se trata de enfermos que tienen una visión optimista de la enfermedad, son más que realistas.

Taylor, Kennedy, Reed, Brower y Gruenewald (2000) hallaron que las ilusiones positivas en enfermos de SIDA y cáncer correlacionaron positivamente con un aumento en la sobrevida comparada con aquellos que tenían una visión realista de su enfermedad. Esta creencia no correlacionaba con las evidencias empíricas de las pruebas de laboratorio o la sintomatología.

Estos pacientes, aún cuando recibían informes que revelaban un aumento de la enfermedad, solían reaccionar con expresiones que indicaban creencias de control de la situación, daban poca importancia a los hechos concretos o no se concentraban en los síntomas. Además, aquellos pacientes que le daban un significado trascendente a la vida o a la enfermedad o que se distraían, tenían también una progresión más lenta de la enfermedad comparada con enfermos que tenían una percepción objetiva de la misma. Los pacientes de SIDA que tuvieron una aceptación realista de la enfermedad murieron nueve meses antes que aquellos que tuvieron una ilusión de control.

Salovey, Rothman, Detweiler y Steward (2000) también señalan la importancia de instalar la esperanza en los pacientes enfermos y sus posibles vínculos para mejorar los resultados de los medicamentos a través de una respuesta placebo.

Otros investigadores han encontrado que la buena salud objetiva guarda escasa relación con la sensación de bienestar. Importa más la percepción subjetiva de nuestro estado de salud y la valoración de la salud en forma optimista. Cuando una enfermedad es discapacitante, grave y duradera, apenas disminuye la satisfacción en la vida. Incluso se encontró que las personas que ingresan a un hospital con una enfermedad crónica, como cardiopatías, incrementan el estado de bienestar a lo largo del año siguiente a la internación. Además, enfermos de cáncer graves difieren en forma ligera en los puntajes globales de bienestar, comparado con sujetos objetivamente sanos (Breetvelt y Van Dam, 1991). En cambio, la sensación de bienestar disminuye considerablemente en personas con cinco o más problemas de salud (Vázquez- Barquero, Díez, Ayuso, Lasa, Oviedo, Arriaga, Del Verbrugge, Reoma y Gruber-Baldini, 1994)

En un estudio que realizó Fredrickson (2003) sobre el atentado en Nueva York del 11 de septiembre, indican que ha quedado demostrado que experimentar emociones positivas como gratitud, amor, interés entre otras, tras la vivencia de un suceso traumático, aumenta a corto plazo la vivencia de experiencias subjetivas positiva, realza el afrontamiento activo y promueve la desactivación fisiológica, mientras que a largo plazo, minimiza el riesgo de depresión y refuerza los recursos de afrontamiento.

CAPÍTULO III: LA IMPORTANCIA DE LA EVALUACIÓN DE LOS