La interculturalidad se refiere a las relaciones de sangre o de cultura que se generan a partir, ya no de un “topos” geográfico sino de los nuevos conocimientos, “logos”, que surgen en el proceso de convivencia entre comunidades multiculturales. Sin embargo, distintos analistas les otorgan a estos términos diversos significados, algunos más precisos y delimitados. Aquí se referencian algunos de ellos.
Los enfoques teóricos que predominan en el uso de la interculturalidad como propuesta ético política han sido trabajados en América Latina y Europa, respectivamente. En el caso latinoamericano se trabaja este tema a partir de la problemática de los planteamientos de la educación bilingüe en los países con población indígena, mientras que en Europa se ha empezado a esbozar a partir de la problemática cultural y social que se origina con el aumento de los flujos migratorios del hemisferio sur al hemisferio norte.
García Canclini (2004) plantea una distinción genérica entre la multiculturalidad y la interculturalidad. Aunque para el autor ambos conceptos corresponden a dos formas de producción de lo social, sugiere la definición del primero como aquél que supone la aceptación de lo heterogéneo, mientras que el segundo indica que
la diferencia se mantiene, independientemente de las relaciones de negociación, conflicto y préstamos recíprocos. (2004:15).
Para Walsh (2002), la interculturalidad debe ser vista como un proceso, un
proyecto social, político, ético e intelectual que asume la decolonialidad como estrategia, acción y meta. La interculturalidad en este sentido, no es otro universal abstracto sino, un principio ideológico que ha guiado tanto el pensamiento como las acciones en los ámbitos sociales y políticos, pero también en torno a lo epistemológico. La interculturalidad aparte de ser un principio ideológico y forjador
de las organizaciones y movimientos sociales, también construye un imaginario- otro de sociedad, permitiendo pensar y crear las condiciones para un poder social distinto tanto del conocimiento como de la coexistencia (2002:25).
Hopenhayn (2002), ha planteado el debate en torno a la relación multiculturalidad- interculturalidad en América Latina. El análisis de las diferentes experiencias de afirmación positiva de los grupos étnicos en Ecuador y Perú ha dado luces respecto a los resultados logrados en términos de equidad e igualdad en el acceso a oportunidades en el sistema educativo, que se asume como la estrategia o el eje “interculturalizante” de las sociedades. Este autor parte de la consideración de que “la multiculturalidad es el peldaño que nos permite sentar las bases de la
interculturalidad” (Hopenhayn, 2002:5), una vez se logren estrategias
multiculturales y de reconocimiento, que promuevan la igualdad en la diferencia, y que se complementen con estrategias interculturales que promuevan la interacción dialógica y la recreación mutua de las identidades.
Del mismo modo en que Hopenhayn propone la interculturalidad como nuevo paradigma y como parte sustantiva de la cultura política de las democracias participativas en contextos pluriculturales, Restrepo (2002) sigue las definiciones y propuestas de la interculturalidad dadas por autores postcolonialistas como Mignolo y Walsh. Ambos autores consideran que este concepto tiene una connotación “contrahegemónica” y de transformación de las relaciones sociales entre los diversos sectores que constituyen al país, así como de sus estructuras e instituciones públicas” (Walsh, 2001; 134 citado por Restrepo, 2002).
En términos epistemológicos, la interculturalidad apunta a revertir los mecanismos que han subalternizado ciertos conocimientos marcándolos como folclore o étnicos, en nombre de un conocimiento que se asume como universal. Así pues, “la interculturalidad no es solo el ‘estar’ juntos sino el aceptar la diversidad del ‘ser’
en sus necesidades, opiniones, deseos, conocimiento, perspectiva”, etc. (Mignolo
2002: 25 citado por Restrepo, 2002).
Entre tanto, Tubino (2002) ha definido la interculturalidad como concepto descriptivo y como propuesta ético-política, en el cual “las diferentes formas de
relación entre las culturas hacen parte de la vida social”. En esta medida, la
aculturación, el mestizaje, el sincretismo, la hibridación y la diglosia cultural son conceptos descriptivos que se han inventado para describir la complejidad de las relaciones interculturales (2002; 24). Aunque el autor advierte que la interculturalidad como propuesta programática presenta grandes vacíos, considera que una de las bases para el cambio cultural en nuestros países consiste en reasumir el multiculturalismo en el sentido de que para dialogar hay que presuponer el respeto mutuo y condiciones de igualdad entre los que dialogan, es decir, la reducción de las condiciones asimétricas entre las culturas.
Contrario a lo planteado por Tubino, Slavoj Zizek (1998) ofrece una importante crítica al multiculturalismo asumiendo este fenómeno como portador de la lógica del capitalismo multinacional. Dicho planteamiento concluye que la dinámica del multiculturalismo que se impone hoy, es decir, la coexistencia híbrida de mundos
culturalmente diversos se utilizan como sofismas de distracción para ocultar la
problemática opuesta que es la presencia masiva del capitalismo como sistema mundial universal. Mientras las comunidades de gays, lesbianas, minorías étnicas y culturales enfrentan una contienda por el reconocimiento de los derechos diferenciados y de grupo se encuentran con un capitalismo avasallante y homogenizador que suprime las diferencias y que sólo las utiliza para el beneficio del mercado.
De acuerdo con lo anterior, se propone en los términos de Herrera (2000) “un tipo
de práctica no universalista ni multicultural sino intercultural”, en la cual se
abandone la visión del multiculturalismo liberal de tendencia progresista en donde todas las culturas son iguales y sólo habría que establecer un sistema de cuotas o de acciones afirmativas para que las inferiores o patológicas puedan acercarse a la hegemónica pero al estilo de lo políticamente correcto, respetando siempre la
jerarquía dominante. En esta medida, la idea de otorgar voz y presencia en función de las diferentes posiciones sociales es una forma de ocultar que la
diferencia, en muchas ocasiones, no es más que una consecuencia de las
desigualdades que se dan en el inicio o bien en el desarrollo de los procesos sociales (Herrera, 2000:74-77).
Por otra parte, el fenómeno de la criollización importa aquí en tanto fenómeno como proceso de configuración de identidades y sociedades, sobre todo, por la actual condición multicultural de la sociedad insular del Caribe colombiano, que ha experimentado a lo largo de diferentes coyunturas históricas procesos de creación de macro y micro climas, que, a su vez, han surtido efecto en consecuencias imprevisibles que atraviesan las realidades de los sujetos y que son producto de las dinámicas interétnicas e interculturales de la isla.
Así mismo, se pretende utilizar la noción de multiculturalismo como esquema político, sugerida por Restrepo (2002) y Mosquera (2007), es decir, teniendo en cuenta la tendencia adoptada por el sistema colombiano. Ambas miradas resultan interesantes para el abordaje de los procesos de cambio y coyuntura que dieron origen a una sociedad multicultural insular con ciertas particularidades de las cuales hablaremos más adelante. En cuanto a la interculturalidad, se tomará como un hecho social y como propuesta política que parte del reconocimiento del encuentro y la interacción de las culturas, los cuales han permitido la convivencia y el conflicto.
De ahí la importancia de proponer una práctica híbrida tanto en lo conceptual como en lo metodológico, donde se parte de la multiculturalidad como hecho social necesario para la consolidación de un espacio intercultural, que, en términos de E. W. Said, pueda construir “discontinuidades renovadas y casi lúdicas,
cargadas de impurezas intelectuales y seculares: géneros mezclados, combinaciones inesperadas de tradición y novedad, experiencias políticas basadas en comunidades de esfuerzo e interpretación (en el sentido más amplio de la palabra), más que en clases y corporaciones de poder, posesión y apropiación” (Said, E.W, 1996: 514, citado por Herrera, 2000).
Para concluir esta sección de lo teórico que permitirá responder nuestra pregunta central sobre el lugar que ocupan los Half & Half o Fifty-Fifties en el conflicto entre continentales y Raizales, si son un punto intermedio entre ambos extremos y por lo tanto potenciales mediadores entre ellos y podrían desempeñar un papel más activo a favor de la convivencia. Vale considerar que se trabajarán con categorías que permitan problematizar la cuestión híbrida o la hibridez encarnada en los Half & Half de San Andrés. Para tal efecto, se requiere el uso de otros conceptos como etnicidad, mestizaje, creolización, criollización, multiculturalismo e interculturalidad. Este recorrido teórico fue útil para problematizar la etnicidad que funciona como ficción analítica que permite describir cómo los grupos étnicos se autoidentifican y se mueven en un campo político para lograr el reconocimiento a sus derechos y
particularidades de grupo; que el mestizaje como parte de las dinámicas de una sociedad, hace referencia al cruce, al encuentro étnico entre dos o más grupos diferenciados, que se sincretiza en una unión y que como producto de esta relación se encuentran los hijos, comúnmente llamados, mestizos, mulatos y criollos. Esta categoría es problemática utilizarla en la actualidad, por su carácter colonial como materialización de un proyecto político de unidad nacional a través de la fusión de las razas. La hibridez se asumirá como el resultado de la mezcla de la mezcla. En tanto que la criollización corresponde a una tendencia que enmarca las relaciones entre las culturas que se entrelazan mediante el encuentro étnico e intercultural, lo que se constituye en la base de la diversidad, mientras que la Creolité es el ejercicio político de un concepto que significa la existencia de un nuevo sujeto Caribe separado de las unidades que lo conformaron. El
multiculturalismo más que el reconocimiento es el conjunto de políticas que
visibilizan las particularidades de los grupos étnicos y las colectividades. Finalmente, la interculturalidad, es el esquema en que se dan las interacciones e interrelaciones de los grupos o colectividades basadas en el reconocimiento y respeto mutuos. Todas estas categorías son relevantes para entender los
contextos y realidades interculturales cambiantes y móviles de los territorios de la