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Para responder en qué condiciones surgen los procesos de hibridación en el Caribe, Moreno Fraginals (1999) describe la manera como la diversidad de etnias en las minas y plantaciones produjo una serie de conflictos y acercamientos

interétnicos. En ese sentido, se generó un proceso simultáneo de transculturación entre los distintos hombres y mujeres de diferentes culturas africanas, y entre éstos y el dominador europeo, todo ello bajo el proceso de deculturación impuesto. Así pues, lograda la diferenciación interétnica se le agregaron las distinciones entre africanos y criollos, y por el matiz de la piel, entre negros, mulatos, cuarterones, etc.

En este sentido la diversidad étnica fue aprovechada para impedir la unidad y la cohesión de los negros africanos. Así lo reitera Moreno en el siguiente aparte:

“…Y fueron conscientemente aislados, marginados, y se trató inducir entre ellos conflictos que impidieran su cohesión como clase…” No obstante, las prácticas o formas creadas y recreadas por estas masas están en estrecha relación con su situación concreta de carencias, marginación social, explotación económica y rechazo cultural por parte de la clase dominante…” (Moreno Fraginals, 1999; 168- 169)

Por ello, Moreno Fraginals (1999) considera que el estudio de la identidad debe centrarse en las formas en que perdura y es usada o recreada esta cultura de resistencia generada en parte por los antiguos grupos de origen africano, pero extendida dinámicamente a los demás componentes explotados de la sociedad, independientemente de los problemas de la piel.

Así mismo el autor cubano, define el concepto de deculturación como el proceso consciente mediante el cual, con fines de explotación económica, se procede a desarraigar la cultura de un grupo humano para facilitar la expropiación de las riquezas naturales del territorio en que está asentado y/o para utilizarlo como fuerza de trabajo barata, no calificada.

Las diferencias culturales y étnicas entre las poblaciones africanas inmersas en el sistema de plantación impidieron la creación de cohesión social y el sentido gregario de actitudes solidarias entre estos. De este modo, se facilitó la

deculturación como proceso tecnológico aplicado a la explotación del trabajo

esclavo, ya que la cultura común imparte dignidad, cohesión e identidad a un grupo humano (1999; 27).

De otra parte, Allahar (2006) toma el referente señalado por Moreno Fraginals cuando se refiere al Caribe como una región con una identidad particular, proveniente de las relaciones económicas generadas por la plantación de azúcar, denominando a este espacio socio-geográfico como “las islas azucaradas”. El autor trinitario analiza el complejo socio-económico del azúcar, el papel de los colonizadores y la diversidad de trabajadores traídos para el reemplazo de la población indígena diezmada. Algunos en condición de esclavitud (africanos), otros en calidad de trabajadores contratados (culíes chinos e hindúes), otros fueron convictos (irlandeses) y secuestrados (campesinos de Galicia). A partir de ese momento, se dieron nuevas formas de relación de dominación entre los colonos y la población de las plantaciones lo que generó la introducción de nuevos

valores y códigos éticos que eliminaron a los viejos y transformaron a los nuevos, a través de prácticas como la deculturación y la aculturación que derivaron en el sincretismo y en la hibridación expresada en las poblaciones criollas (2006; 5). Pese al encuentro entre las diferentes culturas no se puede afirmar que éstas se hayan unido en los distintos niveles nacionales y regionales. Este argumento, descarta cualquier posibilidad de hablar de una cultura Creole homogénea en el Caribe (2006; 6). Situación que a veces se ha convertido en un impedimento y en otras ocasiones, ha estimulado la unidad e integración de los países del Gran Caribe. Para Allahar, la cultura Creole es mucho más que un “rum punch”. Aunque sus ingredientes básicos incluyen: ron, azúcar, agua, limón, clavos o canela, nuez moscada, las proporciones de sus ingredientes varían según quien lo prepara. Esta analogía es útil para describir los procesos de hibridación o creolización en el Caribe, en el cual, sus ingredientes son las variedades de “sangre” que constituyen el producto Creole. Estos cambian según las intensidades de las mezclas y los lugares en que se dieron, distintos unos de los otros (Allahar, 2003: 24-25).

Posterior al período de emancipación del proceso colonial, se evidenciaron, entonces, prácticas de hibridación cultural que reflejaron diferentes grados y combinaciones socio-étnicos de elementos indígenas, europeos, chinos, indios y africanos (2006; 6).

Vale la pena presentar las connotaciones que han tenido las relaciones interraciales en el contexto Caribe. Para estos efectos, se seguirá la obra de Jean Stubbs (2003) y sus reflexiones en torno a las identidades múltiples en el Gran Caribe. Este ensayo parte de la urgencia de reabrir el debate acerca de la raza y acabar con el resurgimiento del racismo en el mundo. Ella cuestiona el mito de la democracia racial ya que esta estrategia política ha permitido la permanencia de las élites en el poder en un contexto en el cual la mezcla de razas es la constante y que pese a esto, persisten conductas discriminatorias, prejuiciosas y de negación de la presencia afro en Latinoamérica y el Caribe.

En el análisis de Stubbs (2003) se citan los estudios del antropólogo holandés Harry Hoetink (1967; 1973) y su visión comparativa sobre las relaciones raciales en el Caribe. Allí se identifican tres tipos ideales de variación de las relaciones

raciales en las Américas: la más rígida, de dos niveles, pertenece sólo a los EE.UU.; la caribeña no hispana de tres niveles, con un sector intermedio mestizo; y el continuo racial latino. La línea divisoria de las dos variantes Caribes se presenta entre el Caribe hispano y no-hispano. Las percepciones de raza varían

según el contexto en el cual se desarrollan las relaciones interraciales: “la misma

persona podría ser considerada blanca en República Dominicana, mestiza en Jamaica, y negra en Georgia” (Hoetink, 1967; 1973) citado por Stubbs (2003; 6).

En el mismo estudio de Hoetink, se establecen varias tendencias para el Caribe. La primera de ellas consiste en la homogenización que pretendía eliminar a la minoría blanca en el largo plazo. Esto es equiparable a las islas del Caribe anglófono. La segunda tendencia está representada por la entremezcla gradual entre diferentes grupos raciales y culturales, que más adelante sembrarían la división. Esto se ve reflejado en las divisiones profundas entre las poblaciones indo-africanas en Guyana y Trinidad. Pese a que parezca reducirse el significado de la raza, en la región Caribe persiste una ambivalencia hacia el estado Caribe- africano y su legado cultural, en el cual el orgullo racial coexiste con el deseo de mantenerse articulado con el proyecto de Occidente (2003; 6).

Después de procesos históricos como la esclavitud y la plantación, se dieron nuevas redefiniciones de las relaciones raciales en el Caribe, incluyendo la posición sostenida por la élite blanca de considerar a la población negra como un

obstáculo para el desarrollo en la cual se culpa a la víctima. Esto se demuestra

cuando los valores raciales fueron recodificados, recreados y reproducidos socialmente, preservando, alterando reduciendo o acentuando los rasgos físicos, fenotípicos, sicológicos o culturales que distinguían al blanco del negro y del mulato. Así pues, para este proceso vale distinguir dos ámbitos en los que las relaciones interraciales cambiaban de significado. Mientras en lo público se evidenciaba una clara separación de los grupos raciales, en el ámbito privado, se seguían manteniendo relaciones interpersonales más íntimas y próximas. En lo iberoamericano era más profunda la división entre los ámbitos ya que los grupos diferían más en la vida pública que en la privada, mientras que en lo anglófono dicha diferenciación resulta difusa (2003; 8).

Con respecto a los matrimonios interraciales en Cuba llama la atención el trabajo de Stolcke (1992), que describe la visión que se tenía en la época decimonónica sobre los matrimonios interraciales en donde había numerosas alusiones a la valoración y el uso de la apariencia física y el estatus legal como criterio de clasificación social y de sus complejidades. Por un lado, en un informe sobre una pareja mixta, un vecino señala la posible ausencia de diferencias físicas entre personas de origen racial distinto: “Es una parda criolla de la ciudad de Cuba que

puede pasar por parda fuera de su país y aún es de mejor color que el pretendiente [que es de origen español (ANC, GSC, Leg.922/32149). Y, por el otro,

se encuentra el caso de un joven que desea casarse con una parda e insiste en que “…como la madre también es blanca, se bautizó el que habla como blanco,

pero desgraciadamente…su madre se acogió a un hombre de color y de esto resultó el exponente, que su físico, su pelo apasado y su color moreno, le hacen convencer que pertenece a la clase de color…”. El funcionario que llevaba el caso respondió rechazando dicha solicitud de la siguiente manera:

Ofuscado y ciego al ver que la ley le separa del objeto de su amor, no vacila en presentarse ante V.E. despreciando los derechos y privilegios que disfruta como blanco, hasta el punto de no querer tenerse por tal si con ello puede conseguir su

deseo. La partida de bautismo que [él] presentó es un documento irreprochable; en ella consta como blanco y por tal, debe considerarse (ANC, GSC, Leg. 934/32748, citado por Stolck, 1992; 118-120).

En un contexto más reciente, los estudios de casos referenciados por Stubbs (2003) en el libro No Longer Invisible: Afro-Latinoamericans Today, sugieren la manera como se ha negado la presencia de lo negro en diferentes procesos históricos del Caribe Continental. Es de destacar los ejemplos de México, con la paradoja de la presencia histórica negra y su participación en las luchas por la independencia y su posterior negación de la existencia del negro en dicho país; Venezuela, que reivindicó la heterogeneidad del origen de la población afro- venezolana en un proceso sin interrupción de integración étnica, formación de familias y blanqueamiento de la nación café con leche; y Colombia, en donde se invisibilizó al negro en la historia al igual que el conflicto interétnico entre negros e indígenas (2003; 10).

Algo similar ocurre en otros territorios de Centroamérica, la presencia de compañías extranjeras promotoras de actividades económicas y de desarrollo en la región, demandaban la afluencia masiva de trabajadores. Estas dinámicas productivas consolidaron un patrón de mano de obra de enclave, constituida en su gran mayoría por emigrantes afro-caribes. Stubbs (2003), detectó en su análisis, la situación de los afro-nicaragüenses de la Costa Caribe, que dada su condición de angloparlantes, asumieron un rol amortiguador en las relaciones entre grupos étnicos, culturales y las transnacionales. De igual manera, los casos de Honduras y Belice son ilustrativos de esta problemática. En el primero, se observa la existencia de una población híbrida garífuna-negro Caribe, percibida al interior de la nación como los “otros” y, el segundo, donde los criollos o afro-beliceños y los garífunas, pese a ser un sector importante de la población era excluido por la minoría blanca. En ambos casos, se presenta una aparente movilidad ascendente de los mestizos de tez más clara (2003; 10)

República Dominicana, por su parte, es una nación muy mezclada racialmente. Sin embargo, pese a su pasado de esclavitud compartido con Haití, el problema racial es latente y persistente. Esto se explica con la presencia de un sentimiento anti haitiano que surgió con la satanización de lo negro. Dicha representación alcanzó su punto máximo durante las dictaduras de Trujillo y Balaguer, cuando la palabra negro quedó reservada para los haitianos, y el afro-dominicano se reivindicó como indio sin serlo. Representaciones de lo racial que varían según el territorio en que emergen, esto sucede en la isla del encanto en donde el puertorriqueño considera al dominicano como negro y éste, a su vez, se reivindica como blanco (2003; 11).

Desde las formas de interrelación racial y étnica en el Caribe, expresadas en distintas formas de hibridación se continuará con el recuento histórico que da cuenta de la configuración de una sociedad multicultural en el Archipiélago. Aquí es pertinente advertir que en principio, se centrará en la historia de las relaciones

interétnicas generadas en ambas islas desde los tiempos de la colonización y asentamiento permanente para luego enfocarme en las formas de hibridaciones contemporáneas, propias de las nuevas generaciones de hijos entre “pañas” o continentales y Raizales en San Andrés.