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LA INTERIORIZACIÓNDE LAS NORMAS Y LOS VALORES MORALES * Virginia Graue

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Las normas y los valores morales tienen un origen social y funcionan, como hemos visto, con un carácter ideológico.

Es necesario empezar con el examen de esta parte objetiva, externa al individuo e independiente de su voluntad, de las normas y los valores morales, ya que si prescindiéramos de esta parte caeríamos en el absurdo de sostener que el individuo elabora sus normas y valores en la soledad absoluta.

Sin embargo, es necesario explicarnos el proceso mediante el cual el sujeto interioriza o hace suyas las normas morales (interiorizar es volver interno lo externo), ya que es característico del comportamiento moral el acuerdo interno del sujeto con las normas y valores morales. Este lado subjetivo (que reside en el sujeto)de la moral, nos lleva a investigar cuáles son las condiciones que posibilitan este enraizamiento de las normas morales en la conciencia individual, sin el cual el cumplimiento de los actos morales sería puramente exterior y mecánico.

No en todas las sociedades ha surgido este elemento individual, subjetivo. En las condiciones de vida de la comunidad primitiva, la disidencia era fuertemente castigada con el aislamiento del grupo. De este modo, no era posible el individualismo: la supervivencia del individuo dependía de su unión con el grupo.

Posteriormente, en la sociedad esclavista griega y en especial al derrumbarse la “polis” ateniense (ciudad-estado), podemos observar ya la puesta en tela de juicio, aunque con respecto a aspectos parciales, de la sociedad. Así, surge una crítica al orden que socava el origen divino de las leyes (sofistas). Al derrumbarse la ciudad- estado griega, se derrumbaban con ellas sus leyes morales y religiosas. Serán Sócrates y Platón quienes salgan a su defensa, ya que los sofistas habían relativizado las normas absolutas del Estado.

Al disolverse la autoridad externa de la ley, la solución será precisamente

interiorizarla.

“¿Y podemos vivir después de corrompida esta otra parte de nosotros mismos que no tiene salud en nosotros, sino por la justicia, y que la injusticia destruye?: O creemos menos noble que el cuerpo esta parte, cualquiera que ella sea, donde residen la justicia y la injusticia?”…

(Platón, Diálogos, Critón o del deber).

Es el psicoanálisis el que actualmente nos puede hacer más claro el proceso mediante el cual las normas morales se interiorizan.

Si la conciencia moral “es la forma más firme de la ideología”, si es cierto que “los seres humanos por medio del conocimiento pueden cambiar diferentes aspectos de su ideología, pero la conciencia moral por contener las convicciones más profundas del individuo es lo más difícil de cambiar”, como se afirmaba en páginas anteriores, ello se debe a que penetra en la estructura psíquica en la fase más permeable de esta, la infancia.

…podríamos explicarlo si comprendiésemos bien todo lo que ocurrió en la infancia, es decir, en una condición radicalmente distinta de la condición adulta: la infancia es la que forma los perjuicios insuperables, la que en la violencia del adiestramiento y el extravío del animal adiestrado hace que se sienta la pertenencia a un medio como un acontecimiento singular. Solo el psicoanálisis permite hoy estudiar a fondo cómo el niño, entre tinieblas, a tientas, trata de representar, sin

comprenderlo en personaje social que le imponen los adultos; solo él nos puede mostrar si se ahoga en su papel, si trata de evadirse de él o se asimila a él del todo.

Para la imposibilidad de hacer una exposición crítica detallada y profunda del psicoanálisis (que procuraremos tratar más adelante), únicamente señalaremos que la descripción de la vida interna debe encontrarse siempre en relación con la vida externa, objetiva, o como dice Simone de Beauvoir:

El lenguaje mismo del psicoanálisis sugiere que el drama del individuo se desenvuelve en él: las palabras complejo, tendencia, etc., lo implican. Pero una vida es una relación con el mundo: el individuo se define al elegirse a través del mundo y tendremos que volvernos hacia el mundo para responder a las preguntas que nos preocupan.

El psicoanálisis explica pues que la interiorización de las morales se lleva a cabo en la infancia por medio de una identificación con el padre o por quien ocupe su lugar y a través de él, con su particular situación histórico-social. En el carácter inconsciente de este proceso va a radicar toda la fuerza de la conciencia moral, el lugar central en esta explicación lo ocupa el concepto de super-yó o ideal del yo.

Freud, fundador del psicoanálisis, sostiene que existen tres instancias en la mente: el ello, el yo y el super yó.

El primero de estos niveles lo descubre Freud como estando completamente ligado al cuerpo, es decir, a la estructura biológica del hombre. A este nivel lo llama Freud el ELLO, en el cual adquieren expresión psíquica los instintos surgidos de la organización biológica y cuyo contenido es todo lo congénitamente heredado y establecido. Aquí encontraríamos toda la serie de impulsos que tenemos, tales como la necesidad de comer, el instinto de conservación, la necesidad sexual, los impulsos agresivos, etc., a partir de los cuales actuaríamos como seres puramente naturales. Este nivel estaría regido por lo que llama Freud el principio del placer, donde el hombre trataría simplemente de satisfacer sus necesidades de manera inmediata.

Sin embargo, desde el surgimiento mismo del hombre, dice Freud, el hombre se encuentra ya con una serie de obstáculos en la realidad que lo rodea para satisfacer de manera inmediata estas necesidades, e incluso si llegar a satisfacerlas en este sentido, sin ver los obstáculos reales, se destruiría a sí mismo.

En esta búsqueda del hombre por encontrar la manera de satisfacer estos impulsos sin llegar a la autodestrucción, surge un nivel psíquico intermedio entre el ello y el mundo exterior. A este nivel le da Freud el nombre de yo. La tarea del yo consiste en: gobernar los movimientos voluntarios, aprender a conocer los obstáculos que se presentan en la realidad exterior acumular en la memoria las experiencias acerca de los mismos, evitar las dificultades y aprender a modificar el mundo exterior adecuándolo a su conveniencia. El yo, frente al ello, domina las exigencias de los instintos, decide cuando pueden ser éstos satisfechos o los aplaza para circunstancias más favorables.

El yo, aún cuando sigue guiado por el principio de la búsqueda del placer, sin embargo, al aprender los obstáculos que tiene para satisfacerlo, se mueve a partir de otro principio que es llamado principio de realidad.

Ahora bien, el hombre no sólo se está formando por esta relación con el mundo exterior, sino que al mismo tiempo, cada individuo está siendo moldeado para las normas dadas en su sociedad. Las cuales son transmitidas por medio de la educación familiar, de la escuela, y, posteriormente, a lo largo de toda su vida, de las relaciones sociales en general.

Este nivel es el regido por el super-yó, donde se forma lo que después analizaremos como una de las instancias de la conciencia moral, ya que es en este nivel donde reside la relación del individuo con su sociedad.

Hablando del super-yó, Freud afirma:

Se ha acusado infinitas veces al psicoanálisis de desatender la parte moral, elevada y suprapersonal del hombre. Pero este reproche es injusto, tanto desde el punto de vista histórico como desde el punto de vista metodológico. Lo primero, porque se olvida que nuestra disciplina adscribió desde el primer momento a las tendencias morales y estéticas del yo, el impulso a la represión.

Lo segundo, porque no se requiere reconocer que la investigación psicoanalítica no podría aparecer, desde el primer momento, como un sistema filosófico provisto de una completa y acabada construcción teórica, sino que tenía que abrirse camino paso a paso, por medio de la descomposición analítica de los fenómenos, tanto normales como anormales, hacia la inteligencia de las complicaciones anímicas. Mientras nos hallábamos entregados al estudio de lo reprimido en la vida psíquica, no necesitábamos compartir la preocupación de conservar intacta la parte más elevada del hombre. Ahora, que osamos aproximarnos al análisis del yo, podemos volvernos a aquellos que sintiéndose heridos en su conciencia moral han propugnado la existencia de algo más elevado en el hombre, y responderles: ciertamente; y este elevado ser es el ideal del yo o super-yó, representación de la relación del sujeto con sus progenitores. Cuando niños, hemos conocido, admirado y temido a tales seres elevados, y luego los hemos acogido en nosotros mismos.

Antes de llegar al establecimiento dentro del individuo del super-yó, éste pasa por una frase oral en la cual sus satisfacciones dependen del seno materno y una etapa anal, hasta que llega a la etapa fálica o del complejo de Edipo. Al llegar a éste, por su fijación a la madre, el niño quiere identificarse con el padre, tomar su lugar, lo cual lo espanta y le hace el temor de que su padre lo mutile (complejo de castración).

En este momento, surgen en el niño sentimientos de agresión contra su padre al mismo tiempo que interioriza su autoridad: así se constituye el super-yó, que censura las tendencias incestuosas; esas tendencias son rechazadas, el complejo es liquidado y el hijo queda liberado del padre, a quien de hecho ha instalado en sí mismo bajo figura de reglas morales.

De aquí en adelante este super-yó dominará sobre el individuo.

Siendo accesible a todas las influencias ulteriores, conserva, sin embargo, durante toda la vida, el carácter que le imprimió su génesis del complejo, o sea la capacidad de oponerse al yo y dominarlo.

Ese monumento conmemorativo de la primitiva debilidad y dependencia del yo, y continúa aún dominándolo en su época de madurez. Del mismo modo que el niño se hallaba sometido a sus padres y obligado a obedecerles, se somete al yo al imperativo categórico de su super-yó.

“El super-yó ejerce la misma función protectora y salvadora que antes el padre y luego la providencia o el destino….”

El super-yó se comporta como juez y establece un castigo sobre el yo: el sentimiento de culpabilidad. “La tensión entre las aspiraciones de la conciencia y los rendimientos del yo es percibida como sentimiento de culpabilidad”.

Esta tensión establece la diferencia entre la normalidad o la patología del sentimiento de culpa. “Vivir por el yo, dice Freud, equivale a ser amado por el super- yó”

Pero ¿por qué la conciencia moral en unas personas es más rigurosa que en otras? Según Freud “el super-yó es tanto más fuerte cuanto definido y rigurosamente combinado haya sido el complejo de Edipo”.

En la patología, el sentimiento de culpabilidad alcanza extraordinaria energía. …Entonces mi culpabilidad ya no tenía una causa real: era demasiado grande, demasiado inmensa para descansar sobre alguna cosa precisa y exigía un castigo.

El castigo era verdaderamente terrible, sádico: consistía justamente en ser culpable, puesto que sentirme culpable es lo peor que le puede suceder a alguien, es el peor de los castigos. En consecuencia, no podía ser perdonada como si hubiera sido verdaderamente castigada sino que me sentía cada vez más culpable, inmensamente culpable. Me preguntaba constantemente quién me castiga en tan terrible forma, quién me hacía sentir culpable.

Un día escribí una carta de súplica al desconocido autor de mis sufrimientos, al perseguidor, para pedirle que me dijera el crimen que había cometido, para saberlo de una vez. Cuando no sabía a qué dirección enviar la carta, la destruí…

¿Por qué pues, una vez interiorizadas las normas morales y erigidas en el super-yó, dirigen de manera tan eficaz el comportamiento del individuo? ¿Por qué la conciencia moral es lo más difícil de cambiar, el asiento más firme de la ideología? La respuesta está en el origen de la interiorización como proceso inconsciente y en los mecanismos internos de represión que, como vimos, constituye nuestra política interna. Sobre cómo lo inconsciente puede volverse consciente devolviéndonos la libertad, trataremos en otra ocasión.

En Antología de ética, Colegio de Ciencias y Humanidades, UNAM, México, 1980, pp. 145-151.

LECTURA 9

NATURALEZA Y CONVENCIÓN *

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