Primera Parte: Marco Teórico
2. Investigación temprana 1 Estudios pioneros
Entre los estudios pioneros sobre este tema, encontramos a Al Cooper (1997), quien a finales del siglo XX publicó, junto con varios investigadores, diversos artículos. Entre sus contribuciones más importantes se encuentra el modelo del “Triple motor A”, que se refiere al anonimato, la accesibilidad y la asequibilidad, como características inherentes de Internet. Explica claramente cómo la combinación de estos tres motores (aspectos) convierte Internet en un medio con un potencial enorme (Cooper, 1997). Ya entonces este autor insistía en que “dejar que un menor navegue a solas por Internet equivale a permitirle que ande libremente por la calle”. Mientras que muchos padres/madres no accederían a dejar a sus hijos o hijas desprotegidos por la calle, es posible que no se planteen evitar que sus hijos naveguen por Internet sin la supervisión necesaria.
El término “nativos digitales” fue acuñado por Marc Prensky en el año 2001 cuando explicaba los cambios realizados por las personas jóvenes de las últimas décadas del siglo XX. En su artículo “Digital Natives, Digital Immigrants” (Octubre, 2001) Prensky explica las principales características de una nueva generación de jóvenes digitalizados, contraponiéndolas a las de esas otras personas que, por su edad, se han visto obligados a adaptarse a los nuevos tiempos, los “inmigrantes digitales”.
Así explica la brecha digital intergeneracional de la que todavía hoy somos testigos unos y otros protagonistas (Carbonell y Montiel, 2013). La también denominada “Generación Interactiva (Bringué y Sádaba, 2009) o Generación Net (Tapscott, 1998) se compone de millones de jóvenes que han nacido y crecido conectados a la Red Global, usuarios permanentes de las tecnologías con una habilidad consumada cuya característica principal es la tecnofilia, entendida como afición y no como adicción (García, Portillo, Romo y Benito, 2007).
2.2 Estados Unidos de América
En Estados Unidos de América, David Finkelhor ha dedicado una enorme parte de su trabajo al estudio de lo que él mismo denomina “Victimología del Desarrollo” (Finkelhor, 2008). Él ha realizado una serie de investigaciones acerca de la utilización de Internet por parte de menores y su impacto entre ellos. También ha participado en algunos estudios sobre el acoso y la victimización de menores en Internet.
Una parte importante de su trabajo ha estado dedicada a abordar algunas posibles maneras de prevenir la victimización. Sus estudios siempre se han realizado a través de entrevistas telefónicas y han incluido tanto a los menores, como a los padres.
Kimberly, Finkelhor, y Wolak (2001) realizaron un estudio sobre “acoso sexual” durante 6 meses. Concertaron entrevistas telefónicas con 1501 menores, de edades comprendidas entre los 10 y los 17 años (53% chicos y 47% chicas). Definieron el “acoso sexual” como una “petición para participar en actividades sexuales, en conversaciones de índole sexual, o para ofrecer información sexual no deseada; o que, independientemente de que fuera deseada, era realizada por parte de un adulto hacia un menor”. Para distinguirlo de incidentes potencialmente más serios, en el estudio se introdujo una categoría, a la cual se denominó “acoso sexual agresivo”. Éste sería aquél en el cual la persona que realiza la petición sexual quiere llevar la relación con el menor más allá de Internet y pide tener un encuentro cara a cara.
Según sus resultados, el 100% habían utilizado Internet regularmente ‒por lo menos una vez al mes durante el semestre anterior‒ a través de un ordenador en casa, la escuela, la biblioteca, en casa de otra persona o en algún sitio distinto. Encontraron que el 19% de los menores entrevistados (286 de 2501) experimentó por lo menos un incidente de acoso sexual mientras utilizaba Internet en los doce meses anteriores. De ellos, un 3% informó que el acoso había sido agresivo. Desafortunadamente, tan sólo el 10% de los incidentes de acoso sexual habían sido denunciados a la policía, a algún servidor en la red o a alguna otra autoridad. Además, la mayoría de
los padres (69%) y de los menores (76%) no estaban informados con respecto a los lugares donde se pueden denunciar este tipo de incidentes. Algún grado de agobio, como resultado del acoso sexual on-line, resultó ser más común entre los menores de edades comprendidas entre los 10 y los 13 años. Asimismo, se vieron muy afectados aquellos que habían sufrido algún tipo de acoso sexual agresivo o si éste había ocurrido mientras utilizaban el ordenador en una casa que no fuese la suya. Quizás porque esto podía hacer que el menor se sintiera más vulnerable, o potencialmente más avergonzado, debido a que otros podían enterarse. Los investigadores sugirieron que puede que se sintieran culpables porque en su casa no tenían permitido el libre acceso a Internet.
Entre los resultados positivos estaba el hecho de que ninguno de los menores entrevistados había sido víctima de abuso sexual como resultado de sus contactos virtuales. Los investigadores especificaron que esto no quería decir que ese tipo de abuso no ocurriera, sino que probablemente dichos eventos eran menos comunes que otros. En este sentido, se referían a cuestiones tales como el abuso sexual intrafamiliar, o el perpetrado por parte de personas del entorno de la víctima, puesto que, según los investigadores, tienden a revelarse en encuestas del mismo tamaño.
Entre los aspectos preocupantes, el estudio sugiere que un menor encuentra un número considerable de episodios ofensivos cuando navega en el ciberespacio, incluyendo incidentes agresivos cuando se intenta o se efectúa el contacto real. Muchos de estos encuentros amenazan con irrumpir en la vida real de los chavales y es necesario que éstos cuenten con la información y el apoyo necesario para minimizar el riesgo.
Finkelhor, unos años después, publicó otro estudio como parte de un equipo de investigadores (Ybarra, Finkelhor, Mitchell, y Wolak, 2006). En dicho trabajo manifiestan que “los esfuerzos dirigidos a la prevención deberían centrarse en mejorar las habilidades interpersonales de los jóvenes que eligen usar estas herramientas online para comunicarse con otros. En su artículo, estos autores hacían un llamamiento para la inclusión de “programas para la prevención del acoso por Internet”, dentro del
currículum académico convencional y poder así combatir el bullying que se produce entre los estudiantes. Otra de sus sugerencias era alentar a los servidores de Internet a que apoyen a los consumidores proactivamente en episodios serios de acoso que violan las leyes penales y los códigos de buena conducta en un entorno virtual.
Según sus resultados, el 9% de los niños/as que respondieron su encuesta afirmaban que durante el año anterior habían sido objeto de acoso a través de Internet. Esto representaba un aumento de un 50% desde su primera encuesta (YISS-1), realizada en el año 2000. Ésta reveló una prevalencia nacional de una tasa del 6% entre los usuarios jóvenes de Internet (Ybarra, et al, 2000).
Apoyados en sus resultados subrayaron que, no obstante, que era importante considerar a una minoría que informaba de experiencias de acoso que se repetían y que les producían sufrimiento. Tales experiencias incluían a acosadores adultos, agresivos y que formaban parte de sus contactos offline. Aseguraban que estos detalles refuerzan la necesidad de tomar en serio algunos de los episodios de acoso que ocurren en Internet por parte de los jóvenes.
En el 2007, Wolak y Finkelhor publican otro estudio en el concluían que los altos porcentajes de jóvenes que son expuestos a pornografía online entre los usuarios de Internet ameritan especial atención. Así como el hecho de que la mayor parte de dicha exposición es no deseada. Las encuestas muestran altos porcentajes de exposición no deseada desde finales de los años 90, cuando el uso de Internet proliferó entre los jóvenes (Wolak, Mitchell, y Finkelhor, 2007).
En 2013 apareció la publicación del estudio “Online Harrassment in Context: Trends from three youth Internet safety surveys”, por parte de un equipo de investigadores de la Universidad de New Hampshire, entre los que se encontraba David Finkelhor. Se trata de un estudio realizado en tres etapas: en los años 2000 (n = 1,501), 2005 (n = 1,500), y 2010 (n = 1,560) (Jones, Mitchell, & Finkelhor, 2013). El estudio examina el incremento del acoso online hacia menores a lo largo de una década con el objetivo de
explorar mejor las implicaciones de la tendencia para realizar iniciativas de prevención. Los resultados muestran que el incremento del acoso online en el 2000 era del 6%, mientras que en el 2010 llegó al 11%. Se concluye que el aumento se debe principalmente a un aumento en el acoso indirecto ‒alguien podía mandar un mensaje o dejar comentarios online a otras personas acerca de terceras personas‒. En comparación con los resultados de una década antes, los incidentes de acoso en el 2010 era más probable que provinieran de un amigo o amiga del colegio y que ocurriera en un sitio de red social. Las víctimas informaron de que habían revelados incidentes de acoso más frecuentemente al personal del colegio que en el 2005 o el 2000. Entre las conclusiones explicaban que el incremento del acoso online podía atribuirse a cambios con respecto a la forma en que los menores están utilizando Internet. Especialmente porque encontraron un incremento que no era proporcional en la comunicación online con amigos por parte de las chicas, creando más oportunidades para los conflictos entre coetáneos más allá de las relaciones virtuales y que alcanzaban otros entornos. Estos investigadores recomiendan programas de prevención en los entornos escolares que tengan como objetivo mejorar las relaciones entre menores de la misma edad y reducir el bullying y el acoso online.