Esta cotidiana reproducción de una lógica de interacción más o menos estabilizada en el espacio público urbano -anclada en un FRQMXQWRGHFRQGLFLRQHVGHH[LVWHQFLDFRQ¿JXUDFLRQHVHVSDFLD- les, relaciones sociales y sentidos e imaginarios sobre la alteridad- fue puesta en suspenso por la irrupción de un acontecimiento que funcionó tanto como interrupción de dicha lógica como condición de posibilidad para su intelección.
En la investigación constatamos que los jóvenes constituían para los demás actores barriales un “problema” y tanto desde las políticas estatales como desde las organizaciones barriales se im- plementaban diversas actividades que los tenían como foco de ac- ción: cursos de educación sexual, talleres de arte, capacitaciones laborales, entre otras. Pese a estos intentos, los jóvenes del barrio no tenían lugar: se encontraban fuera de la escuela (los índices de deserción eran elevados), fuera de la casa (espacio de los adultos, generalmente de pequeñas dimensiones) y fuera del mercado la- boral formal (Saraví, 2004). Así, la ocupación de esquinas y des-
campados que tanto temor generaba en otros residentes, lejos de hablarnos de una apropiación y dominio juvenil del espacio barrial, señalaba el repliegue hacia el único lugar y tiempo disponibles.
Tampoco era sencillo para ellos ir al centro de la ciudad, debi- do al estigma territorial que reducía sus posibilidades de accesi- bilidad y circulación por el espacio urbano. Si la lógica dominante sostiene que los residentes de la periferia pobre van a la ciudad casi exclusivamente por razones instrumentales, estos jóvenes – desde esta misma lógica- no tienen nada que hacer ahí. Sus rela- tos (y muchas veces los de sus madres) sobre su experiencia ur- bana coincidían con el relato de la estigmatización “centrado en la vivencia continua de un estigma en el barrio, del hostigamiento y el maltrato de la policía y de los patovicas en los lugares de diver- sión” (Kessler, 2009: 121). Como sostenía Aurora, madre de tres KLMRV³QRSXHGHQLUDOFHQWURSRUTXHORVWLHQHQLGHQWL¿FDGRVOD policía les pregunta dónde viven, los levantan y los llevan” y en ODPLVPDGLUHFFLyQ\UHPDUFDQGRXQDGLIHUHQFLDGHJpQHUROD maestra de una escuela del barrio contaba que “cuando les digo que vamos a ir al centro los chicos dicen que no, las chicas sí, pero los chicos directamente dicen que no”.
Sin embargo, más allá de estos obstáculos, a medida que avan- zaba en el trabajo de campo pude observar que era frecuente que chicas y chicos del barrio pasaran algunas tardes y noches en pla- ]DVFpQWULFDVGHODFLXGDG(QHOUHODWRGH/X]\6RItDGRVKHUPD- nas de 15 y 16 años, frecuentaban la plaza para “pedir plata o robar algo, para pasar el tiempo” y se encontraban con chicos y chicas GHRWURVEDUULRVSHULIpULFRVGHODFLXGDG)XHHQHOPDUFRGHHVWDV “incursiones” de jóvenes de la periferia pobre al centro de la ciu- dad que fueron agredidos. En efecto, el 25 de julio de 2008, cerca GHODPHGLDQRFKHXQJUXSRGHDGXOWRVDWDFyFRQFDGHQDV¿HUURV y armas blancas a un grupo de alrededor de 20 chicas y chicos TXHKDELWXDOPHQWHSDVDEDQVXVGtDV±\~OWLPDPHQWHWDPELpQVXV
noches- en la plaza, bautizado tiempo antes por los medios locales como la “banda de la frazada” o “banda de la plaza San Martín”.
He analizado con detalle este acontecimiento y el proceso po- OtWLFRSRVWHULRUHQRWUROXJDU6HJXUDE6yORPHGHWHQGUp aquí en los supuestos implícitos acerca del acceso y permanencia en el espacio público urbano que la presencia “fuera de lugar” de HVWRVMyYHQHVSHUPLWLyREMHWLYDU(QHVWHVHQWLGRDOR¿QHVGHPL argumentación lo más relevante es que existen pruebas más que VX¿FLHQWHVGHTXHODSUHVHQFLDGHODVFKLFDV\ORVFKLFRVGHODSHUL- IHULDHQHOHVSDFLRFpQWULFRGHODFLXGDGJHQHUDEDPDOHVWDUGHVGH WLHPSRDQWHVGHODDJUHVLyQDVtFRPRWDPELpQTXHODDJUHVLyQQR IXHXQKHFKRDLVODGRDOHDWRULRRHVSRQWiQHR(QGH¿QLWLYDHVWRV jóvenes fueron en primer lugar vistos, es decir, recortados como distintos y peculiares en el marco de un espacio intensamente WUDQVLWDGRUHFLpQGHVSXpVGHHVWDRSHUDFLyQGHYLVLELOL]DFLyQ\GH diversos intentos de expulsión es que fueron agredidos.
Como señalamos, uno de los presupuestos fuertes de la noción de espacio público es la igualdad en la accesibilidad al mismo y HQODPRYLOLGDGDWUDYpVGHpO&XDQGRHVWRVXFHGHODDFWLWXGKD- bitual hacia los demás en el espacio público se caracteriza por lo TXH*RIIPDQGHQRPLQy³GHVDWHQFLyQFRUWpV´HVGHFLUXQD forma de sociabilidad, una manera de organizar la co-presencia de extraños entre sí en los espacios públicos que consiste en “una manera de tener bien presente la presencia de aquellos a quie- nes se ignora” (Delgado, 2007: 137-138). Nos encontramos ante personas que en sus tránsitos por el espacio público, ya sea para circular o permanecer en el mismo, han conquistado el “derecho al anonimato”, lo que les permite transitar por la ciudad sin dar explicaciones. Es precisamente este derecho al anonimato lo que les fue negado a los jóvenes de la plaza como consecuencia de la progresiva visualización (mayoritariamente negativa) por parte de distintos actores sociales, dejando de resultar desconocidos
TXHQRGHVSLHUWDQQLQJ~QLQWHUpVSDUDSDVDUDVHUGHWHFWDGRV\ localizados como individuos cuya presencia suscita situaciones de malestar, inquietud o temor.
En efecto, lo que generó la práctica de chicas y chicos de ba- UULRVSHULIpULFRVGHRFXSDUXQDSOD]DFHQWUDOGHODFLXGDGHVTXH “llamaron la atención” -de la policía, de la prensa, de los comer- ciantes cercanos, de algunos “vecinos”- precisamente porque su presencia y sus prácticas contradecían la hasta ese momento im- plícita “estructura de interacción” dominante y naturalizada en la ciudad que estipula tránsitos básicamente instrumentales para los residentes de la periferia pobre de la ciudad hacia el centro. Su presencia “fuera de lugar” supuso su visibilización creciente, ODFRQVHFXHQWHSpUGLGDGHVX³GHUHFKRDODQRQLPDWR´\HOYHUVH interpelados constantemente a dar explicaciones sobre sí mismos y sobre lo que hacían ese lugar.
La (in) visibilización consiste, sin dudas, en un proceso pa- radójico. Como han señalado los estudios feministas del espacio urbano (Wilson, 1992;; Tonkiss, 2005), no se trata de optar entre YLVLELOLGDGHLQYLVLELOLGDGVLQRGHSUHFLVDUFyPRFRQTXpVHQWLGRV \HQTXpFRQWH[WRVXQGHWHUPLQDGRFROHFWLYRRDFWRUVRFLDOHVLQ visibilizado. En nuestro caso, no hay dudas que la visibilización es el resultado de un consenso implícito (“estos jóvenes no pueden estar acá”), actualiza un conjunto de prejuicios y criterios valora- WLYRVDFHUFDGHSDUDTXLpQHVODFLXGDG\REVWDFXOL]DHOXVXIUXFWR del espacio público. Simultáneamente –y de manera ciertamente SDUDGRMDOOD³SpUGLGDGHOGHUHFKRDODQRQLPDWR´GHHVWRVMyYHQHV fue la punta de lanza para la consolidación de organizaciones y acciones como “Autoconvocados por los Derechos de los Pibes de la Calle” primero y la “Asamblea Permanente por los Derechos GHOD1LxH]´GHVSXpVTXHDSDUWLUGHODDJUHVLyQEXVFDURQYLVL- bilizar otras cuestiones mediante la apropiación del espacio pú- blico: la situación social de los jóvenes de sectores populares en
la ciudad, las políticas represivas que sistemáticamente recaen sobre ellos y la inacción de un conjunto de legislaciones y dispo- VLWLYRVTXHWLHQHQSRU¿QDOLGDGDVHJXUDUVXVGHUHFKRV
La agresión a los jóvenes y la dinámica política ulterior permi- WLHURQLGHQWL¿FDUXQDHVWUXFWXUDGHLQWHUDFFLyQVXMHWDDGLVFX- sión) que regula las prácticas espaciales en la ciudad y que supo- QHTXHORVUHVLGHQWHVGHORVEDUULRVSHULIpULFRV~QLFDPHQWHYDQD “la ciudad” (al centro de la ciudad) por motivos instrumentales: trabajo, trámites burocráticos, ir al hospital. Es por esto que en las lógicas de sus desplazamientos desde la periferia hacia el cen- tro (su andar) y en el tipo de espacio apropiado y los modos de apropiarse del mismo (su estar) los jóvenes cuestionaban, quizás sin saberlo, un conjunto de límites sociales y simbólicos acerca de los usos de la ciudad.