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ujEr(1979-1983)
¿De qué trata el estudio en que estás actualmente?
Queremos ver hasta qué punto hoy en día existen organizaciones de mujeres en las poblaciones con una orientación feminista30, de partida no usando el término;
tú le preguntas a la gente, ¿usted es feminista?, y salen corriendo, es la mejor manera de que no entres al tema. Más bien tratando de ver si hay una mirada de género, si toman en cuenta la discriminación de la mujer. Nos dedicamos a pesquisar organizaciones que trabajaran ese tema, hicimos noventa y cuatro entrevistas. La selección, los lugares, la gente a entrevistar, se obtuvo de cuatro fuentes: todas las ONG de género que tuvieran listados de organizaciones de mujeres en poblaciones; a través de municipios, fuimos a todos los municipios urbanos de Santiago, treinta y cuatro municipios, a averiguar los listados que tenían; a través de agencias que dan fondos para organizaciones populares que ubicamos a través de la Intendencia y la Dirección de Organizaciones Sociales de la Presidencia. Con esa información llegamos a un listado de doscientas cincuenta organizaciones que tuvimos que chequear por teléfono si correspondían o no a lo que queríamos, y desde ahí fuimos reduciendo hasta llegar al grupo que nos interesaba, y a esas entrevistamos.
Cuéntanos de los talleres de toma de conciencia que realizabas en el Círculo de Estudios de la Mujer que antecedió al actual Centro de Estudios de la Mujer, CEM
Te cuento un poco cómo nació la idea de los talleres, que no es ninguna nove- dad, es una copia. No fueron a raíz del Círculo los talleres, los talleres nacieron de una experiencia personal mía, yo viví en Estados Unidos entre el año 67 y el 70 y participé del movimiento de liberación de la mujer en California. Fui parte de un grupo de toma de conciencia durante más de un año y medio, al que llegué a través de la información que empezó a salir en los diarios de los estu- diantes; avisos de que se llama a reunión para tratar temas como, por ejemplo, el cuidado infantil, para que las madres puedan trabajar. Porque en esa época, para tu gran sorpresa y la mía, no había nada en Estados Unidos, nada, nada,
nada para dejar a los niños, o sea, si tú ibas a estudiar, o estudiaba el marido o estudiaba la mujer, pero no podían estudiar los dos a la vez porque las salas cunas no existían y solo había uno que otro jardín infantil y carísimo; o sea, uno de los dos tenía que quedarse en la casa hasta que el niñito estuviera en edad escolar. Entonces, dentro de las demandas que planteaban estaba el asunto de formar jardines infantiles y cosas como abortion on demand, como decían ellas, que traducido libremente es el derecho al aborto voluntario. Yo tenía sentimientos encontrados con las propuestas de ellas, entre que me llamaban la atención y las encontraba lo más atinado que hay, como el asunto del cuidado infantil, pero, a la vez, tenía un poco de susto porque las encontraba pasadas para la punta en asuntos como el aborto. Y un día conversando con una compañera de curso de mi marido en esa época, que era una sueca, me dijo, oye, ¿tú estás interesada en esta cuestión?, fíjate que la próxima semana en Santa Bárbara hay una reunión, ¿quieres ir?, te convido. Ya, pues, dije yo. Y de ahí fui para siempre jamás, llegué y me encontré con un grupo de mujeres maravillosas –debemos haber sido unas doce o catorce–, donde fue cosa de llegar y desde el primer minuto sentirse que tú estás en tu casa. Había lolas que recién habían entrado en la universidad, que estaban en primero y segundo año, había señoras de profesores de la universidad, bastante más adultas, de cuarenta y cinco y cincuenta años, o sea, había desde más o menos veintidós, veintitrés años hasta como cincuenta y cinco en el grupo. Y empezamos a conversar y ahí me voy dando cuenta cómo era el asunto, la idea era conversar de lo que a ti te pasaba, desde tu cuerpo, la experiencia de ser mamá, las relaciones con tu madre, lo que fuera; se ponía un tema por vez y se iba dando la vuelta, y tú ahí te dabas cuenta. Yo pensaba, cómo no va a ser insólito que yo, que soy chilena, encontrar que tengo cosas iguales a una gringa que creció en el medio oeste y que tuvo un papá predicador, por ejemplo, y que la de más acá... era la misma cosa. Entonces, cuando tú empiezas a cachar que no eres tú la única, para mí fue un tortazo, porque, además, yo estaba justo en esa época metida en el rol materno, criando, o sea, yo tenía una guagua de un año y medio, sola, sin conocer ni al gato en Estados Unidos, ¡y estaba hasta aquí, hasta las masas!, había tenido más de una vez ganas de tirar por la ventana a la guagua, con la culpa viva. Mi marido en ese entonces –porque yo me separé después– se iba todo el día a estudiar y llegaba a las doce de la noche, porque la biblioteca cerraba a las doce; venía a comer y después se volvía a la biblioteca y yo pasaba todo el día con la guagua, que lo único que sabía decir era agú. O sea, estaba con una neura horripilante y toda esta cuestión no tenía con quien compartirla, no tenía ninguna salida, ni una amiga ni una nada. Entonces, llego a este grupo y me encuentro con que todos los problemas que yo tenía, los tenían todas las otras, los habían vivido igual, habían tenido rabia, habían tenido pena y habían llorado... entonces yo me dije, de aquí soy, y nunca más me despegué del grupo.
Y la otra cosa fantástica que tenían las gringas –que nunca fueron así los grupos chilenos–, es que las gringas tienen una cualidad que yo encuentro maravillosa y me gusta mucho, y es que son del dicho al hecho. O sea, en este grupo la idea
era que si tú creías algo, era cómo transmitírselo a las mujeres. Entonces este mismo grupo se convirtió en un grupo de acción; había que sacar un boletín para repartirlo en la universidad y entonces, ya, tú tienes máquina de escribir, tú escribes, la de más allá le pega al periodismo, tú lo haces; nada de pajearse, nada de que tendríamos que pensarlo, que fíjate, que..., ¡no! Además, tenían un sistema de que tú te tenías que turnar en las actividades, a mí me tocó en una oportunidad ir a hablar en una reunión de la Iglesia Unionista ante cuatrocientas personas, a explicar lo que era el feminismo, y me tocó porque era ene tene tú, te toca a ti, con todo el apoyo de las demás, eso sí. O sea, ya, esta vez te toca a ti, pero cómo, si yo sé poco inglés, que aquí que allá, qué vergüenza... se aprende haciendo, y así era. Hicimos exposiciones en la calle, hablamos en iglesias, en la universidad, y con tanto éxito de la manera de funcionar del grupo que cuando yo me vine, en el año 70, ya había más de cuatro grupos en el lugar y se había formado una guardería infantil en la universidad gracias al trabajo de todas noso- tras. Se consiguió que la universidad diera un terreno gratis donde se instalara un jardín infantil y lo empezaron a hacer funcionar las mismas mujeres que tenían niños chicos, se ofrecieron de voluntarias para turnarse, a una le tocaba el lunes, a otra el martes, a otra el miércoles, de manera que las otras tenían seis días de la semana libre de cuidado del niño. Y entonces lo echaron a andar, eran cosas palpables, tú veías un progreso increíble gracias a estos pequeños grupos.
Cuando yo volví de Estados Unidos, llegué transmitiendo con el cuento del feminismo, cáchate tú cuándo, en 1970, recién salido Allende; todo el mundo me miraba como diciendo, ¡estai meando fuera de la chata!, no te puedo decir la cara de asco que me pusieron... vendida al imperialismo, con ideas foráneas, qué es esa huevá, tú crees que alguien te va a pescar en eso en este país, tú estás loca. O sea, realmente me tuve que quedar con mi feminismo guardado porque no había hueco, no había espacio, no había nada. Y cuando se empezó a formar el Círculo, yo no me recuerdo bien quién me convidó, pero alguien que sabía que yo transmitía en esta onda me convidó a las primeras reuniones que se hacían en la consulta de María Isabel Cruzat, no tengo idea quién me convidó, yo no sé si la Julieta (Kirkwood), que vivía al otro lado de mi casa, o fue al revés, que yo convidé a la Julieta, no me acuerdo ya, pero yo fui a las primeras reuniones cuando todavía éramos un grupo que se juntaba no más, una vez a la semana. Y yo sé que habían dos grupos previos, la María Isabel venía de un grupo que se llamaba ASUMA31, en el que estaba la psicóloga Mirenchu Busto, que nunca
participó en el Círculo. Y la otra, que pertenecía a otro grupo, era la Marisol Lago, no me acuerdo del nombre del grupo, que también era un pequeño grupito que desembocó aquí. Entonces, yo creo que a raíz de los contactos que tenía la Mary Cruzat y gente como ella consiguieron la pasada con la Academia de Humanismo Cristiano para que nos acogieran como uno de los tantos grupos que funcionaban en ese momento.
Este cuento del Círculo fue una manera que la Academia tuvo de acoger a una cantidad de gente disidente que formó círculos de distintas cosas; entonces a alguien se le prendió la ampolleta, que así como existía el Círculo... no sé, de periodistas, ya ni me acuerdo cuántos círculos había ya andando bajo el para- guas de la Academia, que por qué no vendíamos la pomada de esto del Círculo de Estudios de la Mujer. Entonces, la Academia nos dijo que bueno, y echamos a andar el primer encuentro que fue en San Francisco Javier. Este encuentro coincidió con que era la graduación de la básica de mi hija y había un acto en el colegio, y yo no fui porque fui a la jornada de las mujeres, y me acuerdo que hubo una discusión con mi suegra a la hora de almuerzo –porque me fui a la jornada desde el almuerzo en la casa de mi suegra–, y entonces ella me dijo, ¡una madre siempre tiene tiempo para sus hijos!... y me fui con esa sentencia condenatoria al encuentro, así, agachada, culpable... me partió por el eje.
Una vez que empezó a funcionar el Círculo, yo ahí rápidamente dije, aquí tiene que haber un lugar para los talleres de toma de conciencia, porque yo tenía clarísimo que la manera en que la gente engancha con el feminismo es cuando lo relaciona con la vida personal. Hay alguna gente excepcionalmente como la Julieta que enganchó por los libros, porque la Julieta se volvió feminista leyendo a la Simone de Beauvoir, pero la gran mayoría de la gente no engancha por ese lado, engancha por el lado cuando te das cuenta de que “a mí también me pasa”, no es una cuestión allá afuera, que les pasa a las otras, o a las mujeres más pobres o a las más viejas o a las más jóvenes. Una siempre como mujer tiene la excusa de creer que a la de más allá no le pasa... o sea, cómo te dijera, a estas no les pasa porque son más inteligentes que yo; entonces, no les debe pasar lo mismo; a estas otras no les pasa porque son más educadas que yo; a la de más acá no le pasa porque tiene una buena pareja y lo que pasa es que mi marido es penca y por eso es que yo tengo más problemas. De alguna manera una siempre se las arregla para creer que lo de uno es único, que una es la única idiota que no sabe cómo ser mamá, que no sabe cómo ser dueña de casa, que no tienes puta idea de cómo criar a los hijos. Y, además, te sientes muy culpable de comentarlo con cualquiera persona porque la respuesta que tú recibes de la sociedad es, ¡pero si es tan fantástico ser madre, Isabel!, entonces, una se empieza a achicar, y te empiezas a sentir mal..., ¿cómo he osado yo criticar semejantes maravillas de la naturaleza que es la maternidad?
Entonces yo jodí, jodí y jodí en el Círculo y yo dije yo voy hacer talleres de toma de conciencia, y lo discutimos en el Círculo y estuvieron de acuerdo con que hubiera, y yo creé mi área, que eran los Talleres de Toma de Conciencia. Y me conseguí un manual, gringo, por supuesto, porque las gringas todo lo escriben y no se hacen rollos, lo escriben sin preocuparse mucho si está todo correcto o no, había montones de panfletos y de cosas –arme su propio grupo, trate tales y cuáles temas–, me conseguí ese manual, que era harto bueno, que desgracia- damente se me perdió y no me acuerdo ni el nombre de las autoras, siempre me he sentido que estoy en deuda con ellas, pero ni me acuerdo el nombre. Y
guiándome por ese manual estructuramos los distintos módulos de los talleres con la Quena –la Eugenia Hola–, que en ese minuto se incorporó al Círculo y yo necesitaba trabajar con alguien, porque el sistema que ideamos para los talleres era que hubiera siempre un observador que te ayudara. Por un lado, por si a una se le arrancaba la moto, para que te plantara... porque era re’fácil en una dinámica grupal, sobre todo tratando temas muy personales, que el grupo se te arranque, entonces necesitas a alguien que te ayude a enrielar la cosa, a ver si se está ponien- do muy peluda; o sea, necesitas un ojo alerta para ayudarte. Y, además, alguien con quien conversar después, porque nosotras todas las sesiones las grabábamos; entonces, entre una sesión y otra lo que hacíamos era oír las cintas innumerables veces, las transcribíamos, era un trabajo de chino, era sumamente difícil porque hablaba mucha gente, entonces en base a lo que había pasado la vez anterior, planeábamos la sesión siguiente. Y teníamos ciertos temas que había que tratar de todas maneras. Yo creo que el primero que tratábamos siempre era el cuerpo, ese ejercicio de imaginería de ponerse frente al espejo en pelotas y pedirle a la gente que describiera qué es lo que ve. Esa parte era siempre muy impactante porque tú dabas la vuelta y veías a una niña que tú encontrabas regia, joven, es- tupenda, diciendo, ¡ooh, yo me miro al espejo y me veo unas pechugas horrible horrible horrible!; la demás allá se veía el pelo no sé cómo; la otra, que el rollo de por aquí... mira, no había ni una, pero ni una sola que no tuviera una mirada despiadada por su pobre cuerpo, absolutamente de hacerse mierda y absoluta- mente poco real porque tú veías unas niñas lindas que se encontraban horrible.
Si tú leías la transcripción de lo que habían dicho, no te habrías imaginado jamás que era esa misma que tú estabas mirando, porque la descripción que ha- cían era de las pechugas caídas o las pechugas para los lados... entonces, por ahí le entrábamos siempre, ese tema era muy revelador de qué es lo que te hace a ti la sociedad y la educación. En el ejercicio te imaginas a ti misma en una pieza, sola, con un espejo cuerpo entero y tienes que describir qué ves; entonces, iba una por una describiendo lo que veía. Y tú veías la cara de sorpresa de las otras, todas las demás eran capaces de darse cuenta que la imagen que tú tenías era distorsionada, pero ella no se daba cuenta que la de ella misma era distorsionada. A medida que iba dando vuelta era claro que tú no tenías que hacer mucho más que decir, bueno, qué les parece lo que ha salido, y salía al tiro. O sea, sin que uno tuviera que hacer mayor esfuerzo te decían, ¡pero pucha, si es una imagen totalmente distorsionada! Y por qué es distorsionada, preguntémonos por qué, de dónde viene. Entonces ahí tú dabas la palabra y empezabas... poco a poco la gente iba cachando que había patrones culturales respecto a la belleza femenina, que nos habíamos estandarizado, que te hacían que tú te desvalorizaras, que todo el mundo trataba de medirse con una vara que era poco realista, que no acep- tabas tu propio cuerpo. Y que si no aceptabas tu propio cuerpo, tu autoestima estaba como el forro, o sea, que eso estaba muy ligado a quien eras tú, uno es su cuerpo y si uno se odia, andamos mal puh cabras. Entonces hacíamos ese tipo de dinámicas.
Como te digo, la Quena quiso trabajar conmigo y después se incorporó la Viviana Castro, una psicóloga que fue al primer taller y que se interesó en trabajar con nosotras, y a mí me interesó mucho trabajar con ella porque era psicóloga y, entonces, también nos podía echar una manito en toda la parte de conflicto de grupo, que nosotras no estábamos muy a caballo para tratarlo. Fue bien curioso que nadie más que la Quena enganchara con los talleres, la Quena, que venía de afuera, que no había participado antes, pero ninguna otra de las fundadoras del Círculo enganchó en hacer los talleres conmigo, o sea, esto era considerado el hueveo de la Isabel, bueno, ya, si tú quieres hacer esto... pero nadie más me quiso echar una mano. Porque también había mucho prejuicio, además porque era yanqui, y con toda la cultura de izquierda antiyanqui de este país, el decir que era la papa los grupos de toma de conciencia de un movimiento yanqui, me miraban bien feo, o sea, no se atrevían a decírmelo a la cara, pero por debajo había una cierta desconfianza, no sé. Yo te diría que después, a medida que fue pasando el tiempo, empezamos a cachar todas de que esta cuestión era internacional, pero al comienzo no había mucha conciencia de que era un movimiento que venía de afuera, nos gustara o no nos gustara, venía de afuera. La segunda ola no nació en América Latina, nació en Estados Unidos, en Inglaterra, en Europa, y de ahí se filtró, por los libros, por la gente... pero no nació aquí, o sea, prendió igual, y prendió en muchos países de América Latina, pero al comienzo como te digo había una cierta desconfianza porque todo lo que huele a yanquilandia era visto entre cejas.
Realmente para mí hacer los talleres fue una de las experiencias más bonitas que he tenido en mi vida, yo creo firmemente que de la gente con que trabajamos en los talleres, me atrevería a decir que un noventa por ciento quedó feminista para