• No se han encontrado resultados

Isabel Pavón

In document Renovación nº 57 Mayo 2018 (página 82-84)

Escritora y parte de la Junta de ADECE (Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos).

Querida amiga que a mi escrito tus ojos acercas:

No importa el lugar desde el que escribo mi carta, ni mi nombre, ni mi edad, ni otras señas. Te cuento que la vida, igual que a ti, me bautizó Mujer Tierra y de eso presumo. Soy carne, monte y llanura por donde me corren ríos y se afianzan mares. Mis aguas, saladas o dulces, nun- ca amargas, son todas navegables. Los que me quieren lo saben.

También, a veces, me empapan tormen- tas que luego se amansan. Afloran tem- pestades de donde florecen soledades sin color ni aroma. Cuando las aguas me cu- bren, la sal me quema. Y comienza de nuevo el ciclo de vaivenes del alma. Mi mente de volcán no se sacia. De mí brotan sorpresas que florecen al paso de las horas. Me varían los humos según los días. Soy una y soy muchas.

Mi pelo lo forman ondulantes algas. Per- las habitan mi boca y en mis ojos brillan esmeraldas. En mi carne se intuyen vidas pasadas, ecos de otras épocas, vidas ge- melas a la mía que me hablan de su ince- sante dolor rojo escarlata. Se instalaron allí, en el horizonte de esperanza que se aleja cuanto más me acerco. Son los anti- guos ecos de cantos suplicantes que va- gan a la deriva buscando puertos donde atracar y hacerse realidades. Tras ellos voy.

Mujer Tierra me bautizó la vida, comarca

fructífera, como tú. Camino desnuda y sin vergüenza de mi aporte al mundo, de alcanzar metas. Más tengo frío. De com- prensión ando rota. El cansancio, a ve- ces, me agota. Necesito una tregua. So- bre mis anchas caderas los siglos reposan. Mi carne, con el tiempo, muda de forma, el temperamento se doma. Mi cántaro de piel dejó de parir vida para dar paso a las cigüeñas.

De la Tierra tomo sus diversos tonos ver- des, sus accidentes, sus múltiples frutos. Elijo caminos escabrosos de los que sólo yo conozco las veredas. Soy de todos y soy de nadie. Ni me vendo, ni me com- pran.

Agradezco las piedras maestras que encuentro en el camino, pues son visi- bles. Me dan a elegir entre la dificultad o bordear la zona. Cada una de ellas tiene un mensaje aleccionador. Como aprendi- zaje constante las valoro. Si su tamaño y peso lo permiten, las llevo en mi alforja para no olvidar y, porque así, no vuelvo a tropezar con ellas.

Muero y revivo muchas veces, sé que me entiendes. Por ser lo que soy, multifacéti- ca, otros me señalan con el dedo. Me ara- ñan con el arma cortante que brota de su extremo. Mutilan mi carne y arrancan mis cabellos. No obstante, los astros me de- fienden a todas horas.

Mujer Tierra soy, como lienzo sin fir- ma y sin dueño. A todo eso aspiro, ami- ga anónima. R

Renovación nº57

paralelos en la historia le afectó anímicamente y a treinta años de su publicación esta distopía parece más actual que nunca.

En países como Somalia, Arabia Sau- dí o Irán muchos paralelos con la se- rie son exactos y no hablemos ya del llamado Estado Islámico. Tampoco nos podemos olvidar de Boko Haram, de la caza al homosexual en la Rusia de Putin o de los asesinatos del colec- tivo LBTB en Colombia. Para el es- pectador occidental las imágenes que tiene ante sí son sobrecogedoras, para el cristiano llegan a ser despreciables, o al menos debería serlo, sobre todo porque se trata de una teocracia basa- da en la Biblia. Curiosamente, o tal vez no tanto, la novela de Atwood ha recibido un “doble honor” en los Es- tados Unidos. Así la misma entró en la lista de lecturas de los estudios so- bre la mujer pero en el estado Texas, por ejemplo, su lectura ha sido prohi- bida tanto en colegios como en insti- tutos.

Al presente también podemos com- probar como la esclavitud sexual es una realidad que recorre cada punto del planeta y en donde la mujer es la principal víctima. Otro tanto ocurre en no pocos países en donde precisa- mente también la mujer es la recluida en casa sin apenas derechos más allá de servir a su esposo. En estos mis- mos lugares los homosexuales son colgados, los que profesan otras reli- giones degollados. Países sin dere- chos humanos, regidos por leyes sa- gradas. De inmediato nos viene a la mente una serie de países islámicos pero también en el seno del cristianis- mo protestante Gilead ha existido en el pasado.

La Ginebra de Calvino fue un lugar oscuro, una teocracia, siendo su prin- cipal figura este mismo reformador. Al no encontrar mucho apoyo legisla- tivo en el Nuevo Testamento Calvino acudió al Antiguo de donde extrajo no pocas reglas de conducta para su “experimento social”. Buscaba la pu- reza, erradicar el pecado e imponer la

fe bajo penas no ya únicamente reli- giosas sino también civiles. Se prohi- bió todo aquello que pudiera suponer algo de alegría en la vida. El vestido de las mujeres no debía ser ni dema- siado largo ni demasiado corto, el pei- nado no podía ser ostentoso, los ador- nos casi inexistentes. Había un listado de libros prohibidos, no se podía tocar música, ni cantar ni beber alcohol en las tabernas. Los juegos como los da- dos o las cartas eran propios del diablo y el domingo todo ciudadano debía asistir a la iglesia. Para controlar a la población existía una “policía” (como los “ojos” en la novela de Atwood) que recorrían las calles de Ginebra buscando a los infractores. Tenían el derecho de llamar a cualquier puerta a cualquier hora y de entrar buscando aquello que estaba prohibido por la “ley divina”. El miedo estaba presente por todas partes y todos aquellos que se levantaron contra tal situación o bien se fueron de Ginebra o fueron castigados y expulsados.

Lo que posteriormente ocurrió en 1692 en Nueva Inglaterra es otro ate- rrador ejemplo. El episodio de las “brujas de Salem” es en realidad el pico de la montaña de esa teología pu- ritana obsesionada con la “pureza” y el diablo. Por supuesto, son las muje- res sus principales víctimas, tentado- ras, lujuriosas, y son las que Satanás usa para hacer caer al varón en pecado. Un tipo de fariseísmo asesino que decían provenir del mensaje evan- gélico.

NO EN NOMBRE DE JESÚS

Al presente no son pocos los que cla- man por lo ideal que sería una socie- dad bajo normas divinas. Claro está, esas normas son las que ellos dicten y aquellos que no están conforme pues se dedican a señalarlos y a difamar- los... sí, en nombre de Dios. Afortuna- damente en Occidente los estados son laicos y la Carta de los Derechos Hu- manos no se discute. Esto ha sido un logro sin precedentes en nuestra histo- ria, el ser humano no puede ser carne de cañón para ser perseguido, ridiculi-

zado, señalado o incluso asesinado porque entienda la sexualidad o la re- ligiosidad de forma diferente a otro. Todos debemos tener los mismos de- rechos y responsabilidades y nadie debe coartar nuestra libertad sobre la base de lo que otros entiendan como pecaminoso. Por supuesto, esto no es la defensa de una carta blanca para hacer lo que queramos, pero insisto, algo que debería ser considerado como sagrado por toda religión o sis- tema ideológico es la Carta de los De- rechos Humanos. O Dios está con el ser humano y su dignidad o ese Dios no merece la pena ser seguido y ado- rado. Es esto lo que nos enseñó Jesús, el Maestro de Galilea.

El ateo Steven Weinberg decía que “La gente buena hace cosas buenas, y la gente mala hace cosas malas, pero conseguir que personas buenas hagan cosas malas, exige la religión”[1] . Y es que ninguna religión debería am- parar la violencia bajo ningún concep- to. Lo que digan determinados textos considerados como sagrados no puede ser excusa para afrentar o humillar al que es diferente, distinto, pertenecien- te a otro grupo o religión. Jamás los que dicen seguir a Jesús de Nazaret deberían justificar, en este o en cual- quier otro tiempo anterior, la discrimi- nación o incluso el asesinato por una falta o por lo que ellos consideren como pecado. Esta tierra ya ha visto derramar demasiada sangre en nombre de Dios.

“Mirando en mi interior y mirando a las personas que me rodean, me pre- gunto qué hará más daño, la lujuria o el resentimiento. Hay mucho re- sentimiento entre los ‘justos’ y los ‘rectos’. Hay mucho juicio, condena y prejuicio entre los ‘santos’. Hay mucha ira entre la gente que está tan preocupada por evitar el ‘peca- do’.” [2]. R

Espiritualidad Espiritualidad

[1] J. ORTEBERG, La fe y la duda de John Orteberg (Miami, Editorial Vida, 2008) 122.

[2] H.J.M. NOUWEN, El regreso del hijo pródigo (Madrid, PPC, 2012) 78.

MUJER TIERRA

Mujer Tierra me bautizó la vida, comarca fructífera, como tú. Camino desnuda y sin vergüenza de mi aporte al mundo, de alcanzar metas.

Isabel Pavón

Escritora y parte de la Junta de ADECE (Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos).

Querida amiga que a mi escrito tus ojos acercas:

No importa el lugar desde el que escribo mi carta, ni mi nombre, ni mi edad, ni otras señas. Te cuento que la vida, igual que a ti, me bautizó Mujer Tierra y de eso presumo. Soy carne, monte y llanura por donde me corren ríos y se afianzan mares. Mis aguas, saladas o dulces, nun- ca amargas, son todas navegables. Los que me quieren lo saben.

También, a veces, me empapan tormen- tas que luego se amansan. Afloran tem- pestades de donde florecen soledades sin color ni aroma. Cuando las aguas me cu- bren, la sal me quema. Y comienza de nuevo el ciclo de vaivenes del alma. Mi mente de volcán no se sacia. De mí brotan sorpresas que florecen al paso de las horas. Me varían los humos según los días. Soy una y soy muchas.

Mi pelo lo forman ondulantes algas. Per- las habitan mi boca y en mis ojos brillan esmeraldas. En mi carne se intuyen vidas pasadas, ecos de otras épocas, vidas ge- melas a la mía que me hablan de su ince- sante dolor rojo escarlata. Se instalaron allí, en el horizonte de esperanza que se aleja cuanto más me acerco. Son los anti- guos ecos de cantos suplicantes que va- gan a la deriva buscando puertos donde atracar y hacerse realidades. Tras ellos voy.

Mujer Tierra me bautizó la vida, comarca

fructífera, como tú. Camino desnuda y sin vergüenza de mi aporte al mundo, de alcanzar metas. Más tengo frío. De com- prensión ando rota. El cansancio, a ve- ces, me agota. Necesito una tregua. So- bre mis anchas caderas los siglos reposan. Mi carne, con el tiempo, muda de forma, el temperamento se doma. Mi cántaro de piel dejó de parir vida para dar paso a las cigüeñas.

De la Tierra tomo sus diversos tonos ver- des, sus accidentes, sus múltiples frutos. Elijo caminos escabrosos de los que sólo yo conozco las veredas. Soy de todos y soy de nadie. Ni me vendo, ni me com- pran.

Agradezco las piedras maestras que encuentro en el camino, pues son visi- bles. Me dan a elegir entre la dificultad o bordear la zona. Cada una de ellas tiene un mensaje aleccionador. Como aprendi- zaje constante las valoro. Si su tamaño y peso lo permiten, las llevo en mi alforja para no olvidar y, porque así, no vuelvo a tropezar con ellas.

Muero y revivo muchas veces, sé que me entiendes. Por ser lo que soy, multifacéti- ca, otros me señalan con el dedo. Me ara- ñan con el arma cortante que brota de su extremo. Mutilan mi carne y arrancan mis cabellos. No obstante, los astros me de- fienden a todas horas.

Mujer Tierra soy, como lienzo sin fir- ma y sin dueño. A todo eso aspiro, ami- ga anónima. R

Renovación nº57 Espiritualidad Espiritualidad

CULTURA

RELIGIOSA

HINDÚ

#4

Alberto Pietrafesa

Empleado público del Mi- nisterio de Agroindustria de Argentina. Exégeta au- todidacto. Estudioso de las lenguas originales de la Biblia, la exégesis y la hermenéutica bíblica. In- vestigador orientalista. Colaboró en varios sitios de Investigación bíblica en Facebook.

PROSIGAMOS con el concepto de

In document Renovación nº 57 Mayo 2018 (página 82-84)