ción de Occidente Lic Mariela Cuadro
D ISTINTOS PUNTOS DE VISTA ACERCA DE QUÉ ES O CCIDENTE D EFINICIONES DE O CCIDENTE BASADAS EN VALORES
El 23 de julio del 2001, en una reunión mantenida entre el entonces máximo pontífice católico Juan Pablo II y el también entonces presidente de Estados Unidos de América, George W. Bush, el
Papaàseñalóà ueàlaàso iedadào ide talàesta aàe pe i e ta doàu aà isisàdeà alo es 173. Los pro- pios atentados del 11 de septiembre del mismo año y la respuesta dada por el entonces gobierno,
173 Observaciones del Presidente y Su Santidad el Papa Juan Pablo II ,à / / ,àe àwww.whitehouse.gov, consul-
no harían sino profundizar la sensación que señalaba aquella afirmación. Desde espacios no- occidentales –pero no necesariamente anti-occidentales- también se percibieron ciertos cortocir- cuitos en la máquina occidental, cierta incapacidad de otorgar al mundo que se estaba intentando dirigir, un sentido, un fundamento (Chérif, 2007: 11). Los círculos religiosos de los distintos credos,
at i u e o àestaàlla adaà isisàdeà alo es ,àaàlaàa tiguaà onfrontación entre Razón y Religión, la cual había arrojado como resultado en Occidente el gobierno de la Razón y la consiguiente pérdida de religiosidad, el debilitamiento de la religión en tanto institución moral (Chérif, 2007: 18; Ratzin- ger, 2008).
Hemos dicho más arriba que, más allá de su imposibilidad, la construcción de identidades monádicas es continuamente buscada. No queremos decir, por lo tanto, que las identidades no existan; sólo que dado que su resultado es una homogeneidad que funciona en tanto tal, la identidad debe nece- saria y continuamente borrar las diferencias que existen en su interior. Este intento que se encuen- tra en el núcleo mismo del concepto de identidad es lo que obliga a las identidades a presentarse como naturales y ahistóricas, a olvidar su proceso de construcción. Es así como emergen las identi- dades ampliadasà ueà o o e os.à Mu doàisl i o ,à Oc ide te ,à O ie te ,àso àtodasàe tidadesà auto-presentadas y también presentadas por los otros como mónadas, como iguales a sí mismas (de eso se trata precisamente la identidad). Nos preguntamos, entonces, cómo se auto-presenta Occi- dente; qué puede significar Occidente para aquellos que forman su núcleo fundamental (si por Occi- dente entendemos la alianza estratégica entre Europa y Norteamérica, con alguna participación –
mayor o menor- de la Iglesia católica); cuáles son esos valores, característicos de esta entidad, que se dice estar perdiendo.
Hablar de Occidente supone, desde el momento en que se nombra a esa entidad como única, for- mular la homogeneidad identitaria de una región geográfica formada, fundamentalmente, por los Estados del hemisferio noroccidental (Europa y Estados Unidos y Canadá). Supone postular una con- tinuidad histórica que va desde el despliegue de la Iglesia católica y su universalización a través de la recomposición del Imperio romano, durante laàEdadàMedia;àat a esa doàelàdo i ioà u dial àdeà
los imperios europeos, con el británico a la cabeza, y el posterior dominio estadounidense (ex colo- nia británica); hasta el actual momento de transición en el que la potencia norteamericana aún ma- neja algunos hilos, pero en el que otros ya se han cortado.
Desde aquí no podemos afirmar qué es Occidente porque ni siquiera creemos en que exista algo como Occidente en tanto entidad monolítica (en todo caso, lo que sí claramente existe es una alianza estratégica -política y no ética- entre la Europa occidental y central y los Estados Unidos, que tiene como objetivo la conservación del actual sistema político-económico en el que ambas entidades se encuentran en relaciones de poder claramente favorables). Al estar incapacitados para tal cosa, llamaremos en nuestra ayuda a algunos autores con quienes nos hemos encontrado, sin pretender exhaustividad ni cientificidad: la elección es del todo azarosa. Lo que pretendemos
ha e àalàlla a àaà o pa e e àaàestosà testigos àes intentar establecer de qué hablamos cuando hablamos de crisis (de valores) de Occidente.
Al intentar responder a la pregunta acerca de qué es Occidente, los autores que hemos seleccio- nado, pese a sus claras diferencias ideológicas y a sus disímiles miradas sobre el fenómeno poseen
un denominador común: Occidente se les figura como una esencia desplegada en el tiempo. Ahora bien, esta esencia es unas veces vista negativamente (es el caso de Pierre Legendre y de Arnold Toynbee) y otras, positivamente (es el caso de Habermas y de Huntington). Por otro lado, es pen- sada como llamada a convertirse en la vanguardia de un futuro cosmopolitismo mundial (Haber- mas) o es instada a separarse del mundo exterior, considerado como un peligro para la pureza occidental (Huntington). Veamos, más allá de estas diferencias, cuáles son las características que
estosàauto esàe ue t a àe àloà ueàseàdaàe àlla a à O ide te :
Huntington (1996): Plantea que Occidente está formado –fundamentalmente- por Norteamérica (Estados Unidos àCa ad à àlaàEu opaàdelà istia is oào ide tal ,àt aza doàu aàdi isoria religio- sa al interior de Europa. A estas dos entidades se suman Australia y Nueva Zelanda. Si bien en algún momento de las casi cuatrocientas páginas de la edición hispana reconoce que las relaciones entre los principales miembros de Occidente (Europa y Estados Unidos) no siempre fueron tan amigables (Huntington, 1996: 52), logra recomponer la unidad occidental, pues supone que las
ide tidadesà i ilizato ias àseàfo a àpo àafi idades y enemistades culturales cuyo origen es por lo menos desconocido. De este modo, Huntington prosigue listándonos una serie de características nucleares que Occidente portaría desde sus inicios -que el autor sitúa en el siglo VII- hasta la ac- tualidad. Entre ellas encontramos: la filosofía griega, el derecho romano, el latín, el cristianismo
o ide tal ,àlaàsepa a ió àe t eà eligió à àpolíti aà loà ueàha ilitaà–siempre según el autor- el rei- nado de la libertad), el imperio de la ley, el pluralismo social y el individualismo (Huntington, 1996: 81-83).
Habermas (2006) cumple el rol de vocero del liberalismo cosmopolita kantiano occidental y, como
tal,àe salzaàlosà alo esàpolíti osàfu da e tales àdeàO ide te:àelà p o edi ie toàdeàautodeter- minación democráticaà àelà o a ula ioàdeàlosàde e hosàhu a os à Ha e as,à :à .àálà is oà
tiempo, fuertemente kantiano, vincula a Occidente con la tradición iluminista: racionalismo liberal, humanismo, universalismo igualitarista.
Toynbee (1955): En sus por entonces polémicas conferencias que forman el libro El mundo y el Occidente, el historiador inglés plantea como características propias de Occidente (Europa y Amé-
i a,àe lu e doàaà‘usia :àelà go ie oà o stitu io alàpa la e ta io à :à à àelà acionalismo occidental (1955: 33).
Legendre (2008): Sostiene que Occidente posee una matriz teológica-jurídica que resulta de un compuesto formado por el cristianismo como discurso religioso abierto y por los instrumentos jurídicos romanos. Estos últimos, continúa el autor, se caracterizan por ser una forma sin un con- tenido determinado, lo que posibilita que Occidente sea un contenedor que puede ser llenado con múltiples contenidos distintos, entre los que destaca a Dios, a la Democracia y a la Ciencia. Sea cual sea el contenido dominante, según el filósofo francés, la estructura lógica es la misma: el mundo se hace legible desde un únicoluga :à Yàesàasíà o o,à edia teà odeosà o plejosà àaàt a sà de un conflicto codificado (el conflicto entre la Fe y la Razón, entre Dios y la Ciencia), la cultura occidental ha podido pasar del libreto bíblico, y luego romano- a ó i o,àalàli etoà ie tífi o à Le- gendre, 2008: 53).
Lo que queríamos resaltar al hacer este pequeño-repaso-azaroso-bibliográfico-acerca-de-
Occidente, es aquello que encontramos de común entre este listado de pensadores heterogéneos. En efecto, todos ellos -con quienes podemos coincidir o no, en mayor o en menor grado- se han puesto a reflexionar sobre Occidente, y las distintas respuestas que han dado a la pregunta on- tológica aparecen impregnadas de valores: la democracia es un valor (político), los derechos humanos pueden ser presentados como valores, la separación entre religión y política es también un valor, la libertad, la igualdad, el cristianismo -como toda religión- no es más que un compendio
ti o…à“iàO ide teàhaàpe didoàsusà alo es,àestosàho es,ào ide talesàpe sa doàe àsuàp opioà
mundo, no se han enterado. Desde aquí sostenemos que, como queda evidenciado, no es que Occidente haya perdido sus valores (que, por otra parte, tal como sostiene Legendre no han sido siempre los mismos, lo cual nos da un indicador del grado de homogeneidad occidental), sino que ha perdido su capacidad de universalizarlos. En los próximos apartados intentaremos pensar por qué.