2. El Personaje Central del Arca
2.5. La Pasión de Cristo
2.5.2. Jesús en el Getsemaní
Después de esta oración, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, que se llama Getsemaní, y entraron allí. Él sabía a lo que iba, toda su vida en la tierra, anduvo en la presencia de Dios. Y ahora sería entregado a hombres despiadados, animados por el espíritu de Satanás.
También Judas, uno de los doce, el que lo iba a entregar, conocía ese lugar; porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos, pero nunca con un corazón tan lleno de tristeza como esta noche de su última agonía. Notorio era el cambio de ánimo en su Maestro. Nunca antes le habían visto tan triste y callado. Y les dijo: “Sentaos aquí, mientras voy allí a orar”.
Tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y empezó a sentir pavor y angustia. Les dijo: “Mi alma está abrumada de tristeza, hasta el punto de morir”. Estos tres discípulos eran los compañeros más íntimos de Cristo. Habían contemplado su gloria en el monte de la transfiguración; habían visto a Moisés y Elías conversar con él; habían oído la voz del cielo. Jesús les dijo: “Quedaos aquí, y velad conmigo, Orad para que no entréis en tentación”. Parecía excluido de la luz y de la presencia sostenedora de Dios. Debía llevar la culpabilidad de la humanidad caída. Sobre el que no conoció pecado, debía ponerse la iniquidad de todos nosotros.
Deseaba que sus amigos pasasen la noche con él en oración. De manera que fueran capacitados para presenciar la agonía que Él iba a soportar. Cristo asumía ahora una actitud diferente de la que jamás asumiera antes. Los sufrimientos que padeció pueden describirse mejor en las palabras del profeta:
Zacarías 13:7 “"Levántate, Oh espada, contra el Pastor, y
contra su compañero —dice el Eterno Todopoderoso—. Hiere al Pastor, y se dispersarán las ovejas,”
Como substituto y garante del hombre pecaminoso, Cristo estaba sufriendo bajo la justicia divina solo y sin intercesor.
En el desierto de la tentación (después de los cuarenta días de ayuno), el Señor había vencido, donde también estuvo en juego el destino de la humanidad. Ahora nuevamente, como el más inocente de los niños que desconocen la maldad, sentía la incapacidad de soportar las largas horas venideras y en las cuales, ahora si, sería entregado en las manos de Satanás, quién por siglos había estado planeando y esperando esta oportunidad.
Era fuerte y poderosa la insinuación, que le indicaba cuán desgraciados y mal agradecidos éramos todos los seres a quienes deseaba salvar. Su propio pueblo, que representaba a lo mejor del mundo, lo había rechazado. Sus propios discípulos, que fundarían la iglesia lo estaban traicionando. No parecíamos valer la pena.
Se apartó de ellos un poco, como un tiro de piedra. Se postró en tierra, el frío rocío de la noche caía sobre su cuerpo postrado, pero no podía prestarle atención, y oró que si fuese posible, pasase de Él aquella hora. Decía: “¡Padre, Padre! Todas las cosas son posibles para ti. Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa. Sin embargo, no sea como yo quiero, sino como túquieras”.
Todo corazón angustiado, busca ser reconfortado por sus amigos, para que le den esperanza y fortaleza. Cristo, nunca
tuvo ni siquiera donde recostar su cabeza, y ahora cuando más necesitaba, ni los que le amaban más fueron capaces de discernir Su gran necesidad.
Entonces volvió a sus discípulos, y los halló durmiendo. Y dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora?
Velad y orad, para que no entréis en tentación. El espíritu a la verdad está pronto, pero la carne es débil”.
Jesús había dicho a los discípulos: Mateo 26:31 “Todos vosotros os escandalizaréis de mí en esta noche”
Cuando más necesitaba el Salvador de su apoyo y oraciones, los halló dormidos, Pedro mismo estaba durmiendo. Y Juan, el amante discípulo que se había reclinado sobre el pecho de Jesús, dormía. Ciertamente, el amor de Juan por su Maestro debiera haberlo mantenido despierto. Sus fervientes oraciones debieran haberse mezclado con las de su amado Salvador en el momento de su suprema tristeza.
Por segunda vez se apartó, y oró diciendo: “Padre mío, si esta copa no puede pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad”.Al volver, los halló otra vez durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño, y no sabían qué responderle.
En su agonía, oraba más intensamente. Y su sudor fue como grandes gotas de sangre que caían a tierra. Era difícil reconocer a Jesús, tan demacrado, débil y temeroso. Sólo los árboles de aquél huerto pudieron presenciar su gran agonía. ¡Que ironía! El Creador del universo, ahora indefenso y necesitado. Dejó los atrios celestiales, donde todo es pureza, dicha y gloria, para salvar a la oveja perdida, al mundo caído.
Había llegado el momento pavoroso, el momento que había de decidir los destinos del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo. Cristo podía aun ahora negarse a beber la copa destinada al hombre culpable. Podía enjugar el sangriento sudor de su frente y dejar que el hombre pereciese en su iniquidad. Podía decir: Reciba el culpable la penalidad de su pecado, que yo volveré a mi Padre.
Sin embargo decidió redimirnos, ya casi moribundo ¿dónde estaban ahora sus discípulos, para poner tiernamente sus manos bajo la cabeza de su Maestro desmayado, y limpiar esa frente desfigurada en verdad más que la de los hijos de los hombres? El Salvador pisó solo el lagar, y no hubo nadie del pueblo con Él en ese momento.
Mas, sin lugar a dudas, Su Padre estaba sufriendo con Él, y los ángeles, impotentes de rescatarlo, contemplaban su martirio. Entonces apareció un ángel del cielo que lo confortó. ¿Qué le habrá dicho? Seguramente, le recordó el plan original, donde los cielos se abrirían y muchos caminaríamos sobre el “Hijo del Hombre” para entrar en sus portales. Le habrá dado confianza, en que su Padre era mayor y más poderoso que Satanás.
Había soportado lo que ningún ser humano hubiese podido soportar. Sacó fortalezas para concluir su obra.
Cuando se levantó de orar, vino a sus discípulos la tercera vez,
y los halló durmiendo a causa de la tristeza. Y les dijo: “¿Por
qué dormís? “¿Todavía estáis durmiendo, y descansando?”
Levantaos, y orad para que no entréis en tentación”. Basta. Ha llegado la hora. El Hijo del Hombre es entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Aquí llega el que me va a entregar”.