2. El Personaje Central del Arca
2.5. La Pasión de Cristo
2.5.8. De Nuevo Ante Pilato
Pilato debe haberse sentido muy desencantado y debe haberle desagradado ver a los judíos volviendo a él con el prisionero.
En cada fiesta Pilato les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen. Había uno, llamado Barrabás, preso con sus compañeros de motín, que habían cometido un homicidio en una revuelta.
Entonces Pilato, convocó a los principales sacerdotes, a los magistrados y al pueblo. Les dijo: “Habéis traído a este hombre como perturbador del pueblo. Pero habiéndolo interrogado ante vosotros, no hallo en él delito alguno de lo que lo acusáis. Ni aun Herodes, porque lo mandó de vuelta. Nada digno de muerte ha hecho este hombre. Así, lo castigaré, y lo soltaré”. En esto Pilato demostró su debilidad. Había declarado que Jesús era inocente; y, sin embargo, estaba dispuesto a hacerlo azotar para apaciguar a sus acusadores. Quería sacrificar la justicia y los buenos principios para transigir con la turba. Esto le colocó en situación desventajosa. La turba se valió de su indecisión y clamó tanto más por la vida del preso. Si desde el principio Pilato se hubiese mantenido firme, negándose a condenar a un hombre que consideraba inocente, habría roto la cadena fatal que iba a retenerle toda su vida en el remordimiento y la culpabilidad. Si hubiese obedecido a sus convicciones de lo recto, los judíos no habrían intentado imponerle su voluntad. Igualmente se habría dado muerte a Cristo, pero la culpabilidad no habría recaído sobre Pilato.
Vino la multitud, y pidió que Pilato hiciera como acostumbraba. Pilato respondió: “¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?” Porque se daba cuenta que los principales sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los principales sacerdotes incitaron a la multitud a que soltase más bien a Barrabás. Pero toda la multitud dio voces a una, diciendo: “¡Fuera con él! ¡Suéltanos a Barrabás!”
Pilato había buscado pretexto para no juzgar con justicia y equidad, y ahora se hallaba casi impotente en las manos de los sacerdotes y príncipes. Su vacilación e indecisión provocaron su ruina.
Aún entonces se le dio una última oportunidad. Un mensaje le amonestó acerca del acto que estaba por cometer. Cuando Pilato estaba sentado en el tribunal, su esposa le mandó decir: “No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueño por causa de él”. Entonces Pilato tomó a Jesús, y mandó que lo azotaran. La tempestad que la indecisión de Pilato había provocado rugía cada vez más fuerte.
Jesús fue tomado, extenuado de cansancio y cubierto de heridas, y fue azotado a la vista de la muchedumbre. Los soldados llevaron a Jesús al pretorio, y juntaron a toda la tropa alrededor de él. Le quitaron la ropa, y le echaron encima un manto escarlata. Después trenzaron una corona de espinas, la pusieron sobre su cabeza, y pusieron una caña en su mano derecha. E hincando la rodilla ante él, se burlaban, diciendo: “¡Salve, Rey de los judíos!” Escupieron en él, y tomando la caña, lo golpeaban en la cabeza y le daban bofetadas.
Grande debió haber sido la ira de Satanás al ver que todos los insultos infligidos al Salvador no podían arrancar de sus labios la menor murmuración. Aunque se había revestido de la naturaleza humana, estaba sostenido por una fortaleza semejante a la de Dios y no se apartó un ápice de la voluntad de su Padre.
Cuando Pilato entregó a Jesús para que fuese azotado y burlado, seguramente pensó excitar la compasión de la muchedumbre, esperando que ella decidiera que este castigo bastaba.
Entonces Pilato salió otra vez fuera, y les dijo: “Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él”. Y Jesús salió fuera llevando la corona de espinas y la ropa de grana. Pilato les dijo: “¡Aquí está el hombre!” Cuando los principales sacerdotes y los servidores lo vieron, gritaron: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Pilato respondió: “Tomadlo vosotros, y crucificadlo, porque yo no hallo delito en él”. Respondieron los judíos: “Nosotros tenemos Ley. Según nuestra Ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios”. Cuando Pilato oyó esto, tuvo más miedo.
Entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no respondió. Entonces le dijo Pilato: “¿No me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y autoridad para soltarte?” Respondió Jesús: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te hubiera sido dada de arriba. Por eso, el que me entregó a ti, tiene mayor pecado”.
De esta manera, el Salvador compasivo, en medio de sus intensos sufrimientos y pesar, disculpó en cuanto le fue posible el acto del gobernador romano que le entregaba para ser crucificado. ¡Qué escena más digna de ser transmitida al mundo para todos los tiempos! ¡Cuánta luz derrama sobre el carácter de Aquel que es el juez de toda la tierra!
Desde entonces Pilato procuró soltarlo. Pero los judíos gritaban: “Si sueltas a éste, no eres amigo de César. El que pretende ser rey, a César se opone”. Esto tocaba a Pilato en un punto débil. Sería sospechoso para el gobierno romano y sabía que un informe tal le provocaría la ruina. Sabía que si estorbaba a los judíos, volverían su ira contra él y que nada descuidarían para lograr su venganza. Al oír esas palabras, Pilato llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal, en el lugar
que se llama Enlosado, y en hebreo Gabatá. Era la preparación de la Pascua, como la hora sexta (el mediodía). Entonces dijo a los judíos: “¡Aquí está vuestro rey!” Pero ellos gritaron: “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!” Pilato les dijo: “Entonces, ¿qué queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos?”. Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” ¿A vuestro Rey he de crucificar?” Respondieron los principales sacerdotes: “No tenemos más rey que César”. Así, los judíos rechazaban a Dios como su único Rey y elegían en cambio a un rey pagano, quien años más tarde se ensañaría con ellos mismos.
Por tercera vez les dijo: “Pues, ¿qué mal ha hecho? Ningún delito de muerte he hallado en él. Lo castigaré, y lo soltaré”. Pero ellos insistían a gran voz, pidiendo que fuese crucificado. Y sus gritos prevalecieron. Entonces viendo Pilato que nada adelantaba, antes se hacía más alboroto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Soy inocente de la sangre de este justo. Allá vosotros”. Respondió todo el pueblo: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”. Entonces soltó a Barrabás. Y habiendo azotado a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado. Pilato sentenció que se hiciese lo que
ellos pedían, y entregó a Jesús, después de azotarlo, a la
voluntad de ellos para que fuese crucificado.