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2. Líneas de sentido o análisis semántico

2.2 Jesús y el poder como servicio

El magisterio de la iglesia en sus documentos pastorales, respecto a este tema es reiterativo en clarificar la autoridad como servicio a ejemplo de Jesús el Señor, y exhorta a asumir esta misión no como un privilegio. Sin embargo, el cargo de la autoridad, como posición

jerárquica tiene prerrogativas y, eso hace que sea deseado. Por ende se duda de quienes lo deseán y lo tienen, porque no hay claridad si es para servir o beneficiarse de él.

Este deseo de tener poder/autoridad es un interés natural en el corazón de las personas, y por eso, en el grupo de los apóstoles aparece el anhelo común de ser el primero entre ellos: “Entre ellos tuvieron un altercado sobre quien les parecía ser el mayor” (Lc.22,24).

En aras de una mayor claridad, se nos exige realizar una distinción entre los términos poder y autoridad.

Poder: Es una realidad que hace parte de la naturaleza humana y de la cual es una de sus muchas capacidades: “(…) la ambición o la voluntad de poder es propia de cada persona, bien con acentos y modalidades diferentes”44. No hay ser humano que no sienta esta

tendencia de imponer por medio de la palabra o de la acción hacia sus semejantes u otros seres de la naturaleza. Desde la fe, el poder viene al hombre participado por Dios para someter la creación: “(…) sometedla (…) mandadla (…)” (Gn.1,28). Esta capacidad es uno de los constitutivos del hombre como señor de la creación: “(…) señor los hiciste de las obras de tus manos, todo lo pusiste bajo sus píes” (Sl.8,7). Esto, además es uno de los muchos indicativos que lo hace superior a todas las demás criaturas de la naturaleza y por ende sometidas a él, no como dueño sino como imagen y semejanza de Dios, de “dominar” y ser señor del mundo creado. El hombre al recibir la capacidad de dominar la naturaleza se impone y la somete de acuerdo a la voluntad y las motivaciones que lo determina y soluciona sus necesidades básicas de subsistencia, haciendo que la vida sea más humana o más cómoda.

El ejercicio de poder entre los hombres se identifica con hacer que otros obedezcan la orden impartida y obtener resultados esperados, mediante la fuerza, la palabra, por acuerdos consensuales, políticos o por leyes naturales. No se entiende el que manda sin el que obedece, ni viceversa, por eso el fenómeno del poder es relacional: “El poder es una actividad propia de las relaciones humanas. Quiere decirse que toda relación social tiene la dimensión de poder: el poder es una realidad relacional”45. El poder se entiende así

como potestad, fuerza o dominación y llega a su máxima expresión en los poderes constituidos como autoridades civiles, cuando son legítimamente elegidos.

44 Compagnoni, F., Piana G., Privitera, S., Vidal, M. Nuevo Diccionario de Teología Moral, 1426. 45 Ibid., 1428.

Autoridad: Es un sustantivo que viene del verbo latino “augeo”, “auxi”, “autum” que significa “hacer crecer”, “acrecentar”, “aumentar”, “desarrollar”, “volver mas fuerte”, “más intenso”; entonces se deduce que autoridad es cuando se busca el crecimiento de los demás, contribuir para que el otro crezca, se desarrolle en toda su dimensión de persona, de manera que el débil se haga más fuerte.

La manera como se llega a la autoridad legítima es desde varias opciones. En el concepto de Max Weber, hay tres tipos de dominación legítima, una de ellas es la autoridad racional o dominación legal: “En el caso de la autoridad legal se obedecen las ordenaciones impersonales y objetivas legalmente estatuidas y las personas por ellas designadas (…)”46.

Al poder/autoridad legal se llega por elección, por decreto, por nombramiento y esporádicamente por el carisma personal que es reconocida por aclamación popular.

Haciendo una aproximación de los términos poder/autoridad en cuanto figuras de una institución, ellos son para orientar y guiar un programa de gobierno: “El objetivo del poder/autoridad es garantizar la cohesión del grupo. Se trata de simbolizar la unidad del grupo y la unidad de la orientación personal de cada uno de sus miembros”47. Se fusiona

así en un solo contexto los vocablos poder y autoridad, llamándoles de forma similar, cuando se les quiere nombrar haciendo alusión a la organización social o institucional. El que tiene autoridad es el que tiene poder para hacer que se cumplan las órdenes: “Para alcanzar los propósitos señalados es necesaria la intervención de la voluntad de todos (…) esta es la razón por la cual en toda sociedad o comunidad surge siempre la autoridad, que es la que marca las instrucciones para el grupo, dándole unidad y consistencia (…)”48. Por

lo tanto, en el contexto de este trabajo, al hablar de “autoridad” se hace referencia a la dimensión de “poder” como dos realidades idénticas de quien gobierna.

2.2.1. El poder/autoridad como servicio

Miremos la contextualización del poder según la mentalidad política del siglo I de la era cristiana, caracterizada por los excesos y abusos. Aunque se hacían llamar “bienhechores” de la comunidad, hoy desde otra lectura se constata que estaban lejos de esta realidad.

46 Heinz, Sociología del poder, 23.

47 Licheri, Lucie. Cara a Cara. Fundamentos y práctica de la obediencia en la vida religiosa apostólica.

Madrid: Ediciones San Pablo, 2001.

48 Fingerman, Gregorio. Relaciones humanas. Fundamentos psicológicos y sociales. 3ª edición, Buenos Aires:

En el capítulo anterior se deducía que desde el término “mayor” designaba a quienes en la vida social y política del siglo I de la era cristiana tenían el poder y que a su vez se hacían llamar irónicamente “bienhechores”. Pero en realidad eran tiranos, autoritarios, abusadores del poder, opresivos, insensibles ante las necesidades de la comunidad.

Jesús presenta la enseñanza del que-hacer del jefe, del mayor o de quien obstenta el poder/autoridad desde un giro de comprensión opuesto, a partir de la figura del más joven, como el que sirve.

La enseñanza del mismo Señor Jesús, servidor por excelencia, es que el mayor o jefe ha de ser servidor de la comunidad, sin pretensiones de poder o dominio sobre los demás: “(…) el que gobierna como el que sirve” (Lc.22,26).

A continuación se abordarán los temas del interés por el poder como algo innato en la naturaleza humana y la autoridad como servicio desde la perspectiva del seguimiento a la persona de Jesús, primero a nivel general y después haciendo énfasis en las cualidades de un superior(a) como servidor en las instituciones de vida religiosa.

2.2.1.1 El poder, una realidad necesaria

Que entre los apóstoles se tuviera ese interés de aspirar al primer puesto, ha de considerarse como una realidad común de la condición humana: En todos los hombres existe esa tendencia de tener el poder/autoridad para dirigir. Esta característica está implicita en la capacidad de apertura de la persona que lo lleva a encontrarse con sus semejantes y construir comunidad. Es en la vivencia comunitaria donde se acuerdan criterios desde lo político, económico, militar, religioso, cultural –entre otros- para acordar resultados en cuanto al trabajo, protección, de asociación. Es lo que se llama la vida social, caracterizada por la agrupación de personas que requieren de una cabeza que los represente como grupo organizado, delegando en él o ellas el poder/autoridad: “Toda asociación dentro de la sociedad, no importa cuan pequeña o temporal sea, posee su propia estructura de autoridad”49. A ellos les colaboran las múltiples autoridades sociales conformadas por

gremios menores, que se agrupan de acuerdo a los intereses de los diversos grupos sociales. Por lo tanto no es para tener rubor ajeno por la motivación de los apóstoles, por quién, entre ellos, les parecía ser el primero, pues vemos que la responsabilidad de dirección es una

necesidad en todo grupo organizado para guiar y decidir: “La autoridad es siempre una propiedad de la organización social. Donde no hay organización no hay autoridad”50.

Sin embargo, lo que genera dudas, es cuando aparece la ambición desmedida para asumir el rol de poder/autoridad, sabiendo que desde la fe esta es una misión de servicio, de entrega a los otros que implica la negación de sí mismo. Entonces: ¿Cómo explicar tanta disposición para este oficio, cuando exige sacrificio personal? ¿Por qué ese desmedido deseo de asumirlo? Algo tendrá de “bueno” para quien lo asume, una vez que son muchos los que buscan tener los puestos de autoridad y poder. Eso da a pensar que tener poder/autoridad en la comunidad no es tanto para prestar un servicio que requiere abnegación personal, sino para aprovechar las posiciones de la autoridad y beneficiarse de ella.

2.2.1.2 El poder/autoridad y la espitiualidad del servicio

Se ha dicho que la comunidad organizada requiere de la autoridad para orientar y guiar. Si hay organización interna en la comunidad, lo más lógico es que alguien presida esa organización, constituyéndose como poder/autoridad. Se ha dicho también que los puestos de autoridad son apetecidos porque son medios para servir, pero aparte de eso también es una oportunidad para beneficiarse del poder. Esto se da cuando la finalidad del poder pierde su significado como servicio a la comunidad, por la falta de un volver sobre el fundamento que lo ilumina, es decir, desde la conversión o nuevo giro que pidió el Señor a la comunidad: “El espíritu de conversión quien nos hace hombres nuevos, exigencia constante de cambio, manteniéndonos siempre dispuestos a “volver sobre”, a revisar, a evaluar”51.

Pero al darse por hecho una comprensión, viene entonces la acomodación, y se olvidan del llamado a dejarse iluminar por aquello que le da fundamento al que-hacer, sin un volver a revisar desde la referencia u su origen en la fe.

Es en Jesús el Hijo de Dios, que al asumir la condición humana, oculta su divinidad, la condición gloriosa, se somete a los contextos humanos, con todo lo que esto significa y llega hasta someterse a la muerte en la cruz, con el fin de traer la vida divina a los hombres (Kénosis). Enseñando así, con las palabras y el ejemplo de vida el significado y la finalidad del poder/autoridad en la dimensión de servicio. Y desde esta enseñanza, hace énfasis en

50 Ibid., 85.

51 Martínez, M. Víctor. SJ. Fidelidad Creativa en la vida Consagrada. Bogotá: Instituto Misionero Hijas de

que el “mayor” o el jefe, ha de ser como el “menor” o servidor de los suyos, sin mostrar pretensiones de jerarquía superior a fin de ser accequible a todos. El “menor” viene a ser un calificativo que significa condición humilde: “(…) la humildad se considera bien como moderación de la auto-presunción, del orgullo (…) como abnegación y renuncia que el hombre se impone o acepta, o bien como calificativo de la libertad que madura en el modo de vivir las tensiones y los conflictos”52. Es necesario entrar en el contexto de la humildad

de Jesús el Señor, de su abajamiento, a partir de la encarnación, pasión, muerte y exaltación para entender la manera evangélica de asumir la categoría del poder/autoridad.

Y si entre el los apóstoles alguno de ellos quería ser el “mayor” o tener primacía entre ellos, este se ha de destacar por el servicio: “(…) el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve” (Lc.22,26). El que gobierna ha de asemejar al que sirve en la mesa: Disponible, atento, que a nadie falte nada, pronto a las necesidades de quien lo requiera en torno a la edificación y crecimiento de los otros como personas. Hacer esto a ejemplo de Jesús que con su entrega en la cruz ha servido al hombre, vendido al pecado, facilitándole la salvación a cambio de la fe en él. En este contexto se entiende el poder/autoridad desde Jesús, el Señor: “El poder es poder del amor (…) Es lo que manifestó Jesús en su vida, por eso renunció al poder dominación; por eso prefirió morir débil, antes que usarlo para someter a los hombres y hacerles aceptar su mensaje”53. Por

lo tanto, la dirección y la guia de la comunidad no es un puesto de prestigio, sino de servicio. Esto es lo que va a reorientar una nueva comprensión en la forma de asumir la mediación del poder/autoridad en la comunidad. Este es el nuevo campo de comprensión para quienes aspiran a tener el poder/autoridad para que sea asumido de esta manera.

Jesús mismo enseñó la manera de ejercer el poder desde diversas perspectivas; con su poder se acercó a la humanidad afligida por múltiples circunstancias: “Pasó haciendo el bien (Hch.10,38), y este obrar suyo se dirigía ante todo a los enfermos, y a quienes esperaban ayuda. Consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvio la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al

52 Fiores, S., Goffi, T., Guerra, Augusto. Nuevo diccionario de Espiritualidad. Madrid: Ediciones San Pablo,

1991.

53 Boff, Leonardo. Iglesia: Carisma y poder. Ensayos de Eclesiología militante. Santander: Ediciones Sal

cuerpo como del alma”54. Jesús, con el poder se mostró liberador, sanador, misericordioso,

se manifestó servicial; dominando las fuerzas hostiles que someten al hombre al sufrimiento, a la enfermedad, a la muerte. Jesús, con su poder divino somete el mal, haciendo clara distinción que este poder es para servir al hombre, para liberarlo de la opresión que le hace esclavo. En consecuencia, es un poder de amor, en función de dar la vida, de servir, de amar. Es el poder de sacrificio personal, que no reclama protagonismo, ni beneficio para sí, todo está en función del otro como punto de referencia. El poder está referido para ayudar, de dar, compareciéndose de las necesidades del oprimido.

La plenitud del servicio de Jesús a los hombres se manifestó en la entrega de su vida: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn.10,11), este servicio se hace explícito en cuanto que su muerte trajo la salvación a los hombres. Esta es la expresión más significativa del servicio realizado en el amor. Es un servicio tenido como auto-donación o auto-entrega por la salvación de los hombres y el perdón de los pecados. Jesús prolonga su obra salvadora a través de los apóstoles, dándoles su poder y autoridad: “(…) les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia” (Mt.10,1). Es un poder sagrado para utilizarlo en servicio de los hermanos en el amor, hasta llegar a dar la vida por los hermanos. Desde este contexto, se supone ha de abordarse el poder/autoridad en la vida religiosa.

2.2.1.3 Identidad de quien asume el poder/autoridad

Es obvio que quien asuma la dirección en un instituto de vida religiosa debe tener como punto de referencia a Jesús, muerto y resucitado, su evangelio, sus dichos y hechos. Desde este contexto, se supone, ha construido su proyecto personal de vida, formado en los valores del evangelio de forma que exista en el perfil personal una identidad como discípulo. Ahora, como religioso(a), que se supone, que “sigue más de cerca a Jesús”, ha de caracterizarse por los valores evangélicos por los cuales optó, pues estos deben ser más concretos en cuanto a actitudes. Por lo tanto, el proyecto personal de vida tiene una identidad cristiana: “El proyecto personal de vida se entiende como el núcleo central del sujeto formado por los valores en torno a los cuales va estructurándose su identidad (…) El proyecto está constituido, en consecuencia, por el conjunto de cosas o realidades que

54 Juan Pablo II. Carta sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano. 2ª reimpresión, Bogotá: Ediciones

son importantes para la persona, por sus valores y modo de vida”55. Ahora, estos valores se

han venido constituyendo a partir de los procesos iniciales de formación en la fe, como: Escucha de la Palabra de Dios, la acogida al evangelio que llama a la conversión y con ello renovación de la mente, cambio de actitudes, una transformación de los sentimientos que vienen del corazón, una espiritualidad propia del fundador del instituto. Es un camino recorrido en pos de una identidad evangélica que le da sentido a la vida. Es una persona con experiencia de vida, en proceso de conversión, en la lucha consigo mismo por superar los vicios y pecados con el fin de ser criatura nueva en Cristo y dar una mejor respuesta: “No os acomodéis a este mundo; al contrario, transformaos y renovad vuestro interior, a fin de discernir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm.12,2). Cristo Jesús, es el modelo del hombre perfecto y es el punto de referencia inmediato para la comunidad de fe, en él se ha de formar la manera de obrar, de pensar y de vivir, hasta alcanzar “los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp.2,5). Él es el punto de llegada de una vida en búsqueda constante de perfección. Por consiguiente, para la realización de este proyecto se requiere la buena voluntad, el don de la fe, el abrirse al cumplimiento de la voluntad de Dios. Colocarse en la dinámica del seguimiento a Jesús el Señor: “Una vida cristiana según el seguimiento es vida y vida radical. Es absoluta obediencia a la voluntad de Dios, sea cual fueren sus exigencias (…) teniendo como modelo al mismo Jesús en su modo de vida y destino”56. Desde lo cual se espera vivir el

espíritu fraterno, que incluye, aceptar a los otros como hermanos, la práctica de la justicia, del respeto por la dignidad humana, la solidaridad, asumir compromisos de testimonio de fe, la celebración de los sacramentos y en especial la eucaristía como centro de la vida cristiana, reconociendo que todo es don de Dios. Estos son aspectos básicos del discipulado mediante el cual se testimonia la vida de seguimiento común a todos los bautizados y con mayor énfasis a la vida religiosa institucional. El discípulo se caracteriza por el seguimiento al Maestro y por ende, da identidad a la vida con matices de cristiano: “Cada árbol se conoce por su fruto” (Lc.6,44). Por lo tanto, es una persona que trabaja por sus motivaciones religiosas, confirmando día a día sus convicciones en la vida religiosa. El

55 Meza, R., José Luís. Arango, A., Óscar Albeiro. Discernimiento y proyecto de vida. Dinamismos para la

búsqueda de sentido. Colección Fe y universidad #9. 4ª edición. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, departamento de Teología, 2008.

ideal es que tenga un proceso de vida real que lo lleve a lo que está llamado a ser, alguien que comporte en sí unidad personal, madurez, armonía, estabilidad en su perfil personal, integridad de vida: “Que no esté sujeto a instintos, deseos y proyectos al margen de una vida de fe. Esto hace que haya compromiso, que se manifiesta con amor hacia los demás hombres, capacidad de oblación, escasa ambivalencia, estabilidad y se concreta en un compromiso para la renovación”57. Una vida íntegra habla de coherencia en el decir y el

actuar, que lo hace, además, persona confiable en responsabilidades significativas. La coherencia es indispensable en un superior mayor provincial; es deplorable encontrar que

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