Procesos de subjetivación
En este trabajo excelente, por forma y contenido, Sapisochin promueve más de una hipótesis, pero la tesis central es resumida por el autor en el primer párrafo: la diferencia entre generaciones es considerada “el arti- culador metapsicológico y clínico del acceso a la terceridad edípica”.
Dos hipótesis sustentan la tesis central y se apoyan en una interesan- te viñeta clínica en la cual una paciente se identifica con su abuela pa- terna para negar la diferencia generacional y autorizar el vínculo inces- tuoso, padeciendo consecutivamente trastornos en la estructuración triangular del aparato psíquico y en la génesis de los procesos de pensa- miento.
Sapisochin resuelve el clásico dilema del pensamento occidental, ca- racterizado por el sinólogo Joseph Needham como el dilema del “o esto- o aquello”, subrayando que en el pensamiento freudiano rigen en el su- jeto las leyes del funcionamiento inconciente y las leyes del espacio in- tersubjetivo. La tarea del sujeto consiste en tejer una red fantasmática integrando, a su manera, ambas leyes. Se trata, pues, de un rol activo, selectivo, y este aspecto creo que debe ser evidenciado, ya que existe, a mi parecer, una cierta tendencia en aquellos que tienden a privilegiar el rol ambiental, el “trauma”, el “defecto”, a considerar el sujeto de forma
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mo ofrecer ejemplos de metodologías adecuadas para articular un pro- yecto de investigación.
El autor concibe el concepto de diferencia entre generaciones como la transformación en una metáfora del funcionamiento en tres dimensio- nes del aparato psíquico, ligado al reconocimiento de las diferencias se- xuales, que la precede. Por esta razón, dice Sapisochin, separará ambos conceptos. Con la prelación del reconocimiento de las diferencias sexua- les y la necesidad de separar los dos conceptos estoy ampliamente de acuerdo. Lo estoy menos respecto a la necesidad (y la utilidad) de con- cebir los conceptos como metáforas o ficciones narrativas. A mi enten- der existe una clara diferencia, de orden epistemológico y semiológico, entre una metáfora y un concepto. Y existe tambien una clara diferen- cia entre una metáfora y una ficción. Por lo demás, debo confesar que la insistencia sobre la cualidad “narrativa” del psicoanálisis, sea en la práctica como en la teoría, que se ha difundido en el psicoanálisis con- temporáneo, no me parece que haya producido resultados consistentes. Hallo, en cambio, utilísima la elaboración de Sapisochin de las ideas de Jones, Meltzer, Grunberger, Chasseguet-Smirgel, Faimberg, integrada con el comentario de las ideas de Britton y algunos analistas británicos poskleinianos. De ellos subrayaría, junto con el autor, el valor, a mi en- tender esencial, de considerar que ninguna posición –en este caso la ter- ceridad edípica– se alcanza de modo definitivo, que el sujeto puede bo- rrar la percepción de su exclusión de la pareja edípica adulta y crear, como propone Britton, creencias edípicas ilusorias. Estas consideracio- nes que, junto con el reconocimiento de la importancia de las carac- terísticas del objeto externo (Bion), constituyen a mi parecer las mayo- res correcciones del poskleinianismo al psicoanálisis kleiniano, son, creo, las mismas que llevan a Sapisochin a concebir, justamente, la cons- telación “My Heart belongs to Daddy” como una estación de paso y no un destino final del Edipo femenino. Una estación de paso que implica un “entrecruzamiento fantasmático intersubjetivo”, como dice el autor, que pone en juego la mirada seductora del padre en la adquisición de la identidad femenina. Es necesario recordar que en la canción compuesta por Cole Porter en 1938, para el musical “Leave it to me”, la letra dice: “My Heart belongs to Daddy / cause my Daddy, he treats it so well”.
En su transmisión del material clínico, Sapisochin interpreta la figu- ra de la abuela paterna en la vida psíquica de su paciente como una muerta-viva, como un intruso que se apoderó de su psiquismo. Las refe- rencias a Baranger y a Mijolla me parecen muy pertinentes, yo agregaría una referencia a García Badaracco, quien mucho y originalmente ha tra- bajado sobre las identificaciones patológicas.
Muy convincente es la interpretación que ofrece el autor a su pacien- te cuando se “recupera de su ensoñación contratransferencial”, notable
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prevalentemente pasiva. Esta actividad fantasmática constituye la pri- mera hipótesis del autor; la segunda se refiere, como ya dicho, a las con- secuencias de la negación de la diferencia generacional.
En la sección titulada “La metáfora de la diferencia entre generacio- nes”, Sapisochin aborda una temática que considero esencial. Él sostie- ne, siguiendo los trabajos de Bernardi (1989) y de Cooper (1996), que cada modelización psicoanalítica contiene en su interior una metáfora sobre el origen de la estructuración del psiquismo. Esta metáfora, pro- pone el autor, condiciona la escucha, el significado que otorgamos a los datos clínicos y nuestras concepciones de la teoría de la cura. Bernardi, en su texto, habla de “determinantes paradigmáticos”, Cooper titula su trabajo “Facts all come with a point of view” (“Todos los hechos vienen con un punto de vista”). En realidad sabemos que los “términos de ob- servación” son de observación sólo en un sentido “Pickwickian”, sabe- mos que no hay “pura observación” ni un lenguaje de observación neu- tral. Ése es exactamente el significado del título de Cooper. En diversas oportunidades he defendido la tesis de la existencia de “patterns” con- ceptuales o de teorías implícitas en la mente del analista que hacen que el significado de los términos de observación sea una función de esos “patterns” o teorías implícitas (Canestri, 2006, 2009).
Sapisochin identifica en el acceso a una especial cualidad de vincula- ción del sujeto con el objeto, en la cual se acepta la diferencia, no sólo una precondición para que se instaure un nuevo modo de funciona- miento mental, sino además un punto de congruencia y convergencia entre las diferentes teorías psicoanalíticas. Ha sido Bion quien ha pro- puesto la idea de la posibilidad de individualizar puntos críticos hacia los cuales convergen y desde los cuales divergen las teorías psicoanalíticas. Estos puntos son identificables luego de una atenta revisión e investi- gación conceptual. El autor, si bien en una apretada síntesis, hace una convincente caracterización de las semejanzas y las diferencias que exis- ten entre las teorías de Freud, Klein, Winnicott y Bion sobre el origen de un espacio representacional.
Un paso sucesivo podría conducir a una “integración conceptual”, que parece ser uno de los objetivos de la reciente constitución en la IPA de una “Task Force on Conceptual Integration”. Desde mi personal punto de vista, la integración no puede asumir ciertamente el sentido de propugnar la uniformidad teórica, sino el de promover, como ya he dicho, una atenta exploración conceptual tendiente a identificar los pun- tos de convergencia y de congruencia entre teorías, más allá de diferen- cias que pueden ser aparentes y superficiales. No debe tampoco conver- tirse en una falsa dilución de auténticas discrepancias teóricas. Modelos de integración conceptual interesantes pueden ser identificados en otras disciplinas (Piaget y García, 1983; Canestri, 1999), que pueden asimis-
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No quiero, sin embargo, terminar este comentario sin mencionar bre- vemente un argumento que me parece estar en el centro de la “subjeti- vación” y que está además íntimamente ligado al caso propuesto por Sapisochin. En 1982, M. Foucault dictó su seminario anual en el Collège de France, dedicado ese año a “L”Herméneutique du sujet”. La pregun- ta central de ese seminario, el motor del desarrollo sucesivo, podría de- clinarse de este modo: ¿las luchas más importantes, más significativas que debemos librar si queremos “cuidar de nosotros mismos” (epimeleia
heautou, cura sui), son aquellas contra las dominaciones políticas, con-
tra las explotaciones económicas, o contra las sujeciones identitarias (as-
sujettissements identitaires)? Si consideramos que en realidad el texto de
Sapisochin se ocupa de “modos, o modalidades de subjetivación”, en par- ticular de aquella modalidad por la cual L. ha quedado atrapada en una identificación patológica de la que no puede (y simultáneamente y acti- vamente no quiere) librarse, podemos quizás reconocer que la lucha con- tra las sujeciones identitarias ocupa un lugar central en el proceso de subjetivación.
Puedo sólo concluir agradeciendo al autor el interés y la consistencia de su trabajo.
Bibliografía
Bernardi, R. E. (1989): “The role of paradigmatic determinants in psychoana- lytic understanding”, Int. J. Psycho-anal., 70, págs. 341-357.
Canestri, J. (1999): “Psychoanalytic Heuristics”, en Psychoanalysis on the Move. The Work of Joseph Sandler, Londres y Nueva York, Routledge. — (ed.) (2006): Psychoanalysis: from practice to theory, Nueva York y Londres,
Wiley.
— (2006): “Trauma o pulsione – Pulsione e trauma: una rivisitazione” di Ilse Grubrich-Simitis. Discussione, Psicoanalisi, Roma, Franco Angeli, págs. 25-29.
Cooper, S. (1996): “Facts all come with a point of view”, Int. J. of Psycho-anal., 77, 2, págs. 255-273.
Foucault, M. (1981-1982): L”Herméneutique du sujet: Cours au Collège de France, 1981-1982, París, Gallimard-Seuil.
Grubrich-Simitis, I. (1988): “Trauma or Drive – Drive and Trauma; A Reading of Sigmund Freud’s Phylogenetic Fantasy of 1915”, The Psychoanalytic Study of the Child, 43, págs. 3-32.
— (2006): Trauma o pulsione – Pulsione e trauma: una rivisitazione, Psicoanalisi, Roma, Franco Angeli, págs. 9-24.
Piaget, J. y García, R. (1983): Psychogenèse et Histoire des Sciences, París, Flammarion.
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la respuesta de insight de L. al día siguiente, cuando la paciente consigue pensar, por primera vez, en la depresión de su padre, y comprende que quizás sus propias actitudes, estimuladas indudablemente por su padre, tenían una función terapéutica. Esta observación es frecuente en el aná- lisis infantil. En diversas patologías, por ejemplo en niños diagnosticados como afectos de ADHD: el niño está designado por la madre o por el padre para vitalizar la depresión manifesta o latente de los padres.
En la discusión teórica del material clínico, el autor aborda el tema de la seducción y su tratamiento en la teoría freudiana. Éste es un argumen- to al que Ilse Grubrich-Simitis ha dedicado páginas significativas en diver- sas ocasiones. Ella publicó en 1988 un ensayo en The Psychoanalytic Study
of the Child, cuyo título era: “Trauma or Drive-Drive and Trauma: A
Reading of Sigmund Freud”s Phylogenetic Fantasy of 1915”. Recordemos que Grubrich-Simitis es quien nos ha dado acceso al texto extraviado de Freud. En el Congreso de Río de Janeiro de 2005, la colega alemana, en un panel organizado por el Comité de Investigación Conceptual de la IPA de título: “¿Qué entendemos verdaderamente por investigación conceptual sobre el trauma?”, desarrolló una tesis que puede ser relacionada con cuan- to dice Sapisochin sobre el abandono freudiano de la teoría de la seducción, abandono del cual el autor justamente se lamenta.
Grubrich-Simitis sostiene que, luego de haber abandonado, al menos explícitamente, la teoría de la seducción actuada, perversa, como causa de la patología, Freud tenía dificultad para aceptar los factores traumá- ticos de la patogénesis. Freud, dice la autora en el ensayo mencionado, temía que, asignando un rol significativo al trauma en la teoría etiológi- ca, se crease una vía de fuga para negar la importancia de la teoría de las pulsiones. ¿Era justificado este temor? Grubrich-Simitis, y yo mismo, que discutía en el panel su ponencia, considera que, a la luz de algunas posi- ciones teóricas de las últimas dos décadas, la respuesta podría ser positi- va. Es siempre más fácil adherir a los modelos simples e ignorar la com- plejidad del pensamento psicoanalítico. Desde ese punto de vista es im- portante la posición adoptada por Sapisochin, que, como he dicho al co- mienzo, busca superar el dilema intrapsíquico-intersubjetivo en una in- tegración teórica. De la misma manera, la distinción entre la seducción actuada y la seducción impuesta por el inconciente del otro, como en el caso del padre de L., nos permite incorporar un aspecto en la génesis de la patología de L. que la actitud defensiva de Freud había eliminado.
Muy interesantes son las consideraciones del autor sobre la capacidad de pensar, sobre las necesarias “transformaciones” progresivas del obje- to arcaico que puede ser recreado en un espacio exogámico. Sobre estos y otros argumentos mis notas se prolongan por varias páginas, mas he descubierto haber ya sobrepasado el número de palabras que la redac- ción me había asignado.
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Vayamos a su clínica. Se trata de una paciente joven, con inhibiciones en su creatividad. (Quiero aclarar que, aunque desconozco la edad de Sapisochin, supongo que debe de haber una diferencia generacional con respecto a esta paciente.) Ella trae en sus asociaciones referencias con- tinuas a argentinismos. Siendo Sapisochin oriundo de nuestro país, esas expresiones que la paciente trae a sus oídos penetran en él como una ac- titud seductora aparentemente edípica: la seducción al padre. El proce- so analítico se torna más interesante cuando las alusiones de la pacien- te a las empanadas y a otras comidas de origen argentino le evocan, como dice Sapisochin, el lenguaje oral de su relación con su propia
madre. Por este camino, su “paciente-hija” parecería querer ocupar en
un primer momento el lugar de su mujer; una situación en la que Sapisochin ve realizarse, de manera acentuadamente dramática pero por otro lado muy frecuente, una estación incestuosa del complejo de Edipo femenino que parece inhibir las posibilidades creativas de la pa-
ciente. Interesante postura, probada “a la letra” por el material clínico
que presenta el autor. Su interpretación de esta situación no parece mo- dificar la clínica. Pero esa música, ese ritornello, esa repetición edípica, cobra otra dimensión cuando, en una correlación con la historia, apare- ce un hecho en el cual el padre de la paciente le ofrece inconcientemen- te el papel de su propia madre para vivir nuevamente su Edipo. Historia de Edipo… de Edipos –del Edipo paterno y del Edipo de la hija–. Repeticiones en el análisis. La paciente se identifica, no con la mujer sino con la madre de su analista. Y, ante cierta normalidad de su pa- ciente en esta situación edípica, Sapisochin se pregunta con renovado in- terés de qué y por qué está enferma su paciente. Y se responde: está en- ferma porque no ha logrado una identificación con lo penetrante de la fi-
gura paterna, quedándose en la etapa de su propia seducción y de ser se-
ducida por el padre. Para Sapisochin, la deriva patológica está en la fija- ción a esta situación que él define como un estado hacia el Untergang del complejo de Edipo. Un estado que yo diría que está a veces facilitado por las normas culturales, por las características particulares del superyó fe- menino, o, podríamos decir, por la falta de la “amenaza de castración” paterna. Pero es necesario que el padre instale algún tipo de interdicción a este incesto “acomodado”, que podría llevar a algunas mujeres a tra- mitar su vida por una elección sexual que remede bastante cercana- mente a un Edipo y que se manifieste, no por síntomas –como podrían ser los síntomas histéricos comunes–, sino por una detención en el pro- ceso del pensar creativo.
Creo que un hallazgo de Sapisochin es esta identificación de la mujer con lo penetrante del padre, que a su entender sólo se produce si hay una renuncia al incesto y un reconocimiento de la diferencia generacio- nal. Estamos en el plano del duelo. El duelo incluiría a ambos, y a través
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