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Norberto C Marucco*

Quiero en primer lugar agradecer al Comité Editor de la REVISTA DE

PSICOANÁLISIS su invitación a comentar algunas de las sugerentes ideas

que nos presenta Gabriel Sapisochin en este trabajo. El título ilustra por sí mismo la importancia que el autor atribuye a la diferencia entre ge- neraciones como organizadora de la estructura triangular de la mente, y a su vez de la generación del pensamiento. Me resulta llamativa e in- teresante la importancia que el autor atribuye a esta diferencia genera- cional en el psicoanálisis contemporáneo, en el que ha sido tan subraya- da la diferencia de los sexos. Aunque reconoce la íntima ligazón entre estos conceptos, opta por hacer un clivaje entre ambos para dedicarse es- pecialmente a la diferencia generacional cuya inscripción ubica a la sa- lida del complejo de Edipo. Así, la diferencia generacional supone para el autor no sólo una manera de “dictaminar” la prohibición del incesto, sino también de definir, lo que en mis términos sería algo así como un “abuso entre personas”. “Abuso” que no es sólo de un sexo sobre otro, sino de un adulto sobre un menor, y que implicaría una desmentida de la diferencia generacional, especialmente por parte del abusador. Es de destacar, por otro lado, que para Laplanche (1987) el surgimiento de lo psíquico tiene que ver con la implantación en el infante de la sexualidad inconciente del otro adulto, que él ubica en la madre –implantación de los llamados significantes enigmáticos y a su vez de los significantes de- significados–. En este caso, la actuación inconciente de la diferencia ge- neracional sería estructurante del psiquismo. Ahora bien, en términos generales, Sapisochin apunta en su texto a la construcción de una teoría acerca de los referentes en la estructuración del psiquismo, así como de sus derivados psicopatológicos; y, por ende, de una manera de entender la clínica y la técnica analíticas. De ahí la condición de estructurante que le asigna a la “diferencia generacional” que en la mujer resulta más compleja que en el varón, pues la diferencia anatómica de los sexos no parece tener un lugar privilegiado en el Untergang del complejo de Edipo (Freud, 1925). En las niñas, la falta de la amenaza de castración tiene, como dice Freud, sus propias consecuencias psíquicas, que en- tiendo que son las que se encarga de desarrollar en su texto Sapisochin.

* Dirección: San Luis 3364, (C1186ACN) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

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pico, veremos a una mujer que pueda, en determinados momentos, reci- bir a su padre-amante con la fuerza pulsional del “incesto”, y que al mismo tiempo tenga la posibilidad sublimatoria que le brinda la identi- ficación con el padre “duelado” para poder producir creativamente sus aspectos más femeninamente penetrantes.

Para finalizar, quisiera transmitirle a Sapisochin, y dejar planteados aquí, algunos comentarios e interrogantes sobre su interesante y suge- rente trabajo. En primer lugar, y aun cuando Sapisochin hace una acla- ración al comienzo de su texto con respecto al tema, me pregunto si, al considerar el problema de la desmentida de la diferencia generacional, podrían pensarse el Edipo y la castración como estructurantes sin in- cluir el entrecruzamiento con las diferencias anatómicas sexuales.

Por otra parte, ¿habrá una primacía de lo generacional por sobre lo anatómico teniendo en cuenta, por ejemplo, las vicisitudes que se pro- ducen en las parejas homosexuales, o en familias ensambladas? ¿Tendrá esto que ver con lo masculino y lo femenino en relación con la pro- blemática de la llamada diversidad sexual? ¿Será en ese sentido la es- tructura edípica una estructura única? ¿O, así como Freud describe el Edipo positivo y el Edipo invertido, habrá, según entiendo del texto, es- tadios del complejo de Edipo que se superponen, como dice Sapisochin? Y, ¿habría entonces, en lugar de un Edipo final resultante de la multitud de identificaciones que conocemos, un Edipo polimorfo con distintas va- riaciones o estados que van constituyéndose y recreándose quizás a lo largo de la vida, siempre en relación con un polo identificatorio y un polo pulsional en distintos niveles de intricación? ¿Será toda esta situación reeditada en repeticiones en la transferencia sólo en palabras, o a veces también en actos? El lenguaje de acción, el agieren freudiano, el enact-

ment, entraría aquí para explicar algunas conductas del Edipo que no

pueden darse en palabras, y sí en el lenguaje acción, como lo propone Bush (2009).

Por último, sólo me resta expresar mi reconocimiento a Gabriel Sapisochin por el interés de esta indagación que es a la vez clínica, teó- rica y técnica. Resulta sin dudas un estímulo para nuestro pensamiento creativo como analistas y es en ese sentido un trabajo muy grato y bien- venido.

Bibliografía

Bush, F. (2009): “¿Es posible hacer pasar un camello por el ojo de una aguja? Reflexiones sobre la forma en que nos habla el inconsciente y sus implica- ciones clínicas”, REV. DE PSICOANÁLISIS, LXVI, 1, 2009, págs. 41-55. Internacional Journal of Psicoanálisis, vol. 90, sección 1.

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de esa renuncia y ese duelo la mujer lograría acceder a esa identificación con lo penetrante del padre que la hace más libre, más creativa, y que, lejos de disminuir los atributos de su feminidad, los expande en una ola exogámica.

Éste es el punto que me pareció central en el texto de Sapisochin que incluye también otros temas de interés. Me parece un trabajo que, sien- do muy clínico, tiene a la vez gran profundidad metapsicológica. Los au- tores citados son una prueba de ello, desde Freud (cuya lectura se tra- sunta como muy concienzuda y minuciosa por parte de este autor) Klein y Ferenzci, hasta Bion, Chasseguet-Smirguel, Laplanche, Green, y otros. Sólo quiero detenerme en un punto de este caso clínico para dar quizás apertura a algún tipo de discusión: si la desmentida de la dife- rencia generacional como evitación de la interdicción edípica, cuya per- manencia indefinida coincido que detiene el proceso creativo, no podría ser al mismo tiempo un momento del psiquismo que se instale como un pasaje a la estructuración del final del Edipo a través, ahora sí, del re- conocimiento generacional. O sea, podría pensarse no tanto en términos de evolución sino como un estado en movimiento en el que se procesa para la mujer la oscuridad de su complejo de Edipo.

Dicho en otras palabras: quizás en las mujeres haya “en el fondo de su corazón” algún espacio dedicado a su padre en el que desmiente la di- ferencia generacional para mantener viva la pulsión incestuosa. ¿Cómo? A través de la desmentida también de la diferencia de los sexos (como lo propuse en mi presentación en la apertura del Congreso de Barcelona sobre “Edipo, castración y fetiche” [Marucco, 1997]). Sería entonces una desmentida que a la vez que impediría que la fuerza de la pulsión su- cumba en el Untergang identificatorio, daría lugar a una resultante identificatoria que habilite “lo penetrante” de la mujer, necesario para la creación. Esta desmentida estructural (Marucco, 1977) permitiría latir esa pulsión incestuosa que, coincido con Sapisochin, se va a multi- plicar en infinitas ramas que se expandirán por los objetos exogámicos que cada mujer tiene.

En ese sentido me parece que, parafraseando el “My Heart belongs to Daddy”, los analistas tendríamos que estar alertas de no caer en la po- sición transferencial “cómoda” de “mi corazón le pertenece a mi analis- ta”, que podría llevarnos a quedar encerrados en un amor narcisista transferencial y a un eventual impasse analítico. De ocurrir, la detención del análisis implicaría la detención de un proceso de desarrollo de la se- xualidad femenina en la nueva oportunidad que le brinda el análisis. Vuelvo a decir: tiendo a pensar que lo evolutivo dejaría lugar a formas de funcionamiento psíquico más estructurales. De ser así mi acuerdo con Sapisochin sería mucho mayor. Si rescatamos como posición “My Heart belongs to Daddy” junto a la posición identificatoria del duelo edí-

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Baranger –citado anteriormente por el autor– a propósito de las carac- terísticas del objeto del duelo se me hacen especialmente presentes du- rante la lectura. En la visión de Baranger (1980), el objeto del duelo no tiene las mismas características de una representación en el sentido freudiano, o de significante en el sentido que después fue desarrollado por Lacan y Leclaire, sino que, como señala el autor del trabajo que hoy comentamos, aparece como un personaje, “un intruso” que se apodera del espacio mental de la paciente y también de la escena analítica. En la misma línea de pensamiento W. Baranger señalaba: “[...] el status me- tapsicológico del objeto descrito por Freud en ‘Duelo y melancolía’ y por M. Klein en sus artículos correspondientes no es el de una representa- ción, sino un status semejante al de las instancias psíquicas (yo, su- peryó), un status de casi-persona” (Baranger, 1980, pág. 316).

Es interesante notar que W. Baranger no sólo se refiere al objeto del duelo sino a una característica del trabajo psicoanalítico: “todo un as- pecto muy importante de nuestro trabajo consiste en lidiar con este tipo de existencia ambigua, dotado de una cierta sustancialidad distinta de la representación y más cercana al tipo de existencia del sujeto [...] al cual llamamos objeto interiorizado” (ibíd., pág. 320).

Pienso que el trabajo del analista posibilitó, en este caso, la captación, recuperación y modificación en la escena analítica de ese tipo de “existen- cia ambigua” de esa “cierta sustancialidad”, no sólo del personaje interno de la paciente, vinculado al duelo paterno, sino de aspectos “sustanciales” de la experiencia subjetiva de paciente y analista y de la comunicación es- tablecida entre ambos. Este trabajo fue progresivo e implicó una conste- lación de registros comunicacionales explícitos e implícitos que operaron en el marco de la transferencia y la contratransferencia.

De entrada el analista nota la tendencia de la paciente a usar giros idiomáticos que para ambos tienen especial significación. En el analista evocan la lengua materna; en la paciente el recuerdo del padre “embo- bado oyéndola pronunciar un perfecto dialecto de cierta región de Italia”. Y si bien el analista interpreta esta tendencia de la paciente “en el contexto transferencial edípico positivo, como repeticiones de anti- guos intentos de seducción de la niña”, percibe que su forma de inter- venir es poco convincente y que no logra aportar algo nuevo. Parecería que, en este primer momento de la secuencia clínica, el lenguaje se des- liza sobre la experiencia de ambos, como el aceite sobre el agua, sin poder penetrarla. Sin embargo, el progreso del análisis y el develamien- to del ceremonial obsesivo de la paciente permiten recuperar actos y ges- tos corporales implícitos en el intercambio verbal y visual entre hija y padre. El ceremonial obsesivo agrega “sustancia” a la escena analítica mostrando el “vértice identificatorio” de la paciente que repite, dándole vida, los mismos gestos y actitudes de la abuela paterna ya muerta.

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Freud, S. (1925): “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”, A. E., XIX.

Laplanche, J. (1987): Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu.

Marucco, N. C. (1997): “Edipo, castración y fetiche” (presentación en la Reunión Plenaria inaugural del 40º Congreso Psicoanalítico Internacional, Barcelona ,1997), REV. DEPSICOANÁLISIS, LIII, 3; International Journal of Psycho-analysis, vol. 78, 2, abril de 1997.