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268 JULISN BENDA

d o n e s de estos idílicos y ios sucesos que las han seguido. ‘‘D e iodos modos., lo que conviene recordar aquí es que los intelectuales modernos han respondido a sus errores arrojando sus anatemas sobre toda articulación idealista cualquiera que sea, íjuiaiaa’da o no, jnostrando con eso una im portancia.para distinguir las especies, una inca­ pacidad par:- elevarse de la pasión ai juicio/que sólo son un aspecto diferente de la pérdida que se hace sentir en ellos de las buenas costumbres del espíritu.

Reunam os estas causas de la transformación de ios intelectuales: imposición de los intereses políticos a todos los hombres sin excepción, acrecentamiento de la consis- tencia’de los objetos apropiados para alimentar las pasio­ nes realistas, deseo y posibilidad para los literatos de re­ presentar un papel político, necesidad por el interés de su gloria de complacer a una clase que dia a día se hace m ás inquieta, accesión creciente de su corporación a ja condición burguesa y a sus vanidades, perfeccionamiento. de su romanticismo, decadencia de su conocimiento de I« antigüedad y de su compostura intelectual. Se ve. que esas causas consisten en algun os.de los fenómenos que caracterizan más profunda y más generalmente la época actual. E l realismo político de los intelectuales. lejos de ser un hecho superficial, debido al capricho de una cor­ poración. b'í parece ligado a la esencia misma de* mundo moderno.

IV

V IS T A D E C O N J U N T O .— P R O N O S T IC O S '

E n resumen, si contemplo a la humanidad actual desde ej punto de vista., jje su estado moral tal como se manifiesta por su vida política, veo: 1.* una masa en la cual,la pasión realista bajo sus dos grandes formas— la pasión de clase, la pasión nacional— alcanza un grado de conciencia y de organización desconocidos hasta hoy} 2.9 una corporación que. opuesta otrora a este realismo de las misas, no sólo no se opone a ¿1 sino que ío adopta proclamando su grandeza y su moralidad; en pocas pa­ labras. una humanidad que se entrega al realismo con una unanimidad, una ausencia de reserva,, una santifica­ ción de su pasión, dé la cual la historia no había dado

aún ejemplo. .

Esta- comprobación puede presentarse bajo una for­ ma diferente. Imaginemos él siglo X I I como un obser­ vador que arroja una mirada de conjunto sobre la Eu­ ropa de este tiempo; ve cómo se esfuerzan los hombres,

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en la profundidad de sus almas, por formar naciones (para decir el aspecto más sorprendente de] querer rea- lisia); los ve empezar á triunfar en ello; ve grupas que adquieren consistencia, que saben poner la mano sobre una parte de Ja tierra y_ tienden a sentirse en lo que los hace dístmíCJ de los grupos que ios rodean; pero al mis­ m o tiempo ve a loda una clase de hombres, y de los más v e n e raos que trabajan por contrariar este* movimiento; ve a sabí-.';, artistas, filósofos, mostrar al mundo un al­ ma que ignora las naciones, usar entre ellos un lenguaje universal: ve a los que son los valores morales de está buropa predicar el culto.de lo humano, o al* menos de ¡o cristiano, y. no la nacional y esforzarse por íun- • :ír. en oposición a las naciones, un gran imperio-univer­ sal ■: i.-. . espiritual; de modo que pueda decirse: "¿C u ál de fciiís dos' corrientes lo arrastran'.? ¿Será na­ cional o espiritual la humanidad? ¿Revelará ella volun­ tades laicas o clericales?*’ Y , durante al^ún tiempo aun, el principio realista no es bastante totalmente victorioso, el cuerpo espiritualista permanece demasiado fiel a sí mismo para que nuestro observador pueda dudar. Ahora la partida está jugada; Ja humanidad es nacional, el laico triunfó. Pero su triunfo sobrepasa todo lo que él podría creer. El clero no sólo está v.encido, está asimilado. El hombre de ciencia, el artista, el filósofo, están apegados a su nación tanto como el campesino y el comerciante;; los que dan al mundo sus valores lo hacen para la na­ ción: los ministros de Jesús defienden lo nacional. Toda la humamdpd se ha hecho laica, comprendidos en ella losj

LA TRAICION DE LOS'INTEUSCTUALSS ,171

clérigos. T oda' Europa ha seguido a Lutero, incluso

Erasmo. .. * .

Decíamos más arriba que la humanidad pasada, más exactamente la Europa de la edad inedia, con los valores que le imponían sus intelectuales, hacia el mal pero hon­ raba al bien. Puede decirse que la Europa moderna, con sus doctores que ie hablan de la. belleza de sus instintos realistas, hace el mal y honra, al mal. Ella se parece a ese bandido de un cuento de Tolstoi en el que el ermi­ taño que recibe su confesión murmura con estupor: "Los demás, al menos, tenían vergüenza de su pillería; jpero qué hacer con éste que está orgulloso de ella!**

Si, en efecto, uno se preguntara dónde va una hu­ manidad en la cual cada grupo penetra más ásperamen-r te que nunca en la conciencia de su interés particular en cuanto tal y se hace decir' por sus moralistas que es su­ blime en la mesura, que no conoce otra ley que est in­ terés. un niño • encontraría la respuesta: va a la-guerra más total y más perfecta que haya visto el mundo, sea que ocurra entre las naciones o entre las clases. Una raza en la cual un grupo eleva a las nubes a uno de sus maestros {Barres) porque él enseña: "E s preciso defender como sectario la parte esencial de nosotros mis­ mos", entretanto que el grupo vecino aclama a su jefe porque declara al violar a un pequeño pueblo indefenso: " í a necesidad no reconoce leyes’*, está preparada pura e* 's guerras zoológicas de que hablaba Renán, que se parecerían —deda ¿:— a las que libran por la vida las df^rsn s especies de roedores y carnívoros. Y de hecho, basta pensar en lo que significa la nación pura Iialid y