sea una degradación del alma.* Esta-enseñanza habrá si
do el'¿porte deí siglo X I X e n Ja educación moral d « Í.
hombre.
L o s Intelectuales moderaos pretenden a veces que. a] predicar la inhumanidad, no hacen fino continuar las enseñanzas de algunos de sus grandes mayores, especial» mente de Spiñoza, en virtud de su famosa proposición; " L a piedad es, de por si, mala e inútil en un alma que vi ve según la razón”. Precisará recordar que la piedad es tá aquí rebajada, no en beneficio de la inhumanidad, si no en beneficio de la humanidad guiada por la razón/ porque sólo la razón "n os permite socorrer a otro con certidumbre". " E l autor agrega, tratando de marcar bien fcasta qué punto no es p a n él inferior la piedad a !a bon dad razonable; " E s expresamente entendido que yo hablo aquí del hombre que vive según la razón. Porque si un Hombre no es conducido nunca ni por la razón ni por la piedad para acudir en socorro de otro, merece segura mente el ‘nombré de inhumano, ya que no tiene ninguna ’ semejanza con el"hombre". Agreguem os que los apósto les de la dureza no pueden cri adelante proclamarse fa- - nádeos de la-justicia (Michelet, Próudhon, Renouvier), los cuales, al sacrificar el amor a la justicia, llegan quizá a la dureza, pero no a la dureza dichosa, que es precisa mente la que predica-n ios realistas modernos y de la que, acaso con razón, dicen que sólo ella es fecunda.
' LauexaJtación de la dureza* me parece una de las prédicas del intelectual moderno que dará más frutos. E s trivial señalar cómo, en Francia,- por ejemplo, en la yrau ’
mayoría de la juventud tenida por pensante, ia dureza es hoy objeto, de respeto, mientras que ei amor humano, en todas sus formas, pasa por algo bastante risible. Se co noce Ja religión de esta juventud hacia Jas doctrinas que pretenden no reconocer sino por la fuerza, no tener en cuenta para nada Jos gemidos del sufrimiento, que pro claman ia fatalidad de la guerra y de, la esclavitud y no tienen suficiente desdén para aquéllos a quienes hieren- tales visiones y que. además, pretenden cambiarlas,. M j: gustaría que se compararan esas religiones con ciertas es-, téficas literarias de tal juventud, con su veneración por. ciertos maestros contemporáneos, novelistas c poetas, eñ quienes la ausencia de simpatía humana, ha llevado evi dentemente a una rara perfección, y a quienes ella ve nera, io cual es perceptible, especialmente a través de es te rasgo. Sobre todo, me gustaría que se subrayara la oscura gravedad y ia soberbia con que esta juventud acompaña su adhesión a tales doctrinas "de Hierro” . Los- intelectuales modernos me parecen que hubieran creado en el mundo, al que se llama cultivado, un verdadero romanticismo de la dureza.
Ellos también han creado, al menos en Francia (sin gularmente con Barres, y, en verdad desde Flaubert y- Baudelaire) un romanticismo del desprecio. N o obstante el desprecio me parece haber sido practicado, en estos úl timos tiempos, entre nosotros por razones distintas a las estéticas. Se ha comprendido, que despreciar no .es tan sólo darse la alegría de una1 actitud altanera, sino que, cuando no es realmente experto • en este ejercicio, herir
LA TRAICION DE LOS INTELECTUALES 139
Jo que se desprecia, causarle uií verdadero daño; y, en buenalcuenía, la calidad del desprecio que un Barrés ma nifestara a los judíos o el que ciertos doctores monar quistas dispensan todas las mañanas, desde hace veinte años, a las instituciones democráticas, han dañado ver daderamente a sus objetivos, al menos en lo que se re fiere a las almas artistas y muy numerosas para las que un gesto soberbiamente ejecutivo tiene el valoc Je un ar gumento. Los intelectuales modernos merecen un lugar de honoc e n 'la historia del r^alismo: ellos lian compren dido el valor práctico del desprecio.
Se pedía decir también que ellos han creado u:ia re- ligión de la crueldad (Nietzsche proclama que “ toda cultu ra superior está hecha de crueldad” , doctrina que enun cia en muchos párrafos, y-formalmente, el autor de “San gre, voluptuosidad y muerte” ). No obstante, el culto da la crueldad — que también puede considerarse necesario para “realizar" ( í ) — , lia quedado, al menos en Francia, confinado a algunas sensibilidades particularmente artís ticas; pero está lejos de hacer, escuela como la religión de Ja dureza y del desprecio. A h í también se puede ob servar hasta qué punto es nuevo dicho culto, bajo el cielo de'aquellos que decían: '‘Cobardía, madre de la cruel d ad " (M ontaig ne), o también, por citar a un moralista militar; “ LIn héroe no alcanza la gloria acarreando el hambre y la miseria a los extraños, sino sufriendo una
{!) Tal es la opíuUu de Maquiaveta (cap. XVHl) quien, tam
bién ahi. no por eso ideutitica la crueldad con un. signo de cul
tora elevada.
y
o tr a p o r
el Estad o; no sela
alcanza d an do la muerte sino desafiándola" {V au ve nargue s) •( I ).r
• .4.* I.a • religión det éxito. quiero decir, la enseñanza
según la c u a l la voluntad que se realiza lleva consigo, por ese simple hecho, un valor moral, no obstante que J a que fracasa por esta sola circunstancia es ya d ign a de des- precio. E sta filosofía, profesada por tantos-doctores mo dernos en el orden político — puede decirse que- por. to dos en Alem ania, desde Hegel. y por un gran número en Francia,-desde D e M a islr e — lo es también en el orjlen privado y en él da sus frutos; no se puede contar ya hoy* en el mundo llam ado pensante; & las personas que creen probar su patricia do moral por medio de declaraciones de ¿u sistemática estimación por los que “tienen éxito" y su desdén por el esfuerzo malogrado. T a l moralista abona en la cuenta de Napoleón su desdén para con los ‘■‘infortunados*'; aquel otro hace otro tanto con respecto a Mazarino, aquél con referencia a Vauban, éste con rela ción a M ussólini. N o se podría negar, que el intelectual, encuentra en ello una excelente fcscuela de realismo, ya