Juventud y juventud rural en el mundo social latinoamericano
Describir el mundo social en el que se desenvuelve la vida cotidiana de los jóvenes en general, y de los jóvenes rurales de la zona andina latinoamericana y colombiana en particular, implica trasladarse al origen de ese mundo social “definiendo aquello que se encuentra en juego y los intereses específicos de los agentes que participan de ese juego” (Bourdieu, 2000: 47). El origen de este mundo social se remonta a la época del nacimiento y organización de las repúblicas latinoamericanas a principios del siglo XIX, en la que se encuentra en juego la conservación de la cultura política impuesta por los colonizadores hispánicos y acogida por las elites criollas que conforman una nueva clase dominante. Los intereses de los agentes que participan en el juego se dirigen entonces a definir las leyes que permitan conservar esa cultura política; es decir, a estar en condiciones de definir de hecho y por derecho las reglas del juego.
El mundo social latinoamericano se concibe en su origen como un sistema social de cuya estructura forman parte los indígenas nativos de Indoamérica y sus descendientes, poseedores de una cultura mestizada fruto de su mezcla con culturas llegadas de otras tierras durante la Conquista y la Colonia, y miembros de una elite criolla descendientes “puros”, al menos así se consideran, de los colonizadores de quienes heredan y comparten sus formas de determinación política enmarcada en el concepto de democracia liberal imperante en Europa occidental. A los indígenas nativos, sobresalientemente
inteligentes y con una racionalidad que los hace capaces de dominio36, no se les reconoce la cultura política que les caracteriza desde antes de la llegada de los conquistadores, representada en la posesión de un gobierno apropiado, con magistrados y ordenamientos jurídicos, que castiga a los malhechores y premia magníficamente a quienes merecen bien de la república.
Al contrario, los antecedentes permiten identificar cómo el no reconocimiento de las formas ancestrales de organización política, adquiere forma jurídica cuando los invasores lo codifican expresamente en normas de rango legal que erradican los modelos asociativos, costumbres y prácticas políticas sedimentadas en los nativos de estas tierras. Así se evidencia en la imposición del castellano y la extinción de las lenguas indígenas con el fin de crear campos unificados de comunicación y de intercambio que sin embargo facilitó y favoreció el mestizaje de idiomas, ritos, danzas, mitos y demás prácticas culturales. Lo único que no se logra mezclar con las formas de organización política de los pueblos ancestrales de Indoamérica es la cultura
política37 proveniente de Europa occidental, impuesta a la fuerza por los
colonizadores. Las bases de la “conciencia nacional” que con el tiempo la
lengua española precipita, son apropiadas por las minoritarias elites criollas38
que se consideran sus poseedoras naturales y, por tanto, facultadas para reclamar el legítimo derecho a ejercer en forma prioritaria los cargos públicos de la corona en su territorio, ello en consideración a la prolongada estigmatización a la que los someten los invasores hispánicos por su nacimiento en estas tierras.
36 Entre los trabajos elaborados por testigos presenciales de la Conquista y la Colonización de Indoamérica, que reconocen la racionalidad y el dominio de los indígenas nativos, sobresalen los de Fray Alonso de la Veracruz (1984) y Fray Bartolomé de las Casas (2004).
37 El análisis de los desafíos de las naciones en relación con las consecuencias derivadas de los procesos de construcción de los estados-nacionales en América Latina se encuentra en trabajos como los de Jesús Martín-Barbero (2005) y Maria Teresa Uribe (1988).
38A finales de la Colonia, en 1810, menos del 5% de los 3.200.000 criollos "blancos" de Indoamérica son descendientes de españoles peninsulares y hablan español, mientras 13.700.000 indígenas hablan en sus propias lenguas (Anderson, 2005: 90).
En el origen del mundo social la lógica que caracteriza el juego en el campo de la cultura política es a favor de las elites criollas que lo dominan y les permite definir la ley social que lo reglamenta: la ley de la transmisión intergeneracional de la cultura política europea, lo cual favorece a sus propios intereses y evidencia la pretensión de perpetuación como ley eterna, a propósito de la tendencia hacia la concentración de poder. Las nuevas instituciones que se introducen de forma súbita e inopinada en las sociedades de las nacientes repúblicas, son instituciones divorciadas de la tradición cultural que se requiere para soportar su legitimidad. La pretensión de perpetuar la ley se evidencia en la representación que estas elites se abrogan de todas las clases sociales y en la formalización de un sistema político que excluye tanto a los nativos y negros esclavos como a las mujeres en general, de la posibilidad de representar a miembros de sus clases y género respectivamente. Además, se trata de homogeneizar por la fuerza estas nuevas instituciones en razón a que se consideran únicas expresiones válidas del orden social de la época.
Las leyes definidas por la clase dominante para imponer las reglas del juego —leyes tendenciales que se pretenden fijar como leyes eternas congruentes con el propósito de concentración de poder—, inician así un proceso hacia su perpetuidad con fines de eternizar también el dominio de las clases que tienen el poder de definirlas. Es un proceso objeto de luchas a partir del momento en el que se anuncia la ley: “lucha para conservar conservando las condiciones de funcionamiento de la ley; lucha por transformar cambiando estas condiciones” (Bourdieu, 2000: 47).
En efecto, el desconocimiento de la existencia de una cultura política propia se prolonga en los líderes modernos, quienes acogen las recomendaciones de los organismos internacionales que surgen después de la Segunda Guerra Mundial. Ellos imponen el modelo de desarrollo de la modernización y perpetúan de esta forma las leyes que rigen el juego en el campo de la cultura política del mundo social latinoamericano. Durante todo el
siglo XIX, las clases dominantes se abrogan la representación del campesinado latinoamericano, y a partir de las primeras décadas del siglo XX, la representación de las primeras formaciones de un cierto proletariado
industrial39, dando pie a que la cultura política de Europa occidental, aquella
que se fundamenta en la representación política, se entronice como cultura política oficial en el mundo social de América Latina.
Obviamente las precarias condiciones de la institución Estado, heredadas de la Colonia y la República, que conducen hacia la vigencia de constituciones nacionales asociadas históricamente al liberalismo político y a la Ilustración, impiden el desarrollo de un adecuado proceso político que permita un reconocimiento de la realidad y distinga a todas y cada una de las comunidades, y facilite también las expresiones y posibilidades de las personas que las integran. En la mayoría de los países latinoamericanos existen territorios en donde el Estado es completamente desconocido y territorios en los que existe vida local o regional pero en los que se desconoce la dimensión nacional; son países en los que el proceso de construcción del Estado perdura en el tiempo en razón a su no coincidencia con los procesos de construcción de la respectiva Nación.
Las condiciones descritas conducen a la existencia de un mundo social latinoamericano diversificado, en el que se presentan relaciones conflictivas y
de lucha entre los agentes miembros de las diferentes clases sociales40 por la
posesión de los distintos capitales que los conduzca a ocupar posiciones jerarquizadas y de poder en espacios sociales específicos.
39En el contexto latinoamericano sobresale el estudio de Andrés Roig (2004) en el que se analiza el tema de las representaciones que de los campesinos y del proletariado industrial, inopinadamente asumen miembros de las clases dominantes durante la organización de las repúblicas latinoamericanas y a partir de iniciado el proceso de industrialización, respectivamente.
40El término “Clase social” se refiere de acuerdo con Bourdieu (2000: 31) a la estructura objetiva del espacio social, a todas aquellas prácticas o atributos que remiten a la posición en el espacio social de su agente-portador y que lo clasifica como perteneciente a una determinada clase social.
Después de la Segunda Guerra Mundial se tiende a ubicar la razón del subdesarrollo de los países latinoamericanos en ciertos valores presentes en sus colectividades, que se oponen a los que se predican desde la cultura, ya no del occidente europeo sino de los Estados Unidos de Norteamérica, triunfador en la contienda. En este sentido el “desarrollo”, la “modernidad” o el "progreso" son vistos como aquello que busca crear las condiciones requeridas para reproducir en los países latinoamericanos los rasgos que caracterizan a la sociedad norteamericana, a través de la adopción generalizada y pasiva de la educación y valores culturales modernos. Los organismos internacionales consideran estas sociedades, en plena congruencia con el pensamiento parsonsiano de la época, como sociedades impedidas cultural y políticamente para avanzar hacia el desarrollo en razón a sus valores apegados a lo tradicional. En este marco de referencia, las políticas públicas buscan objetivos que permitan alcanzar progreso y desarrollo, y movilizar los recursos requeridos para tal fin, mientras las nuevas instituciones se ocupan de transmitir la cultura, las normas y los valores entre las generaciones futuras.
Hoy en día la lógica que caracteriza el juego en el mundo social latinoamericano, en el marco de la competitividad y la globalización, juega a favor de las elites, políticas, empresariales y financieras que lo dominan —la clase dirigente—, y que les permite definir la ley social que reglamente su juego. Es la ley de la transmisión intergeneracional de la cultura moderna dominante —ley tendencial—, de carácter universal y homogénea, que supone la “conciencia” de la existencia de sistemas más desarrollados económica y políticamente, que en contacto con la tecnología moderna, producen demandas de mayor participación y bienestar en casi todas las naciones del mundo. En este sentido, “la cultura dominante es la cultura de la clase dominante” (Bourdieu, 1990: 96), es la cultura en la que el mercado, la competitividad y el consumismo, la reducción del Estado, el ensanche de la propiedad privada y la obligante inserción en los mercados internacionales, garantiza el ejercicio
adecuado de la democracia; las sociedades que así no lo asuman, corren el riesgo de desaparecer del mundo social.
Los jóvenes forman parte de este globalizado mundo social en el que se habla de ellos como una unidad social, como un grupo constituido que posee intereses comunes, otorgando a la palabra juventud un sentido que establece límites etarios para el desarrollo de prácticas culturales específicas, en unos casos, o datos biológicos socialmente manipulables, en otros; expresiones que constituyen en sí un evidente desconocimiento de sus diferencias análogas en todos los ámbitos de la vida. Estas apreciaciones conducen a establecer un prototipo de juventud diseñado en los moldes del modelo de desarrollo de la modernización, en el que la educación garantiza su integración a la sociedad y su capacitación para el trabajo y, por lo tanto, es aval de desarrollo y progreso personal del joven y de la sociedad, especialmente urbana, en la que se encuentra inmerso. La preparación a través de la educación —moratoria social— se constituye entonces en requisito fundamental para su integración a la sociedad. Es una moratoria social que cubre a todos los jóvenes, que se prolonga en el tiempo en razón a la exigencia de una mayor y mejor preparación para asumir las responsabilidades sociales que como adultos les exige la sociedad para integrarse a ella.
La clasificación de los jóvenes según límites establecidos en rangos etarios o según datos biológicos es una forma de imponer límites y de manipular, se trata también de una forma de producir un orden social en el que cada uno de ellos se debe mantener sin salirse del lugar que ocupan, una forma de desconocer la variabilidad que se identifica al interior del espacio social o de los espacios sociales específicos en los que ellos se relacionan. Esta manipulación hace posible concebir, en el globalizado mundo social del momento, prototipos de juventud representados en aquellos egresados de instituciones de educación básica y media preferentemente internacionales con presencia en la región, y de jóvenes estudiantes de las universidades privadas