Por último deseo aclarar que este sencillo estudio sólo pretende abrir una puerta más hacia la responsabilidad ética y moral que tenemos unos con otros, por eso me he apoyado
Capítulo 1 IDENTIDAD PERSONAL
1.3 El sujeto de la acción
1.3.1 Qué es lo que hace que el mal sea el mal
1.3.1.3 Límites del saber y del poder humano Paradoja de la ética
Para introducir este párrafo sobre el doble límite que pesa sobre la persona humana como ‘límite de mi saber y límite de mi poder’ presento la siguiente cita:
Por un lado, yo no sé el origen de mi mala libertad; este no-saber el origen es esencial al acto mismo de la confesión que hago de mi
libertad radicalmente mala; [este no-saber forma parte del reconocimiento y de la apropiación de mí mismo]. Por otro lado, descubro el no-poder de mi libertad. Extraño no-poder, ya que confieso ser responsable de no poder. [Este no-poder es todo lo contrario al alegato o a la discusión producida por una coacción externa, se trata de una condición interna del ser]. Reconozco que mi libertad ya se ha declarado no-libre. Esta confesión es la mayor paradoja de la ética14.
Una paradoja y una contradicción (parafraseando a Ricœur) pues podemos afirmar que el mal es aquello que yo habría podido no hacer, lo cual es cierto; y, a la vez, afirmo que el mal es un cautiverio anterior que hace que yo no-pueda no hacer (dejar de hacer) el mal. Y esta contradicción, según Ricœur, está dentro de la libertad misma, la contradicción “marca el no-poder del poder y la no-libertad de la libertad”15.
Es hora de preguntarnos qué es lo que hace que el mal sea el mal después de intentar salir del laberinto del ‘no-poder’, del ‘no-saber’ y de la no-libertad. Sólo podemos salir de este laberinto por arriba, es decir, aferrando una perspectiva superior, ampliando el horizonte, tomando consejo, siguiendo el ejemplo de humanos avanzados en las técnicas de la práctica y de la sabiduría del bien, y averiguando por qué el mal es ‘el mal’.
Por principio de cuentas Ricœur establece que “el problema del mal no es solamente un problema especulativo: exige la convergencia entre pensamiento, acción (en el sentido moral y político) y una transformación espiritual de los sentimientos”16; es decir, las facultades de pensar, actuar y transformar conviene que estén presentes en todo momento de la relación entre los humanos. La acción en el sentido moral hace
14 Paul Ricœur, Le conflit des interprétations. Essais d’herméneutique, p. 426. La traducción es mía y las
cursivas son del autor.
15 Íbidem.
16
referencia a la interpelación del ‘otro’ en forma individual y la acción en sentido político indica que no hay que olvidar el aspecto social y el de la política ambos aplicados al conjunto de con-vivientes en un mismo espacio.
Estas tres facultades de pensar, actuar y transformar no son tan sencillas como podría parecer a primera vista, exigen conciencia, compromiso con uno mismo y respeto profundo hacia los demás, pero quizá la mayor dificultad se presenta en la capacidad de transformar los sentimientos, capacidad que requiere unidad de cuerpo, mente y espíritu, unidad difícil de alcanzar a su vez, pues solemos estar dispersos y ocupados en todo y en nada; la transformación espiritual es tarea de toda una vida y exige mucha valentía para remar a contra corriente de cosas tales como la informática, los usos y costumbres, la corrupción y la degeneración. La informática y las costumbres representan una fisura por donde se escurre el bien y el mal; la corrupción y la degeneración son el mal aceptado, viviente y contaminante de mentes y corazones, de voluntades y libertades. Esto da pie a la lucha cotidiana, al esfuerzo por mantenerse a flote en el mar embravecido de los sentimientos exacerbados y con gran capacidad de arrastre.
Esto nos lleva a sospechar que el mal es ‘mal’ debido a la exageración peculiar de la aplicación de acciones inconscientes; por ejemplo, el castigo para corregir a un niño y que le permite aprender a convivir con sus semejantes de manera adecuada, puede transformarse en un mal traumático y negativo si ese castigo conlleva crueldad, agresiones, desprecio y humillación; algo similar puede decirse de las consecuencias que sufren los prisioneros de guerra y situaciones semejantes donde la persona es sometida a tratos crueles, inhumanos y degradantes. Sucede en forma parecida con la mayoría de los actos buenos y saludables que al ‘desbordarse’, al no medir espacio, tiempo o circunstancia se pueden convertir en malos. Sin embargo, hay acciones malas que ni provienen del resultado de una exageración del bien o del mal uso de acciones
buenas: en esta categoría entran cuestiones como la pornografía, la drogadicción, la degeneración como alteración morfológica de la constitución humana y la perversión moral o física.
Estas últimas cuestiones que encierran violencia, traición, agresión, ofensa y todo tipo de depravación se resisten a cualquier tipo de tratamiento moral o físico, necesitan una cirugía mayor, una erradicación masiva, contundente y eficaz. Parece que sólo hay una salida para combatirlas: la transmutación de esas energías negativas en positivas. Es decir, así como un sentimiento de amor se puede transformar en odio y viceversa, de la misma manera cabe transmutar la agresión en compasión, la violencia en tolerancia, la traición en lealtad, la ofensa en comprensión, la depravación en humilde solidaridad, la pornografía en respeto, la drogadicción en apego a la alimentación sana, al deporte, al ejercicio mental, y también con apego a las adicciones hacia la bondad, la misericordia y el amor. Para reflexionar sobre esta posible transformación planteo mi propuesta acerca de la neutralidad, la inofensividad y el respeto intersubjetivo.