«No creo que se trate de pintar en estilo abstracto o figurativo. Se trata de acabar con este silencio y con esta soledad, y de volver a poder respirar y extender los brazos» Mark Rothko
En el epígrafe anterior Kierkegaard ha señalado el valor salvaje y divino, salvado y condenado de la existencia. En esta situación proponía que la integridad del ser humano estaba condicionada por «la decisión» de elegirse a sí mismo en la esperanza de ser hijo de Dios o descubriéndose animal angustiado. En este ejercicio se manifestaba el valor del ser humano, pero finalmente era una cuestión de fe. La condición era ingresar en el mundo del espíritu y creer que la vida sacrificada tenía una recompensa divina, sin embargo, al cumplir la condición no se resolvía el valor ambiguo de la existencia; continuaba siendo salvado y condenado, salvaje y divino.
Con Kierkegaard me he adentrado en el problema, y ahora voy a profundizar continuando el dialogo con Nietzsche, porque va a recoger el conflicto de su contemporáneo para responder. A su juicio la doble condición humana queda velada por el misterio divino, pero la fe no ilumina, oscurece, y la condición humana velada que ahora habría que descubrir para mantener el equilibrio sería «la parte salvaje» de los sagrado. El filósofo va a prescribir que se acabe «la confianza en la vida», porque lo que nos parece sagrado no deja de ser salvaje. Su propuesta es pensar por un tiempo la existencia sin «éxtasis religioso», sin este filtro sobrenatural, porque va a señalar que la condición humana es que el paraíso se convierta en selva. Por tanto, para el ser humano no solo se trataría de tener el valor de morar en los templos sino también de morir a la intemperie.
Sin embargo, el filósofo va a diagnosticar en el ser humano la perdida de sentido; la anestesia, porque habría perdido el valor para pensar naturalmente la mortalidad de la vida, pues «la gran razón» y «la auténtica unidad de medida» es «¿cuánta verdad soporta, cuanta verdad osa un espíritu?»74. A juicio de Nietzsche si apreciáramos sin paliativo lo extraordinario que Dios destina «la sinceridad iría seguida de la repugnancia y el suicidio»75.
A partir de este diagnóstico va a cuestionar «la fe sobrenatural» como remedio de la mortalidad, y va a animar a «ser monstruos de coraje y curiosidad» para recuperar el sentido y
74 Nietzsche F. Ecce Homo. Alianza, Madrid, 2013. p. 23 75 Nietzsche F. Gaya Ciencia. Edaf, Madrid, 2011. p. 243
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reconocer que en lo salvaje se encuentra lo sagrado y en lo sagrado lo salvaje, porque «el mal sumo forma parte de la bondad suma: más esa es la bondad creadora»76. Consecuentemente, va a operar «la transvaloración» de la experiencia religiosa, que ya no solo aprecia la bondad sino también la maldad de la creación, y que ya no reconoce al Dios cristiano sino al Dios dionisiaco; desmesurado pero feliz, no avergonzado sino jovial. Otro «dios salvaje», paradójico, contradictorio pero no oculto sino abiertamente carnívoro, porque sin esta condición el ser humano no podría reconocer al Dios como su padre. No obstante, en este orden entre cielo y tierra, el filósofo va a proponer de nuevo «la medida humana», en la que «ponemos nuestro asiento en medio (…) a igual distancia de los gladiadores moribundos y de los cerdos empachados»77. Esta es la incierta mesura que se irá analizando, ensayando y poniendo a prueba.
El objetivo de esta parte del capítulo va a ser comprender como, encontrándonos entre la vida y la muerte, con una condición salvaje y sagrada, podemos mantener el sentido equilibrado. La intención es saber si finalmente el ser humano conserva el sentido y se dirige a la vida en lugar de a la muerte, porque el órgano para hacer el ejercicio ya no va a ser sobrenatural sino natural, pero no sabemos si dirigiéndonos naturalmente encontraremos la curación. En la historia vamos a seguir confundiendo la sangre y el vino, el dolor y la embriaguez, la salud y la enfermedad, por eso vamos a dialogar ahora con Nietzsche, porque va a diagnosticar una lesión en el sentido humano señalando que «malentiende a sus benefactores»78, y sin «despojar a la existencia de su carácter ambiguo»79, va a prescribir que «quién no sepa bendecir, debe aprender a maldecir»80.
El filósofo va a prescribir ejercitar el sentido moral y va a ensayar esta cualidad en «el superhombre», porque desintoxicado de la anestesia del creyente desarrolla el sentido y aprecia las bondades y maldades de la existencia sin perder la integridad.
Vamos a profundizar entonces, porque a partir de ahora la prescripción no va a ser que el ser humano manifieste esperanza en la muerte sino fuerza de voluntad en la vida, ya no se trata de identificarse con un moribundo crucificado sino con un animal inteligente y vital, que no teme sino que toma medidas en la totalidad. Por tanto, la intención va a ser discutir si en la transvaloración del sentido de la historia clínica manifestamos síntomas saludables o la misma enfermedad mortal.
76 Nietzsche F. Ecce Homo. Alianza, Madrid, 2011. p. 153
77 Nietzsche F. Así habló Zaratustra. Bruguera, Madrid, 1983. p. 193 78 Nietzsche F. El ocaso de los ídolos. Tusquets, Barcelona, 2009. p. 145 79 Nietzsche F. Gaya Ciencia. Edaf, Madrid, 2011. p. 351
66 2.1.DIAGNÓSTICO: LA ENFERMEDAD BIPOLAR
En el análisis de Nietzsche el valor humano surge originalmente de un instinto salvaje de supervivencia, que se desarrolla como «sentido» y consiste en buscar lo bueno y evitar lo malo. A su juicio estaría permitido «aplicar el calificativo de “animal” a todo el fenómeno moral», porque «los inicios de la justicia, de la inteligencia, de la templanza, de la valentía –en suma, de todo cuanto denominamos virtudes socráticas- es de carácter animal: una consecuencia de esos instintos que enseñan a buscar alimento y a esquivar al enemigo»81.
Desde este punto de vista, la virtud de alimentarse de un Dios que salva de la muerte es un ejercicio de supervivencia física y metafísica estimable, pero para Nietzsche el ejercicio no es divino sino salvaje, no es sagrado sino mortal. Por esta intuición va a diagnosticar al ser humano endiosado, que habría olvidado su condición original de animal hambriento y asustado; con una conciencia divinizada habría suspendido sus instintos y pensamiento pero no se estaría dando cuenta de que muere de inanición, de que se dirige a una muerte silenciosa, solitaria, indigente.
Ante este destino funesto el filósofo se va a proponer reanimar a la humanidad semiconsciente, no por bondad sino por salud, porque hacer que recupere la capacidad de distinguir lo bueno y lo malo no es una cuestión moral sino de supervivencia.
Habiendo señalado que el ser humano se debate entre la vida y la muerte, Nietzsche no va a hacerse ilusiones pero tampoco va a reaccionar como un animal, va a desarrollar el sentido para apreciar la bondad y maldad y conservar el valor, pues no tiene un poder sobrenatural pero tampoco cuernos, ni afilada dentadura, ni garras cortantes82. «No tiene púas sino manos abiertas», porque su valor no es salvarse y defenderse sino apreciar lo que toca y pensar lo que siente83.
Así pues, su proyecto será reparar esta «genial herramienta», porque a su juicio, fue dañada cuando el pensamiento religioso puso como condición renunciar a ella. En su análisis, el cristianismo diagnosticó bien la condición humana pero la trató mal, porque al neutralizar «el odioso yo» como «la fuente de angustia», insensibilizó el pensamiento y vació los sentidos que le permitían vivir. Divinizando la conciencia no salvó sino que condenó al ser humano.
Nietzsche ilustra el tratamiento religioso en el ejemplo de un niño que el santo aconseja matar, porque está «horriblemente malformado y no tiene la vida suficiente para morir», pues dice: «¿no es más cruel dejarle vivir?». Sin embargo, desde su punto de vista esta práctica es la pia fraus
81 Nietzsche F. Aurora. Edaf, Madrid, 2011 p. 88 82 Nietzsche F. Gaya Ciencia. Edaf, Madrid, 2011. p. 220 83 Nietzsche F. Ecce Homo. Alianza, Madrid, 2011. p. 65
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del cristianismo; una «santa crueldad» que administra «la buena muerte» al acongojado. Un remedio del que sospecha, porque el éxtasis que suspende el juicio y neutraliza el dolor es un remedio en el que «tu alma estará muerta aún antes que tu cuerpo». Un remedio en el que Kierkegaard ensayaba la salvación pero en el que Nietzsche experimentará la enfermedad. El padecimiento que agota poco a poco la humanidad del ser humano, porque «nos consumiríamos demasiado pronto si llegásemos a reaccionar, ya no reaccionamos: ésta es la lógica»84.
Para diagnosticar los síntomas de decadencia que quiere tratar, Nietzsche comienza Sobre
verdad y mentira en sentido extramoral con una breve fábula, en la que señala el valor de los seres
humanos y «el instante» tras el cual el valor se pierde y estos perecen. El filósofo cuenta cómo «hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento (…) Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer»85. El ser humano muere como «ser pensante» cuando la naturalidad se vuelve disciplina, cuando lo que es dicho se hace hecho, cuando la ficción se dice de verdad, cuando lo salvaje se convierte en sagrado, cuando lo maravilloso es divino. En esta operación, en este «instante altanero y falaz en la Historia Universal», el ser humano congela la virtud y la conserva en el hielo. Los instintos se paralizan, los pensamientos se quedan sin aire. Acontece la mutilación de lo natural y el éxtasis sobrenatural, se experimenta la eternidad pero también la nihilidad. En el ejercicio el creyente se salva pero el pensante se condena, porque ahí lo que es sentido no es «la maravilla» o «el milagro» sino la angustiosa nada.
La operación del mundo sagrado (ideal) sobre el mundo salvaje (real) no es la creación sino la nada. La conversión del sentido humano en sentido divino no es la salvación sino la muerte. La trasformación de la razón en corazón no es saludable sino patológica, porque es necesaria para la conservación pero no es suficiente. A juicio de Nietzsche la salvación del alma que propone la religión es mortal porque supone suspender el dinamismo de la vida para que no duela y angustie. El éxtasis sobrenatural inhibe el ritmo salvaje para que el ser humano no se escandalice y se pregunte por la verdad, pero en el ejercicio el ser humano demuestra que tiene valor y le falta.
En la conversión la inteligencia pasa a ser el fármaco, pero como señala el filósofo, en este ejercicio «nuestra religión, nuestra moral y nuestra filosofía» se manifiestan como «las formas de
84 Nietzsche F. Gaya Ciencia. Edaf, Madrid, 2011. p. 128, 40
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la decadencia del hombre», porque aunque a «la disciplina de la cabeza» debe el género humano su conservación, para «los animales inteligentes» el valor no es conservarse.
«Querer la propia conservación es expresión de un estado de necesidad, de una limitación de la auténtica pulsión vital fundamental: esta va en pos de la ampliación del poder y, con harta frecuencia, en esa voluntad pone en cuestión y sacrifica la autoconservación (…) Cuando se es investigador de la naturaleza se debería salir del propio rincón humano: y en la naturaleza no domina el estado de necesidad, sino la sobreabundancia, la dilapidación, incluso hasta el absurdo. La lucha por la existencia es solamente una excepción, una restricción temporal de la voluntad de vivir; la gran y pequeña lucha gira en todas partes alrededor de la preponderancia, del crecimiento, de la ampliación, del poder, conforme a la voluntad de poder, que es precisamente la voluntad de vivir»86.
Nietzsche reinterpreta el valor que manifiesta el ser humano, vuelve a valorar los síntomas para saber tratarlos, porque sospecha que el valor no consiste en padecer y salvarse sino en estar comprometido y recrearse. El sentido que guía la existencia no es la esperanza en no morir sino la voluntad de vivir, que no solo es un valor sagrado sino también salvaje; es un amor distinto porque no consiste en creer que hay un mundo que se salva de la muerte, sino que crear este «mundo que importa algo al hombre». El valor fundamental que se manifiesta en la historia no es tener «disciplina de la cabeza» sino «inteligencia creadora», porque «el hombre solo es soportable de algún modo si alcanza el contento consigo mismo a través de la creación literaria o el arte»87.
«El hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades (…) el intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre y relevado de su esclavitud habitual tanto tiempo como puede engañar sin causar daño, y en esos momentos celebra sus Saturnales. Jamás es tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz»88.
El ser humano se encuentra bien escuchando «cuentos épicos como si fueran verdades», este ejercicio divino también es saludable para Nietzsche, pero a su juicio la dosis no habría sido
86 Nietzsche F. Gaya Ciencia. Edaf, Madrid, 2011. p. 305 87 Ibídem p. 243
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bien administrada en el cristianismo, porque la historia bíblica no cuenta la salvación del sentido y el valor humano sino el divino, pues el creyente, hundiéndose con el peso de la existencia renuncia a él y lo deposita en una fuerza sobrehumana que lo soporte, porque en la vida se desvive y no llega a «arrancarle el botín al todo». Por esta razón decide dar el salto a la fe y situarse en la creencia de ser espectador y oyente de la historia, en la confianza de su bondad pero olvidando que «él mismo es también el auténtico autor que ha forjado la vida y continúa forjándola». En el ejercicio de abstraerse descansa, porque «gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque solo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su conciencia de sí mismo»89.
«El hombre superior va siendo, al mismo tiempo, cada vez más feliz y más infeliz. Pero una ilusión permanece como su perpetua acompañante: cree estar puesto en calidad de espectador y oyente ante el gran espectáculo visual y sonoro que es la vida, llama a su naturaleza contemplativa y pasa por alto que él mismo es también el auténtico autor que ha forjado la vida y continúa forjándola (…) Nosotros, los sentientes-pensantes, somos los que real y continuamente hacemos algo que todavía no existe. Esta creación literaria nuestra está siendo continuamente aprendida, ejercitada, traducida a la carne y a la realidad. Cuanto tiene valor en el mundo actual no lo tiene en sí, sino que un día se le dio, se le regaló un valor, ¡y nosotros éramos esos donantes y regaladores! ¡Nosotros hemos creado el mundo que importa algo al hombre, y antes de nosotros no existía! Pero precisamente este saber nos falta, y si lo atrapamos durante un momento, en el siguiente ya lo hemos olvidado»90.
Nietzsche quiere que tomemos conciencia de que la historia de salvación es humana y no divina; que la operación de la razón para transformarse en corazón no es metafísica sino física. Su intención es despertar el sentido suspendido y recuperar la conciencia divinizada para recordar que su valor no es creer que existe un mundo que importa sino crear este mundo. Sin embargo, lo que va a cuestionar el filósofo es que podamos soportar este valor, porque pesa más y no salva sino que hunde, pues crear la creación es una cruz, pero extasiarse ante ella un «hechizo de felicidad».
89 Ibídem p. 29
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En la conversión de la conciencia humana en divina y en la esperanza de que Dios nos salve nos encontramos «libres y relevados de la esclavitud», pero «el estado usual de esas almas futura quizá sea precisamente el que hasta ahora se ha producido aquí y allá en nuestras almas como la excepción sentida con un estremecimiento: un constante movimiento entre arriba y abajo y la sensación de arriba y abajo, un constante como subir escaleras y simultáneamente descansar sobre las nubes»91. En este estado semidivino el ser humano trasciende su condición sacrificada y se eleva, pero también se abstrae y olvida su condición humana, por lo que Nietzsche se pregunta:
«¿No hemos sucumbido precisamente con ello al recelo de una contraposición, entre el mundo en el que hemos estado en casa hasta ahora con nuestras veneraciones –quizá gracias a ellas soportábamos vivir- y otro mundo distinto que somos nosotros mismos?: un recelo de nosotros mismos inexorable (…) que fácilmente podría poner a las generaciones venideras ante esta terrible disyuntiva: ¡o bien abolís vuestras veneraciones, o bien os abolís a vosotros
mismos! Lo segundo sería el nihilismo; pero lo primero ¿no sería también… el nihilismo?
Este es nuestro signo de interrogación»92.
El filósofo quiere señalar que dejando la condición humana a la providencia divina el ser humano se olvida de sí mismo, y va a cuestionar que el ejercicio de abstraerse salve, porque desde su punto de vista también implica la pérdida de conciencia y sentido. Por eso su proyecto va a ser tomar conciencia y recuperar el sentido apreciando la indigencia sin veneraciones, y sospechando de la seguridad y el estado ideal que creemos poseer. Su intención es descubrir la desnudez y naturalidad bajo el manto sagrado, para que al despertar de la anestesia pensemos que el anhelo de salvación tiene su origen en una fuerza salvaje que busca sobrevivir y naturalmente lo realicemos.
La transvaloración tiene este sentido porque el filósofo quiere bajar de las nubes y volver a la tierra. Nietzsche quiere que Zaratustra baje de la montaña y «vuelva a hacerse hombre», para que se preocupe y ocupe de la condición, porque la posibilidad del «mundo que importa algo al hombre», la posibilidad de existencia humana no se cumple esperando a Dios, sino a través del valor ambiguo del ser humano, que experimentando el fin de la vida saca fuerza para recrearla; no con la fe sino con la inteligencia. No a través de la oración sino a través del relato, no siendo paciente sino agente de su propia curación.
91 Ibídem. p. 241 92 Ibídem. p. 300
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La propuesta del filósofo para encontrar la curación es transformar el valor de la historia clínica; de nuevo se trata de operar sobre la razón y sacar el corazón, pero ahora no solo en un sentido metafísico sino también físico; para que no sea un órgano divino sino humano. Ahora bien, ¿cómo transformar el sentido sin perderlo? La condición de posibilidad para que el ser humano recree la vida es que quiera, que tenga voluntad, pero para ello antes tiene que tomar conciencia de la muerte. Tiene que hacer que la razón y el corazón cooperen y se equilibren, y por ello el filósofo primeramente va a mostrar la indigencia y nihilidad; por eso va a gritar la muerte de Dios.
«¡También los dioses se pudren! ¿Cómo consolarnos nosotros, nosotros asesinos de todos los asesinos?, ¿quién nos limpiará de esta sangre?, ¿no tenemos que convertirnos nosotros