Vespertina en Troas
3. La última comida del sábado, la “melave malkah” o “cena de
David” o “la cena del Mesías” y sus oraciones mesiánicas
contienen rasgos que se reflejan en las cartas de Pablo. “Una
mesa que es como un altar”, “pan”, que se refiere a las ofrendas de harina y “havdalah”, esto es, la “distinción” especial del vino y del pan del resto del alimento se reflejan en
el mundo conceptual de Pablo. Bien pudiera ser que la reunión eucarística en Troas que se prolongó hasta la madrugada fuera una continua- ción de la melaveh malkah normal. Y también es posible que la iglesia primitiva haya transferido gradualmente esta celebración de la “cena mesiánica” al día del Señor, esto es, al domingo. Ignacio, obispo de Antioquía, escribe alrededor del 110 d. C. a la iglesia magnesiana: “Ellos (es decir, los judíos cristianos con- temporáneos) dejaron de observar el sábado y santificaron el día del Señor, cuando las vidas, tanto de ellos como las nuestras, empezaron a brillar” con la luz de la resurrección. Justo Mártir también escribe en 140 d.C. que los cristianos se reunían para sus reuniones los domingos.
Otro detalle delicado se relaciona con el largo discurso de des-
(Hechos 20:17-38). En él declara a sus amigos que habían venido desde Éfeso para despedirlo, cómo “por tres años, de
noche y de día, no había cesado de amonestar con lágrimas” a
cada uno de ellos (20:31). Anterior a esto hay una descripción de la ruta de su viaje de Troas a Mileto, en la forma “nosotros”. Por esto sabemos que Lucas se encuentra de nuevo entre el grupo. Cuando Pablo “se reunió con nosotros en Asón, tomándole a bordo, vinimos a Mitilene. Navegando de allí, al día siguiente llegamos delante de Quío, y al otro día tomamos puerto en
Samos; y al día siguiente llegamos a Mileto. Porque Pablo se
había propuesto pasar de largo a Éfeso, para no detenerse en Asia, pues se apresuraba por estar el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalén (20:13-16). Por tanto los ancianos de la iglesia fueron llamados a una reunión de despedida en Mileto. El discurso de despedida de Pablo es la más tierna descripción de
Pablo como hombre y como maestro. En él relata sus
sentimientos respecto a su trabajo en Asia y también menciona el contenido principal de su enseñanza. Y dice que “desde es primer día” que entró en Asia había “servido al Señor con toda
humildad y con muchas lágrimas”. No ha “rehuido anunciar” a
sus oyentes lo que fuese útil, y enseñarles “públicamente y por
las casas”. Y ha “testificado a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”. He aquí el con- texto y el contenido de la actividad
de Pablo.
Pablo continúa, y dice: “Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu,
voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo
que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de
la gracia de Dios. Y Pablo recalca que ha “predicado el Reino”.
No ha “rehuido anun- ciaros todo el consejo de Dios”. Tampoco había codiciado “plata ni oro ni vestido de nadie”. “En todo os he enseñado que, traba- jando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: ‘Más
bienaventurado es dar que recibir.’” Una vez más se hacen
Es conmovedora la descripción de lo que sucedió después de esto: “Cuando hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas, y oró
con todos ellos. Entonces hubo gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaban, doliéndose en gran manera por la palabra que dijo, de que no verían más su rostro. Y le acom- pañaron al barco.”
En la práctica el tercer viaje misionero terminó en Jerusalén. Los
presentimientos de Pablo respecto al sufrimiento venidero se for- talecen en las paradas que hace por el camino. Primero el grupo se detuvo en la isla de Cos y al siguiente día en Rodas. De allí el viaje continuó hacia Pátara, donde abordaron un barco para Fenicia. De allí el viaje continúa por el sur de Chipre hacia
Tiro. Mientras el barco descarga, Pablo se reúne con los
“discípulos” allí durante siete días. “Ellos decían a Pablo por el
Espíritu, que no subiese a Jerusalén.” Y de nuevo llegan los creyentes para acompañar a Pablo hasta las orillas de la ciudad “con sus mujeres e hijos”. Lucas nos dice respecto a esto: “Y puestos de rodillas en la playa, oramos.”
Desde allí navegaron, primeramente a Tolemaida o la actual Acre, y al siguiente día a Cesarea. Pablo permanece en Cesarea “algunos días” con Felipe el evangelista. El profeta Agabo, quien anteriormente había profetizado respecto a una gran hambre, viene de Judea, alegóricamente ata a Pablo con su cinto y profe- tiza: “Esto dice el Espíritu Santo: ‘Así atarán los judíos en
Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.’” Pero Pablo dice: “¿Qué hacéis llorando
y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no
sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del
Señor Jesús.” Lucas concluye el relato del tercer viaje misionero con las palabras: “Después de esos días, hechos ya los prepara- tivos, subimos a Jerusalén” (Hch. 21:15). Esto pudiera haber ocurrido en Pentecostés del año 57 d.C.
Son los viajes misioneros de Pablo los que nos proporcionan “retratos” precisos de él, tanto como hombre y como maestro. En él se conjugan una admirable sensibilidad y una profunda gracia. Así pudo establecer relaciones humanas cálidas y perdurables. En el primer viaje misionero, e incluso en el segundo, fundo nuevas iglesias y escogió ancianos responsables para ellas. En su tercer viaje buscó fortalecer a las iglesias por carta, aunque no se
La narración de los Hechos es muy detallada. Su descripción humana, los relatos de los diferentes eventos, la elección de rutas marítimas en las diferentes estaciones, los términos profesionales asociados a la navegación y la descripción de su propia persona- lidad sensible, son testigos de eventos reales que ningún escritor pudiera haber creado de su propia imaginación. Se ha dicho que Pablo era un gusano delante de Dios y un león delante de los hombres. Todo esto se debió a su fuerte sentido de llamamiento.