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2. BOGOTÁ: LA CONCEBIDA

2.2. LA CIUDAD FRACTURADA

“La ciudad ha renunciado a la condición de lugar de encuentro y de intercambio y ha elegido como nuevos criterios de desarrollo la separación y la especialización.” (Silva, 2003: 32)

Fragmentación: 1. f. Acción y efecto de fragmentar. 12

Fragmentar: 1. tr. Reducir a fragmentos.

Fragmento: 1. m. Parte o porción pequeña de algunas cosas quebradas o

partidas.

Bogotá ha sido fragmentada en zonas rompiendo ciertas continuidades estructurales y conceptuales productoras de identidad.

“La urbanística moderna cortó y reorganizó este tejido continuo, en partes pretendidamente coherentes entre sí y con la totalidad, estableciendo áreas especializadas para vivienda, industria, comercio, administración, etc. Esta zonificación funcional, que se aplicó como medida ordenadora del crecimiento de las ciudades no permitió que las estructuras tradicionales se fragmentaran naturalmente, al alcanzar determinadas dimensiones, y dejaran ver que la ciudad se asemeja más a una red tensional entre fragmentos arbitrarios, que a un sistema de partes especializadas que tratan de explicar una totalidad.” (Pérgolis, 1998: 11)

Esto ha desembocado en la desvinculación del ciudadano con la ciudad, ya que el sujeto es incapaz de concebir la totalidad de la estructura urbana debido a su discontinuidad y a la falta de conocimiento de ésta, lo que ha generado una des-identificación de los sujetos urbanos con la mezcolanza estructural en la que viven.

Pero a la hora de fragmentar a Bogotá, también son influyentes los juicios de valor que permanecen en los círculos sociales que nos rodean. Por ejemplo, en nuestro entorno social[Burgués]es bien sabido que La Perseverancia es un barrio peligroso al que no se debe entrar si no se tiene una razón realmente importante para hacerlo. Este

12 http://rae.es/rae.html. Todos las palabras definidas de ahora en adelante en el texto serán extraídas del diccionario en línea de la Real Academia Española

conocimiento se transmite de generación en generación y los miedos y los juicios aprendidos terminan afectando la ciudad. Y así crecimos nosotros, convencidos de que La Perseverancia era un barrio inseguro y peligroso.

Gran sorpresa cuando uno entra a La Perseverancia por primera vez y nota que es un barrio muy similar a otros que ya conocía. Sin duda La Perseverancia no es el lugar ideal para vivir, mucho menos si uno está acostumbrado a un nivel de vida medianamente alto, y aunque evidentemente es un barrio con mucha pobreza también es una zona con mucha fama; el barrio no es como se lo pintan a uno cuando niño, pues no le cuentan de los hippies y bohemios que aún viven allí, tampoco de la estatua de Gaitán, ni de la existencia del Festival de la chicha que se lleva a cabo en este lugar.

Con este ejemplo nos damos cuenta que seguramente nos perdemos de algunos sectores bogotanos debido a que nuestro entorno social nos ha contagiado con sus supuestos tremendistas, muchos de estos ligados a prejuicios económicos y sociales, que terminan siendo un campo más para que se efectúe la fragmentación. Estos aprendizajes adquiridos (heredados) a través de las influencias por parte de las diferentes estructuras de la sociedad hacia el sujeto, es lo que Bourdieu llama habitus. (Mesa, 2008:14)

Pero el universo de supuestos fragmentadores también se rige por conceptos estéticos. Pensemos en dos imágenes de dos bares Bogotanos. Imagine. Uno tiene en su entrada una gran puerta de madera con un pequeño pórtico también de madera. Junto a este hay un hombre vestido con camisa blanca y chaleco negro compañero de su pantalón. El nombre del bar es en inglés y en algún lugar la palabra Beer salta a relucir. En el segundo bar encontramos una puerta de vidrio polarizado, en vez del hombre de chaleco nos topamos con una pequeña estatua de un león que parece cuidar la entrada. Aunque el nombre de este bar también es en inglés, el letrero está bordeado por una luz de neón rosada y finalmente llama la atención, también en neón, la forma de una copa de martini que hace más referencia al alcohol que a la bebida específica.

Con este pequeño ejercicio de imaginación nos damos cuenta de la capacidad que tenemos de ejercer juicios de valor también a partir de la estética, puesto que muchas veces tomamos decisiones basándonos en estos juicios de valor estético, que generalmente son adquiridos por las influencias que ejercen en los sujetos, entre otros,

la clase social y la familia. Después de hacer nuestro proceso de aceptación o rechazo, de acuerdo a lo previamente aprendido, habitus, tomamos una decisión en cuanto a una elección.

Sin embargo, la ciudad no sólo está fragmentada por las divisiones artificiales y por los juicios de valor que rigen a cada sub-grupo coexistente en Bogotá, el tiempo también lo hace. Ya de entrada, el tiempo está fragmentado en cuanto a especificidades del calendario. Por un lado, está la división entre años, meses, semanas y días, sin embargo en el calendario hay épocas específicas para sensaciones y actividades también específicas, como semana santa y navidad. En estas dos épocas, la cotidianidad de los sujetos y la cotidianidad de la ciudad cambian notablemente; la religiosidad, el descanso y la juerga son actividades que dominan en el ambiente gracias a las fechas.

Pero es posible ver esto más en específico, la semana tiene unos días dedicados al descanso, como el domingo, y otros a la juerga, como los viernes y sábados en la noche. Pero el asunto puede percibirse en un ámbito aún más micro. Pérgolis en su fragmento llamado El Parque Nacional, el devenir y las redes (Pérgolis, 1998: 79),relata cómo el paisaje del Parque Nacional va cambiando según vantranscurriendo las horas del día. Empieza en la mañana como un lugar para ejercitar el cuerpo y el “espíritu” y termina siendo en las noches un espacio que permite la venta y compra de drogas y los acercamientos homosexuales.

Aunque es interesante ver cómo el espacio se puede fragmentar según la hora del día, es importante tener presente que la función del espacio no cambia sólo de acuerdo al horario sino también a la percepción que tiene el individuo sobre el lugar. Por ejemplo, para la joven que hace yoga todas las mañanas en el parque, éste es un lugar que se relaciona con actividad muscular y tranquilidad, pero para el vendedor de tintos es un lugar coherente con la idea de producción económica, y para el adicto es el lugar ideal que le asegura la dosis buscada. Como podemos ver, el espacio es según como es percibido, según cómo el practicante ejerce y supone el lugar.

Esta fragmentación nos ha llevado a encapsularnos en espacios y contextos específicos. Ahora nos dedicamos a consumir sectores o lugares determinados en momentos también determinados. Estos “determinados” se convierten entonces en entornos que de una u

otra manera nos hacen sentir afinidad o comodidad, identidad. A raíz de esto, elegimos los lugares en los que queremos estar, los medios de transporte en los que queremos desplazarnos, el tipo de gente con la que queremos compartir; en resumidas, hoy en día elegimos la ciudad en la que queremos estar y eludimos aquella que no.

Esta cultura del “escoger ciudad”, ha tenido una consecuencia importante en la estructura. Los sujetos, enceguecidos por sus elecciones para habitar, han abandonado la atención en los recorridos urbanos, ya que el trayecto no es el importante sino los lugares de partida y llegada. Es como si los desplazamientos fueran un silencio en la partitura del espacio. Todo esto, sumado con el aislamiento del paisaje que sufre el individuo, producido por los medios de transporte en sí (asunto relatado en el capitulo anterior), da como resultado el desconocimiento, en términos de apreciación, del recorrido.

Por otro lado, el afán producido por el ritmo de la ciudad hace que los desplazamientos sean casi una tortura, debido a la falta de tiempo que se hace presente en la constante de la cotidianidad. Esto contribuye fuertemente a la concepción fragmentada que tiene el sujeto de la ciudad, ya que ni siquiera percibe la totalidad existente entre dos lugares de su elección.

Ahora bien, como nos hemos vuelto adictos a fragmentos de espacio y nos negamos a reconocer y entender la totalidad existente de Bogotá al eludirla, hemos optado por buscar lugares en lo privado que reemplacen lo público. Un ejemplo de esto son los conjuntos cerrados, estos ofrecen una vivienda en un espacio publico-privado, es decir, el entorno donde está ubicada la vivienda es un espacio privado, pero en cierta medida intenta imitar al espacio público. Cuando los sujetos salen de su casa se encuentran en el espacio público del conjunto cerrado, un espacio controlado.

Estas estructuras tienen como gancho publicitario los beneficios de la seguridad privada, la tranquilidad y las zonas verdes, que se supone es lo que los sujetos citadinos buscan y no encuentran en los diferentes barrios bogotanos. Estos conjuntos cerrados se transforman en estructuras físicas generadoras de identidad, pues de una u otra manera, hacen que el individuo se arraigue a través del sentido de pertenencia que le da la propiedad.

Además, están los centros comerciales, estructuras como los conjuntos cerrados que manejan una estética ordenada hacia el interior, pero que hacia al exterior tienen una estética anárquica con su entorno arquitectónico. Estas estructuras proporcionan identidad y se proponen como un fragmento hecho un todo. También buscan reemplazar la vida pública en el espacio cerrado. Por un lado la estructura de estos lugares se asemeja a la estructura de una ciudad, con grandes avenidas, arterias y vías cerradas; éstas bordeadas con vitrinas que simulan las fachadas arquitectónicas y pequeñas plazoletas que reemplazan a las plazas públicas en términos de funcionamiento. La interacción social ya no se da en las plazas como era en el pasado, ahora el lugar de los encuentros sociales es el centro comercial.

Una buena porción del pastel social bogotano, tiene como lugar de dispersión los centros comerciales, es suficiente con ir a Unicentro o a Plaza de las Américas para darse cuenta que muchas familias salen al centro comercial de paseo “dominguero”, y la razón de esto es la variedad que existe en estos lugares, por ejemplo, en Unicentro se puede ir a almorzar, después ir a caminar un rato y comerse un postre, más tarde se puede buscar alguna actividad para los niños como las maquinitas o para la familia y las parejas como el cine. Un universo de opciones; una ciudad en un edificio. “Ante la dispersión de la ciudad emerge Unicentro, el primer centro comercial de la ciudad, el cual se promociona como un “lugar que lo tiene todo. (…) algo de parque, algo de zona comercial, algo de espacio de encuentro (…)”. (Gutiérrez, 2006:61)

El centro comercial es un lugar que abre el abanico de posibilidades de selección al individuo elector, con la gran ventaja de la seguridad. Bogotá es un lugar donde la inseguridad está siempre presente y la opción del centro comercial es una buena elección tranquilizadora, tanto, que la ejecutamos a diario.13

El comercio es una aspecto que influye mucho en la atracción que tiene el centro comercial para el sujeto, ya que el consumo de bienes y servicios brindan identidad a los

13 Desde que iniciaron la serie-novela colombiana llamada Padres e hijos, el plan perfecto para Pablito era ir con sus padres o alguno de sus hermanos al centro comercial. Hace un par de años, veíamos a Samy encontrándose con su grupo de amigos adolescentes en el mismo centro comercial, y finalmente, son innumerables las escenas que se han desarrollado en centros comerciales en las que Danielita aparece en diferentes situaciones con sus diferentes pretendientes. Sin duda alguna, vemos cómo estas estructuras se presentan como reemplazo de ciudad y logran su objetivo, en gran parte, porque ofrecen ese espacio de interacción social que ya en la vía publica no existe por inseguro.

sujetos, proponiéndoles diferentes imaginarios sociales y estéticos los cuales son reconocidos como referentes de individualidad, aunque en realidad sean lo opuesto. Estos imaginarios están como motores de consumo en todos los campos del mercado, desde imaginarios estéticos, hasta aquellos que están relacionados con las sensaciones y las actitudes.

Para satisfacer estos deseos (imaginarios) de ser o de parecer, hay que poner en práctica esa acción de la que hemos estado hablando: el escoger, la elección. Esta es una acción que ejecutamos mucho más de lo que normalmente creemos y de lo que nos damos cuenta. Elegimos qué y cómo establecer identidad como sujetos, ya sea eligiendo el bar o la zona de Bogotá para ir la noche de un viernes, o escogiendo una sala de cine para ver una película, o en qué conjunto residencial se desea y se puede vivir.

Pérgolis define muy bien la aparición del deseo para el sujeto y el proceso que viene adjunto a éste:

“De pronto una información llega especialmente a cualquier ciudadano; alguien escoge, selecciona o se identifica con un mensaje y se integra a él. Ciudad y ciudadano, ahora, se confunden en un lugar intangible; allí los dos emiten y reciben. Se produjo un acontecimiento, un anudamiento en alguna red que integró en un sólo ser al habitante con su ciudad.” (Pérgolis, 1998: 75)

Ese suceso del que habla Pérgolis es la conjunción entre la propuesta, el deseo y la elección. Esta reunión de factores son los que producen los relatos, que es donde se da la comunión entre el ciudadano y la estructura. Estos acontecimientos surgen gracias a la presencia de los deseos que nos llevan a la satisfacción anteriormente mencionada.

“El reto actual es mirar a la ciudad desde la óptica del sentido, el cual sugiere la reconstrucción del todo con la mitad faltante, ya que la ciudad adquiere sentido cuando satisface (o insinúa la posible satisfacción) el deseo de sus habitantes, allí se produce el acontecimiento (la fusión habitante ciudad) o se mantiene viva su expectativa. Con el acontecimiento nace el sentido, la ciudad pierde discursividad, entra en nuestros relatos a la vez que nosotros en los de ella o, como en el símbolo del Sol partido, entre ambas partes se configura el relato del acontecimiento.” (Pérgolis, 1998:28)

Y es así cómo el ciudadano a través del deseo se hace parte, se arraiga y se identifica con la ciudad y con el entorno que lo rodea. Esto es “la cultura del elegir”; es un estado adictivo del cual ya no nos podemos eyectar en términos comerciales pero tampoco racionales, de nuevo aparece el habitus. Es muy importante tener en cuenta que la búsqueda del bienestar o de la satisfacción de la que hemos venido hablando ya no es para una comunidad en general, sino para un sujeto aislado que lucha por sobresalir en una masa homogénea.

Los medios masivos de comunicación, uno de los entes que ejerce mayor influencia en las personas, es el gran difundidor de imaginarios en la sociedad y un poderoso promotor de la cultura del elegir. Por un lado, constantemente nos bombardean con diferentes ofertas de posibilidades de ser, de verse y de sentirse (imaginarios), que generalmente son muy bien explotados por los productores de deseos a través de la publicidad. Y por el otro lado, nos llenan la cabeza de fragmentos visuales, estructurales y conceptuales.

Por ejemplo: La estética visual que se maneja en algunos canales de televisión parte de los fragmentos de imágenes sin mucha continuidad, basándose en el zapping cotidiano del televidente (visuales). El esquema de presentación basada en partes en la que está organizado el principal diario del país resaltando temáticas e intereses (estructurales). Las novelas y los noticieros, siendo un reflejo de la sociedad, sólo nos muestran fragmentos de historias y de lugares desarticuladas a los contextos respectivos (conceptuales).

Pero los medios de comunicación influyen directamente en la fragmentación de la ciudad en cuanto a la imposición de una percepción quebrantada y el impedimento de la concepción de un todo:

“En tanto la radio y la televisión, con unidades informativas en varias zonas de la ciudad y helicópteros que simulan restituir la ilusión del ojo abarcador de la totalidad urbana, cuentan lo que ocurre cada día. Hablan desde el centro y desde los extremos de la urbe, y llegan a toda el área metropolitana con relatos e imágenes comprensibles hasta por los sectores con menor escolaridad. Sin embargo, aunque sus imágenes y narraciones inmediatas, desde el lugar de los hechos, parecen ofrecer formas primarias de contacto e información, establecen comunicaciones a distancia, en las que no es fácil

comprobar el sentido profundo de los acontecimientos.”(García Canclini, Castellanos y Mantecón, 1996: 31).

Los medios masivos de comunicación llevan la información y el entretenimiento a domicilio, es decir, no tenemos que salir de nuestro hogar para enterarnos de lo que pasa en la ciudad, mucho menos experimentarlo. Esto le permite al ciudadano escoger una versión específica de la Bogotá que desea concebir y consumir. Es así como los medios de comunicación son el motor de la cultura del elegir, ahí podríamos decir que es donde parte el proceso, donde surgen los deseos y se arraigan los imaginarios. Los medios y el mercado se adaptan a las demandas del público, pero esas nuevas demandas tienen un origen en las ofertas pasadas.

Sin lugar a dudas la fragmentación de Bogotá es una realidad, son muchos los factores que se entrecruzan para desembocar en la cultura del elegir, surgida y alimentada por la oferta de posibilidades; desde fracciones artificiales que fragmentan el espacio físico, hasta concepciones basadas en juicios de valor que indican qué fragmento elegir, o la costumbre a la fragmentación impuesta por parte de los promotores hacia los consumidores del esquema. Esto da como resultado la percepción fracturada que poseemos de nuestra ciudad.

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