3. BOGOTÁ: LA PRACTICADA
3.1. NARRACIONES EXTRAORDINARIAS VOL 3
“Cuando los ojos ven lo que nunca vieron, el corazón siente lo que nunca sintió” (Anónimo) Con toda la teoría que habíamos leído, analizado, escrito y teníamos muy presente en nuestra cabeza, había llegado la hora de salir a la calle a ponerla a prueba (la teoría) y a nosotros mismos como conocedores del tema. Era el momento de comprender la ciudad ya no desde los conceptos y las frases reveladoras de los libros sino desde las prácticas de espacio que nos ofrecería Bogotá al recorrerla.
No podemos negar que sentíamos miedo de poner un pie en la calle y no ser capaces de articular todo aquello que habíamos adquirido satisfactoriamente y teníamos claro en nuestro pensamiento. Sin embargo, eran más fuertes las ganas de sacudir nuestros sentidos y despertar totalmente un dispositivo de conocimiento práctico que, desde que empezamos a hacer la tesis, se encontraba latente y tan sólo necesitaba una suerte de mecha que lo encendiera.
Nuestra tarea era recorrer diferentes zonas, barrios y calles de la ciudad, ubicados en las cuatro direcciones, e ir en busca de las tácticas que las personas usan para re-apropiarse del espacio público o simplemente hacer evidentes las apropiaciones que las personas realizan del espacio público, diferentes a las que han sido pensadas por los arquitectos o urbanistas.
Sabíamos que debíamos salir a realizar el trabajo lo más livianos posible (lo menos encartados, con objetos de valor o vestuario pretensioso), tan sólo con nuestro artefacto recolector de información, una cámara, y nuestras mentes ávidas de despertar e impulsar nuestra práctica a niveles insospechados. Porque aunque teníamos claro que por lo general el investigador social es aquel que entra a evaluar a las personas objetivamente - buscando no involucrarse en lo que está analizando-, queríamos que nuestra subjetividad guiara constantemente nuestra práctica, y fuese necesario zambullirnos, embadurnarnos y fusionarnos con todo lo que íbamos a investigar.
Así que lo que encontrarán a continuación fue lo que descubrimos en las calles de Bogotá durante diversos recorridos en el transcurso de 5 días, en los cuales decidimos
no ejercer mucha planeación con el fin de dejar que lo imprevisto se inmiscuyera fácilmente. Finalmente, es sensato decir que esta experiencia nunca habría sido la misma con una persona de más o una de menos; es así porque es producto de nuestras dos maneras de entender y abordar la ciudad.
Lunes 14 de julio Narrado por Eduardo
Era lunes por la mañana, Ana María y yo nos encontraríamos para iniciar eso que tanto habíamos estado esperando durante todo el proceso de creación y producción del trabajo de tesis. El día anterior habíamos hablado y lo único que acordamos fue encontrarnos cerca al Centro Comercial Unicentro. No teníamos nada planeado y más o menos esa era la idea, darle paso a lo imprevisto y dejar que nuestra intuición se apoderara de los recorridos.
Ana me recogió en su carro y empezamos a recorrer la ciudad. Casi de inmediato empezamos a encontrar situaciones merecedoras de ser grabadas, pero por cuestiones del ritmo del tráfico bogotano no pudimos registrarlas. Ahí fue cuando reafirmamos que era necesario bajarnos del carro para poder capturar con mayor facilidad los diferentes acontecimientos, así que parqueamos y emprendimos la infantería.
Primero bajamos por la calle 122 desde la carrera 15, capturando un par de imágenes que de una u otra forma empezaban a esculpir el trabajo de campo. Un señor hablando por teléfono público sentado en un pedazo de cemento; otro hombre que se ganaba la vida cuidando carros parqueados y dirigiéndolos con su herramienta de trabajo: una bayetilla roja. Seguimos caminando y poco a poco íbamos encontrando diferentes situaciones. Llegamos a la Av. 19 y la tomamos dirigiéndonos hacia el sur hasta llegar a la calle 116 para subir por ella. De pronto, a uno de nosotros se le ocurrió no tomar vías principales sino adentrarnos en los barrios. Ahí nació el término ínter-barrial, el cual nos acompañó durante el resto de la semana, nos lo apropiamos.
Continuamos caminando y seguíamos capturando videos con la cámara, sólo que por las vías alternas al interior del barrio. De pronto, Ana se detuvo y me dijo que oyera el
sonido que producían los móviles al ser agitados por el viento. Nos quedamos unos 15 segundos en silencio, atendiendo y contemplando la improvisación del viento sobre los artefactos sonoros colgados en los balcones de los apartamentos. Ahí entendimos que el trabajo no debería ser sólo una cuestión visual, debíamos poner en estado de alerta cada uno de nuestros sentidos. Después de comentar el sonido y el acontecimiento, seguimos caminando aún más alerta. Llegamos a la Carrera 15 y subimos por la calle 119 hasta la carrera 13.
En ese momento el sol calentaba fuertemente el sector y se nos ocurrió sentarnos a tomarnos un salpicón en aquella esquina, lo importante de esto es que fue la primera vez que nos sentamos a observar. Ya no nos desplazábamos en búsqueda de las situaciones, ahora esperábamos que ellas se hicieran presentes en nuestras narices. De repente pasó un hombre en una bicicleta, haciendo figuras y montando por los andenes peatonales. De inmediato saqué la cámara y entendí que si quería grabarlo, primero debía alcanzarlo. Después de unos 20 segundos de carrera me detuve porque no tenía sentido, el hombre iba muy rápido a pesar de su recorrido acrobático.
Después lo discutimos; había cosas que veríamos y que no tendríamos la oportunidad de grabar, así que lo único que podríamos hacer era disfrutar de aquellos incapturables. Después de un rato, vimos a un hombre tomando unas fotografías y cuando sacamos la cámara, él ya había guardado la suya. Otra oportunidad más perdida, sin embargo me acerqué y le pregunté que si lo podía grabar mientras tomaba una fotografía, después de algunos segundos de incertidumbre aceptó. Esa fue la primera vez que tuvimos contacto verbal con uno de los sujetos que habitaban. Dado el primer paso, le perdimos el miedo. Minutos más tarde vimos a un hombre en la esquina opuesta, el cual estaba almorzando y utilizaba una butaca como mesa.
Estas escenas se nos presentaron sin que tuviéramos que ir en su búsqueda. Entonces comprendimos que la suerte era un factor muy importante en nuestro trabajo, como podríamos perdernos de muchas situaciones por no estar en el momento indicado, también podríamos presenciar muchas otras por cuestiones del azar.
Nos aburrimos en esa esquina y consideramos que ya no había mucho más que ver en el sector, claro, como dije, eso nadie lo podía saber. Así que regresamos por el carro y nos
dirigimos a Cedritos; yo sospechaba por alguna razón que encontraríamos mucho material para registrar, y aunque no fue tan abundante como me lo esperaba, tampoco estuvo mal. Dejamos el carro en la 136 con Av 19, y al bajarnos nos dimos cuenta que la hora de almuerzo aún seguía latente, así que de inmediato nos pusimos en la tarea de grabar más comelones callejeros. Algunos se sentaban solos a pasar el rato, otros en grupo y hacían todo un acontecimiento de la reunión para comer; algunos se sentaban en el pasto y otros estaban parados en el andén mientras comían. Lo interesante de eso fue notar que cada sujeto almorzaba cómo y dónde se le antojaba.
En ese momento, nuestra táctica para grabar a la gente consistía en que Ana María posaba y yo hacía la mímica de estar tomándole una foto mientras grababa a los sujetos en cuestión. Poco tiempo después desarrollamos una nueva forma para grabar a la gente y que ésta no se diera cuenta. La idea era colgarse la cámara en el cuello y dejarla a la altura del abdomen, cuando fuera necesario sólo habría que encender la cámara y calculando un poco los ángulos y las distancias el trabajo estaba hecho. Poco a poco fuimos cogiéndole el tiro a la cosa, porque a decir verdad era bastante detectivesca y disimulada. Todo esto para evitar que la gente se sintiera intimidada o agredida.
Bueno, empezamos a caminar de nuevo por la Av. 19, sólo que esta vez, en otro sector. Allí encontramos algunas situaciones interesantes, una de esas fue un sujeto que exhibía las camisetas que vendía en una cuerda que estaba amarrada de un árbol a una señal de tránsito. Había algo divertido y era que si uno quería pasar por el andén debía agacharse por debajo del mostrador improvisado; si o si tendría que verse involucrado con las camisetas, así no quisiera comprarlas.
Seguimos avanzando por la 19 y subimos por la calle 147 hasta la avenida 9. En ese trayecto nos encontramos con 2 situaciones relevantes. Un hombre que trotaba con toda su indumentaria deportiva, pero lo hacía sobre la calle donde transitaban los carros y no en el andén que es por donde se supone deben andar los transeúntes. Después vimos un par de jóvenes sentados en el separador de la 147, estaban hablando y riéndose; realmente estaban apropiándose del lugar y nos llamó la atención porque nos pareció un lugar muy extraño para habitar.
Finalmente, después de caminar hacia el oriente llegamos a la Av. 9 y caminamos hacia el sur por el carril occidental. A la altura de la calle 137, nos encontramos con una cancha de básquet que era utilizada por muchos jóvenes y niños para practicar diversos trucos en patineta. Seguramente si llegaba una persona con ganas de hacer uso del lugar cancha de básquet y no del lugar parque de patinaje, le iba a quedar un poco complicado.
Seguimos caminando y bajamos por la 136 hasta llegar de nuevo al lugar donde se encontraba el carro. Ya estábamos cansados, habíamos caminado distancias considerables y nuestros cuerpos nos pedían descanso. Nos montamos en el carro y emprendimos camino hacia nuestras casas. Llegando a la calle 85 nos dimos cuenta que por estar tan entretenidos durante todo el día, sólo habíamos comido un salpicón compartido, así que fuimos a comer palitos de queso y buñuelos callejeros.
Martes 15 de julio Narrado por Eduardo
Era el segundo día y ya creíamos saber cuáles eran los riesgos, las ventajas y las desventajas que estaban presentes durante los recorridos. Este día iríamos al Centro, un sector bien diferente al que habíamos recorrido el día anterior; un lugar lleno de mitos y peligros para dos inexpertos capturadores de ciudad. La noche anterior habíamos hablado y quedamos en que iríamos a ese sector y aunque no sabíamos por dónde caminar exactamente, sabíamos que era un lugar que merecía mucha precaución. Así que nos pusimos la tarea de pensar cada uno por su lado una forma de ocultar la cámara y poder grabar desde ahí para que no fuera evidente que teníamos el costoso artefacto, ya que ese era nuestro mayor riesgo, que nos robaran la cámara.
Esa mañana, en la casa de Ana, pusimos a prueba las propuestas que teníamos para ocultar la cámara hasta que encontramos la más adecuada: en un estuche de cantimplora que nos permitía encubrirla y grabar al mismo tiempo. Por mi lado, llevé un cuchillo para utilizarlo en caso de emergencia. Afortunadamente nunca tuvimos la necesidad de sacarlo, lo que fue realmente importante es que el cuchillo nos dio muchísima
seguridad, debido a que me intranquilizaba el alto costo de la cámara. Lo que hizo esto fue que nos permitiéramos hacer cosas dejando parcialmente de lado el temor.
Listos con el camuflaje de la cámara y el instrumento de defensa, nos montamos al carro y nos dirigimos al Centro. Por supuesto, eran las 11 de la mañana y el trancón de la carrera 5 para entrar al barrio La Candelaria estaba presente como de costumbre. Finalmente llegamos a nuestro destino y encontramos un parqueadero público con lugares disponibles. Nos bajamos del carro y en el parqueadero (lugar seguro) alistamos nuestro dispositivo de seguridad para empezar el recorrido centrero.
Salimos del parqueadero y bajamos media cuadra hasta la carrera 5 y vimos unos graffitis que nos gustaron y queríamos grabar, así que empezamos nuestro trabajo, y de pronto, Ana me dijo “ahí viene un man que no aguanta”. Me asusté un montón, apagué la cámara y la guardé del todo. Nos juntamos y empezamos a caminar un poco alterados, después nos volteamos y vimos que el hombre ni siquiera se había percatado de nuestra presencia. Así que nos devolvimos y grabamos lo que queríamos. Seguimos caminando por la carrera 5 hasta llegar al Eje Ambiental, donde nos encontramos con unos obreros de construcción jugando un partidito de fútbol en el Parque de Los Periodistas y también a unos jóvenes jugando Ultimate15.
Yo ya estaba grabando la escena con la técnica detectivesca y Ana empezó a hablarme un poco alterada, diciéndome cómo grabar la escena, pero ella no sabía que yo ya estaba grabando y de pronto surgió una situación algo tensionarte entre los dos, no de pelea pero si de miedo y ansiedad.
Nada de lo que había ocurrido hasta el momento representaba verdadero peligro, eran nuestras mentes nerviosas y nuestros cuerpos inexpertos los que se encargaban de alterarnos. Después de tomar un respiro y de tranquilizarnos mutuamente, seguimos nuestro recorrido.
Subimos hacia la universidad de Los Andes y no encontramos mucho material, así que decidimos devolvernos y, a mitad del regreso, vimos a un niño caerse en uno de esos
15 Partido de Frisbee
pequeños diques del Eje ambiental.Una vez más, una escena que se quedaría registrada sólo en nuestras percepciones. Después de un buen rato de risas y lamentaciones divertidas seguimos caminando. A los pocos segundos vimos al otro lado de la calle a un hombre de unos 27 años, mono y con pelo largo, con pinta de extranjero pero con actitud casi de local, en cuanto a la propiedad con la que caminaba. Este hombre llevaba una súper-cámara con un súper-lente, y caminaba por el fragmento urbano sin ningún tipo de temor, así que decidimos que si a él no le pasaba nada a nosotros tampoco nos pasaría nada, claro, sin dar papaya. Desde ese momento empezamos a sacar la cámara con más tranquilidad.
Seguimos caminando, bajamos por la calle 19 hasta la carrera 7 y caminamos por el costado oriental hacia el sur. Unos pocos pasos y vimos unos muñequitos que se adherían a la pared y bajaban dando “botes”. Yo no los había visto hacía mucho tiempo, así que después de grabarlos y al sujeto que los venía, nos quedamos un rato viendo a los hombrecillos, disfrutando de su simplísimo mecanismo de descenso. Pasaron unos segundos y seguimos caminando hasta llegar al Parque Santander.
En este lugar había una protesta sindicalista de unos trabajadores de una entidad pública, ellos gritaban sus consignas y el público chismoso, donde nos incluimos, los observaba. De pronto una señora se acercó a los protestantes y empezó a imitarlos y a gritarles cosas, nunca entendimos si apoyaba o rechazaba la marcha, lo único que sabíamos es que cada vez que alistábamos la cámara para grabarla ella se callaba por pura coincidencia. Estuvimos algunos minutos con la cámara lista para obturar y cuando pensábamos que no iba a decir nada más y guardábamos el aparato, la señora empezaba a hablar, así que ese fue otro incapturable disfrutado.
Al otro lado de la plaza, había un hombre-orquesta haciendo música, con un público interesado y dispuesto a colaborar con algunas monedas. La música, aunque no era la gran cosa, no estaba mal, y el hombre indudablemente tenía la habilidad o la práctica de tocar todos los instrumentos a la vez y hacerlos sonar bien, que era lo que en realidad se le reconocía. De repente, un señor que estaba parado en la multitud empezó a bailar. Era un viejito que danzaba al ritmo de la música del hombre-orquesta. Pero su baile no era sutil ni mesurado, por el contrario, se apoderaba de su cuerpo y mente. Nunca supimos si el hombre estaba loco, si era su canción preferida, si estaba mamando gallo o si sólo
le habían dado ganas de bailar; el hecho es que lo hizo al frente de todo el mundo sin ningún tipo de represión, lo hizo y punto.
Volvimos a la carrera 7 y seguimos caminando hacia el sur hasta llegar a la calle 13. En esa intersección, en la esquina nor-occidental hay una pequeña plaza, donde nos encontramos con una estatua humana que se movía cuando uno le daba plata. Era una especie de Poseidón muy bien elaborado. El hombre estaba parado sobre una de esas grandes cajas de líneas telefónicas. En esa misma plaza también vimos a un señor que vendía tarritos con jabón líquido y el precario burbujero, notamos que la forma de vender su mercancía no era gritando, ni con avisos, sino con las mismas burbujas. Esto nos pareció interesante sobre todo porque las burbujas de una u otra forma hacían que el transeúnte se apropiara del espacio significándolo como un nuevo lugar, ya que distraen, detienen, entretienen y molestan a la gente. En esta plaza fue el primer lugar donde sacamos la cámara, sintiéndonos realmente tranquilos y despreocupados.
Pasamos la calle 13 y llegamos a la cuadra donde se mueve todo el mercado negro de las esmeraldas. Ana me propuso la posibilidad de grabar allí, pero de inmediato me negué. No sé si ella estaba desfasada con su propuesta o yo me dejé guiar por el miedo y las suposiciones. Decidimos no sacar la cámara pero sí atravesar la cuadra. Ana estaba muy tranquila caminando, analizando la situación, observando, yo, por el contrario, aunque no tenía miedo gracias a que no estábamos grabando, si empecé a sentir una fuerte sensación de incomodidad mezclada con un fuerte deseo de salir rápidamente de allí; así que aceleré el paso para terminar inmediatamente con la sensación. Confieso que no soy fanático de las multitudes y menos en medio de ambientes densos.
Ese día el sol estaba imponentemente presente, con su calor y su típico picor sabanero que abrazaba el centro bogotano. Bajamos hasta la siguiente cuadra para darle la vuelta a la manzana, y de subida hacia la carrera 7 un corto pero fuerte viento nos detuvo y nos puso a sentir. No era el típico viento caluroso centrero, por el contrario era frío y refrescante; la piel disfrutaba como nuestra consciencia. Unos segundos después llegamos a la 7 y caminamos hasta la Plaza de Bolívar. Vimos que antes de entrar a la plaza hay una parte de la carrera 7, sobre la malla vial, que es más transitada por los sujetos caminantes que por los automóviles, nos llamó la atención y la registramos.
Llegamos a la Plaza de Bolívar, allí nos sentimos tranquilos y sacamos la cámara sin temores ni prejuicios. Nos encontramos con los vendedores de maíz para las palomas; con el señor que quiere tomarle fotos con su Polaroid a todo el que pase por en frente para después venderle el retrato; con la llama que se alquila para la foto; con la niña que juega entre palomas; con los colegiales sentados en las escaleras de la catedral comiéndose las onces; con mucha gente recorriendo la plaza, y otros cuantos sentados en la mitad de ella. Habitando.
Después de capturar algunas situaciones, decidimos dejar la plaza y subir hacia la Biblioteca Luís Ángel Arango ubicada en la calle 11 con carrera 4. Mientras nos