CAPÍTULO 4 ¡Viva Cristo Rey! (1991)
4.2. La columna en relación con ¡Viva Cristo Rey!
La intención de Galvis fue siempre la de recuperar la memoria histórica de Colombia dando especial atención a la participación de las mujeres en procesos histórico-políticos complejos. Galvis señala en varios de sus escritos que existen lagunas en la historia del país y que no hay interés por conservar archivos y documentos referentes a estos procesos históricos. Esta preocupación se evidencia en su trabajo histórico, literario y periodístico y de ahí que sea fundamental entrelazar estos tres discursos para el estudio de su narrativa de
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¡Viva Cristo Rey!, pp. 343-352.
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ficción.174 Tanto en sus columnas, como en su libro de entrevistas Vida mía, Galvis rememora el trabajo de la sindicalista María Cano y a la vez hace homenaje y registra la participación de la mujer en la política y el arte colombiano cuando entrevista a Camila Loboguerrero, directora de la película sobre María Cano. 175
Si observamos las fechas de publicación de El jefe supremo (1988), las dos sucesivas novelas ¡Viva Cristo Rey! (1991) y Sabor a mí (1994), y las columnas correspondientes a esos años, notamos que la temática más recurrente es la del período de la violencia política y la participación de la Iglesia contra los programas liberales, base temática de sus estas dos primeras novelas.
Otro tema reiterado en la escritura de Galvis es su fuerte crítica a la enseñanza católica del país. En la columna ‘Para mayores de cuarenta’, la autora recuerda a modo de mofa las enseñanzas del Breve catecismo conservador que circuló durante el gobierno conservador de Laureano Gómez.176 Emplea la técnica del catecismo de preguntas y respuestas apropiadas que un conservador debe dar sobre política y religión para concluir con una serie de jaculatorias semejantes a las utilizadas por su personaje ficticio, Rosalía, en ¡Viva Cristo Rey!.177 Similar a esta columna, existen otras tres sobre el tema de la violencia y denuncia su continuidad en la historia del país. En ‘La elocuencia del silencio’ escribe:
Doce masacres por mes, un mínimo de 5 muertos por masacre y por mucho un puñado de investigaciones con procesado, son las demoledoras estadísticas de la violencia colombiana. Así como hace 30 años, como hace 40 años, con la trágica diferencia de que entonces se llamaban pájaros y chulavitas y asolaban los campos por orden oficial, y hoy se conocen como paramilitares y sicarios que ejecutan en la clandestinidad y operan con complicidad. La guerrilla, en cambio, no es la misma. Entonces disparaba para defenderse del acoso partidista. Ahora, nadie sabe si el resorte que la mueve es la codicia del dinero o la ambición por el poder, o la tuerca floja de la demencia.178
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Galvis escribe: ‘Este país no tiene historia, sufre de memoria lacustre, es decir, llena de lagunas. Aquí todo se olvida, y lo que no se olvida, de todas maneras, lo cubre el polvo de la impunidad [...]’ en El
Espectador, 24/11/1991. Véase también El jefe supremo, op.cit., p. 13 y su columna de El Espectador,
26/06/94.
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Véanse El Espectador, 12/10/91 y Vida mía, op.cit., pp. 311-360.
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El Espectador, 23/02/92.
177
¡Viva Cristo Rey!, p. 52.
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Entre 1994 y 1995 Galvis utilizó en sus columnas, como en El jefe supremo, testimonios campesinos sobre la violencia y los sistemas punitivos anticuados de los padres de familias como los descritos en ¡Viva Cristo Rey! y Vida mía.179 El testimonio empleado en su columna ‘Diez balas por dos orejas’ es relatado por el magistrado Felipe Salazar Santos, quien cuenta sobre un hombre que llegó a su despacho con un costal de orejas durante la época de la violencia en Villarrica, bajo el gobierno militar de Rojas. Este episodio es escogido por Galvis para mostrar los grados extremos de violencia, semejantes al satírico cuento de Míster Taylor de Augusto Monterroso (1921-2003).180 Salazar en El jefe supremo cuenta que los mandos altos de la policía impusieron durante la violencia a los soldados un sistema para controlar que los soldados no vendieran municiones a los campesinos. Se decidió que por cada diez balas utilizadas el policía debía mostrar diez orejeas cercenadas a sus víctimas, como prueba del buen uso de la munición.181 Casos similares más recientes pueden constatarse en el escándalo de los denominados ‘falsos positivos’ en septiembre del 2007 cuando se reveló la noticia que soldados reclutaban muchachos de los barrios pobres urbanos con la promesa de ofrecerles trabajo en las fuerzas armadas y luego los fusilaba para presentarlos ante los jefes militares como supuestos guerrilleros dados de baja en combate y así obtener mayores días libres como recompensa.182
Galvis es enfática en denunciar la conexión entre la Iglesia y la violencia política en Colombia en ¡Viva Cristo Rey! y en su columna. En ‘Cien años de terquedad’ y ‘Del baculazo al divorcio’, se refiere al largo tiempo del poder de la Iglesia en Colombia y denuncia su participación e influencia en los asesinatos de mediados del siglo veinte.183 Se pregunta incluso sobre las huellas que estos episodios han dejado en el imaginario del sicariato actual del país:
Jamás han explicado, [...] por qué, a mediados del siglo pasado, los conservadores marchaban a la guerra detrás del estandarte de la Virgen del Carmen; y por qué los
pájaros y los chulavitas incendiaban y mataban en nombre de Cristo Rey; y por qué los
curas en los púlpitos bendecían las armas asesinas; y por qué, hoy, los sicarios
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El Espectador ,06/03/94 y Vida mía, pp. 267-310.
180
El Espectador, 18/06/95. Véase, Augusto Monterroso, Obras completas (y otros cuentos), Norma, Bogotá, 1994, pp. 9-18. 181 El jefe supremo, pp. 437-438. 182 Véase www.semana.com, 12/05/2009. 183 El Espectador, 23/08/92 y 20/09/92.
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matan con el escapulario al cuello; y por qué invocan el nombre del Señor para que les ayude a fijar la puntería; [...]
¿Pero no será la educación inquisitorial, intolerante, fanática, incrustada en la historia y en la sociedad colombianas desde hace quinientos años, una de las causas de que este país continúe regando sus campos con sangre y empedrando sus suelos con los huesos de los muertos? 184
El resultado violento y retardatorio de la enseñanza de la religión en el país es un tema recurrente en la escritura de Galvis. Podría pensarse que sus comentarios muestran una posición un tanto maniquea por parte de la autora hacia los religiosos, pero ello sería desacertado dado que en otras columnas defiende a religiosos injustamente acusados de participar con la guerrilla por hacer labores sociales en beneficio de comunidades rurales. En ‘Autocontrol versus tutela’, por ejemplo, Galvis defiende a un párroco acusado de subversivo por la prensa.185