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La Complejidad social y el origen del Estado.

In document Los Albores de La Historia (página 53-61)

En las condiciones actuales el sentido común podría encontrar que el mundo urbano y las estructuras políticas estatales son entidades naturales que han existido siempre. Sin embargo, constituyen dos fenómenos relativamente recientes para la

historia humana que han transformado para siempre los modos en los que se construyen y negocian las relaciones sociales y la vida cotidiana de la gran mayoría de la población mundial. Esta unidad aborda uno de los problemas más importantes para las disciplinas históricas ¿Cómo surgieron las estructuras sociales cuyos miembros poseían desigual acceso a capitales económicos, políticos y simbólicos y cómo esas desigualdades fueron institucionalizadas? Se sitúa este debate en el campo

de la antropología y la arqueología, desde las explicaciones del evolucionismo decimonónico hasta las posturas post- estructuralistas de la actualidad. Las herramientas teóricas analizadas se aplican en las trayectorias históricas de los pueblos

indígenas de Mesoamérica y de los Andes Centrales. El surgimiento de los primeros estados y las

explicaciones de las ciencias sociales

En determinadas regiones del mundo, en circunstancias específi cas, se desarrollaron sociedades económicamente diferenciadas a partir de grupos levemente heterogéneos, aparecieron ciudades densamente pobladas donde existían pequeñas aldeas, se estructuraron sociedades clasistas donde antes dominaban las relaciones defi nidas por el parentesco y la distribución del poder fue reorganizada bajo nuevos tipos de liderazgos centralizados, a la par que se crearon nuevas ideologías que sostenían no sólo que ese liderazgo era posible, sino que era la única posibilidad. Estos procesos, neurálgicos para el desarrollo histórico de la humanidad, han sido englobados teóricamente dentro del problema de la aparición de los estados arcaicos (Yofee 2004).

Evolucionismo clásico

A mediados de siglo XIX, cuando el capitalismo imperialista se expandía a todo el mundo y se iniciaba la división internacional del trabajo, el occidente estudiaba, analizaba y clasifi caba los diversos aspectos de las realidades que encontraba en el resto del orbe, defi niéndose formalmente los campos de distintas ciencias modernas (ver Unidad I). Uno de los principales fenómenos bajo estudio fue el “otro”, es decir, las sociedades no occidentales que tenían un modo de vida que distaba mucho del de occidente. En ese contexto surgieron los primeros esbozos de la Antropología evolucionista, en oposición a las teorías que incluían en el centro de sus explicaciones a las fuerzas supernaturales y a la teoría creacionista de la teología judeocristiana (Trigger 1992).

El esquema evolutivo de Morgan dio un “orden preciso a la prehistoria de la humanidad […] según los progresos obtenidos en la producción de los medios de existencia” (Engels 1970: 19), defi niendo tres períodos étnicos: salvajismo, barbarie y civilización. Dos fueron los elementos superadores de la secuencia planteada. En primer lugar se consideró a la sociedad evolucionando como un todo y se dejó ya el rastreo

del desarrollo de instituciones individuales aisladas (como la religión, el sistema de parentesco, o el régimen político). En segundo término, se tomaron criterios tecnológicos, superando el subjetivismo y el idealismo.

Sin embargo, la idea de que las distintas etapas representaban niveles superadores de los anteriores y que el progreso hacía transcurrir a la humanidad en una sola trayectoria se convirtió en una idea legitimadora de procesos de colonización en los cuales, mediante violentos mecanismos de expoliación, se llevaba a los pueblos que se habían quedado en etapas menos desarrolladas (salvajes y bárbaros) hacia la etapa que se consideraba más avanzada: la civilización. Las consecuencias del imperialismo llevaron a las ideas de evolución y progreso a un descrédito generalizado entre los antropólogos, que se abocaron, durante la primera mitad del siglo XX, al estudio de desarrollos históricos particulares.

Neoevolucionismo

A mediados del siglo XX las líneas fundamentales del evolucionismo decimonónico volvieron a tener aceptación en un contexto histórico en el que los Estados Unidos consolidaban su rol de potencia hegemónica, al menos en el mundo occidental, y que la idea de progreso retomaba su legitimidad en los círculos intelectuales.

Esta corriente teórica parte de dos supuestos fundamentales: a) las diversas maneras de organizarse que ha tenido la humanidad puede reducirse a un limitado número de tipos; b) los pueblos etnográfi cos actuales representan las etapas prehistóricas que atravesó la humanidad en su evolución.

Considerando estos supuestos, el neoevolucionismo trabajaba defi niendo tipos sociales y estableciendo rasgos o atributos para cada tipo, a

partir de lo cual se describían líneas simplifi cadas de desarrollo evolutivo. Estas líneas se resumieron en cuatro etapas o tipos fundamentales: bandas (Unidad IV y V), tribus (Unidad VII), jefaturas (Unidad IX y X) y estados.

Cada uno de ellos estaba defi nido por un conjunto de atributos vinculados de manera esencialista. Por ejemplo, como se analizó en la unidad IV, el tipo social “banda” se caracterizaba por una economía extractiva, a la cual correspondía un sistema de asentamiento caracterizado por gran movilidad que sólo permitía una escala demográfi ca muy reducida, lo cual impedía la división social del trabajo y la aparición de desigualdades sociales (para el neoevolucionismo banda = sociedad de pequeña escala, cazadora, nómada e igualitaria).

Según esta postura las transformaciones de una etapa a otra se daban de manera puntuada (saltos extremadamente rápidos) y holística (de todos los aspectos defi nitorios en bloque).

¿Cuáles son las características del estado?

El estudio de las transformaciones que se habían producido para que aparecieran las sociedades estatales y la defi nición tipológica de las mismas fue desarrollado por primera vez, y de manera paralela al neoevolucionismo norteamericano, por Gordon Childe. En el contexto del nacimiento de los fascismos de la década de 1930 Childe se preguntaba por la evolución de la humanidad, por la manera en que había surgido la civilización occidental y por el papel que habían tenido en el progreso distintas áreas, como el Oriente. Alejado de las ideas histórico- culturales de su juventud, para él se volvió necesario concebir un modelo capaz de conceptualizar a la historia de la humanidad en términos de tendencias económicas generales (Trigger 1992). Eso lo llevó a buscar en la olvidada bolsa del evolucionismo del

Banda Tribus Jefaturas Estados

Escala Menos de 100 Menos de 1000 Entre 5000 y

20000 Más de 20000 Organización social Igualitaria Liderazgos informales Sociedades segmentarias Acuerdos tribales Rango basado en el parentesco bajo líderes hereditarios Jerarquías basadas en clases bajo un rey o emperador Organización

económica Caza recolección

Producción de alimentos (agricultura, ganadería) Economía con acumulación centralizada y redistribución. Especialización Economía centralizada basada en tributos Patrón de asentamiento Campamentos estacionales Aldeas permanentes Centros ceremoniales Ciudades, territorio, caminos Organización religiosa Shamanes Consejos de ancianos, rituales calendáricos Jefes hereditarios con tareas religiosas Clases sacerdotales Religiones formales

Tabla que resume los rasgos fundamentales de cada tipo social según el enfoque neoevolucionista (Modifi cada de Renfrew y Bahn 1995).

siglo XIX, pero especialmente en el materialismo histórico de Engels y Marx y el esquema de Morgan, ya que comprendían a la sociedad en su conjunto y utilizaban criterios materialistas para defi nir su desarrollo (Trigger 1992).

Para Childe la aparición de la civilización implicaba una gran transformación: la revolución

urbana, en la cual grandes poblaciones se empezaron a agrupar en espacios reducidos, en los cuales se diferenciaron las personas por sus actividades, especializándose en distintas tareas y apareciendo grupos que concentraron el poder económico y político, y también construyendo símbolos convencionales para registrar y transmitir información (escritura), normas de peso y medidas de tiempo y espacio (Childe 1964). Este cambio fue conceptualizado por Childe como una verdadera revolución social, una transformación signifi cativa en el modo de vida, que no se reducía a cambios tecnotipológicos ni a aspectos concretos de la subsistencia, sino que implicaba la aparición de nuevas formas de organización social y un punto de infl exión global en la historia humana.

La aparición de las ciudades fue entonces conceptualizada como el rasgo determinante para poder hablar de sociedades estatales. En unidades anteriores hemos visto distintos modos de asentamientos humanos: desde los circuitos de movilidad residencial de los grupos cazadores recolectores muy móviles, los sistemas de movilidad logística de los cazadores complejos; las aldeas, asentamientos permanentes de actividades múltiples de agricultores y pastores; y los centros ceremoniales en los cuales aparecían espacios públicos y edifi cios monumentales. En estos últimos habitaban grupos de personas que ya no se dedicaban a tareas productivas sino que ofi ciaban ceremonias religiosas para pobladores aldeanos que vivían en aldeas dispersas en amplias áreas. Esto es lo clave de los centros

Capítulo VIII. La Complejidad social y el origen del Estado 51 ceremoniales: en ellos no hay una gran población

que habite permanentemente, sino que se acude allí en procesiones o para la realización de determinados eventos rituales.

Los centros urbanos están caracterizados por la aparición en el mismo lugar del centro cívico y religioso y de la población civil, lo cual implica el asentamiento de grandes grupos humanos en espacios muy restringidos. Esto hace necesaria la generación de un excedente social lo sufi cientemente importante, no sólo para aumentar la población, sino también para ampliar la división social del trabajo. Una sociedad capaz de apartar a algunos de sus miembros de la lucha por el alimento cotidiano, para orientarlos hacia una especialización de tiempo completo, puede, simultáneamente, liberar capacidades y conocimientos del estrecho círculo de las preocupaciones domésticas, y acelerar su desarrollo en multitud de ofi cios y ocupaciones. El crecimiento del excedente económico y la diversifi cación del trabajo van acompañados de un tercer fenómeno, la aparición del especialista en política, quien emplea todo su tiempo en coordinar los esfuerzos crecientes de una población cada vez más diversifi cada, y en arbitrar las querellas entre los grupos de intereses recién formados. Esta especialización constituye un momento crucial en la mayor parte de las sociedades ya que las tareas de coordinación y de arbitraje, signifi can poder y éste se traduce en derechos específi cos sobre bienes y servicios.

De esta manera los elementos que caracterizarían a la aparición de una ciudad serían:

el nucleamiento de enormes grupos humanos •

en espacios bastante reducidos

la aparición en esos espacios de ámbitos y •

edifi cios públicos, generalmente asociados a residencias de elite, cuya estructura espacial evidencie un alto grado de planifi cación el diseño de trazados organizados con •

espacios funcionalmente delimitados y vías de comunicación como calles o calzadas aparición de la población “civil”, en torno a •

los centros cívicos, caracterizada por cierta diferenciación dada tanto por la actividad a la que se dedican, como la jerarquía que tienen dentro del grupo social: por ejemplo pueden aparecer “barrios” de artesanos, de comerciantes, de nobles etc.

existencia de una amplia población •

dependiente, periferia o “hinterland” que será la que aporte los alimentos para la población dedicada a tareas diferentes a la producción de alimentos (artesanos, guerreros, sacerdotes, soberanos).

Además de los atributos característicos de la vida urbana, los estados deben poseer una escala que supere los 20.000 habitantes, base económica muy fuerte en la cual los excedentes se extraigan de los productores mediante tributos. Éstos serían destinados a gestionar obras públicas y la vida distinguida de los gobernantes. Arqueológicamente esto se podría ver en la ampliación de obras relacionadas a la producción, como sistemas de regadío o preparación de campos cultivables, y al almacenaje de los productos, como silos o depósitos estatales. Asociado a la estructura política institucionalizada se espera que se consolide una ideología estatal frecuentemente asociada a una religión sistematizada, con su clase sacerdotal. Por otro lado también surgirán sectores dedicados a las armas, tanto para realizar conquistas como para establecerse como fuerza de coerción social interna. El estado tendrá el monopolio de la fuerza legítima.

Si un grupo social cumple con todos estos elementos, un enfoque tipológico asumiría que nos encontramos frente a un estado. Lo interesante de este esquema es que brinda un marco general, para poder comparar distintas formaciones sociales que presentan de manera amplia estos elementos.

Sin embargo, el evolucionismo social ha sido criticado por construir una ilusión histórica teleológica, una profecía hegeliana de un proceso racional que culminaba en el estado burgués moderno, las economías capitalistas y el avance tecnológico. La construcción de tipos sociales y el establecimiento de líneas evolutivas, que van de las formas más simples a las más complejas, eliminó del análisis los fenómenos más trascendentes e interesantes de las sociedades antiguas. En esta operación, creó categorías de progreso humano intentando incluir dentro de ellas tanto a sociedades prehistóricas como a grupos modernos tradicionales, relegando a estos últimos al basurero de la historia.

Los pensadores neoevolucionistas adoptaron explicaciones rupturistas para dar cuenta de la aparición de los primeros estados y, según la adscripción de cada uno de ellos a las narrativas sociales, como el marxismo o el funcionalismo, pusieron más énfasis al confl icto o la integración funcional. De esta manera, surgieron teorías voluntaristas (ponen énfasis en los procesos voluntarios de cesión de autoridad a fi n de obtener mejores condiciones de vida) y coercitivas (ponen énfasis en los procesos coercitivos por los cuales la autoridad es impuesta por los más fuertes sobre los más débiles). Si bien cada una tiene sus puntos fuertes y sus correlaciones con elementos empíricos, en todo proceso de complejidad creciente deben considerarse tanto los aspectos confl ictivos, inherentes a todo proceso de crecimiento de desigualdades, como la necesidad de algún tipo de

consenso que de otra manera generaría colapsos permanentes. Por otro lado, también podemos referirnos, a teorías monocausales, que serían aquellas que ponen hincapié un motor inicial (por ejemplo, la circunscripción social, el aumento demográfi co, la necesidad de organización, etc.) o pluricausales (es decir, a la interrelación dinámica entre múltiples factores retroalimentándose uno a otro).

Enfoques postestructuralistas

Ante el excesivo interés en discutir y defi nir los “umbrales” que defi nían a distintas sociedades como estados o no, las preguntas de investigación han virado del campo de qué tipo de sociedad es un determinado grupo a qué hace ese grupo, quiénes lo conforman, cuáles son las prácticas que llevan al surgimiento de grandes estructuras centralizadas, qué estrategias desarrollan diversos agentes en ese contexto. Es de gran interés investigar cómo surgieron nuevos roles sociales y formas de relacionarse y hasta qué punto suplantaron a las reglas basadas exclusivamente en el parentesco. Si bien se podría asumir que en los estados actuales se puede ver una variedad de características homogéneas, los estados prístinos o estados antiguos variaron muchísimo y esa variación requiere el desarrollo de análisis comparativos. Como plantea Yoff ee (2004), uno de los mitos más grandes de la antropología y la historia es que los estados prístinos hayan sido una sola cosa: sistemas territoriales de gran escala gobernados por déspotas totalitarios que controlaban todo fl ujo de bienes, servicios, e información e imponían la ley y el orden a sus súbditos.

En general las narrativas han enfatizado el papel de algunos grandes hombres fundadores de los estados, dejando de lado a los múltiples agentes que fueron parte de su constitución. Esto ha traído una visión de totalidad de los sistemas estatales sin diferenciar las trayectorias variables de los múltiples y diferenciados agentes que los componen.

Por ello es que creemos interesante pensar estos fenómenos en los términos de Blanton et al. (1996) que proponen estudiar, dentro de los procesos de complejidad creciente, las distintas lógicas mediante las cuales se negociaron posiciones y relaciones entre posiciones.

Blanton et al (1996) sostienen que para superar el esquema evolutivo tipológico (que puso todo el esfuerzo en desentramar el proceso de incremento de centralización política) hay que aplicar una teoría adecuada para entender el comportamiento humano, sobre todo en torno a la competencia política. En general este trabajo intenta apartarse de hipótesis “automáticas” o “necesarias” de aparición del estado y abordar las prácticas de agentes históricos que están construyendo esas formaciones. Es por ello que

parten del supuesto de que en las sociedades hay gente que busca poder y status, y en esa búsqueda se generan confl ictos, ya que ese poder y ese status no es infi nito, sino escaso. Esos confl ictos son los que en gran medida dan forma a las instituciones sociales y políticas que se van creando en los estados. Sin embargo, hay que considerar que los agentes sociales no son individuos racionales universales, sino que son personas sociales propias de un momento y lugar dado, con todas las particularidades que ello genera.

Esas lógicas pueden ser muy variables. Estos autores proponen dos polos extremos entre los cuales se puede dar una variedad de estrategias intermedias: las estrategias corporativas y las reticulares o exclusivistas. En la estrategia de poder exclusivista los actores de poder apuntan al desarrollo de un sistema político construido alrededor de su control monopólico de las fuentes de poder. En estas últimas primaba la capacidad de acumular poder en personas, que se constituían como individuos competitivos.

En las estrategias políticas corporativas el poder es compartido entre diferentes grupos y sectores de la sociedad de manera de inhibir estrategias exclusivistas. Habrían primado las estrategias de acumulación de poder en torno a grupos o corporaciones, limitándose la capacidad de los individuos de acumular libremente.

Esquema que sintetiza los dos polos de estrategias sociales y políticas planteadas por Blanton et al. (1996).

Otra variación notable sería la escala de los estados, ya que también en este sentido puede registrarse gran variabilidad: podemos ver estados expansivos, que en poco tiempo habrían anexado grandes espacios y diverso grupos étnicos, mientras que también podemos ver formaciones del tipo sociedades estado, donde tendremos todos los elementos de los estados, pero la soberanía de los mismos no superará el espacio de una ciudad, algunos otros centros importantes y el hinterland productivo.

En el caso intermedio, se ha postulado actualmente la existencia de “culturas de ciudades estados”, donde numerosos estados de pequeña escala autónomos comparten características culturales, ideologías, lengua, etc.

Trayectorias analizadas

El tema es discutido en dos grandes casos de evolución social: Mesoamérica y los Andes Centrales.

Los arqueólogos desde fi nes de siglo XIX intentaron periodifi car el desarrollo histórico en América: Spinden distinguió tres niveles: Nómada

Capítulo VIII. La Complejidad social y el origen del Estado 53 (caza y recolección), Arcaico (agricultura) y

Civilización, mientras que Willey y Phillips (1958) asignaron todas las culturas a cinco estadios de complejidad creciente: lítico (caza mayor), arcaico (recolección intensiva), formativo (agricultura de poblados), clásico (primeras civilizaciones americanas) y posclásico (últimas civilizaciones americanas). Esta división témporo-cultural de la historia mesoamericana prehispánica se propuso considerando que había existido un momento de máximo apogeo de la cultura, el arte y la civilización. Ese momento había sido el período “clasico” del desarrollo mesoamericano y estaría representado por los núcleos mayas clásicos (Palenque, Copán, Tikal, entre otras), el momento de esplendor de Teotihuacan, en la cuenca de México, y Monte Albán en Oaxaca (200/300 d.C. a 1000d.C.).

A partir de defi nir ese momento de máximo apogeo de la cultura, los arqueólogos defi nieron, en relación a él, los otros momentos: el preclásico, (1200

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