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Los Albores de La Historia

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Academic year: 2021

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Los Albores de la Historia

Lineamientos para un estudio histórico

de los fundamentos de

“Prehistoria y Arqueología”

Cátedra de Prehistoria y Arqueología Escuela de Historia

Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad Nacional de Córdoba

Diego E. Rivero, Gustavo M. Rivolta, Julián Salazar, Valeria L. Franco Salvi y M. Andrea Recalde

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Indice

Introducción 1

Capítulo I- Introducción a la Arqueología. 3

Capítulo II- La Arqueología Argentina. 11

Capítulo III- Los Orígenes. 17

Capítulo IV- El Mundo de Los Cazadores. 25

Capítulo V- Los Cazadores del Cono Sur. 33

Capítulo VI- El tránsito a la producción de alimentos y el mundo aldeano. 39 Capítulo VII- El Formativo en la región andina del NOA. 45 Capítulo VIII- La Complejidad social y el origen del Estado. 49 Capítulo IX- Sociedades Complejas en el NOA I: Aguada y el Período

de Integración Regional. 57

Capítulo X- Sociedades Complejas en el NOA II: El Periodo de

Desarrollos Regionales. 63

Capítulo XI- Sociedades Complejas en el NOA III: El dominio El dominio Inka

del Noroeste Argentino. 69

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Introducción Este pequeño libro debe interpretarse como

una herramienta, un instrumento, que se les ofrece a los estudiantes del Profesorado y la Licenciatura de Historia para que puedan enfrentarse al estudio de los contenidos de la asignatura Prehistoria y Arqueología. No es un manual, un apunte o un resumen, del cual se pueda estudiar, es una guía para estudiar la bibliografía obligatoria que se detalla en el programa de estudios.

Las experiencias que ha tenido el equipo de la cátedra en los últimos años han permitido identifi car una serie de difi cultades entre el alumnado. Entre ellas observamos problemas de lecto-comprensión y escritura, en la lectura crítica, refl exiva y jerarquizada de la bibliografía, sobre todo de textos extensos y complejos, en la incorporación y el manejo refl exivo de términos y conceptos propios de la disciplina, en la comprensión de la relevancia de problemáticas arqueológicas en la formación histórica y en la interpretación de consignas en distintas instancias (prácticas, teórico-prácticas, evaluaciones parciales y fi nales), lo que repercute en fracasos repetidos y en una preocupante deserción. Además de ese grupo de problemas, se observa una falencia en la escasez de bibliografía actualizada (y en español) apropiada para el nivel y las problemáticas analizadas en el contexto de nuestra carrera.

Es por ello que planifi camos la realización de esta pequeña obra, en formato digital y de acceso libre, que sólo trata de encausar el estudio de la materia. Otra alternativa habría sido reemplazar la bibliografía original por fi chas de cátedra que resumieran y presentaran los temas abordados de manera sintética, lineal y uniforme, pero ello habría sido en perjuicio de la búsqueda de espíritu crítico en la formación histórica y de la lectura de distintos planteos de manera directa de los investigadores que los formularon.

El objetivo principal de esta obra es fomentar la lectura refl exiva de la bibliografía obligatoria del programa de estudios, ordenando y sistematizando un contexto que los trabajos especializados obvian, pero que es necesario para la comprensión profunda de las problemáticas analizadas.

Complementariamente se pretende:

Jerarquizar problemáticas y contenidos 1)

destacados dentro de cada tema analizado. Familiarizar a los alumnos con las consignas y 2)

actividades que deberán resolver para aprobar la materia.

Introducir a los estudiantes en formas narrativas 3)

novedosas como son los trabajos científi cos especializados.

Brindar una serie de conocimientos actualizados 4)

o no incluidos dentro de los trabajos analizados en la bibliografía del programa.

Acercar los fundamentos de cómo se construye el 5)

conocimiento científi co en Arqueología.

Contextualizar a la arqueología dentro de las 6)

disciplinas sociales y de la historia.

¿Cómo usar este libro?

“Los Albores de la Historia” se divide en once capítulos, que corresponden a una unidad teórica o práctica del programa de estudios vigente (Anexo 1). En cada uno de ellos se ha incluido una contextualización general de la problemática central en cuestión y un desarrollo de las distintas perspectivas que han tratado de incluirlas en su modelo explicativo, haciendo hincapié en contextualizar los trabajos que los estudiantes tienen que analizar en la materia. En este espacio se incluyen cuadros conceptuales, mapas históricos y esquemas cronológicos que tienen por fi n brindar herramientas para incorporar conocimientos complejos sobre procesos que los alumnos no logran identifi car de manera satisfactoria. El contenido de estos bloques debe ser leído lenta y atentamente antes de encarar el estudio de la unidad teórica o práctica de la materia que corresponda.

Después de analizar profundamente la bibliografía obligatoria para cada temática se debe recurrir a la segunda parte de cada capítulo donde, mediante cuadros, se detallan los puntos que deben quedar claros y ejemplos de preguntas que pueden ser formuladas en las distintas instancias de evaluación. En esta instancia las dudas, confusiones o preguntas que surjan deben ser anotadas para formularlas a los docentes de la cátedra. Se recomienda aclarar todos los interrogantes antes de rendir prácticos, parciales o fi nales.

Finalmente incluimos dos Anexos: I) Programa de estudios vigente; II) ¿Cómo rendir un examen? Estos dos anexos también deben ser cuidadosamente leídos para estudiar y rendir la materia.

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Capítulo I. Introducción a la Arqueología

Este primer capítulo tiene como objetivo central dar algunos fundamentos de la disciplina arqueológica, es decir defi nir su objeto de estudio, las problemáticas que trabaja, los métodos que utiliza, los datos que construye y las diversas maneras en que los interpreta. Se intenta reconocer el modo en que la arqueología se ha ido transformando a través del tiempo para problematizar cómo se entiende y se practica en la actualidad.

Finalmente se analiza de qué modos esta disciplina excede lo que se ha conocido como “prehistoria”, para abarcar prácticas correspondientes tanto a momentos históricos como a la actualidad.

¿Qué es la arqueología?

Para explicar lo que es una disciplina científi ca se debe defi nir cuál es su objeto de estudio, las fuentes o datos utilizados, las metodologías aplicadas y los modos en los cuales se contrastan hipótesis. Como deja claro Binford (1988) la arqueología no consiste en el descubrimiento azaroso de yacimientos espectaculares u objetos valiosos. Lo que estudia la arqueología son prácticas sociales a través de su

materialidad. En este sentido podemos ver una primera

gran delimitación del campo de esta disciplina, como ciencia social preocupada por el estudio del hombre, sus prácticas y las circunstancias de las mismas. Dentro de esta gran área del conocimiento, la arqueología se caracteriza por abordar este objeto a partir del estudio de sus restos materiales.

En su versión clásica, la arqueología (etimológicamente, conocimiento -logos- sobre los inicios -arké-) estudiaba prácticas humanas en el pasado. Al igual que el resto de las ciencias sociales modernas nació en un marco de múltiples contradicciones (políticas, sociales y económicas) a las que se enfrentaba el occidente durante el siglo XIX que habían sido defi nidas por la industrialización de los países centrales, la consolidación del capitalismo y la consecuente aparición del proletariado, el surgimiento de nuevas confi guraciones políticas europeas, sobre todo los estados nacionales, y el establecimiento de nuevas relaciones con las colonias no occidentales dentro de lo que se conoció como imperialismo. Ante las preguntas que se generaban a partir de estas contradicciones, se generaron una serie de disciplinas, cada una ocupada de cierto aspecto de las mismas.

Si trazáramos un cuadro de doble entrada para explicar la división clásica de las ciencias sociales, deberíamos establecer como dimensiones fundamentales cómo se distancian en espacio y tiempo desde el presente (Siglo XIX) y occidente los fenómenos que se pretenden analizar. De esta manera surgen 4 cuadrantes: el que se ubica en la porción superior izquierda defi ne a los fenómenos más próximos en el tiempo y en el espacio, delimitando el

objeto de la sociología (es decir, estudia los problemas sociales que se observaban en la actualidad en los países centrales); en la misma distancia espacial, pero con mayor profundidad temporal se encuentra la historia (que en el siglo XIX se entiende grosso

modo como el estudio de la formación de las naciones

europeas); en la columna derecha observamos dos cuadrantes distanciados en el espacio del occidente, encontrándose en el superior los fenómenos de la actualidad de espacios lejanos al occidente, defi niendo el objeto de la antropología (entendida en ese entonces como el estudio de la diversidad cultural observada en los diversos confi nes de las colonias); en el cuadrante inferior se defi nen los fenómenos del pasado de los pueblos no occidentales que constituyen el campo de la arqueología.

De esta manera queda claro que, en su versión clásica, la arqueología ha estado preponderantemente vinculada al estudio del pasado y, sobre todo, del pasado de los pueblos no occidentales. También se ha vinculado con la Prehistoria, la cual implica dos ideas distintas, aunque relacionadas. Por un lado, comprende una división arbitraria del devenir de la humanidad, tomando como criterio el manejo de la escritura. Por otro, consiste en el estudio de este período. Sin embargo el término ha sido criticado, ya que implicaría que los pueblos ágrafos, muchísimos grupos humanos alrededor del mundo, habrían permanecido fuera de la historia hasta que los occidentales llegaran para civilizarlos y empujarlos hacia la vida verdaderamente histórica.

En América, y especialmente en nuestro país, la arqueología ha estado abocada, aunque no exclusivamente, al estudio de los pueblos que vivieron antes de la llegada de los españoles, a mediados del siglo XVI. El estudio de la historia de estos grupos ha

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permitido desde hace ya varias décadas, sino más de un siglo, empezar a levantar el telón que los cubría, un telón que sus conquistadores, tanto los que envió el imperio español como el estado nacional, tejieron con muchas ideas que los denostaron, como la de idolatría, salvajismo, atraso, y tantas otras más, que aún penden sobre los indígenas de nuestro país y de todo el continente. Cada vez que un arqueólogo se ha acercado al campo, visitado un museo particular o construido uno académico, cada vez que se recorre una región desconocida, se activa un cucharín en una estructura antigua o en un alero serrano, esas ideas peyorativas sobre los pueblos originarios quedan más alejadas de la realidad, y cercanas a un discurso de legitimación de proyectos violentamente alienantes bajo los lemas de la espada y la cruz primero y en el orden y el progreso después.

Sin embargo la disciplina arqueológica también investiga el pasado en sociedades que manejaron la escritura, lo cual conocemos como arqueología histórica. La misma tiene por objetivo estudiar, a partir de vestigios materiales, procesos que conocemos a través de fuentes documentales, ampliando y enriqueciendo estas visiones. También tiene la posibilidad de acercarse a grupos que no accedían a la producción de documentos, y que quedaron “sin voz”, pero sí generaron vestigios materiales, que brindan acceso a sus modos y condiciones de vida. Esto es muy claro por ejemplo en los estudios sobre los grupos de esclavos negros en contextos coloniales de América, a los cuales la historia sólo da un acceso indirecto y mediado por las clases dominantes que los sometían a esa forma de vida (Orser 2000).

En las últimas décadas la arqueología también ha expandido ampliamente sus fronteras hacia momentos y lugares insospechados: desde el análisis de contextos arqueológicos generados en la historia reciente, por ejemplo los centros de detención clandestinos (Nobile 2006), hasta el estudio de patrones de consumo de ciudades actuales, a través de la basura (Rathje y Murphy 2001).

En conclusión, la arqueología no debe ser reducida al estudio del pasado ya que en la actualidad es el estudio de prácticas humanas, asociadas a cualquier espacio y tiempo, a través de los vestigios materiales que ellas generan, con metodologías particulares, las cuales se adaptan a fuentes o datos específi cos, es decir las fuentes materiales.

El registro arqueológico

Toda práctica humana genera algún tipo de registro material, al igual que las circunstancias en las que se desarrollan tales prácticas. La arqueología se sirve de todos ellos para contrastar las hipótesis

con las que pretende resolver sus problemas de investigación. La resolución de tales cuestiones está separada por una gran brecha, la que separa a las prácticas que son dinámicas, del registro que es estático (Binford 1988, Jonson 2001).

Tal como lo dejara claro Binford (1988) el registro arqueológico es un fenómeno del presente. El mismo está formado por las evidencias generadas por la actividad del hombre, por ejemplo, una casa pozo indígena, y todas las modifi caciones generadas después de su incorporación al contexto arqueológico, de origen humano y natural. Por ejemplo, las numerosas reocupaciones sufridas por dicha estructura, y las alteraciones producidas en ella por la actividad de la lluvia, el viento, los insectos, etc., lo que conocemos como procesos postdepositacionales.

La interpretación del registro arqueológico

Como fenómeno estático y del presente, el registro arqueológico no puede hablar por sí mismo de los fenómenos dinámicos del pasado. Su interpretación está basada en las inferencias que puedan realizarse a partir de él. Por ejemplo, un conjunto de instrumentos y desechos líticos encontrados en un campamento no dicen por sí mismos muchas cosas. El arqueólogo debe desarrollar ciertas herramientas que le permitan interpretar qué tipos de prácticas dieron origen a ese conjunto.

Una opción podría ser recurrir a la empatía, es decir imaginar, aplicando nuestro sentido común, qué acciones o circunstancias llevarían a las condiciones halladas en el registro. De hecho esta era la vía más común de interpretación utilizada hasta mediados de siglo XX y se enfrentaba a dos problemas: el sentido común de un científi co de la modernidad no podía dar cuenta de la variabilidad de las prácticas humanas en una gran cantidad de contextos culturales a lo largo del mundo, llevando muchas veces a extrapolar prácticas y valores de la actualidad al pasado remoto1

y, por otro, la validez de las hipótesis arqueológicas residían en la autoridad de quien las formulaba, pero no en un sistema independiente de contrastación.

A partir de la década de 1960, fue una preocupación de la nueva arqueología desarrollar herramientas que ayudaran a los arqueólogos a generar hipótesis contrastables acerca del registro. La herramienta principal fue la utilización de analogías 1 En el capítulo que Binford dedica al análisis del modo de vida de los primeros homínidos (Teórico Práctico 1) se puede observar cómo es que Dart interpretó el regis-tro arqueológico de las cuevas de Sudáfrica utilizando su sentido común y cómo estas hipótesis fueron descartadas aplicando distintos conocimientos generados por la obser-vación de fenómenos actuales.

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Capítulo I. Introducción a la Arqueología 5

actualísticas las cuales se basan en la premisa de que la

formación del registro se dio en el pasado de formas análogas a las cuales se da en el presente. Es decir, una actividad de la actualidad y una equivalente del pasado forman registros equivalentes. De esta manera, observando la dinámica del presente (las prácticas humanas) y los fenómenos estáticos que ésta generaba, se podían construir hipótesis contrastables sobre los fenómenos dinámicos del pasado que se pretendían conocer. Las dos herramientas principales para construir este tipo de analogías fueron la etnoarqueología y la arqueología experimental.

La etnoarqueología analiza las prácticas de grupos no occidentales o tradicionales que viven en la actualidad observando particularmente el patrón que ellas generan en el registro arqueológico y proponer hipótesis sobre el comportamiento en el pasado a partir del registro arqueológico observado. Volviendo al caso del conjunto lítico, la observación de las prácticas de grupos que aún utilizan esa tecnología y el estudio de los desechos que generan puede ayudar a generar hipótesis acerca de qué comportamientos dieron origen al conjunto arqueológico bajo estudio.

La arqueología experimental busca recrear con métodos disponibles en el pasado la confección de instrumentos o realización de tareas para observar cuál habría sido el resultado arqueológico de la misma. De esta manera se podría intentar replicar los instrumentos líticos que vemos en nuestro registro, utilizarlos, ver qué huellas de desgaste se generan, analizar los desechos y generar un cuerpo de hipótesis analógicas.

Los cambios en la disciplina arqueológica

La arqueología, como todas las ciencias, no ha sido siempre igual. Ha ido cambiando a través del tiempo a medida que se fueron modifi cando las ideas sobre la sociedad y el desarrollo humano, las concepciones del pasado, las metodologías y técnicas disponibles y las preguntas que son relevantes desde el presente.

Podemos decir que la arqueología2, practicada de

manera sistemática, se consolida a mediados del siglo XIX de la mano de la antropología evolucionista, con personalidades como Lubbock. Ese momento, donde el occidente se sentía triunfante por el desarrollo económico en un marco medianamente pacífi co (al 2 En este capítulo al hablar de “Arqueología” hacemos re-ferencia a la práctica de esta disciplina en el ámbito de los países centrales (Europa occidental y Estados Unidos de América, donde se han sentado las tendencias principales aplicadas en el resto del mundo occidental). En el próximo capítulo se hace referencia a la práctica arqueológica en Argentina.

menos en el ámbito de los países centrales), fue un efectivo caldo de cultivo para las ideas evolucionistas que consideraban que la historia humana tenía una trayectoria universal, marcada por el progreso (estas trayectorias se plasmaron en la obra de L.H. Morgan, “La sociedad primitiva”, retomada por F. Engels en su clásico “El origen de la Familia, la Propiedad y el Estado”, donde se sistematizó el sistema de los tres estadios en la evolución de la humanidad: Salvajismo, Barbarie y Civilización).

A fi nes de siglo XIX y principios del siglo XX, las expectativas de progreso se encontraron frente a las terribles consecuencias del capitalismo industrial, el nacionalismo y el colonialismo que explotaron en la primera guerra mundial, generándose una ruptura paradigmática con el evolucionismo decimonónico, que sustituyó la pretensión teleológica de una historia humana universal por una visión particularista y relativista que tenía poca confi anza en la creatividad del comportamiento humano (uno de los antropólogos que plateó esto fue F. Boas). A partir de ese momento se consideraba que la importancia del estudio arqueológico radicaba en la construcción de historias particulares de distintas áreas culturales, consolidando lo que se conoce como arqueología

cultural (Gamble 2002), arqueología tradicional o

arqueología histórico-cultural.

El objetivo principal de esta corriente era poner las cosas en orden cronológica y geográfi camente. En un área cultural se defi nían distintos contextos arqueológicos (asociación recurrente de artefactos), que se consideraban correspondientes a pueblos o etnías, a los cuales se les daba una determinada adscripción cronológica. Ordenando en el tiempo los distintos contextos arqueológicos defi nidos, se podía conocer la secuencia cultural para un área determinada. La explicación del cambio, afi ncada en el escepticismo sobre la creatividad humana, recurrió de manera predominante al difusionismo, es decir el mecanismo por el cual un rasgo cultural es trasladado de un área cultural a otra.

Esta práctica generó el desarrollo y refi namiento de distintas metodologías, destinadas especialmente a la construcción de cronologías relativas, como la seriación y la estratigrafía. También incorporó en el conocimiento arqueológico, construyendo la estructura general de los esquemas cronológicos, a casi todas las áreas del mundo.

Sus problemas principales fueron mantener a la idea de contexto cultural como una suma mecánica de objetos, sobredimensionar a la difusión como la explicación sufi ciente para la gran mayoría de los cambios ocurridos en la historia (en detrimento del desarrollo independiente y otros mecanismos

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por los cuales se pueden expandir las ideas o los conocimientos a través del espacio), mantenerse de manera predominante en el campo descriptivo sin elevarse hacia el explicativo y no desarrollar sistemas independientes de contrastar hipótesis, priorizando la autoridad del investigador que las formulaba.

Hacia 1950, la arqueología tradicional no era ya satisfactoria para las pretensiones de la gran cantidad de jóvenes que se habían incorporado en la academia. Tampoco el particularismo histórico, ni una ciencia relativista, se adecuaba a los tiempos de postguerra, en los cuales EEUU se consolidó como una nueva potencia hegemónica con pretensiones de imperio universal. En este contexto la arqueología tuvo pretensiones de convertirse en una “verdadera” ciencia (considerando que el modelo para lograrlo eran las ciencias naturales). Adoptando el positivismo como modelo epistemológico, el objetivo de la arqueología ya no era generar conocimientos particularistas sobre el desarrollo cultural de una región, sino explicar estas trayectorias aplicando leyes generales del comportamiento. Una de las mayores fi guras de esta corriente, conocida como

Nueva Arqueología, o arqueología procesual, fue

Lewis Binford.

Distanciándose de la historia, la arqueología abrazó a la antropología. Willey y Phillips sostenían que “La arqueología americana es antropología o no es nada” (1958:2). Ya no interesaba tanto dar cuenta de una secuencia de culturas sino detenerse en el funcionamiento de cada una de ellas, sobre todo en los aspectos que podían ser sometidos a explicaciones bajo leyes universales. Estos aspectos fueron preferentemente la adaptación al medio y las estrategias económicas en detrimento del estudio de las estructuras políticas o religiosas.

Sin lugar a dudas, el objetivo central de la nueva arqueología fue construir una serie de herramientas que permitieran proponer y contrastar hipótesis de manera independiente de la autoridad de quienes las proponían. Como sostiene Binford (1988), se recurrió al estudio del presente para conocer el pasado, desarrollando fuertemente la etnoarqueología y la arqueología experimental. También se desarrolló fuertemente el estudio de distintos aspectos naturales que afectaban tanto a la vida del hombre como las características del registro aqueológico.

En la explicación del funcionamiento de la sociedad la nueva arqueología adoptó la teoría general de sistemas. Esta mirada caracterizaba a las sociedades del pasado como sistemas formados por partes (o subsistemas) orgánicamente integrados, que se hallaban en equilibrio (homeostasis) y que se modifi caban sólo cuando esta situación era puesta en

riesgo por algún factor de stress externo al sistema. Para explicar los cambios de las sociedades a través del tiempo frecuentemente abrevó en un modelo universal que retomaba las ideas evolucionistas decimonónicas conocido como neoevolucionismo, el cual analizamos en el Capítulo VIII.

La visión sistémica de la sociedad y el cambio, la reducción de las prácticas sociales de agentes al funcionamiento y adaptación del sistema al medio, el rechazo de la historia, la idea de la cultura como mecanismo de adaptación extrasomática, el uso excesivo del método hipotético deductivo y de la explicación en detrimento de la interpretación, llevaron a una serie de críticas a lo largo de las décadas de 1970 y 1980 donde la arqueología comenzó a distanciarse de ser una disciplina dominada por una corriente hegemónica o paradigmática. Surgieron una multiplicidad de arqueologías de las cuales entre otras pueden destacarse las arqueologías post-procesuales o interpretativas, la arqueología feminista, la arqueología marxista y la arqueología darwiniana.

Según Shanks y Hodder (1995) las arqueologías

interpretativas incluyen una gran cantidad de

heterogéneas miradas sobre la práctica arqueológica que pusieron en el centro la idea de que la interpretación de lo social se relaciona menos con la explicación causal que con la comprensión. En este sentido, se distancian de la ciencia positivista aproximándose a una disciplina humanística donde el sujeto que interpreta, el contexto en el cual lo hace y las consecuencias sociales del conocimiento son reconocidas y puestas en crítica.

Al distanciarse de la antropología como la ciencia madre, la arqueología busca sus fuentes en aportes de la sociología, la historia y la fi losofía. Dejando de lado el estudio de los mecanismos adaptativos del sistema la arqueología postprocesual pretende ver a los agentes sociales actuando en ellos, como se insertan en las estructuras y la manipulan. En este sentido, la cultura material deja de verse como un mecanismo pasivo de adaptación para ser un conjunto de aspectos materiales con signifi cado propio que tiene un papel activo en la construcción de relaciones sociales y que puede ser manipulado por los agentes que la producen.

En el mismo sentido las arqueologías

feministas abogaron por dos grandes problemáticas,

una que hacía al modo en que se distribuía el poder por categoría de género en la academia, revisando de manera crítica el papel al que se habían relegado a las mujeres en la producción del conocimiento arqueológico (frecuentemente lugares de segundo nivel, siendo mayormente técnicas que aportaban

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Capítulo I. Introducción a la Arqueología 7 datos para ser interpretados por los hombres, que

eran quienes podían construir verdadera teoría). La otra, que se consideraba asociada a la anterior, era el papel al que se había relegado a las mujeres en el relato sobre procesos del pasado, lo que estaba cargado de afi rmaciones apriorísticas sobre lo que es ser mujer y ser hombre y los roles de los géneros en una gran cantidad de sociedades. Uno de los aportes fundamentales de esta rama fue dar por tierra con la consideración esencialista de que el género es algo biológicamente determinado más que socialmente construido.

Otro de los lineamientos que pretendió dar una alternativa al procesualismo, aunque retomando algunos de sus aportes, fue la arqueología

neodarwinista o ecología evolutiva, la cual fue en

busca de modelos hacia el campo de las ciencias biológicas, más que a las sociales. Uno de los grandes problemas que trató de explicar fue la transmisión cultural, entendiendo que la cultura material es un fenotipo de la especie humana y que al igual que otros aspectos fenotípicos está sometido a la selección natural. De esta manera se considera que se pueden dar explicaciones satisfactorias sobre por qué a través del tiempo la selección natural favorece la supervivencia de ciertos objetos y no la de otros.

Como se puede apreciar, la arqueología, al igual que cualquier otra disciplina científi ca, no es estática y, en efecto, ha cambiado desde sus inicios de acuerdo a distintos factores, entre otros: paradigmas científi cos vigentes, problemáticas consideradas válidas, datos disponibles, técnicas de análisis implementadas, renovaciones generacionales de los investigadores y contexto histórico de producción del conocimiento. La arqueología tampoco es homogénea dentro de cada momento, lo que puede evidenciarse en las numerosas discusiones y debates que han protagonizado los arqueólogos en torno a una gran diversidad de temáticas.

Estas dos características, dinámica histórica y heterogeneidad interna, hacen que en arqueología sea difícil hablar de “verdades” o “conclusiones cerradas” de las problemáticas abordadas. Por ello es que las grandes discusiones que se presentan en este libro (y en la materia), deben ser estudiadas intentando comprender la diversidad de opiniones de los autores, sus hipótesis, los argumentos a favor o en contra de cada una, y no allanar estos debates en un discurso lineal.

¿Cómo se investiga en arqueología?

Como toda disciplina científi ca, la arqueología no es una búsqueda acumulativa de datos, por los datos mismos. La investigación arqueológica es un

largo proceso que se inicia a partir de problemáticas, es decir preguntas o interrogantes que se formulan acerca de las prácticas humanas. Esas preguntas no surgen de la nada. Siempre están formuladas dentro de un sistema de ideas o afi rmaciones que pretenden explicar los fenómenos que son objeto de estudio, es decir la teoría. En este cuerpo teórico también descansa la formulación de la hipótesis, que es una respuesta inicial para el interrogante a resolver. Esa hipótesis se desglosará mediante una serie de herramientas que permitirán recolectar, construir y analizar los datos necesarios para contrastarla. Esas herramientas pueden englobarse en lo que conocemos como

metodología.

Una vez construidos los datos, estos deben ser analizados e interpretados, respondiendo a las preguntas formuladas al principio. Estas respuestas, resultado de la investigación, tampoco constituyen el cierre defi nitivo de las mismas ya que por un lado ayudarán a contrastar las hipótesis, comprobándolas o refutándolas. También permitirá ampliar los interrogantes o generar otros nuevos. Finalmente, abrirá la posibilidad de reformular la teoría, si no en su totalidad, al menos en alguno de sus presupuestos.

Los vestigios materiales de prácticas del pasado se encuentran potencialmente en todos lados y no constituyen por sí mismos datos arqueológicos. Los datos deben ser construidos por el investigador a partir de la aplicación de diversas técnicas y considerando los materiales relevantes para resolver los interrogantes que se persiguen.

De esta manera, cuando se acota espacial y temporalmente un problema de investigación, se delimita una espacio sobre el cual deberemos detectar los vestigios arqueológicos correspondientes al momento y temática analizados, mediante

prospecciones.

Una vez detectados los sitios, deben realizarse registros precisos de los mismos, en los cuales se determina la ubicación de concentraciones de artefactos, estructuras, arte rupestre y topografía, los cuales son una fuente invalorable para nuestras futuras interpretaciones.

Recién cuando el arqueólogo tiene un buen conocimiento de su área de estudio y sobre todo de la diversidad de los vestigios que en ella se presentan podrá seleccionar los contextos a ser excavados. Sin embargo, la excavación es el último recurso al que se debe recurrir, y si puede ser evadida, mucho mejor. Esto es así porque la excavación implica destrucción. Al excavar un sitio arqueológico se destruye información que nunca podrá ser recuperada. Es por ello que esta tarea se debe dar después de un

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intenso trabajo de investigación y con las técnicas que permitan registrar de la mejor manera posible toda la información que sea posible.

Los datos que produce una excavación exceden ampliamente a los artefactos (aquellos objetos que son el resultado de la transformación activa del hombre). Las excavaciones arrojan evidencias tan ricas como ellos, constituidas por los ecofactos (aquellos elementos que no han sido transformados por el hombre pero brindan información sobre sus prácticas como huesos de animales, restos vegetales, sedimentos, etc.). Sin embargo, lo más importante que se encuentra en una excavación son las relaciones entre todos los objetos materiales recuperados, es decir el contexto arqueológico.

De esta manera queda claro que las técnicas arqueológicas son altamente complejas y no se reducen a hacer pozos buscando piezas valiosas: es un trabajo sistemático que implica tiempo, esfuerzo, experiencia y sobre todo conocimiento, por lo cual es totalmente contraproducente que individuos no capacitados lo lleven adelante.

El paso del tiempo y su medición

¿Cómo construyen los arqueólogos sus cronologías? No siempre es esencial conocer con exactitud cuántos años hace que tuvo lugar un acontecimiento o un periodo concreto. El concepto de que algo es más antiguo (o más reciente) en relación a otra cosa, constituye la base de la datación relativa, y es ciertamente útil para analizar los cambios en el tiempo de las prácticas humanas. Uno de los métodos relativos más importantes es la estratigrafía, que consiste en la asignación de momentos anteriores y posteriores a través de la depositación de estratos superpuestos. El principio consiste en que los niveles inferiores se depositan primero y, por lo tanto, antes que los superiores. De esta forma una sucesión de estratos proporcionaría una secuencia cronológica relativa, desde los más antiguos (abajo), a los más modernos (arriba).

Sin embargo en los últimos tiempos, se ha generado la posibilidad de establecer la edad exacta o absoluta en años de las distintas partes de la secuencia, a través de los métodos de “datación absoluta”. Son numerosos los métodos que pueden otorgarnos fechas en años (v.g. la dendrocronología , a través de los anillos de crecimiento de los árboles; la datación por termoluminiscencia, preferentemente para fechar cerámicas; la datación mediante potasio-argón; algunos métodos calibrados, como la hidratación de la obsidiana o la datación arqueomagnética, etc).

Sistemas de medición del paso del tiempo

Cualquiera sea el método de datación, se necesita establecer una medida de tiempo para reconstruir una cronología. La mayor parte de los sistemas humanos de medición se calculan en años. Aquellos también necesitan ciertos jalones para contabilizar el paso de dichos ciclos, los cuales pueden establecerse en eventos históricos especiales. En el mundo cristiano se usa como tal, el nacimiento de Cristo, supuestamente acaecido en el año 1 a.C. (no existe el año 0), contándose los años hacia adelante, después de Cristo (d.C., en inglés se usa AD, por las iniciales latinas de Anno Domini) y hacia atrás, antes de Cristo (a.C., en inglés se usa BC, por las iniciales de Before Christ). Para los musulmanes el momento fi jado es la fecha de la salida del profeta Mahoma de la Meca, la Hégira (en el año 622 d.C. del calendario cristiano). El inicio del calendario maya equivale al año 3114 a.C. del calendario cristiano. En cambio, para el pueblo judío, las fechas estarían dadas en años a contar desde la creación (3761 a.C.).

Los científi cos que obtienen fechas por métodos radiactivos y que quieren un sistema universal, han optado por contar los años desde el presente (AP, en inglés BP por las siglas correspondientes a Before Present). Pero dado que también necesitan un punto de partida estable, cuando usan AP quieren decir “antes de 1950” el año aproximado en que Libby descubrió el primer método del radiocarbono.

Glosario

Behaviorístico (Adj. Castellanización del término inglés behavioristic): Perteneciente o relativo al comportamiento. Extrasomático: externo al cuerpo. Cuando hablamos de adaptación extrasomática hablamos de mecanismos de adaptación que están por fuera del cuerpo. Por ejemplo, las condiciones climáticas frías pueden convertirse en un mecanismo de selección natural que produzca que los miembros de una especie que mejor se reproduzcan sean los que tienen pieles más gruesas. A lo largo de muchas generaciones esto puede traducirse en que la especie haya mutado hacia una versión con pieles gruesas. La adaptación extrasomática implica que los individuos de una especie utilicen pieles (externas a su cuerpo) para cubrirse del frío.

Particularismo: perspectiva que, en oposición al evolucionismo, sostiene que cada pueblo posee una historia propia, comprensible sólo en sus términos y diferente a las trayectorias de otros, la cual no puede ser reducida a ningún modelo universal.

Bibliografía (Obligatoria para estudiar)

Binford, L. R. 1988 En Busca del Pasado. Crítica, Barcelona. Capítulo 1. Gamble, C. 2002. Arqueología Básica. Ariel Prehistoria. Madrid. Capítulo 2.

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Capítulo I. Introducción a la Arqueología 9

¿Qué temas deben quedar claros después de estudiar la Unidad I? Arqueología como ciencia. Tratado por L. Binford (1988).

La arqueología más allá del pasado. Arqueología histórica y de la actualidad. Tratado

por C. Orser (2000), J. Nobile (2009) y G. Rivolta (2010).

La arqueología a través del tiempo. Tratado por C. Gamble (2002).

El diseño de investigación arqueológica. Tratado por Renfrew y Bahn 1996. La arqueología en la práctica. Tratado por Renfrew y Bahn 1996.

La datación. Métodos relativos y absolutos. Tratado por Renfrew y Bahn 1996.

Interpretación del Registro Arqueológico. Analogías etnoarqueológicas y experimentales. Tratado por L. Binford (1988) y por G. Politis (1994).

Preguntas de Examen

a) ¿Qué es la arqueología? Explica qué propone Binford sobre la práctica del arqueólogo y la importancia del registro material.

b) ¿Qué es la arqueología? Defi ne su objeto de estudio destacando los aportes de la Arqueología Histórica y del Pasado Reciente.

c) ¿Cuáles son las diferencias fundamentales entre la Arqueología Cultural, la Arqueología Procesual y las Aqueologías Interpretativas?

d) ¿Qué es el registro arqueológico? ¿Qué herramientas han desarrollado los arqueólogos para su interpretación? Explica, poniendo ejemplos, para qué sirve la etnoarqueología.

e) ¿Por qué sostiene Binford que analizar el presente sirve al pasado? Explicitarlo defi niendo qué se entiende por etnoarqueología y arqueología experimental.

e) Describe paso a paso como sería una investigación arqueológica defi niendo cada uno de ellos según la bibliografía.

f) ¿Cómo se construyen las cronologías en arqueología? Defi ne las dos grandes clases de metodologías de datación y explica un ejemplo de cada una de ellas.

g) En una investigación se recupera una punta de fl echa hecha de hueso, en la misma capa que un fogón y varios fragmentos de cerámica. Enumera los métodos de datación que emplearías para establecer su cronología, justifi cando por qué los usarías.

Nobile, J. 2009. La antropología forense en el debate contemporáneo. Revista de la Escuela de Antropología Vol. XV: 11-20. Rosario, Argentina.

Orser, Charles. 2000 Introducción a la Arqueología Histórica. Asociación de Amigos del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, Buenos Aires. pp. 9-66.

Politis, G. 2005 Arqueología de carne y hueso. Ciencia Hoy 15(89):44-50.

Renfrew, C. y P. Bahn 1998 Arqueología: Teorías, Métodos y Prácticas. Ed. Akal, Madrid. Capítulos 3 y 4.

Rivolta, G. 2010 Identidad, memoria y narrativa en la comunidad indígena de Amaicha del Valle (Valle de Yocavil, Pcia. De Tucumán, Rep. Argentina). En: Nastri, J. y Menezes Ferreira (Eds.) Historias de Arqueología Sudamericana pags. 211-227. Editorial Azara, Buenos Aires.

Bibliografía (ampliatoria)

Jonson, M. 2001 Teoría Arqueológica. Una introducción. Ariel.

Rathje, W y C. Murphy. 2001 Rubbish!: The Archaeology of Garbage. University of Arizona Press.

Shanks, M. y I. Hodder 1995. Processual, Post-processual and Interpretive Archaeologies. En Interpreting Archaeology.

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London.

Trigger, B. 1992 Historia del pensamiento arqueológico. Editorial Crítica.

Willey, G. y P. Phillips 2001 [1958] Method and Theory in American Archaeology. University of Alabama Press. Alabama.

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11

Capítulo II. La Arqueología Argentina a través del Tiempo

Este capítulo tiene como objetivo principal dar cuenta de las distintas modalidades en las cuales se ha desarrollado la arqueología argentina desde inicios del siglo XX hasta la actualidad. En este sentido resulta clave evaluar críticamente en qué contexto se fueron formando distintas narrativas sobre el pasado prehispánico sobre todo las que han permeado más fuertemente en el campo de los conocimientos instruidos

en los sistemas de educación primaria y media. Complementariamente se pretende que se incorporen en términos generales las trayectorias históricas de los pueblos indígenas del Noroeste argentino previas a la

Conquista española. Como se aclaró en el capítulo anterior, la

arqueología, al igual que cualquier otra disciplina científi ca, no es estática dado que se transforma a través del tiempo y, con ella, los discursos sobre el pasado indígena. De la misma manera, la arqueología argentina, desde su conformación a inicios del siglo XX, se ha transformado por la infl uencia de distintos aspectos, como las tendencias científi cas de los grandes centros de producción del conocimiento (especialmente Estados Unidos y, en menor medida, Europa occidental), el desarrollo propio del campo académico local y el contexto histórico particular de nuestro país.

Los naturalistas decimonónicos

La arqueología nació en la Argentina a fi nes del siglo XIX de la mano de naturalistas y sabios afi cionados, en algunos casos infl uenciados por el evolucionismo reinante en la época. Uno de los más destacados fue Florentino Ameghino quien en su importante obra “La antigüedad del Hombre en el Plata” trazó el primer esquema evolutivo del hombre cuyo origen, según consideraba, se hallaba en las pampas argentinas.

Si bien a inicios del siglo XX esta teoría respecto a la antigüedad del hombre en la región fue rebatida por Ales Hrdlicka, basado en lo que consideró una errada interpretación de la cronología de ciertos estratos y la procedencia dudosa de restos óseos, algunas ideas de Ameghino fueron bastante acertadas. Fundamentalmente él había propuesto una gran antigüedad de la presencia del hombre en el continente americano y, a partir de algunas excavaciones estratigráfi cas, como la realizada en el Observatorio de la ciudad de Córdoba, pudo establecer la existencia de una secuencia marcada por dos momentos en el desarrollo histórico de los pobladores de nuestro actual territorio. El más antiguo estaba caracterizado por la presencia de puntas de proyectil y la ausencia de cerámica, mientras que el más reciente era un momento donde predominaba la alfarería.

La caída de la hipótesis del autoctonismo del hombre americano de Ameghino llevó a que la totalidad de su obra fuera cuestionada y hasta negada. No obstante, la profundidad temporal en el proceso histórico precolombino pasó a ser una idea discutida en el ámbito académico, fundamentalmente para los grupos del Noroeste Argentino. Por un lado Ambrose# i y Uhle, aplicando técnicas estratigráfi cas y secuencias estilísticas, pudieron reconocer distintos momentos en el pasado prehispánico (Nastri 2010). Uhle propuso una secuencia cultural aplicando la periodifi cación que él mismo había realizado para el Perú, según la cual el proceso del noroeste presentaba una considerable profundidad temporal. Ambrose# i por su parte supuso que una cultura anterior a la Calchaquí era la responsable de la presencia de los menhires del valle de Tafí, postura en la que prevaleció una visión de “corta duración” del proceso histórico.

En contraposición, Eric Boman proponía una historia menos profunda y más uniforme, dado que consideraba que todas las culturas de la región noroeste y centro del país eran apenas posteriores al siglo XI. En este contexto cronológico se formularon áreas culturales constituidas por la acumulación y dispersión de rasgos análogos, cuyas identidades eran determinadas en base a los relatos de los conquistadores registrados en las crónicas y en los documentos hispánicos. Los materiales que allí se documentaban eran asignados al mismo grupo étnico, como los “diaguitas”. Todos los procesos que se habían dado en cada área a través de miles de años, eran aplanados en un corto período, y todos los vestigios materiales de los mismos eran englobados y homogeneizados como “costumbres” de ese pueblo. En este marco, la arqueología prácticamente aportaba las ilustraciones o, en el mejor de los casos, la confi rmación de distintos rasgos que se encontraban en las fuentes etnohistóricas.

En nuestra provincia, por ejemplo, la arqueología se convirtió en una disciplina absolutamente dependiente de las categorías étnicas defi nidas a partir del análisis de los documentos

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generados por la conquista, es decir los “sanavirones” y “comechingones” 1 (Bixio y Berberián 2006). Así,

se dio origen a entidades construidas a priori que redujeron el papel de la arqueología a respaldarlas “buscando” su correlato en la cultura material.

Paralelamente, primaba en los trabajos un sesgo culturalista de las comunidades prehispánicas que consideraba que la cultura material permitía evaluar el nivel de desarrollo alcanzado por un pueblo. En este sentido, es posible identifi car en algunos manuscritos, preferentemente hasta mediados del siglo XX, apreciaciones como “grupos culturalmente

muy bajos” o “por debajo del nivel civilizado” que

posicionaba a regiones, culturas o etnías (categorías que, como vimos, eran consideradas sinónimos) en un escalón inferior respecto a otras (por ejemplo los comechingones eran inferiores o marginales a los centros de desarrollo identifi cados en el Noroeste Argentino)2.

1 Hasta el momento no hay información en los documen-tos que se refi era al uso del término “comechingón” como autodenominación por parte de los grupos indígenas que ocuparon la región. Como plantea Bixio (1998) sólo se re-gistra como un etnónimo que da cuenta de una entidad ét-nica colectiva y unifi cada por el español anterior a la fun-dación de Córdoba (1576). En otros documentos se le torga un sentido de “lugar en donde” (1998: 213), para hacer re-ferencia la categoría de “provincia”. Con posterioridad a la fundación de la ciudad el término sólo se menciona en fragmentos puntuales de dos documentos bajo las catego-rías de espacio geográfi co o identidad.

2 Esta postura se condice con la política estatal que veía “indios incivilizados” y “desiertos” entre los grupos que ocupaban aquellas tierras aptas para el desarrollo y

expan-En concreto, esta manera de investigar redujo la variabilidad espacial y temporal de las manifestaciones culturales del pasado, y fue la que tuvo mayor difusión a través de los materiales educativos, como los manuales de estudio. Extrañamente, si bien tal posición se abandonó en la arqueología científi ca hace unos 60 años, la misma se siguió impartiendo en todos los ámbitos de la educación general hasta la actualidad y es la que está en la base del clásico mapa de áreas culturales indígenas donde la historia de los pueblos americanos de nuestro país es aplanada en una sola imagen geográfi ca y casi el único conocimiento que se pretende obtener de los mismos es ¿Dónde

estaban los…? A lo largo del dictado de la materia

intentaremos brindar las herramientas necesarias para comprender estos múltiples procesos con la complejidad y riqueza que los mismos implicaron.

La arqueología Normativa

En momentos de posguerra, a mediados de siglo XX, cuando muchos de los capitales culturales y científi cos que se habían orientado otrora a fi nes bélicos, se orientaron al desarrollo del conocimiento, se produjo una infl exión en la historia de la arqueología mundial. Como consecuencia de esto, en nuestro país y de la mano de Alberto Rex González, se iniciaron estudios sistemáticos en diversos espacios y regiones a partir de los cuales se construirían las líneas fundamentales del relato sobre sión de la civilización y el progreso, visión etnocentrista que justifi có el exterminio y la expropiación a los grupos originarios.

Mapa de las “Areas culturales” indígenas del Norte de Argentina, que muestra un espacio sin profundidad temporal, sin historia. Tomado de

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Capítulo II. La Arqueología Argentina a través del tiempo. 13 el pasado prehispánico que en gran parte seguimos

manteniendo hasta hoy (Olivera 1994).

La idea de la profundidad temporal de la historia indígena fue revalorizada y actualizada mediante la importancia que adquirieron los trabajos de campo y junto a la aplicación de técnicas modernas como la excavación, la estratigráfi ca, la seriación tipológica y, posteriormente, las dataciones radiocarbónicas. Este cambio, buscaba establecer distintos momentos del pasado humano a partir de la identifi cación de conjuntos de materiales recurrentes, los “contextos culturales”, que correspondían a pueblos. La ordenación cronológica rigurosa de estos contextos permitía formular secuencias históricas para distintas regiones de nuestro país.

De esta manera, donde anteriormente se veía sólo a los Comechingones, este enfoque permitió defi nir la primera secuencia cronológica constituida por tres grandes componentes con características materiales diferentes (González 1955). Así, se pudo reconocer la existencia de distintos pueblos que habían habitado las Sierras Centrales: los cazadores que utilizaban puntas lanceoladas o Ayampitín, con más seis mil años de antigüedad, seguidos por los cazadores de puntas triangulares u Ongamira, y fi nalmente las sociedades agroalfareras. Para el noroeste argentino Rex González planteó la secuencia cultural a partir de estudios intensivos en el Valle de Hualfín (Catamarca) y la seriación de las colecciones procedentes de este mismo lugar que habían formado Weiser y Volters para Muñiz Barreto en los años 20.

La arqueología argentina era entonces concebida desde una perspectiva normativa y culturalista como la disciplina que se ocupaba del estudio y reconstrucción de las culturas del pasado en base a la recuperación y análisis de sus contextos arqueológicos. Estos contextos podían ser ordenados en secuencias y los cambios constituían indicadores de fases culturales, entendidas en términos de cambios evolutivos. En este marco se destaca la visión difusionista que caracterizó a toda esta etapa de la arqueología científi ca en nuestro país. Considerando que este aspecto ha sido acabadamente discutido en el capítulo anterior, se hará énfasis en un elemento implícito en él: la aceptación de una totalidad como agente principal de los procesos de cambio. Esa totalidad era la cultura. Cada cultura tenía maneras determinadas de vivir, de realizar sus artefactos y de organizarse socialmente. Hacia adentro, el grupo cultural aparece como un colectivo monolítico, que cambia en bloque. Asimismo, esta visión de totalidad de la cultura consideraba que toda transformación era el resultado de agentes externos a la sociedad (por ejemplo las migraciones de pueblos). Este es un elemento que ha impedido seguir la trayectoria de agencias alternativas, de actores sociales llevando

adelante prácticas en otras escalas, desde distintas posiciones (signadas por género, identidad, acceso a capitales, etc.) en distintos campos.

Este modelo comenzó a ser objeto de severas críticas pues, en la utilización de las culturas como compartimentos estancos y sumas mecánicas de rasgos, dejaba sin explicar el cómo y el por qué del cambio. Los objetos materiales (casi exclusivamente las vasij as de cerámica halladas en diferentes contextos del Noroeste Argentino) eran interpretados como entidades donde se imprimían normas culturales –maneras de hacer que anidan en la mente de quienes ejecutan esos artefactos y que se integran dentro de normas que defi nen a un grupo cultural y lo diferencian de otro. De esta manera, los objetos cargaban pasivamente reglas subyacentes en la mente de los individuos de una colectividad.

Neoevolucionismo, entre el materialismo histórico y el materialismo sistémico

A mediados de la década de 1970, comenzaron a plantearse modelos explicativos afi ncados en dos propuestas materialistas enfrentadas, la del materialismo histórico (Núñez Regueiro 1974) y la del materialismo sistémico (Raffi no 1977), que adoptaron para explicar el cambio el modelo neoevolucionista. Aunque la primera fue sensiblemente afectada por las contingencias políticas establecidas por el gobierno de facto (con vigencia en el poder entre 1976 y 1983), en la década de los 80 las dos prosiguieron.

En el contexto de los fuertes confl ictos sociales que se estaban dando en toda América Latina, los arqueólogos de distintos países como México, Perú, Chile y Argentina, comenzaron a pensar en una práctica arqueológica comprometida con las contradicciones del presente. Sobre todo comenzaron a pensar en cómo se habían construido las desigualdades sociales en distintos contextos, cómo había surgido la lucha de clases y de qué manera la misma había sido enfrentada mediante la aparición de aparatos políticos represivos. Ante estos interrogantes la utilización de la cultura como unidad de análisis resultaba, al menos, poco productiva. Una gran generación de arqueólogos adoptó con variantes el materialismo histórico, sobre todo el que había sido aplicado al estudio de la prehistoria europea por Childe, sentando las bases de la llamada Arqueología Social Latinoamericana3.

3 Cabe aclarar que, en América Latina en general y en Ar-gentina en particular, este marco teórico tuvo poca inci-dencia en el estudio de los grupos cazadores-recolectores. Entre otros argumentos, se plateó que la propuesta no te-nía un correlato con el registro arqueológico, o en otros términos, que no permitía dar cuenta o explicar las evi-dencias dejadas por estos grupos. En su lugar, la línea de pensamiento adoptada fue la ecología del comportamien-to humano o ecología evolutiva.

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En Argentina, Núñez Regueiro fue el arqueólogo más comprometido con este marco explicativo, infl uenciado fuertemente por algunas lecturas de Lumbreras, pero también por las críticas que nuevos arqueólogos como Binford, Clarke y Chang, realizaban a la arqueología tradicional de Norteamérica (Núñez Regueiro 1974). En su primitiva propuesta, Núñez Regueiro intentó analizar el desarrollo cultural en la subárea Valliserrana utilizando períodos, entendidos como categorías homotaxiales que dieran cuenta de la existencia de estructuras socioculturales compartidas que representan niveles de desarrollo semejantes, sin implicar variables cronológicas.

En este esquema de periodifi cación Núñez Regueiro buscaba alejarse de las culturas como unidades de análisis y pretendía utilizar a las entidades socioculturales concretas, sobre todo la estructura socioeconómica que las caracterizara. El reemplazo de la cultura con esta otra totalidad, no resultó demasiado fructífero y rápidamente la misma comenzó a ser utilizada sólo como un sinónimo de la anterior, como él mismo afi rmara en trabajos posteriores (Tartusi y Núñez Regueiro 2001). Si bien los cambios y las transformaciones no quedan explícitamente explicados, los mismos serían fruto de la evolución de las estructuras sociales, a causa de la introducción de nuevas fuerzas productivas, en base al desarrollo tecnológico. Por último en este marco interpretativo, el papel de la materialidad en teoría debería ser dividido según su participación en la producción.

Lamentablemente esta postura teórica, que tenía la potencialidad de aportar a la comprensión del proceso histórico prehispánico mediante una profunda renovación teórica, fue truncada por la dictadura de 1976, a través de la persecución y consecuente exilio de muchos de sus representantes. Recién después de la restauración de la democracia estos volverían a reinstalarse en el país y podrían retomar su línea de trabajo y pensamiento arqueológico. Sin embargo sus propuestas se habían alejado ya del materialismo histórico más clásico de los setenta y se acercaban mucho más a visiones renovadas del neoevolucionismo, siguiendo por ejemplo a Renfrew (1973) y a Earle (1991).

Tartusi y Núñez Regueiro, que habían enriquecido su experiencia trabajando la arqueología de cacicazgos en Venezuela, proponen una nueva visión de la aparición de la desigualdad social en el desarrollo sociocultural del Noroeste Argentino. Distanciándose del estudio de la infraestructura productiva, estos autores reorientan su mirada hacia algunos aspectos de la materialidad que antes asociaban a la superestructura, los espacios ceremoniales (Tartusi y Núñez Reguiero 2001).

Paralelamente a la postura anterior surge una visión de la historia prehispánica también afi ncada en distintas críticas a la arqueología normativa y con la intención de buscar explicaciones más materialistas a los procesos. Ésta adoptó un pensamiento más cercano al positivismo funcionalista, la teoría de los sistemas, la cual era una rama importante de la “nueva arqueología” que predominaba en los Estados Unidos (Raffi no 1989), que ya hemos explicado en el capítulo anterior.

Este modelo se inclinó preferentemente a dar explicación a los procesos adaptativos de los grupos culturales al medioambiente, y fundamentalmente a las estrategias de subsistencia implementadas por cada uno de ellos. La dimensión económica se volvió un aspecto determinante del resto de fenómenos sociales. La diversidad de procesos y lógicas localmente variantes fueron eclipsadas por la atención dada a los atributos comunes reconocidos en cada caso: las estrategias de adaptación basadas en opciones productivas, el alto grado de sedentarismo y la adopción de tecnologías novedosas.

La arqueología en migajas, enfoques actuales sobre las prácticas sociales

La ruptura paradigmática que viven todas las ciencias sociales en la actualidad, también se puede observar en la arqueología argentina. Ya no es posible encontrar grandes relatos comunes que pretendan tener el alcance para explicar una gran cantidad de fenómenos sino que se pretende analizar y comprender contextos más acotados a partir de marcos explicativos específi cos, adecuados a cada problemática particular.

En este sentido el análisis de distintos procesos se ha visto enriquecido por la diversidad de enfoques que permiten interpretar y reconocer multiplicidad de factores, actores, prácticas y condicionantes que antes se pasaban por alto. Sin embargo se debe reconocer, que muchas veces la falta de un espacio conceptual común impide el diálogo entre investigadores que están pensando en las mismas trayectorias históricas. Utilizando la metáfora de Dosse (2006), se podría sostener que la arqueología actual, de la cual somos partícipes, se encuentra en “migajas”, o mejor dicho, está conformada por pequeñas arqueologías que han generado una especie de torre de Babel, donde a veces es muy complicado entender las ideas y las propuestas del resto de nuestros colegas.

Uno de los puntos centrales ha sido la deconstrucción de los relatos precedentes, relativizando el alcance de las periodifi caciones fi jadas en el noroeste argentino y que utilizaban la secuencia maestra de Hualfín para entender todos

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Capítulo II. La Arqueología Argentina a través del tiempo. 15 los procesos sociales del resto de los espacios del área

Valliserrana.

En oposición al uso de la gran escala (estructuras y sistemas) se reconoce una intención recurrente a utilizar múltiples escalas y unidades de análisis. Muchos estudios ponen énfasis en la continua mediación entre la estructura y la práctica de los agentes, así como en agencias alternativas, que alcanzan mayores variables que los estudios anteriores: los campesinos, las mujeres, los difuntos, etc. La aplicación de elementos de la arqueología de género también le permitió deconstruir los roles que los marcos neoevolutivos asumían como naturales, como el de señor, curaca, sacrifi cador.

La arqueología del paisaje, en tanto espacio socialmente construido, ha permitido modifi car la visión del entorno como telón de fondo y como el contenedor material de los recursos de subsistencia. Por el contrario, es se ha incluido en las prácticas sociales (Curtoni 2000).

Finalmente la materialidad adquiere, además del papel de evidencia arqueológica, un papel activo en la conformación de colectivos sociales. Los objetos ya sean estructuras de cultivo, espacios residenciales o ceremoniales, vasij as o placas metálicas, arte rupestre, se entienden como entidades que en cierto sentido tienen capacidad de agencia, o en otros términos la cultura material toda interviene activamente en las relaciones sociales posibilitando que le mundo social se construya y reproduzca.

Por otra parte la arqueología ha reconocido que, en tanto ciencia social, los conocimientos que produce tienen impacto en el presente, y por lo tanto debe ser responsable por las consecuencias sociales de los mismos.

Trayectorias históricas prehispánicas del Noroeste Argentino

A partir de la breve síntesis realizada podemos afi rmar que el estudio de las poblaciones originarias en el Noroeste argentino ha ido transformándose a través de más de un siglo en una complicada trayectoria en la que se entrecruzan, posiciones teóricas, eventos de la vida política del país y el mundo y discusiones específi cas de la disciplina arqueológica. Estos condicionantes son los factores que han establecido los paradigmas dominantes, las problemáticas analizadas, el tipo de datos generados y las explicaciones construidas para los mismos. Asimismo se han confi gurado distintas periodifi caciones para el desarrollo histórico del Noroeste Argentino, las cuales difi eren según adopten criterios cronológicos, tecnológicos culturales o modos de vida.

A lo largo del desarrollo del resto de Trabajos Prácticos iremos desarrollando y poniendo en crítica cada uno de estos bloques y la postura de los distintos investigadores.

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Glosario

Homotaxial: dícese de desarrollos culturales análogos debido a su contenido funcional, independientemente de la posición cronológica que ocupe.

Bibliografía (Obligatoria)

González, A. R. 1955 Contextos culturales y cronología en el área central del Noroeste Argentino. Anales de arqueología

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Olivera, Daniel. 1994 A corazón abierto: Refl exiones de un Arqueólogo del NOA. Rumitacana 1: 7-11. Catamarca. Tarragó, M. 2003 La arqueología de los valles calchaquíes en perspectiva histórica. Anales, Nueva época, 6:13-42. Instituto Iberoamericano, Universidad de Göteborg.

Bibliografía (Ampliatoria)

Bixio, B. Identidades étnicas en Córdoba del Tucumán, 1573-1700. Córdoba. 1998 (Tesis doctoral en Letras Modernas). Universidad Nacional de Córdoba.

Bixio y Berberián 2006 Huellas del pasado: diálogos -y polémicas- entre el registro arqueológico y el registro documental en la historia de la arqueología de Córdoba (Rep. Argentina) en: “Investigaciones y Ensayos”, 54, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires.

Curtoni,R. 2000. La percepción del paisaje en y la reproducción de la identidad social en la región pampeana occidental (Argentina). Revista TAPA Traballos en Arqueoloxía da Paisaxe. Número 19. Instituto de Investigacións Tecnolóxicas. Universidade de Santiago de Compostela.

Dosse, F. 2006 La Historia en Mij agas: De Annales a la “nueva historia” UIA, Departamento de Historia México.

Earle, T. 1991 The Evolution of Chiefdoms. En Earle (Ed) Chiefdoms: Power, Econmy and Ideology: 1-15. Cambridge University Press.

Nastri, Javier. 2010. Una cuestión de estilo. Cronología cultural en la arqueología andina de las primeras décadas del siglo XX. En: Historias de Arqueología Sudamericana. Nastri J. y L. Menezes Ferreira (Edit.), pp: 95-122. Fundación de Historia Natural.

Núñez Regueiro, V. 1974 Conceptos instrumentales y marco Teórico en relación al análisis del desarrollo Cultural del Noroeste Argentino. Revista del Instituto de Antropología. Nº 5: 169-190. Córdoba.

Raffi no, R. 1989 Poblaciones Indígenas en Argentina. TEA.

Renfrew, C. 1973 Monuments mobilization and social organization in Neolithic Wessex. En The Explanation of culture

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Tartusi y Núñez Regueiro 2001 Fenómenos cúlticos tempranos en la Sub-región Valliserrana. En Historia Argentina Prehispánica. Editado por E. Berberián y A. Nielsen: 127-170. ED Brujas. Córdoba.

¿Qué temas deben quedar claros después de estudiar el Práctico I?

A- Trayectorias históricas prehispánicas en Argentina. Profundidad temporal vs. áreas culturales. Tratado Por González (1955), Olivera (1994) y Tarragó (2003)

B- Construcción de contextos culturales, secuencias y dataciones relativas. Tratado

por González (1955)

C- Las bisagras del pensamiento arqueológico en Argentina. Tratado por Olivera

(1994)

D- La práctica arqueológica y el contexto histórico. Tratado por Tarragó (2003). C- Líneas generales de los proceso históricos prehispánicos en el NOA. Tratado por

González (1955) y ampliado en esta obra.

Preguntas de Examen

a) ¿Cómo podría caracterizarse el conocimiento que se tenía de la historia de los pueblos indígenas antes de la década de 1950?

b) Explicar el problema, las hipótesis y las metodologías implementadas por Rex González en sus investigaciones de mediados de la década de 1950.

c) Según Olivera ¿Cuáles fueron las grandes “bisagras” en la historia de la arqueología argentina?

d) Sintetice las propuestas arqueológicas que según Tarragó predominaron en distintas épocas y explique la vinculación de cada una con el contexto histórico.

Referencias

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