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La construcción del ritmo ternario

In document Los días alcionios (página 121-187)

Si el dualismo antitético constituye la más desembarazada forma de exponer los conflictos que desgarran su pensamiento comprometido, el ritmo ternario, hábito de La Razón, formalismo del pensamiento, es el último eslabón dentro de esa cadena. Or- ganiza, no una proposición, no un período; sino toda la prosa. El esquema ternario se presenta por lo general como una conclusión de las binas antitéticas. Acentos de intensidad, destrucción de la polaridad, lógica rematada de afectividad, el ritmo ternario es la trabazón que ordena toda su prosa. Se trata de un recurso de la oratoria que engloba en su haz la anáfora, la reiteración, la antítesis, la sinonimia, la acumulación. Tópicos, en suma, que acaso proven- gan de lecturas bíblicas. Alonso-Schokel nos previene contra esta creencia: los hebreos no conocían la articulación ternaria (Estudios de poética hebrea). Aunque la usaron. Especula sin más sobre su posi- ble prosapia cananea. Pero no es el origen lo que nos interesa, sino su funcionamiento, no es su historia, sino su realización. ¿Por qué

este pensamiento silogístico, antitético y escolástico es un principio lógico y afectivo a la vez? Examinemos algunos especimenes de su razón formal:

La homología sintáctica:

¿Cuáles fueron las consideraciones que hicieron formar el propósito, cuáles los medios empleados para llevarle a cabo, y cuáles en fin, las razones que determinaron su realización?

(La Razón, 20-5-1861).

Mediante la eliminación del verbo (fueron) en las proposiciones 1 y 2, se logra un ritmo progresivo, que no es ni sinonimia ni anti- nomia, sino acumulación. Hay una doble ritmicidad: la que corres- ponde al uso del pronombre cuáles y la correspondiente a las pro- posiciones…/los medios…/las razones…/. El ritmo ternario engloba, pues, todo el período.

La homología verbal:

“Desfigurarán los hechos a su antojo; desnaturalizarán sus nobles causas, y tenderán a neutralizar, por lo menos sus buenos efectos probables”.

(Ibíd., 20-5-1861).

Triple ritmo, triple rima consonántica. El ritmo de Galván suele ser sintagmático. Se basa en un elemento, en una unidad de función, ya el verbo, el pronombre, ya el sujeto, ya los comple- mentos circunstanciales, hasta sistematizarse en unidades análogas. Tal como puede percibirse en este fragmento, en el cual la doble adjetivación anuncia el final (“sus buenos efectos probables”).

Homología pronominal:

“Esta es La Razón oportuna de las explicaciones: ninguna es superflua, ninguna es inútil, ninguna dejará de producir resultados importantes”.

(Ibíd.)

Combinación de ritmo ternario (el del pronombre indefinido ninguna) seguido de un ritmo binario (el de las proposiciones co- pulativas: /es superflua/, es inútil/). La conclusión rompe la sime-

Los días alciónios 123 tría. Por lo general la disimetría en Galván anuncia una conclusión, aunque no siempre: las articulaciones binarias y cuatrinarias no obedecen a este canon, ya que se trata de ritmos pareados, regidos las más de las veces por un hábito de regularidad. Es claro que el ritmo es memoria, regla, composición, entrelazamiento, orga- nización; pero no es sólo eso. Hay más: se trata de la trabazón, la relación que mantienen entre sí los elementos del enunciado, la alternancia de los ritmos planificados, la extensión del esquema rít- mico a todo el discurso, convirtiéndose de esta suerte en un canon totalizante. Y todo esto en una prosa cuya intención primera no es el goce, no es el placer estético, sino la información, el combate, la propaganda.

Homología de la frase nominal:

“Halagaba a nuestro instinto y a nuestro corazón venir a ser órganos de publicidad de todos los adelantos, y todas las mejoras y todas las creaciones que surgen en el seno de la paz”

(Ibíd., 17-10-1863).

He aquí un paradigma de ritmos combinados. El autor comienza con un ritmo binario /a nuestro instinto, a nuestro corazón/, segui- do de tres oraciones nominales en ritmo ternario, unidas por la rima (publicidad/paz). Todo esto hace de este esquema un corpus único. Es una prosa hecha a tórculo; nada escapa a la planificación.

Paralelismo, ritmos ternarios y binarios combinados:

“Todos (1A) los militares que se ilustraron en aquella guerra gloriosa, los que (1B) eran símbolos del valor, la lealtad, y la constancia del pueblo domini- cano, los que (2B) habían adquirido entre sus conciudadanos la aureola de po- pularidad que siempre alcanza el mérito verdadero, los que (3B) a su nombre han llevado el nombre de alguna hazaña inmortal, todos (2A) han sido fieles a España y a sus honrosos antecedentes, todos (3A) han derramado y están derramado por ella la misma noble sangre que regó los campos memorables de Azua, Beller, Estrelleta, Las Carreras, Santomé, Cambronal y Jácuba”.

Justificación:

Ejemplos sobran aun en aquellos textos de administración en los que esta organización extrema del decir se manifiesta con pareja insistencia, ya en la oración, ya en el período discursivo, ya en la totalidad, desde las pequeñas hasta las grandes unidades. El procedimiento le da unidad a toda su prosa. En una carta enviada al Listín Diario (15-10-1900) en donde acaso buscábamos un des- cuido de su conciencia retórica, y en la que desde luego la finalidad era mera y simplemente despachar un asunto cotidiano se entrevé, conforme a la pesquisa que hacemos, el mismo orden:

“Restituye a su puesto los merecimientos y las pasiones de cada cual”. Véase por más señas esta muestra sacada de una respuesta que Galván diera a F. Geffrard (La Razón, 23-10-1861):

“Geffrard no era sino un mito, un ente de razón, una creación fantástica”.

O bien esta apostilla con la que reseña el cambio de mando en el país:

“Cuánta penetración, cuánta destreza, cuánto talento no ha me- nester en tales épocas”.

Salva la excelsa poesía de Freddy Gatón Arce no conozco en la tradición dominicana semejante modelo de razón formal, tota- lizante. Algunos discursos de Balaguer parecen encadenados por el mismo prurito estilístico, salidos de la misma exigencia; pero no llega a arropar a toda su prosa. Veamos otro modelo de estructura rítmica.

Pedir (A1) a la Patria lo que (B1) justamente nos corresponda, (B2) lo que razonablemente puede sernos concedido. Ofrecerlas (A2) nuestros (C1) brazos y nuestros (C2) pechos, para (D1) hacer frente a cualquier peligro que pueda surgir para ella. Mejorar (A3) cuanto sea posible nuestra condición civil (1), política (2) y moral (3), para (D2) seguir mereciendo la consideración y el respeto del mundo entero.

“Qué virtud, qué valor, qué talento”. (Ibíd., 23-5-1861)

Los días alciónios 125 El ritmo ternario aparece repetido construyendo dos pares de tres: homología verbal/ A1, A2, A3/ y homología adjetival/1, 2, 3/, combinada con grupos binarios/ C1, C2/, /D1, D2/, dentro del cual coexisten por lo demás una serie igualmente combinada de rimas interiores. Como se ve en estas muestras, todo está enca- denado, sujeto a planificación. Resulta pues ocioso decir que bien como oposición o ya como regularidad es en este esquema organi- zador en donde se organizan las pausas y las cesuras del discurso, y es de él de donde hay que partir para desmenuzar la prosodia y la acentuación del discurso de Galván. Repárese bien en la descrip- ción prosódica de este fragmento:

“CuánTa Penetración/CuánTa desTreza (CuánTo TalenTo/ / no ha menester en Tales époCas”.

Ritmo basado en dentales (acumulación e insistencia en la den- tal /t/) y en velares (repetición fonética de la velar /K/). Pero aparte de esta aliteración organizada puede observarse que los tres primeros grupos principian con acento fuerte y que los últimos ob- servan esta acentuación al final, lo que confirma cierta regularidad emparentada con el ritmo sintáctico binario y ternario. Otro tanto puede decirse del vocalismo en /e/, su acumulación no es anodina; corresponde a la misma organización rítmica que ordena con su batuta severa los elementos más nimios. A saber: la entonación, la acentuación y la prosodia. Examinemos otra muestra:

“Sus agentes en EuroPa Dan Pasos PerdidoS PasoS DesaTinaDos por DesTruir O Trastornar nuesTra VolunTad y nuestro Derecho”.

En buena lógica, el análisis fonoestilístico sólo es posible cuando, hartos de especulaciones y afirmaciones peregrinas, sean reunidos en un solo lance aserción y demostración, teoría y realidad empírica. Ni la teoría superpuesta por encima de la realidad práctica a modo de catecismo; ni la práctica desprovista de la tradición de los modos de pensar y de los itinerarios explicativos, sino la búsqueda de una simultaneidad, de lindes espacio-temporales comunes: ni subordina- ción ni yuxtaposición, sino comunión.

El objetivo de estos reparos no es la mera obtención de un esque- ma descriptivo, sino el hallazgo del sistema de connotaciones que el mismo acarrea. Hecha esta salvedad, obsérvense las acotaciones fo- néticas. La acumulación de bilabiales (EuroPa, Pasos, Perdidos, Pasos, Por), las rimas interiores seguidas reproduciendo articulación ternaria (paSos PerdiDos destinaDos), los acoplamientos binarios (destruir, trastornar), las dentales (T, D) y la bilabial (p), así como la acumula- ción. La acentuación no escapa a este esquema. De ello atestigua este ejemplo de acentuación ternaria: “destruir/ trastornar/ providencial.” Dicho esto, se infiere que el fenómeno que ya hemos observado en las grandes unidades se reproduce como en estribillo en las pequeñas, dándole homología a todo el sistema rítmico.

Otro tanto puede decirse de la distribución de las frases inci- dentales, con lo cual queda establecido que la lógica que penetra las grandes unidades también ordena las pequeñas, y que incluye en su haz a toda la enunciación. La frase de Galván es explicativa, pene- trada de incisos que acaso sirvan de apoyatura silogística, argumen- tativa. O, simplemente, se representa como memoria rítmica.

Uso de la lengua, estructuración del pensamiento y ritmo se trenzan. El pensamiento es enunciación: la enunciación, ritmo. Ambos se realizan lingüísticamente. Esto que parece ocioso decir- lo, si se examina bien, no lo es. Puesto que la voluntad estilística del escritor establece nexos de solidaridad entre los diferentes ele- mentos de la enunciación. Por ejemplo la antítesis y el contraste introducen la polémica; la refutación, la adjetivación, la apología y la demostración; y el silogismo, el pensamiento mayéutico.

Esta unidad hermética, concluyente, aparece connotada por las pequeñas unidades: acentuación, prosodia, morfología… El ritmo de la prosa de Galván es regularidad sintáctica, encabalgamiento, acoplamiento. Sobresale dentro del mismo la cantidad ternaria para el silogismo; la binaria, para la antítesis. Para Galván el ritmo es cálculo del lenguaje. Construcción simbólica, reglas abstractas que obran como metalenguaje. Relaciones de semejanza y de desigual- dad. Mimografía. Mimología. Mimológica. Mimofonética. Pero el ritmo no sólo puede reducirse a la autoimitación ni a su morfología

Los días alciónios 127 sino que va mucho más allá: empalma lo verbal con lo sintáctico, lo lexical, lo fonético y lo acentual.

En el caso de Galván todas estas operaciones y transforma- ciones obran en función de una figura ideológica: la regeneración moral del pueblo dominicano, el progreso, en suma, la idea de fu- turo; en función de una lógica: la refutación y el combate. Credo y construcción hacen que su prosa adquiera una circularidad casi escolástica. Escasea la información, a despecho de sus ambiciones enciclopedistas.

Para Galván la prosa es un oficio. No olvidemos ante todo que él es el escriba del poder, prosista oficial de un Presidente, de un Gobierno, de un Bando. Su prosa tendrá la dualidad de su vida: defensor y denostador. La circularidad cultural, las lindes del pensamiento hacen que sus energías creadoras se reviertan hacia el lenguaje mismo. Su prosa no persigue informar ni decir la verdad, sino convencer.

Ritmo y modo de pensamiento. Conocimiento y enunciación lo llevarán a hacer de su prosa una técnica, un medio de seducción. En definitiva, lo lleva a una racionalización de la escritura en la cual las creencias y las deducciones, ya que la persuasión –según esto- no es sólo conclusión lógica; se transforma en mecanismo de persuación. Es también afectividad, emoción, buen decir. Re- tórica del pensamiento. Ya como educación, ya como civilizador, los dos modelos que encarnaron en él no como crítica, no como invención, sino como continuidad, como forma arquetípica de la alianza entre el intelectual y el político, en la cual el primero se tor- na colaborador acrítico del postrero, Galván concebirá su acción como “intelectual orgánico”, Vale decir, incapaz de libertarse de la tutela del político.

No olvidemos que nuestro hombre decimonónico fue riguro- samente eurocentrista. La imitación de la política, la economía y la cultura europeas eran la fuente de su optimismo. El calco de sus gran- des esfuerzos, la meta. Pero ese pensamiento que había permanecido durante tres siglos aprisionado en los conventos y en un sistema es- colar dominado por el Clero desdeñada la investigación, el análisis, la

duda, formas del pensamiento moderno que señalan que La Razón ha dejado de ser estática, que el intelectual se ha libertado del credo del fanático, que el pensamiento cambiará al considerarse como histórico. Todo esto hace que nuestro hombre decimonónico lea el positivismo europeo sin un asomo de deuda, que lo convierta en un catecismo utilitario, y que sus métodos sean el adoctrinamiento, la inquisición y la disputa, formas del pensamiento escolástico, sucedáneos del fana- tismo, sistema de creencias que conduce a una parálisis de la reflexión, y a un autoritarismo en la política. Esto es, al culto a un caudillo. Era ésa la cultura dominicana; los cambios de cultura implican transforma- ciones en la vida. Pero ¿cambió la cultura? ¿cambió la vida? Durante los 76 años que Galván vivió (1834-1910) sólo vemos un gobierno democrático y liberal: el de Ulises Francisco Espallat, del cual Galván fue colaborador y albacea político, en medio de una horda de caudillos y gobiernos de asonadas. La colonia sólo conoció un exiguo paréntesis de liberalismo: la Constitución de Cádiz (1812). Sobrevino luego el conservadurismo de Fernando VII. Después, la dictadura haitiana. Y, finalmente, una racha permanente de dictaduras militaristas. No resul- ta, pues, ilógico decir que estas formas de vida casan, rigurosamente, con los modos de pensamientos, con las formas de cultura (ética, mo- ral, religión, costumbre, política, creencia), con los trescientos años de historia que estaban obrando en aquellos hombres como una repro- ducción del pasado.

Las novelas de Galván

Es ya un tópico la idea de que Manuel de Jesús Galván es autor de una novela única. Poco se sabía de lo que había dado a la estam- pa en los años anteriores a la publicación de Enriquillo, en 1882, considerada como una de las cumbres de las novelas indigenistas en América y como el primer gran clásico dominicano. Poco se sabía del período palimpsestual en el que se había fraguado la prosa del novelista. Un hombre de las luces de Pedro Henríquez Ureña llega a afirmar lo siguiente:

Manuel de Jesús Galván (1834-1910) es de los escritores de libro único. El suyo es la larga y lenta narración Enriquillo, que consumió muchos años de

Los días alciónios 129 su activa existencia. Ni antes había escrito otro, ni otro escribió después (Obra crítica: 1960, México, FCE).

En un enjundioso estudio la escritora puertorriqueña Concha Meléndez concluye con estas palabras:

Además del Enriquillo, su única obra literaria, Galván realizó intermi- tente labor periodística. (Enriquillo: 1976, Porrúa, México)

A parejas conclusiones llega Guillermo Piña Contreras, en un libro menudamente documentado sobre el Enriquillo:

Autor de novela única, Galván produjo un texto igual a las más grandes novelas latinoamericanas del siglo pasado, considerada incluso como la mejor novela indigenista de América. Desgraciadamente, Enriquillo fue un caso ais- lado. (Enriquillo: 1986).

Estas observaciones son confirmadas por otros comentaris- tas sobre el tema: Pedro Conde, en sus Notas sobre Enriquillo (1978), Néstor Contín Aybar, Sobre Enriquillo (1931); Pedro René Contín Aybar, Antología de la literatura dominicana (1944); Manuel de Jesús Peña y Reynoso, Estudio crítica sobre Enriquillo (1897) y otras voces que proclamaban con igual contundencia de que En- riquillo era sin sombra de dudas un libro único.

Esta publicación viene a contradecir estas tesis. Dos me pare- cen las razones que habrían influido en el desconocimiento de la literatura anterior de Galván. En primer lugar, sus noveletas fue- ron publicadas en serie de folletines del periódico El Oasis entre 1855 y 1856. Era un órgano de escasa circulación y en vista de las dificultades de acceso a ese material, que nunca había sido incluido en libro, permanecía desconocido para la mayoría de los críticos; no concitaba el interés editorial de los investigadores postreros. En segundo lugar, los argumentos de autoridad esgrimidos tanto por Max como por Pedro Henríquez Ureña condicionaban las pesqui- sas que pudieren hacerse para hallar los antecedentes de la sin par novela Enriquillo. Estos hechos contribuyeron sin duda a que se considerase como una verdad inconmovible la tesis de que Galván era autor de una única novela.

Ya hemos hablado de las coplillas, letrillas, poemas y obras de jaez satírico que constituían un amasijo en lo que se echaba de ver su prosa de pulquérrima dicción. Ahora nos toca presentar en menudas síntesis las novelas o más bien noveletas que le habían servido de ensayo al autor del Enriquillo.

En 1855 aparece en las páginas de los números de El Oasis, La Puericracia. El título surgiere el gobierno de los mozalbetes. Puerilis, en latín es vocablo descriptivo pues se refiere a la mocedad sin más; pero también se usa como término valorativo para señalar la inma- durez, la falta de reflexión, la inexperiencia. El relato discurre entre el ensayo y la narración. Como en las obras románticas, el autor se explaya y naufraga muy a menudo en sesudas consideraciones de las escenas que tendrán lugar. A seguidas, como si la realidad con la que carga sus tintas estuviese regida por un raciocinio que guiase como peleles de un teatro de marionetas a los personajes que com- pondrán el retablo del relato.

El narrador cuenta la historia de un congreso de jóvenes en la que se refiere lo que ha sido el heroísmo de los años mozos. Esci- pión, Aníbal, Sesostris, Napoleón comenzaron a realizar proezas en una edad juvenil. Los jóvenes y mozalbetes conciben un go- bierno en el que sólo ellos formarán parte de los mandos del país. Hicieron la Revolución. Se apoderaron del Gobierno, la edad de los más viejos era 22 años y como en la ínsula barataria de Sancho Panza comenzaron a realizar las tareas de manera caprichosa. Con- virtieron la Asamblea Nacional en una algazara y crearon la Repú- blica Puericrática; la Constitución fue cambiada, se expulsaría del País a los mayores de treinta años, por considerarlos como rémoras del pasado; se instauró la poligamia y quedó abolido el matrimo- nio; se prohibió la importación de pólvora y armas y se declaró que la República estaría en diversión permanente. Pero el sueño de los puericráticos se desvaneció como agua de borrajas ante el fantasma de la llegada de los haitianos. No era un mero embeleco. Ya se sabe que Galván y los personajes de la novela vivieron en su infancia lo que fue la guerra domínico-haitiana de 1844-1856, las luchas implacables contra un enemigo que pretendía apoderarse de

Los días alciónios 131 la nación dominicana y someternos a una convivencia forzosa. Por eso en aquella jubilosa fiesta de poder, uno de los viejos –que había conservado como archivista de la república pueril de resultas de su

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