Copiosos testimonios de escritores y personas que recibieron su influjo magisterial atestiguan que D. Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) era un hombre de acción. Prueba de ello son sus cla- ses en el liceo de Río de la Plata (Argentina) de muy grata a recor- dación para todos los que tuvieron el privilegio de ser sus alumnos, y el enorme repertorio de conferencias y cursos que impartió de los que apenas nos quedan glosas escritas al desgaire. Porque el Maestro no tuvo un Platón que hiciera la historia de sus diálogos, ni siquiera tuvo, como Ortega y Gasset, la consolación de un Pau- lino Garragorri. No era faena fácil influir en los más grandes escri- tores de su época y de las ulteriores con el rango de Maestro, y esa misión socrática la asumió Henríquez Ureña transformándose en un riguroso archivo de todas las literaturas, y ordenando las prolijas aportaciones que había producido la América hispánica.
Todos los que le conocieron coinciden en que su obra socrá- tica no ha sido evaluada. Digamos que, por lo pronto, tenemos un minucioso estudio sobre sus estancias en los Estados Unidos, fruto de una investigación realizada por el profesor Alfredo Rog- giano. Pero poco sabemos de sus años en México –en los que tra- bajó en periódicos, universidades y revistas–; su correspondencia con Alfonso Reyes esclarece algunos de estos momentos muy parcialmente; sus años argentinos comienzan a estudiarse con interés, gracias a los testimonios y estudios de grandes escritores
argentinos como Ezequiel Martínez Estrada, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y otros. Parejamente sus aportes filológicos y literarios se echan de ver en las nuevas investigaciones lingüísti- cas. Obra de plenitud en la que se cuentan estudios ejemplares, como su descripción del español en Santo Domingo, sus trabajos sobre semántica y geografía lingüísticas y sus aportaciones di- dácticas, entre las que cabe reseñarse la edición de un manual de enseñanza de la lengua en colaboración con Narciso Binayán, El libro del idioma y una Gramática, en concierto con su amigo Amado Alonso.
Pedro Henríquez Ureña salió de Santo Domingo en 1901 ha- cia la ciudad de Nueva York, rozaba los dieciséis años. Retorna al país para una visita familiar en 1911 –en varias de las cartas que le escribe a su íntimo, Alfonso Reyes, le expresa el añorado deseo de establecerse en Santo Domingo, y las dificultades apremiantes que se lo impiden. Ese deseo y esa añoranza parecen colmarse en 1931, treinta años después, cuando vuelve a instalarse en Santo Domin- go, con su esposa, la mexicana, Isabel Lombardo Toledano y sus dos hijas, Sonia y Natacha. Los caprichos del dictador Trujillo y la servidumbre intelectual que campaba por sus fueros constituían una horma horrenda para un hombre de sus principios morales; terminó difamado; acusado de incompetente por los cortesanos del tirano y su labor fue menospreciada; se marchó a París, en 1933, para reunirse con su familia que había logrado emigrar unos meses antes, y retornar definitivamente a Buenos Aires, en donde mo- riría en 1946. Durante el tiempo que permaneció entre nosotros –año y medio de su plenitud ocupó el cargo de Superintendente de Educación. Y es un tópico decir que su influjo socrático fue en Santo Domingo totalmente nulo. Sin embargo, muy otras son las conclusiones que podemos inferir cuando examinamos en todas sus menudencias ese paréntesis de su vida.
Su estancia en el país fue una verdadera Edad de Oro para la enseñanza de la lengua española. A instancias de él se iniciaron las tareas de formación de profesores de enseñanza media y primaria; las escuelas normales se convirtieron en institutos de formación
Los días alciónios 59 continua para renovar y perfeccionar la enseñanza; merced a una ordenanza de su tío, don Federico Henríquez, el entonces rector de la Universidad de Santo Domingo, se crea la licenciatura en Filoso- fía y Letras –el plan de estudios fue elaborado y concebido por don Pedro Henríquez Ureña–, de este modo se constituiría el centro de acopio de docentes para la enseñanza. El plan de estudios con- templaba asignaturas de carácter histórico, lingüístico y filosófico e incluía, cuando menos, la impartición de 30 clases, en las cuales el diplomado debía demostrar sus dotes y su competencia.
Tenía la enseñanza de la lengua española antes de 1932 visos puramente retóricos. La prueba irrefutable de ello la constituyen los programas, las circulares y las ordenanzas que obraban enton- ces. Por añadidura, las turbulencias de los gobiernos de asonada que se sucedían unos a otros en un virtual estado de anarquía y de guerras intestinas que culminaron con la ocupación norteamericana de 1916 a 1924 hicieron imposible la formación de una estructura educativa. La primera reacción que se produce contra la tradición y las taras de ese pasado, la encabeza don Pedro Henríquez Ureña. A partir de la ordenanza impartida por el superintendente del 7 de abril de 1932, los objetivos de la enseñanza de la lengua serán pautados por los preceptos que siguen:
Primero, la enseñanza del castellano se realizará combinando
Además de estos grandes conjuntos, insistía la ordenanza en otros aspectos:
El superintendente conocía punto por punto los problemas de nuestra burocracia, y tuvo el cuidado de elaborar detalladamente los programas de enseñanza, las sugerencias metodológicas, y el tiempo que debían consagrarse a las faenas subrayadas. No dejó ningún cabo suelto. Para los primeros cursos –dado que la ense- ñanza de la lengua estaba domeñada por la retórica y la gramática– recomendó que se excluyeran todas aquellas rutinas tendentes a la imitación de modelos literarios. Luego, indicó cómo debía incluirse la literatura en los programas de enseñanza. Impartió por aquel en- tonces un curso de lingüística general siguiendo las pautas de Fer- dinand de Saussure, fundador de esta disciplina, en cuya traducción había colaborado junto a Amado Alonso, unos años antes. Fue uno de los primeros cursos que se impartieron en el Continente, y es una lástima que los alumnos no hayan divulgado los apuntes del Maestro.
En ordenanzas posteriores, Henríquez Ureña pone el acento en la especialización de las actividades de la enseñanza de la lengua española. Así en la que dictara el 13 de septiembre de 1932, la 274’32 en la cual modifica el plan de estudios para los primeros grados. De 27 horas de clases semanales, 11 serán consagradas a la enseñanza de la lengua. De estas, la mitad será dedicada a la lectura y la escritura, esto es, la comprensión escrita y a la producción es- crita, y la otra mitad estaba dedicada al conocimiento de la lengua. En conjunto, cuando examinamos el plan nos damos cuenta de que poco más del 38% estaba dedicado a la enseñanza de la lengua, desde la perspectiva del uso. Ese porcentaje comenzaba a reducirse gradualmente, en el tercer grado, por ejemplo, llegaba a un 30% pero, en compensación, la enseñanza de la Historia era integrada a la de la lengua, así con el estudio de las narraciones históricas se incluían ejercicios de composición.
El gran aporte de estas ordenanzas fue que transformaron toda la enseñanza de la lengua española en el país. Primero, porque se acentuó el uso de la lengua, contra la manía de memorizar con- tenidos gramaticales. Piedra de toque de la renovación de la ense- ñanza de la lengua en la actualidad. Segundo, porque deslindó los
Los días alciónios 61 dominios de esta enseñanza y aumentó, enormemente, la cantidad de tiempo consagrado a la lengua, cimiento de la comprensión del mundo exterior y de la formación del pensamiento y de la creativi- dad, meta última a la que debía propender la enseñanza futura. Y, por último, porque asoció su reforma educativa a un proyecto de formación de profesores, mecanismo insustituible para acometer dicha empresa. Instituyó, además, el reciclaje obligatorio durante los períodos de vacaciones escolares. Vale decir, que Henríquez Ureña entendía que la enseñanza impartida necesitaba ser conti- nuamente remozada para que la escuela no se torne en un centro de divulgación de conocimientos obsoletos.
Toda esa magnífica estructura, concebida para transformar la enseñanza y crear los cimientos de nuestra creatividad intelectual y cultural, fue demolida por los ministros postreros. Pero las maes- tras y maestros y los inspectores de enseñanza media y primaria que conocieron a Henríquez Ureña le guardan una gratitud peren- ne y viva como las llamas del tíbar. Fueron escasos momentos de gloria para la educación dominicana.
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