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3.2. Aproximaciones teóricas al concepto de identidad en el mundo del trabajo

3.2.2. La crisis del trabajo como referencial identitario

La crisis del paradigma fordista y su sustitución por el paradigma productivo flexible repercutió en el mundo del trabajo transformando su organización productiva, las relaciones laborales y a los propios trabajadores. Ante la generalización de la precariedad laboral como forma-empleo, atravesada por una organización del trabajo flexible, un mercado laboral segmentado y relaciones laborales individualizadas, emergió como interrogante en las Ciencias Sociales la pregunta por las repercusiones que estas transformaciones tienen sobre la subjetividad de los trabajadores. La articulación entre identidad y mundo del trabajo se planteó entonces una de las líneas de investigación más desarrolladas para indagar dicha problemática.

94 Sainsaulieu (1985) señala así que “la categoría de identidad entra brutalmente al debate teórico de las Ciencias Sociales a principios de los 80” (Sainsaulieu, 1985:278). Según este autor, las antiguas identidades profesionales estallaron al enfrentarse con las nuevas realidades laborales surgidas de la crisis del modelo salarial fordista. La extensión de la precarización laboral y el desempleo, las dificultades de inserción laboral en los jóvenes, la incorporación de nuevas tecnologías y las transformaciones en la organización productiva son señalados como factores que borraron los antiguos puntos de referencia de los sujetos trabajadores y multiplicaron las incertidumbres. Y a partir de esto, sostiene que la identidad profesional de los trabajadores fue puesta en cuestión ante las nuevas formas que asumía el mundo del trabajo.

Dubar (2002) cataloga esta situación como una “crisis de las identidades profesionales”. Señala al respecto que esta crisis forma parte de otra más amplia que incluye no sólo al mundo del trabajo sino también a la familia, la pareja, las creencias religiosas y políticas. En su obra “La crisis de las identidades”, Dubar (2002) analiza los cambios ocurridos en la sociedad francesa en los años 60 y 70, en el ámbito familiar, religioso y laboral, y su impacto sobre las formas identitarias, señalando que hubo una crisis en todo ellos en los últimos 30 años. Según el autor, las antiguas formas de identificación de los individuos (culturales, estatuarias) han perdido legitimidad y las nuevas formas (narrativas, reflexivas) no están aún plenamente constituidas ni reconocidas, lo cual genera una multiplicación de crisis existenciales.

Respecto a la “crisis de las identidades profesionales”, Dubar (2001) señala que ésta consiste en el cuestionamiento de los antiguos referenciales identitarios sobre los que se posicionaban los trabajadores en la sociedad salarial fordista. Antes, en los países industriales, la mayoría de la población sabía que al terminar la escuela, ingresaba a un trabajo, oficio o profesión que conservaría hasta su retiro. Existían denominaciones estables que estaban asociadas a líneas de carrera, y había equivalencias claras entre el nivel de formación y la calificación que permitía acceder y ascender en un puesto, amparadas en acuerdos colectivos. A partir de los 80, “todas estas convenciones que comportaban identidades profesionales (y, por lo tanto, sociales) reconocidas fueron progresivamente cuestionadas por las nuevas formas de gestión en las empresas e inclusive en la administración pública” (Dubar, 2001: 10). Se desarrolla entonces un proceso de ruptura de los convenios construidos colectivamente, donde ya no se habla

95 de calificaciones sino de competencias que son evaluadas individualmente, y donde la flexibilidad es valorada sobre la estabilidad. Esta situación genera mucha incertidumbre en los trabajadores que les dificultaba “dar sentido a la vida en el trabajo” (Dubar, 2002: 220).

En esta misma línea, diferentes teóricos sociales europeos analizan las repercusiones que las transformaciones ocurridas en el mundo del trabajo tuvieron sobre las identidades de los trabajadores. Tal es el caso de Sennett (2000), quien en su libro, “La corrosión del carácter” investiga cómo, ante el nuevo capitalismo, el trabajo deja de ser articulador de los proyectos a largo plazo de los sujetos. La flexibilidad del nuevo paradigma productivo impacta también en la trayectoria de los sujetos, que viven angustiosamente esta situación de incertidumbre, corroyendo su carácter. Esto genera que las identificaciones de los sujetos se tornen cada vez más fluidas, más flexibles, sin grandes soportes sobre los que posicionarse y proyectarse a largo plazo.

Castel (1997) por su parte señala que la desintegración de la sociedad salarial fordista ha conducido a una desestructuración de los antiguos soportes socializadores del individuo moderno. Desde una perspectiva neo-durkheimiana, piensa al trabajo como uno de los principales integradores sociales. La crisis del empleo salarial típico (estable, seguro y protegido), causado por la extensión del desempleo y la precariedad laboral, expone a los individuos a la pérdida de uno de los soportes identitarios fundamentales de integración social. Castel cataloga esta situación como una “desafiliación”, es decir “la pérdida de los soportes de protección sobre los que construía una identidad social fuerte la mayor parte de los trabajadores” (Castel, 2005: 34).

Desde otra perspectiva, autores como Gorz (1997), Rifkin (1996) y Offe (1985) sostienen que los cambios ocurridos en el nuevo capitalismo erosionan la centralidad del trabajo como referencial identitario. Estos autores adhieren a la teoría conocida como “el fin del trabajo”, que postula que la transformación del trabajo asalariado conduce a su progresiva desaparición por el avance del desempleo, las nuevas tecnologías y la robotización del proceso productivo. Desde esta perspectiva la articulación entre trabajo e identidad se considera parte de una época moderna pasada, ya que actualmente las formaciones identitarias se basan en nuevos ámbitos como la estética, la cultura y el ocio. En esta línea, Bauman (2000) sostiene que las nuevas identidades se estarían

96 construyendo en base a nuevos soportes centrados en el individuo y alejados de relaciones estables, en donde el consumo asume un papel central en la sociedad: “Este es el mundo liquido de las identidades fluidas, el mundo en el que terminar rápidamente, pasar a otra cosa, y comenzar de nuevo es el nombre del juego” (Bauman, 2005:150).

De la Garza y otros (2010) catalogan a estas posturas como “para- postmodernas”, señalando que a pesar de sus diferentes categorizaciones de este momento de crisis de las identidades modernas [“crisis de identidades” en el caso de Dubar (2002), “corrosión del carácter” en Sennett (2000), “desafiliación” en Castel (1997), “identidades fluidas” en Bauman (2005)], todas desencadenan en una concepción pesimista respecto a las posibilidades de su articulación y organización a partir del trabajo. En esta misma línea, las posturas “para-postmodernas” dedicadas al estudio de jóvenes trabajadores señalan que el trabajo ha perdido centralidad en la identidad de los jóvenes y otros referentes, ligados al consumo y las nuevas tecnologías, están ocupando su lugar como soportes identitarios.

Frente a ello, se esgrime una postura teórica social crítica, (Antunes, 1999; Neffa 2001; Dubet y Martuceli, 1998) que señala que a pesar del proceso de transformación del mundo laboral, el trabajo sigue ocupando un lugar privilegiado (aunque no central) como referencial identitario constitutivo de los sujetos y como soporte de sus organizaciones colectivas (Battistini, 2009; Bouffartigue, 2008; Retamozo, 2007; Busso, 2011). Adherimos a esta línea teórica, que escapa de una postura comparativa con un “modelo ideal de trabajo” asalariado-fordista, y analiza la relación entre identidad y trabajo desde una perspectiva histórica. Consideramos que el trabajo –a pesar de su forma hegemónica precarizada-, sigue siendo un espacio privilegiado de construcción identitario de los sujetos, aunque no resulte el único ni el central.

3.3. El proceso de construcción identitario en los jóvenes