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3. REFERENTES TEÓRICOS

3.2 La cultura nos dice

Según el texto de Freud (1986), se plantea el concepto de cultura como esa reunión de individuos que generan relaciones de deseos y de necesidad. En el capítulo iv de su texto “el malestar de la cultura” (Freud, 1986), el autor hace un repaso de los fundamentos del psicoanálisis, en donde se habla de los instintos; queriendo modificar esta teoría y plantear

la existencia de un instinto “agresivo, particular e independiente”. Recoge de manera breve las ideas que permiten entender el proceso del ser humano intrínsecamente unido al proceso cultural. Al lado del instinto de vida (Eros), debe existir un instinto de muerte. Si bien, el instinto de vida tiende a conservar la sustancia viva, el instinto de muerte debe ser todo lo contrario. Ese instinto de muerte se manifiesta en forma de pulsiones agresivas, destruyendo el objeto. Sus respuestas aparecen como el sadismo y el masoquismo. El instinto de muerte, según el autor, está dirigido entonces, no solo hacia el mundo exterior, sino hacia el propio yo. Este planteamiento es sustentado por el autor al señalar que el hombre tiene ‘la innata inclinación hacia lo “malo”, a la agresión y a la destrucción, y con ello también a la crueldad'; en este sentido es que resulta posible modificar la teoría sobre los instintos.

La tendencia agresiva es una disposición instintiva innata del ser humano y es ella quien constituye el mayor obstáculo con que tropieza la cultura (pág. 62-63), entendiendo ésta última, en palabras del autor, como proceso que no solo reúne a los individuos, pueblos y naciones de la humanidad, sino que además los vincula mediante lazos libidinosos. Entonces, el problema de la cultura para Freud, radica en el instinto humano de agresión: la hostilidad de uno contra todos y todos contra uno oponiéndose al designio de buena cultura. La lucha humana por la vida. Nosotros como seres humanos con nuestros instintos innatos, somos los responsables del problema cultural, en donde nuestra tendencia agresiva, nos impide convivir con el otro, queriendo sobresalir por encima del otro, en una lucha con el otro; una lucha constante por el poder, por las indulgencias, por los reconocimientos, en donde se piensa solo en sí mismo y en la conservación de nuestra propia vida.

Para Quiceno, la cultura es el pensamiento que tiene una sociedad sobre los niños y las instituciones y desde el texto Variaciones culturales en los saberes acerca de los niños de Bothert (2016), realiza una reflexión acerca de la multiculturalidad, encuentro con el otro y la apropiación de la cultura. Dentro de las definiciones de cultura, Bothert propone que no existe hombre sin cultura y que ese hecho funda la humanidad, su universalidad y su lenguaje. Dentro del sistema cultural se pueden diferenciar las representaciones sociales manifiestas, que se acceden de forma directa y que hacen parte de los niveles conscientes, y las representaciones sociales inconscientes que no está, disponibles de manera inmediata y que se transmiten.

Michael Serres, en Bothert 2016, define a la cultura como aquella que tiene la tarea de desconectar espacios y reconectarlos. Se dice específicamente que la cultura tiene como tarea ser puente entre espacios diferentes, crear espacios, pero también coloca obstáculos.

Bothert proporciona una reflexión sobre la influencia de los juicios que tenemos hacia los niños en las acciones con ellos. La imagen que se tiene del niño, generalmente es cultural. Nos dice la autora, que la definición de niño ha sido brindada según las normas que son más comunes al grupo de adultos y que son lejanas a la realidad del niño. Las representaciones que se tienen del niño vienen desde antes de su nacimiento y debe ser humanizado para devenir ser humano dotado de psiquismo, cuerpo y cultura. Se coloca como ejemplo la maternidad, en donde se asegura la protección del niño, no importa si el lugar es alejado de las grandes civilizaciones o no, las madres siguen siendo las encargadas de este proceso maternal y más que por naturaleza, viene siendo dado por un proceso social. Si se compartiera la maternidad entre hombres y mujeres se rompería el circulo, nos dice la autora.

Se concluye desde allí que, al comparar transculturalmente estas prácticas, se pueden evidenciar “estilos culturales” de maternar y que no se pueden salir de los aprendizajes meramente culturales. Por tanto, invita Bother, a que los profesionales de la infancia no sean negligentes con los aspectos antropológicos y culturales de las conductas infantiles.

Es necesario entonces, descentrarnos de las ideas que nos han sido plasmadas, conocer de cerca las particularidades de nuestros niños, en un dialogo constante con ellos, dejar de lado las generalizaciones, los juicios e imaginarios que tenemos de ellos, tal vez por considerarlos sujetos “inferiores” e iniciar un nuevo eclecticismo a partir de los conocimientos que el enfoque transcultural nos plantea. Un ejemplo de ello es lo que pasa en el sector educativo, donde como maestros, pensamos en función de adultos y lo que nosotros “creemos” sobre los niños. No pensamos con el niño sino sobre el niño, y es allí donde se cometen los errores que luego trascienden socialmente.

En nuestro contexto educativo, encontramos en un mismo espacio, una diversidad cultural, una pluriculturalidad, muchas veces ausente a nuestros ojos, a nuestras planeaciones, a nuestra enseñanza, allí solo vemos al niño universal y la reflexión que nos deja el texto es incluir la participación activa de los niños desde esas particularidades, hablarles, tener en cuenta sus ideas, y trabajar en conjunto con ellos, como colaboradores en ese trabajo que es por ellos, para ellos y para ellos.

Si desde las perspectivas anteriores se pudiera establecer un concepto de cultura, en sintonía a los tres enfoques, se podría decir entonces, que “la cultura viene siendo la

representación social generada por algunos individuos sobre el pensamiento que se tiene de los deseos y necesidades de los niños y las niñas”. Dicho de otro modo, los imaginarios que tenemos de los requerimientos de la infancia.