A EXACERBADA fe de aquel tiempo quería traducirse siempre y directamente en
fogosas y plásticas imágenes sensibles. El espíritu creía haber comprendido el milagro tan pronto como lo veía ante sus ojos. La necesidad de adorar bajo signos visibles lo no aprehensible en palabras, creaba sin cesar nuevas imágenes. Para dar un objeto visible al desbordante amor por Jesús ya no bastan en el siglo XIV la cruz y el
cordero; agrégase la devoción del nombre de Jesús y hasta amenaza aquí y allí hacer sombra a la devoción de la cruz. Enrique Susón se tatúa con el nombre de Jesús en la parte del corazón y lo compara con el retrato de la amada que el amante lleva cosido en su traje. También envía a sus hijos espirituales pañitos en los cuales está bordado el dulce nombre[719]. Cuando San Bernardino de Sena ha terminado un famoso sermón, enciende dos cirios y alza una tabla, de una buena vara de largo, en la cual está escrito en oro, sobre fondo azul, el nombre de Jesús rodeado de una corona de rayos. «El pueblo, que llena la iglesia, yace de rodillas, todos llorando y sollozando a la vez de dulce emoción y tierno amor a Jesús»[720]. Muchos otros franciscanos, y también predicadores de otras Órdenes, lo imitan. Dionisio Cartujano está representado con una tabla semejante en las manos alzadas. Los rayos del sol, como cimera de las armas de Ginebra, son atribuidos a esta devoción[721], la cual acabó por parecer peligrosa a las autoridades eclesiásticas. Hablábase de superstición e idolatría y surgieron tumultos en pro y en contra de la costumbre. San Bernardino fue citado ante la curia y el Papa Martín V prohibió la costumbre[722]. Pero pronto encontró la
necesidad de adorar al Señor bajo una figura visible una satisfacción sancionada en otra forma: el viril exponía la misma hostia consagrada a la adoración de los fieles. En lugar de la forma de torre que tenía al aparecer por primera vez en el siglo XIV,
diósele pronto la forma del sol radiante, símbolo del amor divino. También en este caso abrigó la Iglesia dudas en un principio, siendo permitido el uso del viril sólo durante la semana del Corpus.
El exceso de representaciones a que había reducido casi todas las cosas el pensamiento medieval ya en su otoño, habría sido simplemente una desatada fantasmagoría, si cada figura, si cada imagen no hubiese tenido más o menos su puesto en el gran sistema general del pensamiento simbólico.
No había ninguna gran verdad de que el espíritu medieval estuviese más cierto que de la encerrada en aquellas palabras a los corintios: Videmus nunc per speculum
in aenigmate, tune autem facie ad faciem[723]. (Ahora miramos por medio de un espejo en una palabra obscura, pero entonces estamos cara a cara). Nunca se ha olvidado que sería absurda cualquier cosa, si su significación se agotase en su función inmediata y en su forma de manifestarse; nunca se ha olvidado que todas las cosas penetran un buen pedazo en el mundo del más allá. Este saber nos es familiar, como sentimiento no formulado que tenemos en todo momento; así, por ejemplo, cuando el rumor de la lluvia sobre las hojas de los árboles, o el resplandor de la lámpara sobre la mesa, en una hora de paz, se alarga en una percepción más profunda que la percepción habitual, que sirve al pensamiento práctico y a la acción. Esta percepción puede aparecer a veces en la forma de una obsesión morbosa, a la que las cosas le parecen preñadas de una amenazadora intención personal o de un enigma que sería indispensable conocer y, sin embargo, resulta imposible descifrar. Pero más frecuentemente nos llena de la certeza serena y confortante de que también nuestra propia vida está entretejida en ese sentido misterioso del mundo. Y cuanto más se condensa esta vivencia en el terror a lo Uno de que todas las cosas emanan y en que reposan todas las cosas, tanto más se eleva desde la certeza de algunos claros momentos hasta un duradero sentido de la vida o incluso una convicción formulada. By cultivating the continuous sense of our connection with the power that made things as they are, we are tempered more towardly for their reception. The outward face of nature need not alter, but the expressions of meaning in it alter. It was dead and is alive again. It is like the difference between looking on a person without love, or upon the same person with love… When we seee all things in God, and refer all things to him, we read in common matters superior expressions of meaning[*724]. De esta índole es la base afectiva sobre la cual florece el simbolismo. En Dios no existe nada vacío, nada sin significación. Nihil vacuum neque sine signo apud Deum[725]. Tan pronto como Dios tomó forma sensible, había de cristalizar también en ideas sensibles cuanto procedía de Él y en Él encontraba su sentido. Y así es como nace aquella noble y sublime representación del mundo, como un gran todo simbólico, como una catedral de ideas, como la más rica expresión rítmica y polifónica de todo lo que cabe pensar.
El pensamiento simbólico yérguese autónomo y como dotado de igual valor junto al pensamiento genético. Este último, la concepción del mundo como un proceso evolutivo, no fue tan extraño a la Edad Media como nos figuramos en ocasiones. El surgir una cosa de otra sólo era visto, empero, bajo la forma ingenua de la reproducción o la ramificación directas y era aplicado exclusivamente por medio de la deducción lógica a las cosas del espíritu. Gustábase de ver éstas genealógicamente organizadas o bajo la forma de árboles con muchas ramas: así, por ejemplo, un arbor de origine iuris et legunt, incluía todo lo referente al derecho en la imagen de un frondoso árbol. En semejante aplicación, puramente deductiva, resultaba la idea de la evolución algo esquemático, arbitrario e infecundo.
comparable a un cortocircuito espiritual. El pensamiento no busca la unión entre dos cosas, recorriendo las escondidas sinuosidades de su conexión causal, sino que la encuentra súbitamente, por medio de un salto, no como una unión de causa y efecto, sino como una unión de sentido y finalidad. La convicción de la existencia de un nexo semejante puede surgir tan pronto como dos cosas tienen una propiedad esencial común, que se refiere a algo de valor universal. O con otras palabras: toda asociación fundada en una semejanza cualquiera, puede transformarse inmediatamente en la conciencia de una conexión esencial y mística. Esto puede parecemos desde el punto de vista psicológico una función espiritual muy pobre y puede llamarse desde el punto de vista etnológico una función espiritual muy primitiva. El pensamiento primitivo caracterízase, en efecto, por su debilidad para percibir los límites de la identidad entre las cosas; trata de incorporar a la representación de una cosa determinada todo lo que puede ponerse en unión con ella por simple analogía o contigüidad. El pensamiento simbólico tiene, pues, la más estrecha conexión con este modo de pensar.
El simbolismo pierde, sin embargo, esta apariencia de arbitrariedad y falta de madurez, tan pronto como se ve claro que está inquebrantablemente unido con la concepción del mundo, que en la Edad Media se llamaba realismo y que nosotros denominamos idealismo platónico, en verdad, de un modo menos acertado.
La ecuación simbólica fundada en la comunidad de caracteres sólo tiene sentido cuando los caracteres son lo esencial de las cosas, cuando las propiedades comunes al símbolo y a lo simbolizado son concebidas realmente como esenciales. Las rosas blancas y rojas florecen entre espinas. El espíritu medieval ve en seguida en ello una significación simbólica: vírgenes y mártires irradian su gloria entre sus perseguidores. ¿Cómo se produce la ecuación? Siendo las mismas las propiedades: la belleza, la delicadeza y pureza, la rojez sangrienta de las rosas son también las de las vírgenes y los mártires. Este nexo sólo es, sin embargo, realmente significativo, y sólo está lleno de místico sentido, cuando está incluido en el miembro de enlace, o sea, en la propiedad, la esencia de los dos miembros del simbolismo, o con otras palabras, cuando el rojo y el blanco no son considerados como una mera denominación de diferencias físicas sobre una base cuantitativa, sino que son tenidos por realidades. También nuestro pensamiento puede verlos así en todo momento[726], sólo con retroceder un instante al saber del salvaje, del niño, del poeta y del místico, para los cuales la constitución natural de las cosas está encerrada en su cualidad general. Esta cualidad es su entidad, es el meollo de su ser. La belleza, la ternura, la blancura, en cuanto esencias, son unidades: todo lo que es hermoso, tierno, blanco, ha de estar por esencia en conexión, tiene la misma razón de ser, la misma significación para Dios. Existe, pues, un nexo indestructible entre el simbolismo y el «realismo» en el sentido medieval.
No hay que pensar demasiado en la disputa de los universales. Ciertamente, el realismo, que enseñaba los universalia ante res, que reconocía a las ideas generales
esencia y preexistencia, no ha sido un monarca absoluto en la esfera del pensamiento medieval. Ha habido también nominalistas; también los universalia post rem han tenido sus defensores. No es, empero, demasiado osada la tesis de que el nominalismo radical no fue nunca otra cosa que una contracorriente, una reacción y oposición, y que el nominalismo moderado más reciente sólo respondía a ciertas dificultades filosóficas contra un realismo extremo, pero no oponía nada a la dirección realista, inherente a todo el pensamiento y cultura espiritual de la Edad Media.
Inherente a la cultura entera. Pues no se trata en primer término de aquella disputa de agudos teólogos, sino de las representaciones que dominan la vida entera de la fantasía y del pensamiento, como se manifiesta en el arte, en la moral y en la vida diaria. Estos son extremadamente realistas, no porque la alta teología se haya formado en una larga escuela de neoplatonismo, sino porque el realismo, virgen de toda filosofía, es el modo primitivo del pensamiento. Para el espíritu primitivo toma en seguida ser todo lo que se puede nombrar, sean propiedades, conceptos u otra cosa cualquiera. Todas se proyectan en seguida y automáticamente sobre el cielo. Su ser puede concebirse casi siempre como un ser personal; pero, ciertamente, no necesita serlo. En todo momento puede empezar la danza de conceptos antropomórficos.
Todo realismo en sentido medieval es en último término antropomorfismo. Cuando quiere hacerse visible el pensamiento que ha reconocido a la idea de un ser independiente, no puede conseguirlo más que por medio de una personificación. Éste es el punto en que tiene lugar el tránsito del simbolismo y el realismo a la alegoría. La alegoría es el simbolismo proyectado sobre la superficie de la imaginación, la expresión deliberada de un símbolo y, por ende, su agotamiento, la traducción de un grito de pasión en una correcta proposición gramatical. Goethe describe el contraste de la siguiente manera: «La alegoría convierte el fenómeno en un concepto y el concepto en una imagen, pero de tal suerte, que el concepto siempre puede tenerse y mantenerse íntegro y definido en la imagen y expresarse con ella. El simbolismo convierte el fenómeno en idea y la idea en imagen, de tal suerte, que la idea permanece siempre infinitamente activa e inasequible en la imagen y, expresada incluso en todas las lenguas, resulta, sin embargo, inefable»[727].
La alegoría tiene, pues, ya en sí misma el carácter de una normalización escolástica y al mismo tiempo el de una condensación del pensamiento en la imagen. La forma en que se introdujo en el pensamiento medieval, como brote literario de la Antigüedad en sus postrimerías, ante todo en las creaciones alegóricas de Marciano Capella y de Prudencio, aumentaba su carácter escolástico y senil. Y no se crea, sin embargo, que faltasen originalidad ni vida a la alegoría y a la personificación medieval. Si no las hubiesen poseído, ¿cómo las hubiese cultivado tanto tiempo y con tanto amor la cultura medieval?
Unidas estas tres modalidades del pensamiento —el realismo, el simbolismo y la personificación—, vinieron iluminando el pensamiento medieval como una corriente
de luz. La psicología puede ser propensa a despachar el simbolismo entero con el título de asociación de ideas; la historia de la cultura espiritual ha de considerar con respetuosa veneración esta forma del pensamiento. El valor vital de la interpretación simbólica de todo lo existente era inestimable. El simbolismo creó una imagen del universo, cuya unidad era aún más rigurosa, cuya conexión era aún más íntima que las que puede dar el pensamiento causal de las ciencias naturales. Abarcaba con sus poderosos brazos el reino entero de la naturaleza y la historia entera. Se creó en ambas un orden y gradación inalterables, una organización arquitectónica, una subordinación jerárquica. Pues en todo nexo simbólico tiene que estar una cosa más baja y una cosa más alta; cosas equivalentes no pueden servir de símbolo la una de la otra, sino que sólo pueden aludir ambas juntas a una tercera que está más alta que ellas. En el pensamiento simbólico hay espacio sobrado para una inmensa complicación de relaciones entre las cosas. Toda cosa puede ser con sus diversas propiedades símbolo simultáneo de otras varias cosas, pero también puede ser signo con una misma propiedad de diversas cosas. Las cosas más altas tienen miles de símbolos. Ninguna cosa es demasiado baja para significar la más alta y aludir a ella glorificándola. La nuez simboliza a Cristo: el dulce núcleo es la naturaleza divina; la corteza carnosa, la humana, y el tabique leñoso que hay en el medio, es la cruz. Todas las cosas ofrecen puntos de apoyo y sostenes a la ascensión del pensamiento hasta lo eterno; todas se elevan mutuamente, de escalón en escalón, hasta la altura. El pensamiento simbólico preséntase como una continua transfusión del sentimiento de la majestad y la eternidad divinas a todo lo perceptible y concebible. Jamás deja que se extinga el fuego del sentido místico de la vida. Penetra la representación de todas las cosas con elevados valores estéticos y éticos. Represéntese el lector el goce de un mundo en que cada piedra preciosa chispea con el esplendor de todos sus valores simbólicos, en que la identidad de la rosa y de la virginidad es más que un poético vestido de fiesta y abraza la esencia de ambas. Vívese en una verdadera polifonía del pensamiento. Todo está transido por éste. En toda representación resuena un armonioso acorde de símbolos. El espíritu se eleva a esa embriaguez de la imaginación, a esa confusión preintelectual de los límites de la identidad entre las cosas, a ese embotamiento del pensar racional que exaltan hasta su cumbre el sentimiento de la vida.
Un nexo armónico une sin interrupción todas las esferas del pensamiento. Los hechos del Antiguo Testamento significan y prefiguran los del Nuevo Testamento, que se reflejan también en los sucesos de la historia profana. Como en un calidoscopio, en todo pensar surge de la desordenada masa de partículas una bella figura simétrica. Todo símbolo adquiere un sobrevalor, un grado mucho más alto de realidad representativa, por agruparse finalmente todos en torno al milagro central de la Eucaristía, donde la concordancia ya no es simbolismo, sino identidad: la hostia es Cristo. Y el sacerdote que la consume se convierte en el sepulcro del Señor. El símbolo derivado toma parte en la realidad del misterio supremo. Todo significado
tórnase una mística identificación[728].
El simbolismo creó la posibilidad de dignificar y de gozar el mundo, que era en sí condenable, y de ennoblecer también la actividad terrenal. Toda profesión tenía su relación con lo más alto y lo más santo. El trabajo del artesano es la eterna generación y encarnación del Verbo, es la alianza entre Dios y el alma[729]. Hasta entre el amor terrenal y el divino corrían los hilos de contacto simbólico. El fuerte individualismo religioso, esto es, el cultivo de la propia alma para alcanzar la virtud y la bienaventuranza, encontró su saludable contrapeso en el realismo y el simbolismo, que desprendían el propio mal y la propia virtud de la singularidad de la persona y los elevaban a la esfera de lo universal.
El valor ético del pensamiento simbólico es inseparable de su valor plástico. La forma plástico-simbólica es, por decirlo así, la música cuyo texto constituyen las proposiciones lógicamente expresadas, que sonarían monótona e ingratamente sin esa música. En ce temps où la spéculation est encore toute scolaire, les concepts définis sont facilement en désaccord avec les intuitions profondes[730]. Por medio del simbolismo estaba abierta al arte toda la riqueza de las representaciones religiosas, para expresarla con armonía y color y a la vez con vaguedad y nebulosidad, de tal suerte que las más profundas intuiciones pudiesen desembocar en la fe de lo inefable.
El último período de la Edad Media presenta toda esta ideología en su postrer florecimiento. El mundo entero había acabado por quedar preso en aquel sistema universal de símbolos, convertidos a su vez en flores petrificadas. Desde muy antiguo, ha tenido el simbolismo la inclinación a reducirse a un puro mecanismo. Una vez erigido en principio, no se contenta con los brotes de la fantasía y del entusiasmo poéticos, sino que se adhiere como una planta parásita al pensamiento y degenera en un puro hábito y en una enfermedad de éste. En especial surgen perspectivas enteras de conexiones ideales cuando el contacto simbólico nace exclusivamente de una concordancia numérica. Todo se convierte en operaciones aritméticas. Los doce meses significan los doce apóstoles, las cuatro estaciones los evangelistas y el año entero ha de ser por fuerza Cristo[731].
Congloméranse sistemas septenarios enteros. Con las siete virtudes capitales se corresponden las siete peticiones del Padrenuestro, los siete dones del Espíritu Santo, las siete bienaventuranzas y los siete salmos penitenciales. Todo esto hállase, a su vez, en relación con los siete momentos de la Pasión y con los siete sacramentos. Cada una de las cosas de cada uno de estos grupos de siete cosas correspóndese nuevamente, como contrario o remedio, con uno de los siete pecados capitales, que están representados, a su vez, por siete animales y son seguidos de siete enfermedades[732]. En un moralista y padre espiritual como Gerson, al que están tomados estos ejemplos, tiene la preponderancia el valor moral práctico del nexo simbólico. En un visionario como Alain de la Roche prepondera el lado estético[733]. Tiene que haber un sistema en que los números sean quince y diez, pues el ciclo de oración de la cofradía del Rosario, por la cual trabaja con tanto celo, comprende