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La demolición de los baluartes

In document La última batalla del Diablo-paul kramer (página 100-113)

No es de admirar que los peores enemigos de la Iglesia se hubieran alegrado tanto con el Concilio y con los cambios radicales que introdujo. Es indudable que también se alegraron con el súbito y catastrófico colapso eclesial que, en todos los sectores, sobrevino al Concilio Vaticano II. Todas las estadísticas de que disponemos muestran que los cambios, sin precedentes introducidos por el Vaticano II fueron acompañados de la reducción, igualmente sin precedentes, en el número de Sacerdotes y Religiosos, de nuevas ordenaciones, de seminaristas y de conversiones y bautismos. Inmediatamente después del Concilio,desertaron 50.000 sacerdotes — y en la actualidad hay 50.000 sacerdotes católicos menos que hace treinta y un años. En 1997 hubo en Estados Unidos menos bautismos que en 1970.1

Hasta el Cardenal Ratzinger llegó a decir que «se viene observando un proceso continuo de decadencia, en gran parte como consecuencia de las recomendaciones del Concilio, y por eso muchos lo ven con descrédito.»2 A pesar de eso, lo más asombroso es que el Cardenal Ratzinger, juntamente con otros que tuvieron una destacada participación en esta tragedia, continúa insistiendo en que necesitamos más de lo mismo — de la nueva orientación del Vaticano II:

¿Significa esto que deba revocarse el Concilio? No, no se trata de eso. Significa tan sólo que todavía no ha comenzado la auténtica aceptación del Concilio. Lo que asoló a la Iglesia posconciliar no fue el Concilio en sí, sino el negarse a aceptarlo. (...) Por consiguiente, nuestra tarea no es suprimirlo, sino descubrir el auténtico Concilio e intensificar su verdadero propósito, teniendo en cuenta la experiencia actual.3

El Cardenal Ratzinger fue todavía más lejos y, mencionando como su inspirador a uno de los más radicales teólogos neomodernistas y que más contribuyeron a provocar este desastre en la Iglesia, declaró:

El hecho es que, como ya había observado Hans Urs von Balthasar en 1952, (...) Ella [la Iglesia] tiene que renunciar a muchas cosas que hasta hoy le habían transmitido seguridad y en las cuales

confiaba. Tiene que demoler baluartes muy antiguos y confiar solamente en la protección que le ofrece la Fe.4

La llamada del Cardenal para ―demoler los baluartes muy antiguos‖ que existen en la Iglesia es quizás el más condenable reconocimiento de todo lo que se refiere a la nueva orientación

revolucionaria de la Iglesia, causado por el Concilio Vaticano II. Pues ¿a qué otra cosa podría llamar Ratzinger «baluartes muy antiguos», sino a las tradicionales defensas de la Iglesia contra sus

enemigos — defensas que describe con complacencia como siendo «muchas cosas que hasta hoy le habían proporcionado seguridad a la Iglesia y en las cuales confiaba»? ¡El Cardenal Ratzinger admite que desea demoler precisamente aquello que le ha proporcionado seguridad a la Iglesia! Bajo el sorprendente punto de vista del Cardenal, la Iglesia tiene que confiar «solamente en la protección que le ofrece la Fe.» Pero, ¿qué significa eso? ¿Cómo pueden mantener la Fe los católicos, si la seguridad de su Fe depende de esos mismos baluartes que el propio Cardenal desea demoler?

Citando al ―nuevo teólogo‖ Hans Urs von Balthasar como una autoridad en esta ―demolición de baluartes‖, el propio Cardenal Ratzinger bendice la ―nueva teología‖, en su proyecto de echar abajo la Teología tradicional de la Iglesia, con sus definiciones claras y precisas de las verdades en las que deben creer los católicos. En esta llamada del Cardenal a demoler los «baluartes muy antiguos» de la Iglesia, percibimos, de forma inequívoca, algo que puede ser definido como un ―deseo de destruir‖. Esta expresión ha sido tomada del libro Animus Delendi [latín; significa ―Afán destructivo‖], del escritor católico Átila Sinke Guimarães. Este escritor demuestra que los ―reformadores‖ conciliares y posconciliares de la Iglesia se sentían motivados por una mentalidad que admite la destrucción de la ―vieja‖ Iglesia como ―trágica, pero imprescindible‖, para ―el crecimiento y renovación‖ de la Iglesia en el ―mundo moderno.‖

¿Cómo se habrán de demoler los ―baluartes‖? Dice Nuestra Señora que el dogma de la Fe se conservará en Portugal. Los dogmas son, por sí propios, baluartes de la Iglesia. Por lo tanto, es obvio que la demolición de los baluartes ocasionará el insidioso debilitamiento de las definiciones

dogmáticas — al mismo tiempo que, con fingidas alabanzas, los ―nuevos teólogos‖ neomodernistas exaltan los dogmas que ellos mismos están socavando. Pues bien. Se pueden destruir los dogmas de varias maneras: 1) simplemente ignorándolos, y así dejarán de existir a todos los efectos; 2)

sustituyendo conceptos claros por otros ambiguos; por ejemplo, sustituyendo ―es‖ por ―subsiste‖; 3) desacreditando un dogma por considerarlo ―una teología anacrónica‖, tal como se ha hecho en la Declaración de Balamand, y en los comentarios de altos Prelados, ya mencionados en el capítulo anterior; 4) pretendiendo que no existen definiciones dogmáticas infalibles, que los católicos tengan que creer literalmente, y 5) siempre que se trate acerca del dogma de la no salvación fuera de la Iglesia, refiriéndose, de modo insistente, a los no católicos con la expresión ―creyentes‖ o ―cristianos‖.

¿Cuáles son exactamente esos baluartes que habrá que demoler, según la idea de los ―reformadores‖, tales como el Cardenal Ratzinger? Una vez más recordamos lo que con gran precisión vaticinó el Papa Pío XII en sus inspirados comentarios sobre la inminente crisis en la Iglesia:

Me preocupan los mensajes de la Santísima Virgen a Lucía de Fátima. Esa persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia es un aviso del Cielo contra el suicidio que significa modificar la Fe en su Liturgia, en su Teología, en su propia alma. (...) Oigo a mi alrededor innovadores que desean desmantelar el Santuario, apagar la llama universal de la Iglesia, rechazar Sus ornamentos y hacer que se sienta culpable por Su pasado histórico.

Pío XII identificó los tres elementos de la Iglesia que los ―innovadores‖ pretendían modificar: su Liturgia, su Teología y su alma (es decir, su propia esencia). Nótese que el Papa Pío XII —

basándose en el Mensaje de Fátima, así como en sus observaciones personales sobre la Iglesia en aquella época — se refirió al intento de desmantelar, destruir y rechazar aquellos tres elementos en la Iglesia. En otras palabras, la ―demolición de los baluartes‖.

La demolición de la Liturgia

la milenaria Liturgia latina de la Iglesia, reconociendo que, al mantener inmutablemente el latín como la lengua de la Liturgia, se levantaba una barrera contra la herejía — como nos enseñó Pío XII en su monumental encíclica sobre la Liturgia, Mediator Dei. En realidad, nada aborrecía tanto a los ―reformadores‖ protestantes del siglo XVI como la Misa Católica tradicional en latín, la liturgia damasiano-gregoriana, que constituyó el núcleo central de la vida de la Iglesia por lo menos desde el siglo IV (probablemente, desde antes) hasta la ―reforma‖ litúrgica promovida por el Papa Pablo VI en 1969.

Bajo ningún otro aspecto se puede observar más nítidamente el afán destructivo — la demolición de los baluartes — que en la explicación dada por el Papa Pablo VI para justificar su decisión de suprimir la Misa tradicional en latín, con más de 1.500 años de existencia, y sustituirla por un Ritual recientemente inventado, de la Misa en lengua vernácula: una acción totalmente sin precedentes, que los antecesores de Pablo VI habrían considerado absolutamente inconcebible:

Es aquí donde se va a observar la gran novedad, la novedad del idioma. El latín ya no será la lengua principal de la Misa, y pasará a serlo el lenguaje corriente. Es cierto que la introducción de la lengua vernácula representará una gran pérdida para aquellos que conocen la belleza, el poder y la sacralidad expresiva de la lengua latina. Nos alejamos del lenguaje cristiano de muchos siglos; nos vamos a convertir en intrusos profanos, en la protección literaria del lenguaje sagrado. Perderemos una gran parte de aquel don artístico y espiritual, magnífico e incomparable, que es el Canto Gregoriano.

Tenemos motivo para lamentar, para sentirnos casi perplejos. ¿Qué podremos poner en lugar de aquel lenguaje de los ángeles? Vamos a perder algo que tiene un valor incalculable. ¿Por qué? ¿Hay algo más precioso que estos valores, los más elevados de nuestra Iglesia?

¿Habrá algo que, sin sombra de duda, sea más precioso que «estos valores, los más elevados de nuestra Iglesia»? Según el Papa Pablo VI, lo más precioso era un llamamiento al ―hombre moderno‖, alque el Papa, aparentemente, consideraba demasiado obtuso e incapaz de entender algo de las oraciones, en latín, del Misal Romano, aunque ese Misal incluyese, al lado del texto en latín, las traducciones en lengua vernácula. Respondiendo a su propia pregunta, proseguía Pablo VI:

La respuesta podrá parecer banal, casi prosaica. Sin embargo, es una respuesta adecuada por ser humana, apostólica. La comprensión de la oración es más importante que las vestiduras de seda con que se regiamente adorna. La participación de las personas tiene más valor, especialmente para el hombre moderno, que tanto aprecia las expresiones simples, fácilmente comprensibles y que se han convertido en el lenguaje diario.5

Las palabras del Papa son como un anteproyecto de lo que le ha sucedido a toda la Iglesia desde el Concilio. Los cambios conciliares y posconciliares, sin precedentes en la Historia Eclesiástica, son obra deintrusos profanos que se empeñan en destruir algo de valor incalculable para demoler los baluartes que por muchos siglos se mantuvieron incólumes, no sólo en la sagrada Liturgia, sino también en la doctrina perenne de la Iglesia. El hecho de que el Vaticano II haya provocado una destrucción jamás vista no constituye un acontecimiento fortuito, puesto que, desde el inicio, sus protagonistas planearon tal destrucción.

La demolición de la Teología

En la edición de 19 de diciembre de 1946 de L‘Osservatore Romano, el Papa Pío XII

(refiriéndose a las teorías heterodoxas de los modernistas, como Chenu y de Lubac) advirtió que lo que se estaba pregonando como la ―nueva teología‖ acabaría destruyendo la Fe:

Mucho se habla (aunque sin la necesaria claridad de los conceptos) de una “nueva teología”, que debe estar en constante transformación, a ejemplo de todas las demás cosas del mundo, que se hallan en permanente estado de flujo y movimiento, sin llegar nunca a su término. Si aceptásemos tal opinión, ¿cómo quedarían los inmutables dogmas de la Fe católica? ¿Qué sucedería con la unidad y estabilidad de esa Fe?6

Como ya hemos visto, el Papa Juan XXIII no tuvo en consideración las advertencias de Pío XII: en el Vaticano II rehabilitó a los promotores de la ―nueva teología‖, los mismos que durante el pontificado de Pío XII habían estado bajo sospecha de herejía. Conviene recordar el testimonio de Mons. Bandas:

No hay duda que el buen Papa Juan se imaginaba que estos teólogos sospechosos rectificarían sus ideas y que prestarían un servicio genuino a la Iglesia. Pero sucedió exactamente lo contrario. (...) La gran confusión estaba en camino. Ya se veía claramente que ni Trento, ni el Vaticano I, ni ninguna encíclica tendrían fuerza para impedir su avance.

¿Cuáles son, pues, para la Iglesia las consecuencias de la ―nueva teología‖? Hoy, en nombre del Vaticano II se nos dice:

 que la Iglesia debe dialogar y colaborar con comunistas, musulmanes, herejes, cismáticos y otros declarados enemigos de la Fe;

 que la inmutable doctrina preconciliar de la Iglesia contra el Liberalismo (como se contiene en elSyllabus,del Beato Papa Pío IX) y contra el Modernismo (como se puede ver, asimismo, en la encíclicaPascendi, del Papa San Pío X) es, según afirma el Cardenal Ratzinger, “unilateral” y anacrónica;

 que la Iglesia (según Ratzinger propugna) debe “intentar reconciliarse” con los principios de la Revolución Francesa;

 que la “Iglesia de Cristo” es más amplia que la Iglesia Católica;

para su propia salvación, o incluso para alcanzar la unidad.

En resumen: Los enemigos de la Iglesia situados en el campo del Neomodernismo, de la Masonería y del Comunismo vieron que, en gran parte, se habían hecho realidad sus sueños teológicos.

La demolición del Alma de la Iglesia

El futuro Papa Pío XII no hablaba en vano cuando, a la luz del Mensaje de Fátima, predijo que era inminente una tentativa de modificar no sólo la Liturgia y la Teología de la Iglesia, sino Su propia Alma — Su Esencia. Claro está que este propósito jamás alcanzará un éxito completo, porque Nuestro Señor prometió que las puertas del Infierno no prevalecerán contra Su Iglesia. Pero esta promesa divina no impide que el elemento humano de la Iglesia sea víctima de las más graves heridas causadas por Sus enemigos, sin llegar a una muerte definitiva. Esa perspectiva de tan graves injurias contra la Iglesia fue lo que tanto alarmó al Papa Pío XII, especialmente a la luz de las profecías de Fátima.

Indudablemente, lo que Pío XII más temía se tornó realidad en el período posconciliar, cuando se hizo patente la intención de transformar la Iglesia, de la única arca de salvación, fuera de la cual nadie puede salvarse, en una simple colaboradora, en conjunto con otras ―iglesias y comunidades eclesiásticas‖, con religiones no cristianas y hasta con ateos, en la edificación de una utópica

―civilización del amor‖. En tal ―civilización del amor‖, la salvación de las almas del Infierno — que ni siquiera se menciona — se sustituye por una nueva forma de ―salvación‖: la salvación a través de la ―fraternidad‖ universal y de la ―paz‖ mundial. Es exactamente ésta la idea promovida los tres últimos siglos por la Masonería.

Al sostener esa noción masónica de la ―salvación‖ por la ―fraternidad humana‖ (entendida en un sentido secular, no cristiano), muchos clérigos católicos nos dicen ahora que tenemos que respetar las diversas sectas protestantes y cismáticas, como partícipes de un ―diálogo ecuménico‖ y de un

―intento para alcanzar la unidad cristiana‖. Para defender esta nueva noción se celebran ―liturgias‖ ecuménicas entre católicos, protestantes y miembros de las Iglesias Ortodoxas cismáticas, con el propósito de demostrar la supuesta ―comunión parcial‖ entre ―todos los cristianos‖. Ciertamente, aquellos que ponen en práctica la nueva orientación de la Iglesia Católica continúan admitiendo que Ella es la más perfecta de todas las demás Iglesias; pero la afirmación de que la Iglesia Católica es la única y verdadera Iglesia, con la completa exclusión de todas las demás, esa afirmación, repetimos, ha sido de facto descartada por todos — menos por un reducido grupo de fieles católicos,

considerados ―sectarios rígidos‖ y ―preconciliares‖, simplemente porque continúan creyendo en lo mismo que siempre creyeron los católicos antes de 1965.

Pero la ―unidad cristiana‖ es solamente un paso hacia la unidad panreligiosa en la fraternidad mundial. Al tiempo que se promovía la ―unidad cristiana‖ por medio de actividades pancristianas que para los grandes Papas preconciliares serían sacrilegios, el ―diálogo interreligioso‖ hizo que la Iglesia se tornase más ―abierta‖ al ―valor‖ de religiones no cristianas, cuyos seguidores dejarían de ser considerados como carentes de la Fe y del Bautismo para salvar sus almas. La ―Cristiandad anónima‖, de Karl Rahner — que defiende la idea de que los seguidores sinceros de cualquier religión pueden ser ―cristianos‖ y probablemente lo son, aunque no lo sepan — pasó a ser de facto la

teología de la Iglesia. De acuerdo con tal idea, se realizarían encuentros de oración panreligiosa, en los cuales los miembros de todas las religiones se reunirían para rezar por la paz y para demostrar su ―unidad‖ como miembros de la familia humana, sin que nadie les advierta de que sin el Bautismo, sin la Fe en Cristo, y sin ser miembro de Su Iglesia, se hallan en peligro de condenación. En la liturgia ―reformada‖ del Viernes Santo, los católicos (por primera vez en la historia de la Liturgia) ya no rezan pública e inequívocamente por la conversión de los no católicos a la Santa Iglesia Católica, como condición necesaria para la salvación de sus almas.

Como cualquiera puede ver, la sustitución del Reinado Social de Cristo por la ―civilización del amor‖ ha neutralizado por completo a la Iglesia Católica, que ya ha dejado de ser vista como el centro de la autoridad moral y espiritual del mundo, en conformidad con la intención de Su Divino Fundador.

Los teólogos progresistas que promovieron esta nueva orientación de la Iglesia ya han formado casi dos generaciones de seglares y clérigos católicos. Las obras de Rahner, Küng, Schillebeeckx, Congar, de Lubac, von Balthasar y de sus discípulos, son los libros de texto predominantes en los Seminarios y en las Universidades católicas. En los últimos 35 años las doctrinas progresistas de esos hombres han ocupado un lugar preponderante en la formación de sacerdotes, religiosos, teólogos y estudiantes católicos de Enseñanza Superior. De este modo, hemos llegado a una fase en que los prelados prefieren, por ejemplo, la teología de Rahner a la de San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia y un santo canonizado o a la de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico y uno de los más grandes santos de la Iglesia. Las enseñanzas de San Roberto Belarmino y de Santo Tomás — que indudablemente han sido las enseñanzas de todos los Papas antes del Vaticano II — suelen ser aprobadas, pero solamente según los giros de interpretación dados por Rahner y otros ―nuevos teólogos‖. Lo mismo ocurre con la mayoría de los profesores de Facultades y Seminarios Católicos. Este proceso de intentar modificar la propia Alma y la Teología de la Iglesia, como lo temía Pío XII, no sólo involucró la ―iniciativa ecuménica‖ y el ―diálogo interreligioso‖, sino también una serie interminable de pedidos de disculpas por parte de los clérigos católicos, del alto y del bajo Clero, por el ―triunfalismo‖ de la Iglesia en el pasado al declararse el único repositorio de la Revelación divina, así como por los supuestos pecados cometidos por sus miembros ya desaparecidos, contra otros ―cristianos‖ y contra otras culturas. Fue precisamente esto lo que había predicho el Papa Pío XII cuando habló de innovadores que querían que «Ella [la Iglesia] se sintiese culpable por Su pasado histórico.»

El cumplimiento de las previsiones del enemigo

Damos a continuación un resumen de la íntima correspondencia entre lo que hemos visto que ha sucedido en la Iglesia posconciliar, y los objetivos, tanto de la Masonería (según fueron revelados por Roca y diversos masones, muchos de ellos citados por el Obispo Graber, y por la Instrucción Permanente), como los del Comunismo (de acuerdo con el testimonio de Bella Dodd y otros ex comunistas):

 La radical revisión de la Liturgia romana, después de un concilio ecuménico. (Roca)

Esto será la consagración del Nuevo Orden Social y el bautismo solemne de la civilización moderna», es decir, la total liberalización de los clérigos católicos, en consonancia con los mismos principios falsos condenados en el Syllabus del Beato Pío IX. (Roca, Melinge, La

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