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La denuncia, único instrumento para el enganche

Únicamente después de repetidas experiencias, en las cuales nosotros mismos habíamos estado abogando por este tipo de envíos, nos hemos dado cuenta de que esta práctica de los servicios socio- sanitarios, de enviarnos "falsos casos espontáneos", era no sólo improductiva, sino hasta nociva. En aquel tiempo, estábamos conven-

cidos de poder trabajar mejor con familias que, aunque fuera en cierta medida, "aceptaban" dirigirse a nosotros (aceptación que se manifestó después como mero ritual). Sin embargo, es necesario admitir que una orientación de este tipo encuentra sus orígenes en una enraizada convicción de los servicios sociales, que señala al Tribunal de Menores como "al último lugar" donde denunciar a las familias definitivamente derrumbadas, donde alejar a los hijos de padres irrecuperables. Desde este punto de vista la denuncia se considera una catástrofe clínica, un obstáculo para todo posterior contacto entre el terapeuta y la familia, algo que está más allá del puro y simple control, por lo tanto hay

¿SE PUEDE "CURAR" SIN DEMANDA DE AYUDA? 45

que tratar de evitarla mientras se vislumbren esperanzas de una "verdadera" intervención.

En un trabajo anterior (Azzoni, Cirillo, Di Blasio y otros, 1985) describimos el cambio que nos proponemos introducir en tal conso- lidada tradición, que se da en la relación entre servicios y Tribunal de Menores; conviene recurrir al juez cuando se considera que la familia es capaz todavía de progresar, pero sumamente reacia a someterse a un tratamiento terapéutico.8

Desde este enfoque, la denuncia al Tribunal no constituye sólo un acto de responsabilidad por parte del servicio, consciente de su deber de proteger ante todo al menor. La denuncia se transforma en un instrumento clínico para lograr la comunicación con una familia que

de otro modo sería inalcanzable (Vassalli, 1987).

Los padres que mandan a la escuela un niño cubierto de moretones o mordiscos, de hecho admiten que el problema de la violencia surge del círculo familiar. Si bien están preparados —como es comprensible, en el sentido que ya hemos explicado anteriormente— para negar la evidencia de su propia responsabilidad, recurriendo a ridiculas mentiras, permitiendo también, aunque de modo contradictorio y distorsionado, que el maestro o el médico escolar perciban el triste desenlace de sus problemas irresueltos, piden ayuda. Solamente enfrentándolos a sus responsabilidades podremos ayudarlos a salir de una condición, a su juicio, sin salida. La primera disposición a tomar es el inmediato alejamiento del niño en peligro. Pero esta disposición —y esto se les explica claramente a los padres— se toma en primer lugar para proteger al menor, pero con un segundo objetivo estre- chamente ligado: investigar si es posible cambiar las razones que son la causa del maltrato, para lograr recuperar la positiva relación padre/ hijo que es fundamental para el desarrollo de su niño.

Naturalmente, los asistentes resultarán dignos de confianza si, en primer lugar, ellos mismos están convencidos. De hecho, ¿por qué motivo los trabajadores sociales no le piden al magistrado que proceda a un alejamiento, a través de su autoridad, en todos los casos de niños afectados por psicosis o por otros graves disturbios psíquicos? Porque

8. Nos sentimos satisfechos de nuestro modo de concebir el recurso al Tribunal de Menores como un instrumento más para la recuperación del caso, debido a algunas acertadas intervenciones de los magistrados. Véase, por ejemplo a Moro (1988).

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si bien consideran que estos síntomas van unidos a una profunda distorsión de las relaciones dentro de la familia, no se puede constatar, claramente, en tales casos, un acto lesivo por parte de los padres. En las situaciones de maltrato, por el contrario, hay un acto lesivo evidente,

que obliga a proteger al menor. Pero el asistente sabe que, detrás,

al igual que en la psicosis, se encuentra la presencia de conflictos de la relación disfuncionales a los cuales quiere acceder, incluso valiéndose de la denuncia.9

9. Véase con este fin, un interesante debate aparecido en el Family Therapy Networker (1985. volumen 9), a propósito de la distinción entre víctimas y "victimarios" en los casos de violencia entre cónyuges. En tal debate, un planteamiento feminista (véase nº 3, en la sección "Cartas", páginas 9-

11) criticaba ferozmente algunas afirmaciones de Minuchin —aparecidas en el número anterior— acerca de la dificultad de discriminar en los casos de violencia quién es la víctima y quién el verdugo. Dicho planteamiento argumentaba con firmeza y sentido común lo referente al daño físico evidente (ojeras, huesos rotos, quemaduras en la piel, sangre coagulada), recordando la diferencia de la fuerza física entre el hombre y la mujer. Por eso, ellos rechazaban firmemente el uso de la teoría sistémica que pudiera poner en discusión tales evidencias. Una buena intervención, aparecida — también en la sección "Cartas"—en el nº4, pág. 4, firmada por Harris, parece aclararnos la aparente contradicción del extremo que dice que "las mujeres golpeadas son responsables de la violencia que padecen" y "los terapeutas de familia son insensibles y antifeministas porque sostienen este punto de vista". El escritor —que pretendía salvaguardar el punto esencial de la "neutralidad" del terapeuta de familia y simultáneamente resaltar lo inaceptable que es en una sociedad civilizada la violencia contra las mujeres— demuestra cómo la cuestión está epistemológicamente mal enfocada. El lenguaje de "crimen y víctima" es un lenguaje legal y en el campo de la ley un hombre que pega a su mujer es culpable de un delito y debe ser castigado. El campo de la terapia no se ocupa de atribuir razones o sinrazones, culpa o inocencia, sino de cambiar las actitudes. ¿Y cómo se puede ayudar a una pareja si no se comprenden las dinámicas particulares que producen la interdependencia entre quien abusa y quien sufre el abuso?

2. LA TERAPIA EN SITUACIONES DE COACCIÓN

LOS PRERREQUISITOS CONTEXTÚALES

En la Introducción y en el capítulo 1, hemos tratado de transmitir tanto el clima emotivo que acompañó el surgimiento del Centro y las primeras experiencias de trabajo con las situaciones de maltrato, como la reconstrucción de la historia desde los inicios, de las d i f i - cultades, de los obstáculos y de los "ensayos y errores".

Querríamos ahora dar un paso más, al tratar de exponer el procedimiento actualmente adoptado en el planteamiento del traba- jo psicológico con la familia que maltrata. Un procedimiento que, en

los hechos, nuestra experiencia nos indica que resulta útil y satisfac- torio, pero sin dudar que, en un futuro, se pueda mejorar y perfeccionar.

Antes de iniciar un trabajo psicológico con la familia, estamos con- vencidos de la oportunidad de estructurar algunas precondiciones, mediante una serie de operaciones en secuencia, situadas en el ámbito del proceso global del tratamiento. Cualquier intervención psicológica, en ausencia de tales precondiciones, tiene muchas posibilidades de fracasar. De igual manera que errores y omisiones en la secuencia del proceso de tratamiento se pueden difícilmente salvar en las fases sucesivas. Veamos entonces cuáles son los elementos relevantes de tipo contextual que, de acuerdo con nuestra experiencia, constituyen los prerrequisitos para el trabajo clínico posterior.