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Sesiones alternadas con las familias de origen

Un objetivo terapéutico notoriamente fundamental es el de desvin- cular a la pareja de los padres de la interferencia de los parientes. Pero observamos que las familias que se dirigen a los centros de terapia familiar, por lo general, pertenecen a la categoría de las familias atrapadas (Minuchin, 1974), para las que los terapeutas individualizan fácilmente la necesidad de marcar los límites que la distingan de sus propias familias. Se trata, por lo general, de clanes que realizan juntos una actividad industrial o comercial, que viven en la misma casa patriarcal o en apartamentos contiguos, que realizan juntos sus va- caciones, que se reúnen en las fiestas, que se llaman con frecuencia por teléfono, etcétera.

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Por el contrario, muchas de las familias que llegan a servicios zonales como el nuestro pueden ser catalogadas en el grupo de las llamadas familias desvinculadas (Minuchin, 1974), cuyos procesos de desintegración han llevado a varios miembros de las familias de origen a mantener entre sí contactos muy esporádicos. Frecuentemente los padres que maltratan o golpean han crecido en institutos, o tienen los padres lejos, tal vez separados, con quienes tienen poquísima relación. A veces se lamentan, por el trato privilegiado o de estima que un hermano suyo recibe de sus padres, mientras ellos no son nunca consultados.

El trabajo profundizado con este segundo grupo de familias nos ha inducido a dejar de lado la distinción minuchiniana entre núcleos atrapados y núcleos desvinculados, dado que son excesivamente descriptivas para permitir elecciones diferenciadas en el plano clínico. Hemos verificado muchas veces de qué manera ciertos vínculos insatisfactorios son difíciles de resolver, por lo cual un enrarecimiento extremo de las relaciones con las familias de origen se acompaña frecuentemente por una intensa añoranza, un rencor sordo e inexpre- sado, en suma una carga emotiva infinitamente más intensa de la que cada uno de los cónyuges (o uno de ellos) invierte en la unión conyugal. Por lo tanto, justamente en el caso de familias aparentemente desvinculadas debemos tratar de hacer surgir los vínculos invisibles con el clan de pertenencia, vínculos que tan perniciosamente interfieren en la formación de la pareja.

Con este claro objetivo en la mente, hemos abandonado la práctica general de citar a algún miembro de las familias de origen desde la primera sesión. En un contexto tan inusual y complejo como el de la evaluación impuesta nos parece más oportuno elegir como primeros interlocutores a los padres, explicándoles los fines y las modalidades de nuestro trabajo, y utilizar la presencia de los niños para propor- cionarles a ellos —e indirectamente a todos— posteriores elementos de clarificación del contexto.

Solamente una vez que se inicia la obra de tranquilizar a los padres —a quienes se les ha comunicado que el objetivo del terapeuta es verificar si existe la posibilidad de que los niños vuelvan a su casa y que es para esto que ellos tratan de ayudarlos— es oportuno extender la citación a las familias de origen.

En los años en los cuales ya efectuábamos la sesión de aclaración contextual con la presencia de un pariente significativo, comprobamos

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que los padres frecuentemente se volvían más agresivos con los terapeutas, al verse forzados a defender su imagen frente a sus familias de origen (que con frecuencia los hace objeto, solapadamente, de severas críticas). En el contexto de evaluación, los familiares se asocian a las protestas del conjunto para que no pierdan a sus hijos. Esto determina una suerte de instigación recíproca entre los padres y los parientes, contra los terapeutas. Esta defensa a ultranza vuelve prácticamente imposible utilizar la presencia de los parientes para profundizar el análisis de las relaciones dentro de las familias de origen. Por el contrario, cuando los padres llegan a la segunda sesión sin- tiéndose menos amenazados porque han comprendido mejor la potencialidad de ayuda que pueden lograr del contexto diagnóstico, comunican una cierta tranquilidad también a sus propios familiares. Por lo tanto, al final del primer encuentro proponemos, si fuera posible, dos citas no muy distanciadas una de la otra, con la familia de cada uno de los cónyuges.3 No es raro que los cónyuges muestren su asombro frente a la idea de que los asistentes quieran conocer a sus parientes, especialmente cuando tienen con ellos relaciones muy esporádicas. Con mucha frecuencia afirman que será imposible convencer a los familiares de que participen, o se niegan a invitarlos. Al mismo tiempo, sin embargo, se muestran sorprendentemente dispuestos a dar el número de teléfono de su madre o de su hermana, con quien sostienen que nunca se hablan: lo conocen de memoria, o lo tienen escrito en un papel cuidadosamente doblado en la billetera. En suma, se encuentran divididos entre la esperanza de que la asistente social logre convencer al pariente reacio a comprometerse, tal vez debido a la alusión al Tribunal, y el temor de que el "lío" en el cual se encuentran con las instituciones les haga perder el resto de estima que todavía sienten por ellos sus familias. En otros casos piensan que sus propios padres no les darán ninguna palabra de ayuda o de defensa, que no sea de manera formal, sino posteriores críticas y reproches. O se avergüenzan de mostrar la degradación de sus propios parientes: alcoholismo, prostitución, etcétera.

3. Hemos encontrado una sugestiva analogía entre nuestra experiencia y el modelo de terapia de pareja propuesto por Canevaro (1988). Sin embargo, entre los dos tipos de intervención existen también importantes diferencias, la más destacada de ellas es la de que Canevaro excluye, de cada una de las sesiones con un clan, al cónyuge no consanguíneo y quiere mantener en secreto, recípro- camente, los contenidos de las sesiones con cada una de las dos familias.

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Si se logra superar estas resistencias (por las cuales el asistente con frecuencia tiende a desalentarse), la sesión con los miembros de la familia de cada uno es con frecuencia muy informativa. La estrategia de tal sesión consiste en que todos los participantes sean conscientes de que los vínculos irresueltos de uno de los dos cónyuges con la familia de origen constituyen una grave interferencia, no sólo pasada, sino presente, en el funcionamiento del núcleo familiar. El material que emerge puede resultar esclarecedor, sobre todo para los respectivos cónyuges.

Tomemos el caso de un hombre que llamaremos Augusto Valliani, que, muy joven se casó con una mujer de su edad, Loredana, madre soltera de un niño de dos años. Loredana había crecido en un instituto, con pocas y tumultuosas relaciones con su madre y los sucesivos concubinos de ésta. Cuando Augusto la conoce, la muchacha había confiado su hijo a una nodriza, con quien estaba muy ligada. Después de cinco años de matrimonio y el nacimiento de dos niñas, Augusto no logra entender el motivo por el cual Loredana insiste en dejar a su hijo con la nodriza — d e quien él está celoso— en vez de traerlo a vivir con ellos. Loredana afirma que su marido y su hijo no congenian; sin embargo, es ella la que maltrata al pequeño luego de una de las tantas peleas con el marido. En la sesión a la que fue citada la madre de Loredana, el terapeuta logró mostrar cómo la unión que la joven tiene con la nodriza existe, no tanto para dar celos a su marido, sino a su madre. Y Loredana, aun cuando su matrimonio corra el riesgo de fracasar, insiste en su estrategia, porque la madre parece estar siempre a punto de tragarse el anzuelo. Es verdad que no ha venido nunca, ni siquiera acudió al bautismo de uno de sus tres nietos; es verdad que nunca está dispuesta a ocuparse de las niñas, ni siquiera durante un internamiento de urgencia de Loredana en el hospital; es verdad, en f i n , que afirma querer mucho a sus tres perros, pero no a los niños; sin embargo, de manera ambigua y contradictoria, repite constantemente que si su nieto debe estar con una extraña (la nodriza), entonces no importa que se quede con ella, aun cuando es muy inquieto y ella muy anciana. Pero bastan estas tibias propuestas para avivar en Loredana la ilusión de que, 25 años después de haberla puesto en un instituto, su madre por fin cambie y se ocupe de ella a través del nietecito. La comprensión de este dramático vínculo que indisolublemente mantiene a Loredana prisionera de su madre, aclara finalmente las ideas a Augusto. De este modo él puede experimentar comportamientos distintos, en lugar de seguir oponién- dose, como un niño caprichoso, a la nodriza, o discutir con el hijastro porque no es suficientemente cariñoso con él, o enojarse con su esposa con despecho infantil. Sólo su acercamiento a Loredana puede ayudarla a recuperar una relación con su madre menos cargada de expectativas y, por lo tanto, menos expuesta a dolorosas frustraciones.

Al mismo tiempo, sólo la comprensión y la solidaridad del cónyuge pueden inducir a Loredana a volcar en él sus necesidades afectivas que tan estérilmente sigue pidiendo a su madre.

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la familia de origen, se esfuerza inútilmente por comprender cuál es el juego actual del otro con la suya. Existen en efecto situaciones en donde de una de las familias de origen no queda nadie con vida, o bien todos los parientes viven muy lejos y sus relaciones con el núcleo, indagadas escrupulosamente, son casi inexistentes.

En estos casos, en presencia de un grave maltrato o de un importante desarreglo del orden familiar, se toma en consideración la hipótesis de que ambos cónyuges tengan un juego particularmente nocivo y maligno con la misma familia de origen.

En este sentido, es típica la trágica situación de la familia Pasqua, denunciada ante el Tribunal de Menores por el servicio pediátrico de un hospital en donde había sido internada, por una crisis convulsiva, la pequeña Debora, de 15 meses. Durante la convalecencia, la madre había aplicado a la niña varias compresas de un de- sinfectante extremadamente tóxico. La señora, en evidente estado de confusión, luego había dicho al pediatra que le "parecía recordar" que también en su casa había tratado de ahogar a su hija con una almohada (episodio que había provocado la crisis convulsiva y una leve hemiparesia que dejó afectada a la pequeña). La madre, Grazia, a la que se le había diagnosticado una psicosis post-partum, era una joven mujer culta e inteligente, madre por primera vez. El marido, Franco, un poco más joven que ella y menos instruido, emigrado del sur, trabajaba como operario en el turno de la noche. Grazia, cuando volvía a su casa de su trabajo como secretaria, recogía a su hija de la guardería y, para no quedarse sola en su casa, cenaba en la de sus padres. Las relaciones entre los esposos y la familia de ella siempre habían sido m u y estrechas. De esta manera, después de la denuncia del hospital, la madre de Grazia renunció a su trabajo para ocuparse de su nieta, que le fue confiada por el juez.

No nos detenemos aquí a describir en detalle la naturaleza del juego entre la joven y sus familiares, también porque es análogo a otros ya descritos: hija única predilecta del padre, a quien estaba unida por una complicada relación de malentendidos y polémicas, Grazia sufría por la brecha que existía entre ella y su madre, que se había ido agrandando a medida que se profundizaba su unión con el padre. Frente a la noticia del embarazo de su hija, al cual Grazia se había visto empujada, un poco contra su voluntad, por el marido, la madre había reaccionado con mucha indiferencia, dejando a su hija la decisión de interrumpirlo o no. Cuando nació Debora, el abuelo se enamoró de la nieta, relegando a segundo plano a su hija. Pero esta "traición" del padre, y esta fallida reconquista de la madre, no parecían suficiente para explicar por qué Grazia veía en su hija una odiada rival a la que había que suprimir. Sólo el análisis de la relación de Franco con los padres de Grazia permitió descubrir de qué manera el nacimiento de Debora creó alrededor de ella " u n infierno".

Franco se presentaba como un joven precozmente independizado de sus padres pero, como a menudo sucede, su alejamiento de casa a los 15 años era el signo de un profundo malestar que él sentía en su casa, donde había sido claramente postergado por un hermano mayor. De carácter bondadoso y cautivador, Franco —que inicialmente Después de una sesión como la descrita frecuentemente hemos caído

en una trampa constituida por la dualidad del juego de uno de los dos cónyuges con su propia familia. Justamente tal dualidad nos puede llevar a descuidar cuál es el juego especulativo del compañero, que se ha ido adaptando e intrincando con el primero. En efecto, si el marido de Loredana ha elegido unirse, tan joven, a una muchacha que tenía ya un hijo, y si luego no ha podido de algún modo colmar las necesidades emotivas de la esposa, será necesario indagar las razones.

De esta manera, en la siguiente sesión con la hermana menor de Augusto —unida al hermano en el papel de oveja negra de la familia—, ésta ha mostrado a los asistentes sociales la variedad de las relaciones en la generación anterior de los Valliani.

La vida familiar estaba dominada por la pareja constituida por la madre y la hija mayor, Rolanda, frente a quienes ni el padre ni los otros tres hijos podían hacer nada. Augusto, único hijo varón, el penúltimo en orden, se solidarizaba silenciosamente con el padre y trataba de estimularlo para que se rebelara contra el predominio de la madre y de Rolanda. Desilusionado por la pasividad paterna, amplificó sus propias rebeliones hasta volverse un "calavera", con pocas ganas de trabajar, juntándose con malas compañías y con algunos problemas con la justicia (conducir sin permiso de conducción, hurto de motocicletas, etcétera). El matrimonio con Loredana, de carácter rebelde y ya con un hijo a su cargo, sigue en la misma línea de provocaciones a la familia, en donde Rolanda, que se ha casado y no ha tenido hijos, no sólo continúa mandando, sino que además ha hecho que recibieran a su marido como "verdadero" hijo, con "la cabeza en su lugar" y capaz de dar ayuda y consejo. Por lo tanto, no sorprende que la disponibilidad de Augusto a tratar de que la unión con Loredana se desarrolle seriamente sea muy escasa, al haber nacido el matrimonio bajo el signo de la venganza.

Loredana, voluntariosa e impulsiva, en la sesión adquiere una nueva conciencia del hecho de que sus choques con la suegra, sus peleas furibundas con la cuñada presuntuosa, es precisamente lo que Augusto quería de ella, es decir, un ataque posterior a las dos matriarcas. Pero al mismo tiempo comprende que el marido jamás le agradecerá estos ataques, ya que su secreto e inconfesable deseo sería, en cambio, obtener la estima (y no la piedad) de su débil padre, además de, al menos una vez en la vida, una de las tantas alabanzas que su madre dedica a su yerno predilecto. Pero con un matrimonio tambaleante, un hijo ilegítimo al cuidado de una nodriza, una esposa frustrada que se desahoga atacando al niño, las probabilidades de lograr estas metas son muy escasas para el pobre Augusto.