Capítulo 3. La antropogénesis La dimensión filogenética y la cuestión del
3. La disputa entre el poligenismo y el monogenismo
citó en su momento la cuestión acerca del origen del primer ser humano, es decir, si provenimos de un único filum evolutivo, o de varios (polifi-
letismo o monofiletismo). Y si dentro de ese único filum, provenimos de
una única pareja humana, o más bien de un grupo poblacional más amplio (monogenismo o poligenismo).
Esta problemática o disputa tiene tanto una vertiente científica como también religiosa. En un principio, se suscitó la cuestión en un contexto fundamentalmente religioso, en la medida en que la discusión acerca de si el género humano proviene de un único principio genético o de varios di- ferentes, parecía poner en cuestión el relato del Génesis sobre el origen de los humanos a partir de una única pareja, Adán y Eva. Hasta la aparición del paradigma evolutivo, no había problema ni discusión sobre este punto: se daba como un hecho indiscutible que todos los humanos descendíamos de Adán y Eva. De este modo, quedaba claramente resuelto el problema teológico sobre el pecado original, de tal modo que del pecado cometido por la primera pareja hemos quedado todos contagiados por el simple he- cho de ser descendientes biológicos de ella, y, por consiguiente, todos es- tamos necesitados de la redención de Jesucristo, redención que todos reci- bimos a través del bautismo, como medio e instrumento (sacramento) de filiación divina y de aplicación personal de la redención y del perdón del pecado original.
Pero la teoría de la evolución a través de la selección natural, propues- ta por Ch. Darwin, puso en tela de juicio los planteamientos monogenistas y, como consecuencia, los cimientos de la doctrina del pecado original y sus consecuencias teóricas.
La visión científica y anti-finalista de la evolución parecía implicar que se viera el tema de la hominización como fruto y consecuencia exclu- siva de las simples causas y procesos naturales. Y se pudo llegar a admitir, por parte de algunos, la posibilidad de que los humanos actuales no proce- diéramos de una única pareja original, sino de varias, que habrían existido en momentos diferentes. Ello explicaría la existencia de múltiples razas
dentro de la especie humana. Incluso cabía plantearse la cuestión de si te- nemos que seguir hablando de una única especie humana o de varias, tan- tas como razas existan.
Por tanto, aparte de las implicaciones religiosas, esta cuestión tiene también consecuencias científicas, filosóficas y sociológicas, en la medi- da en la que se pone en cuestión la consistencia del concepto de raza, y la unidad o no de la especie humana. Frente a una concepción unitaria de la especie humana, dentro de la cual las diferencias raciales se consideran accidentales, fue emergiendo en el siglo XIX una concepción ideológica y
pseudo-científica de la especie humana dentro de la cual los diferentes co- lectivos raciales se entendía que provenían de diferentes especies antece- soras, dando lugar a un determinismo genético y biológico responsable de la desigualdad de capacidades individuales así como de las desigualdades sociales, culturales.
Dentro de esta problemática, hay que distinguir dos áreas de discusión: la referente a la polémica entre el polifiletismo y el monofiletismo, y la que se da entre el poligenismo y el monogenismo. En la primera se discute si todos los grupos poblacionales humanos, o razas, procedemos de la misma línea evolutiva (filum) o de varias diferentes; mientras que la segunda hace referencia a la cuestión de si, aun procediendo todos los humanos del mis- mo filum evolutivo, provenimos de una única pareja inicial o de varias. 3.1. ¿Polifiletismo o monofiletismo?
Esta disputa se inicia mucho antes de la propuesta de la teoría de la selección natural de Darwin, situándose a la base de las teorías racis- tas, que se venían imponiendo desde el siglo XVIII138. Hasta la revolución
francesa, el racismo científico fue defendido sólo por una minoría, pues- to que, aunque se veían las diferencias entre naciones, culturas y grupos humanos, se atribuían las diferencias a factores sociales y culturales, de tal modo que, a lo largo del siglo XVIII, «la balanza naturaleza-cultura se
inclinó siempre y claramente hacia el lado de la cultura»139. En esa época
se aceptaba sin discusión los planteamientos monogenistas/monofiletistas
138 Cfr. Harris, Marvin, El desarrollo de la teoría antropológica. Una historia de las
teorías de la cultura, Madrid, Siglo XXI, 1985 (5.ª ed.), cap. 4. «Apogeo y decadencia del
determinismo racial»; Ruffié, J., De la biología a la cultura, Barcelona, Muchnik Edito- res, 1982, pp. 315 y ss.; Gould, S. J., La falsa medida del hombre, Barcelona, Crítica, 2007 (edición revisada y aumentada); Susanne, Ch./Rebato, E./Deligne, J., «Razas y racismo», en Rebato, E./Susanne, Ch./Chiarelli, B. (eds.), Para comprender la Antropología biológi-
ca. Evolución y biología humana, Estella, Verbo Divino, 2005, pp. 655-664.
del Génesis, de modo que se consideraba que las diferencias posteriores entre los humanos eran producto del proceso evolutivo, en el que los fac- tores del medio ambiental eran los determinantes. Eso no evitaba defen- der claramente posturas etnocéntricas, a favor en concreto de la suprema- cía de la raza blanca, como es el caso de científicos tan destacados como J. Blumenbach en Alemania, o G. L. Leclerc, conde de Bufón, en Francia. Todos ellos aceptaban el relato bíblico del origen único del género huma- no, explicando el curso degenerativo de la aparición posterior de las dife- rentes razas como fruto de condiciones ambientales140.
A pesar de que la opinión mayoritaria entre los científicos estaba a favor del monogenismo, también había autores que defendían el polige- nismo, basándose a su vez en autores del siglo anterior, como Isaac La Peyrère, autor de Preadamitae (1655), quien «mantenía que Adán era sólo el progenitor de los judíos, mientras que otros pueblos antiguos, como los caldeos, egipcios, los chinos y los mejicanos, descendían de antepasados preadamitas»141. En un siglo como el XVIII, en el que abundaban los ata-
ques racionalistas a la religión, se acogían de buen grado estos ataques a la Biblia por parte de varios de los filósofos más relevantes del siglo XVIII.
Así, Voltaire se reía de que los judíos, un grupo humano sin relevancia es- pecial, pretendieran considerarse como los antepasados de toda la huma- nidad. También defendieron posturas poligenistas David Hume, Henry James, Edward Long y Charles White.
En general, los defensores de las teorías poligenistas se inclinaban por el determinismo racial. Por el contrario, los monogenistas defendían la igualdad racial, como es el caso de Hunter y J. Herder, entre otros142.
Hacia finales del siglo XVIII, la teoría poligenista se complicó y se mezcló
con el problema de la esclavitud. En principio, parecería que los defenso- res de la esclavitud tendrían que haber sido partidarios del poligenismo, y los antiesclavistas, del monogenismo, pero, «como el historiador William Stanton ha demostrado (1960), el poligenismo, pese a ofrecer una justi- ficación racional para tratar a ciertos grupos humanos como animales de otra especie, jamás llegó a imponerse como ideología del esclavismo»143.
Pero donde se dio una defensa fuerte del poligenismo fue en el seno de la primera escuela de antropología americana, de la mano de L. Agassiz y S. G. Morton144. Morton era médico y profesor de anatomía en la Universi-
140 Cfr. ibídem, 72-73. 141 Ibídem, 75. 142 Cfr. ibídem, 75-76. 143 Ibídem, 77.
144 Para un estudio detenido de las teorías de Agassiz y de Morton, cfr. Gould, S. J., La
dad de Filadelfia, y estudiando de forma científica las capacidades cranea- les de diferentes razas (los resultados los presentó en tres libros que tuvie- ron una gran acogida: Crania Americana, 1840, Crania Aegyptiaca, 1844, y el epítome de toda su colección de cráneos, 1849), mostraba de forma contundente la superior capacidad cerebral de los blancos sobre las otras razas, siendo la negra la de menor capacidad. De tal modo que esos datos le llevaban a la conclusión de que cada raza había tenido un origen evoluti- vo diferente, conformando cada raza no una degeneración posterior tras un origen único, sino cada una de ellas una especie diferente, con su filogenia separada, producida desde hace varios miles de años. Ahora bien, como ha mostrado de forma clara y contundente S. J. Gould, en La falsa medida del
hombre145, los prejuicios racistas de Morton le llevaron a falsear los datos,
aunque no se pueda achacar a sus estudios ningún tipo de fraude científico. Como hemos indicado más arriba, no hay una exacta correlación en- tre los partidarios del poligenismo y los planteamientos esclavistas, pues- to que, como indica William Stanton en su estudio citado, un autor como John Bachman, contemporáneo y adversario de las teorías de Morton, era también defensor de la esclavitud. Bachman era pastor luterano en Charleston (Carolina del Sur), y, aunque defendía el monogenismo, no lo consideraba opuesto a considerar la raza negra como inferior a la blanca, basándose en el pasaje bíblico de la maldición de Noé a su hijo Cam, su- puesto padre de la raza negra (Génesis, 9, 18-27). Así, pues, como indica Marvin Harris, por lo que le interesaba a Bachman «oponerse al polige- nismo no era, desde luego, por favorecer la abolición, sino, al revés, por salvar la justificación bíblica de la esclavitud»146.
La mayoría de los libros sobre Antropología cultural, tanto en Europa como en América, entre los años 1800 y 1849, se centraban en gran me- dida en la discusión entre el poligenismo y el monogenismo, de tal modo que la aparición de El origen de las especies de Ch. Darwin fue determi- nante para aclarar esta discusión. Tal como estaban planteadas, las dos posturas estaban equivocadas, puesto que, respecto a los monogenistas, si la humanidad tenía un antepasado común, no sería Adán sino un individuo (o pareja) de alguna especie de mono anterior. Y respecto a los poligenis- tas, ya no parecía que hubiera que apelar a diversos principios para las ra- zas humanas. Para el seguidor de Darwin, Thomas Huxley, la teoría de la selección natural había conciliado lo bueno de ambas posturas. Así, «los monogenistas conservaron su común humanidad y su progresismo; los po- ligenistas se vieron apoyados en su crítica a la Biblia y su cientifismo»147.
145 O.c., pp. 102 y ss. 146 Harris, M., o.c., p. 79. 147 Ibídem, p. 80.
Pero no era tan evidente esta conclusión, puesto que James Hunt, pre- sidente de la Sociedad Antropológica de Londres, acusó a Th. Huxley de monogenista disfrazado, puesto que, en opinión de Hunt, la teoría de Darwin apoyaba mucho mejor que hasta entonces la postura de que las ra- zas humanas pertenecían a especies diferentes, e incluso algunas de ellas desaparecerían con el tiempo, debido al empuje de las más fuertes, dentro de la dinámica de la lucha por la vida y la supervivencia que se da entre los diversos colectivos vivientes.
Con el tiempo, se llegó a aceptar que todos los grupos humanos con- temporáneos pertenecían a una misma especie, pero quedaba todavía la cuestión de por cuánto tiempo han mantenido las razas dentro de la es- pecie una filogenia separada. Las discusiones del siglo XIX sobre este as-
pecto han tenido su continuación en el siglo XX en autores como Ernest
Hooton y Carlton Coon, que defienden que las diferentes razas proceden de líneas evolutivas diferentes, considerando que «los diferentes tipos ra- ciales han sufrido una evolución paralela en la transición de los australo- pitecos al homo sapiens. Debe señalarse que todos estos intentos de salvar la genealogía separada de los caucasoides son pura especulación en el mo- mento en que aducen antigüedades del orden de decenas de miles de años. Los fósiles no nos dicen nada del color de la piel, la sección del cabello, el tamaño o la forma de la nariz y de los labios o los pliegues epicánticos, que son precisamente los rasgos en los que se basan los constructos racio- lógicos tradicionales»148.
A pesar de todos estos flecos del poligenismo, es evidente que la teo- ría de la selección natural de Darwin supuso un avance fundamental para reconfigurar la discusión entre poligenistas y monogenistas, situando el problema en otros parámetros más serios y científicos, y ayudando a rom- per los estrechos márgenes de discusión reducidos a aceptar o no de modo literal el relato bíblico del Génesis. A partir de Darwin y de los avances científicos en diferentes áreas de la Antropología físico-biológica, el con- cepto ideológico de raza fue sufriendo un deterioro determinante, en la medida en que, si hasta entonces los rasgos diferenciadores de cada raza eran aspectos fenotípicos y superficiales, los avances de la genética y de la biología (entre otros, los avances en la investigación sobre los grupos sanguíneos, y, sobre todo, la común estructura genética de todos los hu- manos) fueron mostrando de forma evidente el común origen genético y evolutivo de los colectivos humanos actuales, por lo que se demuestra de modo evidente que los humanos formamos una única especie, siendo las diferencias raciales sólo elementos accidentales y secundarios.
Uno de los últimos reductos del polifiletismo, serían las tesis más ac- tuales del denominado policentrismo, defendido por algunos paleoantro- pólogos para explicar el origen de la pluralidad de las poblaciones huma- nas actuales. Ya vimos en otra parte anterior de este capítulo, las dos tesis contrapuestas (desde la biología molecular y la paleoantropología) sobre el origen del homo sapiens sapiens: la teoría que apuesta por una única oleada expansiva (la segunda, tras la del homo erectus) que se extendió por todo el planeta, imponiéndose sobre los restos del hombre de Nean- dertal (en Europa) y del homo erectus en Asia, frente a la teoría policén-
trica o del candelabro, partidaria de considerar que el hombre actual es el
resultado de la mezcla de varios grupos poblacionales, que habrían tenido diversos saltos mutacionales en distintos lugares geográficos, y se habrían ido mezclando genéticamente entre ellos, explicándose de ese modo la pluralidad de rasgos morfológicos de los hombres actuales. Pero también quedó clara la postura de los estudiosos de la biología molecular, indican- do que no parece existir ninguna evidencia de restos genéticos en las po- blaciones humanas actuales, ni de los neandertales (en esto no hay tanta claridad) ni del homo erectus. Eso no demuestra que no se hubiera dado en algún momento de la historia pasada cruces e intercambios genéticos. Pero lo que sí parece demostrarse es que, hasta el momento (y según lo que la ciencia actual sabe sobre los análisis del ADN fósil), esos posibles cruces genéticos no han dejado ninguna huella significativa en nuestra es- pecie149.
En resumen, como afirma J. Ruffié, «en el plano biológico, hoy en día no hay nada que nos autorice a descomponer la especie humana en ra- zas autónomas. Pero para muchos antropólogos es difícil renunciar a este
concepto»150. El mismo Ruffié hace referencia, como ejemplo de estas
reticencias, al caso de H. V. Vallois, quien en 1950 respondía a un cues- tionario de la UNESCO diciendo: «La existencia de la raza es un hecho incuestionable», aunque matizaba esta afirmación señalando la existencia de dos tipos de razas, las primarias («grandes razas o grupos raciales») y las secundarias («razas de segundo orden»). Las razas primarias, según Vallois, podrían haberse convertido en especies autónomas «si el aisla- miento que imperaba en el momento de su formación hubiera persistido… Actualmente no se puede considerar que hayan alcanzado este estadio. Dado el estado actual de las cosas se puede presumir incluso que seguirán una evolución inversa»151.
149 Cfr. Ayala, F. J./Cela Conde, C. J., La piedra que se volvió palabra. Las claves evo-
lutivas de la humanidad, o.c., pp. 111 y ss.
150 O.c., p.322.
A pesar de todas las evidencias científicas, ha costado mucho aban- donar el uso y las aplicaciones del concepto de raza, advirtiéndose que «los últimos defensores de la raza fueron casi siempre los morfólogos, mientras que los genéticos siempre se han situado entre los defensores de las poblaciones. Dado el progreso de la genética humana, hoy en día ningún biólogo admite la existencia de razas en la especie humana; al- gunos aún utilizan el término, pero la mayoría lo despojan de su sentido zoológico»152. Ante la extrañeza de la persistencia del racismo y del uso
de la idea de raza, sólo podemos entender esa contumacia por el peso de la costumbre y, sobre todo, por los intereses sociológicos que el mito del racismo permitía mantener, como fue el caso del nazismo. A consecuencia de los horrores nazis, la UNESCO organizó cuatro conferencias interna- cionales de antropólogos (entre 1950 y 1967), llegándose a la conclusión unánime de que el concepto de raza ya no puede ser usado para referirse a la especie humana: «en el hombre, la raza es más un mito social que un fenómeno biológico»153.
En conclusión, en la disputa entre el polifiletismo y el monofiletismo, las evidencias científicas se inclinan clara y rotundamente hacia el mono- filetismo. Los datos biológicos y genéticos nos indican que el género hu- mano, tanto si nos referimos a su origen en su primera especie de homo
habilis, como a nuestra especie, homo sapiens sapiens, posee un único
origen filético en ambos casos, constituyendo las tradicionales diferencias raciales meros aspectos secundarios, que no pueden servir para deducir la diversidad específica de sus diferentes grupos poblacionales, ni para con- cluir de ello diferencias en las capacidades intelectuales y culturales, ni menos aún para mantener cualquier tipo de privilegios o algún tipo de di- ferencias en derechos e igualdad de oportunidades ante las leyes sociales.
3.2. ¿Poligenismo o monogenismo?
La verdadera discusión sobre el poligenismo-monogenismo se centra en la actualidad en dilucidar si el origen de la especie humana, o mejor, del género humano se debe a una pareja humana central (monogenismo) o más bien a un colectivo humano más amplio con el que se habría dado el tránsito de la especie anterior a la humana (poligenismo). Como pue- de suponerse, las pruebas para demostrar la verdad o no de cada una de las dos posturas no pueden provenir de la paleoantropología, puesto que
152 Ruffié, J.; o.c., 323. 153 Ibídem, p. 324.
tales pruebas no dejan rastros fósiles, teniéndose que recurrir al análisis de cómo entienden los biólogos y genetistas que se produce el origen de una especie; esto es, el salto de una especie madre a otra, u otras espe- cies hijas.
La idea de especie, como quedó indicado en su momento, ha sido ob- jeto de múltiples discusiones entre los científicos, habiéndose pasado de un concepto morfológico a otro genético. Los individuos de una misma especie pueden realizar intercambios sexuales fértiles, cosa que no pue- den hacer los que pertenecen a especies diferentes. Hay casos especiales en que, aunque pueden tener descendientes, éstos son estériles (los mulos, fruto del intercambio entre caballos y asnos). Si ese es el criterio de dife- renciación, la prueba de si dos individuos pertenecen a la misma especie o no, no puede determinarse a priori, sino a posteriori. De ahí que cuando hablamos de los diferentes tipos de homo (habilis, erectus, etc.), no poda- mos saber de forma taxativa si eran especies diferentes o simples grupos poblacionales diferentes pero de la misma especie. Hablamos, por ello, unas veces de género humano (con varias especies distintas dentro), y otras, de una única especie humana.