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Beorlegui, Carlos - La singularidad de la especie humana.pdf

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Carlos Beorlegui

La singularidad

de la especie humana

De la hominización a la humanización

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La singularidad

de la especie humana

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Carlos Beorlegui

La singularidad

de la especie humana

De la hominizacion a la humanización

2011 Universidad de Deusto Bilbao

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Serie Filosofía, vol. 38

Aprobado para su publicación por la Comisión de Publicaciones de la UD, tras dictamen fa-vorable emitido en un proceso de evaluación por pares externos a la Universidad de Deusto.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o esca-near algún fragmento de esta obra.

Ilustración de portada: Diseño realizado a partir de un con-cepto expositivo mostrado en el Museo de la Evolución Humana (Burgos, 2011).

© LIT Images

© Publicaciones de la Universidad de Deusto Apartado 1 - 48080 Bilbao

e-mail: [email protected] ISBN: 978-84-9830-383-4

Depósito legal: BI - 571-2011 Impreso en España/Printed in Spain

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A la memoria de mis hermanos, Juan Clemente, Mercedes y Francisco Javier.

En recuerdo de Txema Mardones y Txema Fínez, amigos y compañeros de inquietudes intelectuales y vocacionales.

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«Es indiscutible que los grandes temas —la existencia de Dios, nuestra visión de la naturaleza humana y nuestra relación con otras criaturas— se ven afectados por las ideas acerca de la evolución.

¿Por qué a nosotros (que no somos biólogos) debería importar-nos la evolución? La respuesta que ofrezco en este libro es que la evolución tiene de hecho trascendentales consecuencias para nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el universo, pero que no tiene en realidad la clase de consecuencias más ampliamente difundidas en la actualidad. En particular, tiene una utilidad limitada en lo que se refiere al esclarecimiento de la naturaleza humana».

Jean DUPRÉ, El legado de Darwin. Qué significa hoy la

evolu-ción, Buenos Aires, Katz Editores, 2006, pp. 9 y 12.

«En el reino animal, el hombre es el único ser que puede ir más allá de sí mismo, que puede fijarse ideales o, dicho en otras pala-bras, que puede reconocer un sentido a su existencia. Y este sentido no es otro que poder vivir su vida como si debiera ser juzgada, como si la vida debiera responder a una llamada, a una exigencia, a una esperanza que trasciende la animalidad del hombre y que funda su humanidad —entendemos por esto último su capacidad de ser algo distinto que una bestia—.»

Jean GRONDIN, Del sentido de la vida. Un ensayo filosófico,

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Índice

Introducción . . . 19

Capítulo 1. El entronque de la especie humana en la biosfera . . . 31

1. Los avatares de la autocomprensión antropológica. . . 31

2. La biología pre-darwiniana . . . 36

3. La revolución de Charles Darwin (1809-1882). . . 39

3.1. El largo camino hacia la teoría de la selección natural . . . 39

a) Los primeros pasos . . . 40

b) La teoría de la selección natural . . . 41

3.2. El origen del hombre y las discrepancias con R. Wallace . . . 43

3.3. El impacto del darwinismo . . . 45

3.3.1. El darwinismo frente a la visión tradicional del hombre, de la realidad y de Dios . . . 46

a) Nueva visión del hombre y de la realidad . . . 46

b) El enfrentamiento religioso . . . 48

1. La teoría tradicional del diseño . . . 48

2. William Paley (1743-1865) y su teoría del diseño. . . 49

3. La selección natural de Ch. Darwin. . . 51

3.3.2. Oposición desde la filosofía idealista . . . 56

3.3.3. Impacto del darwinismo en el ámbito sociológico y económico 59 3.3.4. El impacto de la teoría de Darwin en la Antropología socio-cultural . . . 61

4. G. Mendel (1822-1884) y el desarrollo de la genética . . . 62

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4.2. El redescubrimiento de la genética mendeliana. . . 64

4.3. Genética versus selección natural . . . 65

a) Las teorías saltacionistas o mutacionismo . . . 66

b) Las teorías neolamarckianas . . . 69

c) Teorías ortogenéticas. . . 70

d) El neodarwinismo de Auguste Weismann. . . 70

5. La teoría sintética de la evolución. . . 71

5.1. Los pasos hacia la primera síntesis . . . 71

5.2. La teoría sintética. . . 73

5.3. Las teorías alternativas a la teoría sintética . . . 75

5.3.1. Teorías neolamarckianas . . . 76

5.3.2. Teorías neutralistas o estocásticas . . . 78

5.4. Unas cuantas evidencias constatables . . . 80

Capítulo 2. El darwinismo cuestionado . . . 83

1. Los puntos débiles y las críticas al darwinismo en la actualidad . . . 83

2. La condición científica de la teoría de la selección natural. . . 85

3. Las diversas propuestas sobre el ritmo del proceso evolutivo . . . 87

4. Críticas al darwinismo desde los fundamentalismos religiosos . . . 90

4.1. El conflicto entre evolución y religión . . . 90

4.2. Precisiones epistemológicas . . . 93

4.3. La problemática relación entre ciencia y religión. Cuatro posturas diferentes . . . 99

a) Conflicto . . . 100

b) Independencia. . . 102

c) Diálogo . . . 103

d) Integración . . . 103

4.4. Las críticas de los creacionismos fundamentalistas. . . 104

4.5. La teoría del Diseño Inteligente (D.I.). . . 110

a) Los argumentos y las debilidades del Diseño Inteligente. . . 112

b) La teoría del DI no es una teoría científica y es una mala teología 116 4.6. Evolución darwinista y fe cristiana . . . 119

4.7. El diálogo con la ciencia: oportunidad para la fe y la teología . . . 125

4.8. Ciencia y fe como aliadas y complementarias. . . 127

5. El darwinismo y la actual comprensión del ser humano. . . 128

Capítulo 3. La antropogénesis. La dimensión filogenética y la cuestión del poligenismo/monogenismo . . . 131

1. La microevolución y la macroevolución. . . 131

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1.2. La macroevolución o tipogénesis . . . 133

1.3. El paso de la macro a la microevolución . . . 136

2. La dimensión filogenética del origen del hombre. . . 137

2.1. Las diversas fases de la aparición de la especie humana. . . 138

2.1.1. El punto de vista de la Paleoantropología . . . 140

a) La línea de los hominoideos o antropomorfos . . . 143

b) Los homínidos . . . 145

b.1) Los Orrorin tugeniensis . . . 147

b.2) Los Ardipithecos. . . 148 1. Ardipithecus kadabba . . . 148 2. Ardipithecus ramidus . . . 148 b.3) Los Australopithecos . . . 149 1. Australopithecus anamensis . . . 150 2. Australopithecus afarensis. . . 151 3. Australopithecus africanus . . . 152 4. Australopithecus garhi. . . 153 b.4) Los Paranthropos . . . 154 c) Los humanos. . . 155 c.1) El homo habilis. . . 156 c.2) El «grado erectus» . . . 158 1. Homo ergaster . . . 159 2. Homo erectus . . . 160 3. El homo antecesor . . . 162 4. ¿Homo floresiensis?. . . 164

c.3) Los neandertales y el homo sapiens moderno . . . 165

1. Los Neanderthales . . . 166

2. Los Cromañones. El homo sapiens . . . 168

2.1.2. El punto de vista de la biología molecular . . . 171

a) A la búsqueda del «reloj molecular» . . . 172

b) Implicaciones respecto al origen del hombre moderno. . . 177

3. La disputa entre el poligenismo y el monogenismo . . . 181

3.1. ¿Polifiletismo o monofiletismo? . . . 182

3.2. ¿Poligenismo o monogenismo? . . . 187

Capítulo 4. Las transformaciones genéticas y morfológicas y la cuestión del sentido (azar o finalidad) de la evolución . . . 197

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2. Las dos fronteras de la hominización . . . 200

2.1. El salto mutacional . . . 200

2.2. La encefalización . . . 208

3. Los rasgos morfológicos de la hominización . . . 210

3.1. La bipedestación o postura erguida . . . 211

3.2. El desarrollo del encéfalo . . . 219

3.3. La mano prensil e inteligente. . . 228

3.4. La transformación de los rasgos faciales . . . 230

4. ¿Azar o finalidad en la evolución y en el universo? . . . 233

4.1. La cuestión acerca del azar o la finalidad en la evolución . . . 233

4.2. La recuperación del azar y de la probabilidad . . . 235

4.3. La finalidad teleonómica en el mundo de la biología . . . 239

4.4. ¿Finalidad o azar en la historia del universo? . . . 246

4.4.1. ¿Cosmocentrismo o antropocentrismo? . . . 247

a) Razones del anti-antropocentrismo o de las tesis del cosmo-centrismo. . . 248

b) Razones a favor del antropocentrismo . . . 249

4.4.2. Entre el principio cosmológico o copernicano y el principio antrópico . . . 250

a) El principio cosmológico o copernicano de la tesis cosmo-céntrica . . . 250

b) El principio antrópico . . . 252

1. La versión débil del principio antrópico (Weak Anthropic Principle: W.A.P.) . . . 253

2. Versión fuerte (Strong Anthropic Principle: S.A.P.). . . . 254

3. El principio antrópico participativo (P.A.P.) de J. Wheeler 255

c) Valoración glogal de los dos principios . . . 258

4.4.3. Entre el azar y la finalidad: una cuestión de opción filosófica 259 Capítulo 5. El proceso de humanización. La dimensión conductual . . . 263

1. La humanización como complemento de la hominización . . . 263

2. Los principales rasgos culturales y conductuales . . . 265

2.1. La conciencia refleja o autoconciencia . . . 265

2.2. La imaginación y la capacidad simbolizadora. . . 274

2.3. El lenguaje . . . 276

2.4. La creación y uso de herramientas y armas . . . 291

2.5. Dominio y uso del fuego . . . 304

2.6. Los usos alimenticios. . . 313

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2.8. La socialidad: de la familia a los primeros grupos sociales . . . 327

2.8.1. La sexualidad humana y las primeras células familiares . . . 328

2.8.2. El salto de la naturaleza a la cultura: el tabú del incesto . . . 333

2.8.3. La formación de sociedades complejas. . . 338

2.9. La aparición de la capacidad estética y de las obras de arte . . . 342

2.9.1. Estética animal . . . 343

2.9.2. Los inicios de los objetos de arte . . . 346

a) Las tesis gradualistas frente a las rupturistas . . . 347

a.1) Las tesis gradualistas . . . 348

a.2) La tesis rupturista . . . 349

b) Una visión gradual más completa . . . 351

2.10. Los primeros vestigios de la religión y de la moral . . . 353

a) Los primeros enterramientos . . . 354

b) Las primeras creencias (¿La primera «metafísica»?). . . 359

3. Concluyendo . . . 361

Capítulo 6. La antropogénesis. El punto de vista ontogenético. . . 363

1. La problemática relación entre filogénesis y ontogénesis: una visión evo-lutiva de la embriología. . . 363

2. Las diferentes fases del proceso ontogenético . . . 369

2.1. Fase previa: de los gametos a la célula germinal (pre-ontogénesis). . 370

2.2. Fase zigótica: de la célula germinal o zigoto a la anidación o implan-tación . . . 371

2.3. Fase embrionaria o de gastrulación . . . 374

2.4. Fase fetal . . . 375

2.5. Fase de oriogénesis y de gerontogénesis . . . 377

3. La ontogénesis humana vista desde la embriología comparada . . . 378

4. El especial puesto de la especie humana en el proceso ontogenético . . . . 381

5. Cuestiones filosóficas planteadas en el terreno de la ontogénesis . . . 386

5.1. ¿La célula germinal es un ser humano?. . . 386

5.2. ¿Cuándo se llega a ser persona? . . . 388

a) La célula germinal es ya una persona. . . 389

b) Persona: entre la anidación y la formación del sistema inmuno-lógico . . . 392

c) La postura emotivista y utilitarista . . . 397

d) La persona como entidad relacional: a partir del nacimiento. . . . 404

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Capítulo 7. La singularidad de los humanos: entre el antropocentrismo y el

reduccionismo biológico . . . 415

1. El antropocentrismo en cuestión . . . 415

2. La comparación hombre-animal: dos enfoques complementarios (cientí-fico y filosó(cientí-fico) y cuatro ámbitos de comparación . . . 419

2.1. Ciencia y filosofía: dos modos complementarios de acercarse a la realidad y al ser humano . . . 419

2.2. Cuatro ámbitos de comparación . . . 421

2.2.1. El ámbito bioquímico y genético . . . 421

2.2.2. El punto de vista anatómico y morfológico . . . 427

2.2.3. La comparación desde el proceso embriológico . . . 429

2.2.4. Comparación desde la estructura comportamental . . . 433

2.2.4.1. Las tesis deterministas . . . 435

a) El determinismo genético de la sociobiología . . . 435

b) El determinismo ambiental del conductismo . . . . 436

2.2.4.2. Entre la genética y el ambiente. . . 437

3. La singular estructura comportamental de los seres humanos . . . 439

4. ¿Ampliación de la «humanidad» a los grandes simios? . . . 442

5. La específica y singular estructura esencial de la especie humana . . . 446

Capítulo 8. Entre la biología y la cultura . . . 453

1. La emergencia de la cultura desde la biología . . . 453

1.1. El ser humano, fruto de dos herencias . . . 454

1.2. ¿Cultura animal? . . . 456

1.3. El salto de la biología a la cultura . . . 462

2. La conjugación de la cultura con la biología. . . 467

2.1. El reduccionismo biológico . . . 469

a) Biologismo extremo o naturalismo biológico . . . 469

b) Biologismo o naturalismo moderado . . . 470

2.2. El biologismo funcionalista o subordinacionista. . . 474

2.3. El culturalismo dualista . . . 476

2.4. El culturalismo estructurista . . . 479

3. La relación de la biología con la ética. . . 481

4. El ser humano, unidad bio-cultural . . . 491

Capítulo 9. Continuidad y ruptura: la especie singular . . . 493

1. Una visión bio-filosófica de lo humano . . . 493

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3. El hombre, fruto de un largo proceso filogenético y ontogenético . . . 497

4. Continuidad y emergencia cualitativa . . . 499

5. El animal bio-cultural . . . 504

6. La legitimidad del humanismo antropocéntrico . . . 506

7. ¿Somos el resultado del puro azar, o podemos apostar por un fundamento último y providente del universo?. . . 508

8. Concluyendo . . . 510

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Introducción

El ser humano tiene como elemento constitutivo de su condición la capacidad y la necesidad de tener una imagen de sí mismo. Ningún otro ser vivo posee esta capacidad, ni tampoco siente necesidad de ello. Nues-tra exNues-traordinaria inteligencia y el poder convertirnos a nosotros mismos en objeto de reflexión nos permite hacernos preguntas sobre todo, tam-bién sobre nuestra propia realidad. Esta cualidad no es meramente un lujo, algo que realizamos en momentos de ocio y de descanso, sino que repre-senta un ejercicio vital para nuestra supervivencia, para realizarnos y estar a la altura de nuestra específica condición. La naturaleza no nos ha dotado de unos recursos y procedimientos automáticos para sobrevivir, sino que la deficiencia biológica con la que nacemos, consecuencia de nuestra pre-maturidad, nos obliga a poner a prueba nuestra capacidad intelectual y to-dos los medios que tenemos a nuestro alcance para superar la prueba de la selección natural.

Pero no se trata sólo de no tener la existencia asegurada. Al estar do-tados de una naturaleza abierta, necesitamos construir permanentemente nuestra peculiar forma de existir. Nacemos inacabamos y tenemos que ir realizándonos, sin tener asegurada la forma de hacerlo y el éxito final. Por eso, el ser humano necesita tener una imagen de sí mismo que se convier-ta en meconvier-ta de su propia autorrealización. De ahí que la exigencia de esconvier-ta imagen de sí no sea un dato superficial, sino que constituye una necesidad perentoria para dirigir hacia ella todos sus esfuerzos hacia la realización de sí mismo.

Cada individuo ha tenido que construir su propia imagen, así como cada cultura y cada época histórica. Por eso, no puede extrañarnos la am-plia proliferación de imágenes de lo humano con que nos encontramos a

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lo largo de todas las épocas históricas, así como la pluralidad de propues-tas antropológicas que vemos hoy día en nuestro entorno. Y ello es así porque a la cuestión sobre la naturaleza y el ser de lo humano se respon-de y se puerespon-de responrespon-der respon-de múltiples formas, tantas como seres humanos, culturas y cosmovisiones existen. Cada uno de nosotros proyecta sobre el horizonte una imagen ideal y utópica a la que tratamos de dar alcance, aunque de hecho nunca lo consigamos.

Si a lo largo de la mayoría de la historia humana ha predominado la tendencia a entenderse el ser humano en referencia a lo sobrenatu-ral, como criatura de Dios, situando lo esencial de su condición en un peldaño por encima de todo lo creado, sin sentirse en continuidad con el resto de las cosas, y considerando el mundo sólo como el entorno mate-rial donde tiene que sobrevivir, desde mediados del siglo XIX el ser

hu-mano ha ido descubriendo, con sorpresa y cierta resistencia al principio, y con admiración después, su común origen con el resto de las especies que forman la biosfera. Con la propuesta de Ch. Darwin sobre la selec-ción natural se produce un cambio revolucionario de autocomprensión del ser humano, que le lleva a entenderse más cercano al resto de los se-res vivos, y, por ello, a tener que admitir la centralidad de lo corpóreo en la constitución de su ser, produciéndose una radical biologización de la Antropología.

El ser humano toma conciencia de que no es tanto una res cogitans in-dependiente de lo corpóreo, sino que tal capacidad intelectiva es resulta-do de un proceso evolutivo, que le ha resulta-dotaresulta-do de unos rasgos específicos, entre ellos un cerebro con especial complejidad, que le permite pensar y actuar al estilo propio de los humanos. Por tanto, no sólo no tenemos que menospreciar lo corpóreo como algo accidental, o como un estorbo que es-tamos obligados a aguantar, sino que tenemos que admitir que somos ra-dicalmente cuerpo, racionalidad encarnada.

Es evidente que este cambio de óptica ha tenido importantes conse-cuencias para el estudio de nuestra especie, de tal modo que parecía que la filosofía ya no tenía casi razón de ser en el ámbito antropológico, sien-do reemplazada por las diferentes Antropologías científicas, con el peligro de querer reducir lo humano a un capítulo más de la zoología, la etología, o de cualquier otra rama científica que estudia la composición de los de-más seres vivos y sus complejos comportamientos. Todo ello era conse-cuencia, por un lado, de las fructíferas perspectivas que para el estudio científico de los humanos había abierto el evolucionismo y la teoría de la selección natural de Darwin, así como, por otro, la pretensión de muchos intérpretes de la teoría evolutiva de que con sus planteamientos se llegaba a demostrar de forma contundente que no tenía sentido seguir defendiendo la centralidad de nuestra especie y menos aún su dimensión trascendente,

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teniéndose que admitir su reducción a una especie animal más, todo lo ex-traordinaria que se quiera considerar.

Estas pretensiones biologistas y reduccionistas representaban un de-safío demasiado fuerte como para que se pudiera pasar por alto. Se ponía en cuestión no sólo la legitimidad de la dimensión trascendente de nues-tra especie, sino también cualquier tesis antropocéntrica que exigiera de forma inevitable la pertinencia del enfoque filosófico en el estudio del hombre. Se nos planteaban como consecuencia una serie de cuestiones fundamentales por resolver. ¿Son suficientes las aportaciones de las di-ferentes ciencias de lo humano para dar cuenta total de su peculiaridad y su especificidad? ¿No parece que de ese modo sólo nos quedamos con un amplio abanico de datos sobre las diversas dimensiones que conforman su enorme riqueza de perspectivas? ¿No parece que la propia naturaleza de la pregunta que más nos interesa, el ser y el sentido de lo humano, como mirada unitaria y totalizante que supera lo meramente fáctico, escapa a las pretensiones y posibilidades de lo científico?

El contraataque de la filosofía desde los inicios del siglo XX, con

las propuestas de renovar la Antropología filosófica de la mano de Max Scheler, Helmut Plessner y sus seguidores, orientó la pregunta acerca de lo específico de la especie humana hacia un diálogo necesario y fructífero entre las diversas ciencias humanas y la filosofía, para intentar desentra-ñar la complejidad de lo humano, conjugando las aportaciones científicas y la crítica filosófica. Pero no constituyó una línea de reflexión valorada unánimemente, no sólo en la medida en que desde la filosofía no todos aceptaron esta propuesta concreta de Antropología filosófica, sino porque sigue persistiendo en muchos científicos el convencimiento de que no se necesita la filosofía para dar cuenta de la especificidad del ser humano, entendiendo que las ciencias son suficientes para realizar con éxito esta función.

Como puede comprenderse, esta cuestión no es baladí, ni represen-ta un tema que sólo interesa a un grupo de académicos que se entretienen en temas demasiado abstractos y al margen de los intereses concretos de los ciudadanos de a pie, sino que constituye un conjunto de cuestiones de gran calado y consistencia (aunque su concreción teórica resulta a veces difícil de entender y valorar), y de consecuencias muy serias y determi-nantes en el ámbito de la ética y de nuestro modo de vivir y de organizar la sociedad.

Y son temas tanto más importantes y determinantes por cuanto en la actualidad nos hallamos inundados de publicaciones de todo tipo y de no-ticias periodísticas de gran impacto entre el público, y en las que se pro-ponen y se presentan noticias y avances científicos cuya interpretación distorsiona en ocasiones la imagen que se tiene del ser humano. Esto lleva

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a la necesidad de analizar el alcance de esas afirmaciones científicas sobre lo humano, su pertinencia y sus limitaciones, así como la obligación de conjugar sus aportaciones con un enfoque filosófico crítico. Estas son al-gunas de las motivaciones que se hallan al fondo de este libro.

Cuando publiqué hace algunos años Antropología filosófica.

Noso-tros: urdimbre solidaria y responsable (Bilbao, Universidad de Deusto,

1999), indicaba en el prólogo que era la primera parte de un proyecto antropológico que exigía una continuación. Desde entonces llevo reco-pilando materiales para escribir la segunda parte del libro, pero otras muchas tareas (académicas y extra-académicas) me han impedido reali-zarlo en un tiempo razonable, tal y como lo tenía programado. Y cuando me puse ya en serio a realizarlo, al comenzar el primer capítulo sobre la condición bio-cultural del ser humano, me fui dando cuenta de que la amplitud e importancia del tema hacía que se fuera convirtiendo en un libro autónomo.

Un programa completo de Antropología filosófica debiera compren-der tres partes fundamentales: una primera, dedicada a labores de funda-mentación teórica y encargada de delimitar lo que se suele denominar el

estatuto epistemológico de la materia en cuestión; una segunda, de tipo

histórico, encaminada a presentar el surgimiento de esta disciplina en su etapa moderna, de la mano de quien se suele considerar el iniciador de la moderna Antropología filosófica, Max Scheler, junto con otros autores de su misma línea, como Plessner y Gehlen, empeñados todos ellos en estudiar de un modo renovado la singularidad y especificidad de lo hu-mano, distinguiendo entre el modo de hablar del ser humano propio, por un lado, de la filosofía del hombre y de las antropologías científicas, y el de la Antropología filosófica, por otro; y la tercera parte se tendría que centrar en el estudio de las múltiples dimensiones existenciales de la rea-lidad humana.

Las dos primeras partes de este amplio programa estaban ya presen-tadas en mi libro Antropología filosófica. Nosotros: urdimbre solidaria

y responsable. Quedaba pendiente, por tanto, para un segundo volumen

todo el desarrollo de la tercera parte, que comprendería el estudio, como he apuntado, de las denominadas dimensiones existenciales de la realidad humana, o simplemente de las diferentes facetas que configuran nuestra realidad, como son la condición bio-cultural del ser humano, su unidad psico-somática, la individualidad o subjetividad, la libertad, la interper-sonalidad y socialidad del hombre, la historicidad, el problema del mal, el fracaso y la muerte, la condición elpídica (la esperanza) y utópica de la realidad humana, y, para concluir, la apertura del ser humano a la pre-gunta por el fundamento de la realidad, es decir, la referencia del ser hu-mano a lo divino.

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Como he dicho más arriba, sólo el estudio de la primera de las facetas de la tercera parte del programa, la condición bio-cultural del ser humano, constituye una temática tan amplia, tan profundamente estudiada en casi todas sus parcelas, que resulta más que suficiente como para convertir su estudio en un libro autónomo y de gran amplitud. Basta echar un vistazo a lo aportado recientemente por disciplinas como la genética, la biología molecular, la paleoantropología, la embriología, la psicología del desarro-llo, la etología, la psicología evolucionista, etc., para advertir que preten-der lograr una síntesis adecuada de todo ese conjunto de disciplinas sobre el ser humano, y proponer desde ahí la imagen específica de lo humano que de tales investigaciones se desprende, casi constituye una pretensión prometeica. De ahí que lo presentado en estas páginas no puede tener más pretensiones que un acercamiento modesto a los aspectos más rele-vantes que sobre nuestra condición humana nos aportan este abanico de ciencias genéticas, biológicas y del comportamiento, para proponer, tras un diálogo crítico con ellas, la pertinencia renovada de una imagen huma-nista del ser humano y una visión antropocéntrica de nuestro mundo.

Desde que se fue abriendo paso el paradigma de la evolución a lo lar-do del siglo XIX, y Darwin planteó su teoría de la selección natural como

el motor de dicho proceso evolutivo, completado más adelante con las propuestas de la genética, iniciadas con los primeros descubrimientos de sus leyes básicas por G. Mendel y continuadas con su redescubrimiento en 1900 por tres científicos a la vez (caso extraordinario, aunque no úni-co, en la historia de la ciencia), los desarrollos posteriores de la propia genética, la biología molecular, la paleoantropología, la embriología, la etología y demás ciencias del comportamiento, han ido transformando de forma fundamental la imagen que tenemos de nosotros mismos, haciéndo-nos ver la radical familiaridad que la especie humana posee con el resto de las especies vivas, con las consiguientes consecuencias que esto ha su-puesto para nuestra relación con el entorno de la biosfera y del universo, y para ir transformando el ámbito de la ética, de las relaciones sociales y políticas, así como nuestras concepciones religiosas. Podríamos decir que nada de nuestra concepción anterior del hombre y de la realidad ha queda-do indiferente y sin transformar.

Si el ser humano antes de las teorías evolucionistas se comprendía como un ser singular y al margen del conjunto de los demás seres vivos, interpretándose desde el horizonte de una cosmovisión religiosa (habla-mos sobre todo del ámbito occidental cristiano) como creado directamen-te por Dios del barro de la tierra, y a su imagen y semejanza, apoyando dicha teorización antropológica en una interpretación casi literal y poco crítica de la Biblia judeocristiana, las aportaciones de la biología evolu-cionista y demás ciencias afines parecen haber hecho tambalearse todas

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estas creencias y convicciones. De tal modo que, a partir de las aportacio-nes de Darwin, el ser humano se descubre anclado y situado como una es-pecie más dentro de la biosfera, de la que ha surgido, a través del común proceso evolutivo, a partir de las especies que nos preceden (los

australo-pithecos). La tarea que tiene por delante, ante este panorama, un estudio

de Antropología filosófica (en la línea que le corresponde a una reflexión radical sobre lo específico de lo humano) no puede ser otra que acoger y examinar las diversas aportaciones que las múltiples ciencias (naturales y humanas) nos van ofreciendo sobre la condición humana, para después reflexionar sobre ellas desde un enfoque filosófico crítico.

Las dos cuestiones o tareas más acuciantes que este cambio de pers-pectiva antropológica nos dejan pendientes, desde nuestro punto de vista, son, en primer lugar, analizar y separar del conjunto de aportaciones cien-tíficas sobre lo humano lo correspondiente al ámbito de la ciencia y lo si-tuado en el terreno de las interpretaciones filosóficas e ideológicas. Y, en segundo lugar, plantearnos la cuestión de si tras la teoría de la selección natural no tenemos más remedio que abandonar las pretensiones humanis-tas de seguir defendiendo una diferencia cualitativa entre el ser humano y el resto de las especies animales. Ambas cuestiones están íntimamente re-lacionadas, puesto que si distinguimos y diferenciamos adecuadamente el nivel científico y el filosófico, tendremos que reconocer que las aportacio-nes científicas no pueden llegar más que a constatar datos y hechos sobre la dimensión fáctica de lo humano, sin corresponderle realizar afirmacio-nes de valor y de sentido sobre el ser humano. Por tanto, la cuestión de si es pertinente o no seguir defendiendo las tesis humanistas, no es tarea de la ciencia sino de las interpretaciones filosóficas. Y dentro del nivel filo-sófico nos encontraremos siempre con una gran variedad y amplitud de propuestas e imágenes sobre lo humano, ninguna de las cuales podrá arro-garse la capacidad de considerarse la única verdadera, sea que invoque para ello la autoridad de la ciencia o la inspiración divina. Un modelo an-tropológico, para pretender ser tomado en serio, no podrá oponerse a los datos probados de las ciencias, y tener una coherencia interna, pero no po-drá arrogarse la pretensión dogmática de ser el único verdadero, ni aducir, como hemos señalado, datos científicos para demostrar su certeza.

Uno de los errores más extendidos en muchas publicaciones sobre es-tos temas consiste precisamente en no hacer una buena distinción entre el nivel científico y el filosófico, e intentar sacar conclusiones incorrectas y radicales tanto de la teoría de la selección natural en su conjunto, como de determinadas aportaciones parciales de una ciencia determinada. Pero tan ilegítimo es, como tendremos ocasión de ver, el cientifismo naturalista, que niega la pertinencia de la filosofía en beneficio exclusivo de la cien-cia, sin advertir que esas mismas afirmaciones son filosóficas y no

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cientí-ficas, como el fundamentalismo religioso, incapaz también de distinguir entre ciencia y filosofía/teología, descartando dogmáticamente cualquier afirmación de la ciencia cuando no concuerdan con una verdad religiosa deducida de una lectura acrítica de su libro sagrado.

El título del libro por el que al final nos hemos decantado, tras no po-cas vacilaciones, La singularidad de la especie humana. De la

hominiza-ción a la humanizahominiza-ción, hace referencia a la radical condihominiza-ción bio-cultural

de nuestra especie. Lo que nos ha hecho humanos es tanto un proceso de evolución que nos entronca con el resto de las especies vivas (hominiza-ción), como también el salto al mundo de la cultura, como consecuencia de la emergencia de un sistema cualitativamente nuevo de vivir, el espe-cífico de la especie humana, que nos ha permitido desprendernos de los automatismos biológicos para poder hacernos cargo de nuestra vida e ir conformándola a través de nuestras decisiones libres (humanización). Por eso, la tesis humanista que queremos defender se encamina a entender al ser humano en radical continuidad con el mundo de la biosfera, al mismo tiempo que situado en un nivel singular que lo distingue cualitativamente del resto. La especie humana ha ido configurando el continente de la cul-tura, atisbado y anticipado de alguna manera por diversas especies ani-males anteriores, para irla ensanchando, colonizando y completando, y en la medida en que la humanización no ha terminado, la antropogénesis se halla a mitad de camino, hallándose el ser humano en permanente proceso de realización.

En el primer capítulo presentamos el profundo cambio que se produce en la imagen de los humanos como consecuencia de la teoría de la selec-ción natural de Darwin, siguiendo al naturalista inglés en la evoluselec-ción de su pensamiento, su relación con R. Wallace y el conjunto de reacciones que se fueron produciendo ante sus propuestas. Igualmente hacemos re-ferencia breve y suficiente a las investigaciones punteras de Mendel en el mundo de la genética y el redescubrimiento de sus teorías años después, para más adelante confluir con la teoría de la selección natural en la de-nominada teoría sintética de la evolución. Con motivo del doscientos ani-versario del nacimiento de Darwin y de los ciento cincuenta años de la publicación de El origen de las especies, ha visto la luz una cantidad de bibliografía que resulta imposible controlar. La pretensión de mi breve síntesis sobre estos temas se reduce a encuadrar la problemática de la teo-ría de la evolución, de su síntesis posterior con los avances de la genética, y servir de acercamiento básico a la reflexión sobre estos puntos.

Este primer capítulo se completa con un segundo en el que recojo y completo algunas de las críticas que sobre la teoría de la selección natural se han ido vertiendo, desde su condición de teoría científica, las polémicas sobre el ritmo de la evolución, y las críticas a la teoría evolucionista desde

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los creacionismos fundamentalistas y la más moderna teoría del Diseño In-teligente. Como toda gran teoría científica, la teoría de la selección natural de Darwin ha tenido sus defensores y detractores, convirtiéndose en mu-chos momentos las discusiones a favor y en contra en una defensa a ultran-za o en un ataque descalificador, sin medias tintas. No cabe duda de que estas discusiones de todo o nada dificultan el avance de la ciencia, que se ha ido conformando por sucesivos avances y retrocesos, y sucesivas mejo-ras. La teoría de la selección natural se halla en la actualidad aceptada por la inmensa mayoría del mundo científico, pero eso no quita que muchos de sus aspectos secundarios y periféricos tengan que ser contrastados y veri-ficados, pudiendo resultar algunos de ellos fallidos o incompletos, sin que eso suponga poner en cuestión la centralidad de la teoría.

Tras presentar en sus líneas generales la teoría evolucionista, nos de-tenemos en el capítulo tercero en exponer el proceso de conformación de la especie humana desde el punto de vista filogenético, echando mano de las aportaciones de la paleoantropología y de la biología molecular. Como se puede imaginar, al igual que en relación con las investigaciones sobre Darwin y las teorías rivales, los avances y publicaciones sobre los oríge-nes de la especie humana se producen con tal rapidez y aportan tal canti-dad de publicaciones al respecto, que resulta imposible estar a la última. Además, no puede ser esa nuestra pretensión, en la medida en que nos interesa resaltar los resultados más importantes y básicos de este cam-po para cam-poder defender una interpretación de lo humano que se acam-poye y respete las investigaciones que las ciencias correspondientes nos están aportando. Completamos el capítulo acercándonos a lo que los saberes científicos nos dicen en la actualidad sobre la ya antigua disputa entre el poligenismo y el monogenismo, con las consecuencias que estas eviden-cias suponen para el ámbito filosófico y teológico.

El capítulo cuarto complementa el punto de vista filogenético sobre el origen del ser humano, describiendo las progresivas y profundas transfor-maciones genéticas y morfológicas que se producen en el género humano desde que se atraviesan las denominadas dos fronteras de la hominización, la cromosómica y la cerebral hasta la aparición del género humano. Tras si-tuar a la especie humana en el proceso diacrónico de la evolución, se hace necesario completar el proceso presentando el conjunto de cambios que nos han llevado a ser como somos. La frontera clave es la genética, esto es, el salto mutacional de veinticuatro pares de cromosomas que caracte-riza a los póngidos, a veintitrés pares que constituye la dotación cromosó-mica humana. Y la consecuencia de ello es el desarrollo espectacular del cerebro, la postura erguida, la mano prensil y las trasformaciones faciales. Todas estas metamorfosis forman un proceso coevolutivo, que comienza con el bipedismo y sigue con el resto de los demás cambios, y en el que un

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pequeño avance en una de ellas produce otros posteriores en el resto, ge-nerando así un dinamismo de interacción que parece no se detiene. Hemos introducido como complemento de este capítulo, y desde la perspectiva del conjunto del proceso filogenético humano, la cuestión tan importante de si se puede concluir del proceso evolutivo una visión teleológica o azaro-sa dentro del mismo, de igual modo que en el conjunto de la historia del universo, haciendo referencia al denominado principio antrópico, en sus diferentes versiones (débil y fuerte) e interpretaciones. Como en otras dis-cusiones similares, advertimos también aquí la importancia decisiva de distinguir entre el punto de vista científico y el filosófico y teológico.

El proceso de hominización se completa y se enriquece en el ser hu-mano con el proceso de humanización, sobre el que nos detenemos en el capítulo quinto. El momento en el que el género humano se desgaja de los australopitecos está definido por la emergencia de una serie de cua-lidades mentales, como la autoconciencia, la capacidad simbólica e ima-ginativa, al mismo tiempo que un aumento considerable de la capacidad de construir y manejar herramientas, con lo que emerge de ese modo el mundo de la cultura. A partir de ese momento, el ser humano empie-za de forma progresiva a tomar las riendas de su propia humaniempie-zación, quedando en cierta medida la evolución en manos del ser humano. Cada uno de los rasgos que componen la dimensión humanizadora del género humano se hallan ya apuntados en las especies animales cercanas, pu-diéndose poner en duda la diferencia cualitativa entre hombres y anima-les, pero si la comparación se realiza desde una visión conjunta, enten-demos que no queda ninguna duda de que con el género humano se ha producido la emergencia de una forma de vida cualitativamente distinta a las anteriores, conformada por una síntesis de biología y cultura que no se daba hasta entonces.

El capítulo sexto completa la visión de la antropogénesis con la di-mensión ontogenética y el punto de vista de la embriología. La mirada a la ontogénesis resulta cada vez más necesaria y significativa por el hecho de que la filogénesis, que durante mucho tiempo se ha desarrollado de es-paldas y al margen de la faceta ontogenética, está corrigiendo actualmente su autosuficiencia y sus carencias, contribuyendo a descubrir la necesidad de que vayan de la mano ambos enfoques. Pero también es fundamental el enfoque ontogenético por las decisivas cuestiones morales, legales y reli-giosas que en su ámbito se hallan planteadas. En la actualidad, todos sabe-mos la centralidad de las discusiones sobre el estatuto ontológico y ético del embrión humano, cuestión no sólo relevante en el entorno académico, sino también en el entorno legal y social. Un enfoque adecuado de estos temas representa una ayuda fundamental para abordar de forma adecuada los problemas éticos, con el apoyo de la antropología.

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Ya hemos indicado que el enfoque fundamental de todo el libro está encaminado a mostrar las características genéticas, morfológicas y cul-turales de la especie humana con el objetivo de mostrar su especificidad frente al conjunto de las demás especies vivas que conforman el conjunto de la biosfera. En el capítulo séptimo nos detenemos directamente a dilu-cidar esta cuestión, realizando un ejercicio comparativo entre el ser huma-no y el resto de las especies animales, en cuatro momentos centrales: ge-nética, morfología, embriología y estructura comportamental, para llegar a la conclusión que estamos defendiendo en el conjunto del libro: el géne-ro humano se halla en continuidad evolutiva con el resto de las especies, al mismo tiempo que se sitúa en un nivel nuevo, emergido en el mismo proceso evolutivo, que le dota de una diferencia cualitativa respecto a sus predecesores animales, diferencia que se apoya en último término en la capacidad de autoconciencia y de libertad.

En el capítulo octavo acometemos el estudio de la conjunción en el ser humano de sus dos dimensiones esenciales, la biológica y la cultural, presentando las cuatro posturas básicas que sobre esta temática se dan en la actualidad. La postura que consideramos más consistente es la que en-tiende que biología y cultura no son dos aspectos extrínsecos, sino que se hallan conformando en el ser humano una estructura única, en la que la cultura se une con la biología, pero reordenándola y absorbiéndola desde el nivel de lo psíquico. Por tanto, ni la cultura está subordinada a la biología, ni constituye una dimensión tan independiente y autónoma de ella como defiende un cierto tipo de culturalismo dualista. La especie humana consti-tuye una estructura bio-cultural, que se manifiesta en su ser y en su actuar, siendo nuestra sensibilidad inteligente y nuestra intelección sentiente.

El capítulo noveno y último viene a ser como un resumen conclusivo, donde exponemos las conclusiones que pretendíamos extraer del conjun-to de nuestras reflexiones, enunciadas ya en cierconjun-to modo en esta introduc-ción. Los rasgos biológicos y comportamentales que las ciencias nos apor-tan sobre la especie humana, nos dan suficiente apoyo argumental como para defender la singularidad del ser humano dentro del proceso evoluti-vo. Frente a quienes concluyen que las tesis darvinianas habrían demos-trado que las tesis humanistas y antropocéntricas han quedado obsoletas, entendemos que los datos científicos, si se interpretan adecuadamente, constituyen un apoyo necesario y suficiente para seguir manteniendo la diferencia cualitativa del ser humano frente al resto de las especies vivas. Diferencia que, como hemos repetido continuamente, no implica separa-ción. La diferencia ha de conjugarse con la continuidad, puesto que nues-tra singularidad no consiste en no ser ya animales, sino en serlo de onues-tra manera, al estar dotados con una específica estructura bio-cultural en la que ambos elementos se necesitan y se potencian.

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Como hemos indicado al comienzo, un estudio tan amplio como el presente no puede aspirar a ser ni original, ni contener hasta el último dato de cada una de las disciplinas antropológicas sobre las que reflexionamos. Hemos tratado únicamente de aportar los elementos fundamentales para realizar una síntesis suficiente sustentadora de la tesis filosófica que es-tamos defendiendo sobre la específica y singular constitución esencial de la especie humana. Entendemos que puede ser una aportación valiosa al servicio de quienes, sin ser especialistas en estos campos, y posean un interés por estar al tanto de las aportaciones más recientes de las ciencias antropológicas, desean adquirir una visión realista y crítica sobre lo espe-cífico de la realidad humana. Pensamos que la aportación más provechosa de este libro está, más que en exponer novedades punteras en el terreno de las ciencias antropológicas, en acercarse de forma crítica a los datos que ellas nos presentan, de tal manera que se consiga analizar y superar las afirmaciones tendenciosas tanto de los cientifismos reduccionistas como de los creacionismos fundamentalistas. Porque si algo puede aportar una reflexión filosófica crítica sobre el ser humano (es la meta perseguida desde siempre por la Antropología filosófica, con mejor o peor acierto) es precisamente hacernos conscientes de la insuficiencia de las aportacio-nes científicas para dar cuenta de la realidad humana, y de la necesidad de conjugar las evidencias empíricas con las interpretaciones críticas de la filosofía, siempre plurales y necesitadas de contrastación. En esa contras-tación y discusión crítica entre las diferentes propuestas antropológicas es donde situamos nuestra propuesta de seguir defendiendo una visión huma-nista y antropocéntrica de la condición humana, sin necesidad de diluirla en la biología ni elevarla a una condición angélica insostenible.

En la medida en que, como hemos dicho, las aportaciones científicas sobre los diferentes aspectos de las realidad humana y animal resultan im-posibles de dominar y abarcar en su totalidad, aportamos al final del libro una amplia bibliografía para quien quiera completar aspectos que no se han tocado aquí con la suficiente amplitud, bibliografía que como es lógi-co no pretende ser exhaustiva, entre otras lógi-cosas porque, además de ser un imposible lograrlo dada la amplitud de publicaciones existentes sobre to-dos estos temas, ocuparía un espacio demasiado amplio para poder abar-carlo. Por ello, me he limitado casi en exclusiva a presentar simplemente la bibliografía que he utilizado en los diferentes capítulos del libro.

Los diversos materiales que constituyen estos nueve capítulos han sido utilizados en gran medida en varios de los cursos de filosofía impartidos tanto en la Universidad de Deusto como en la Universidad Centroameri-cana (UCA) José Simeón Cañas de San Salvador (El Salvador) a lo largo de estos últimos años, siendo corregidos y mejorados como consecuencia del diálogo con los alumnos de los diferentes cursos, a quienes expreso mi

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agradecimiento. Entre las personas a quienes quiero agradecer sus comen-tarios y aportaciones se encuentran Leandro Sequeiros, Roberto Aretxaga, Ángel García Larraz y Lorena Zuchel. Todos ellos han contribuido a me-jorar con sus críticas y aportaciones el texto inicial, muy distinto del que aparece publicado. Junto a ellos, han contribuido de forma muy especial a esta mejora, y les expreso mis agradecimientos más sinceros, Manuel Ca-bada y Sixto J. Castro, quienes desde su función de lectores críticos pro-puestos por la Universidad de Deusto, leyeron con detenimiento y empa-tía el borrador inicial y presentaron con sinceridad y acierto los cambios y las mejoras que resultaba necesario acometer. Junto a ellos, y de una forma especial, Manuel J. Heredia Noriega ha contribuido con su lectura meticulosa a superar en el texto defectos de estilo, repeticiones y errores tipográficos. Es de justicia agradecerle el tiempo dedicado a esta enojosa y necesaria tarea. Los errores e insuficiencias que el texto sigue teniendo, son únicamente responsabilidad mía.

Escribir un libro tan complejo como éste representa un esfuerzo impor-tante, realizado a lo largo de varios años de reflexión continuada. Por eso, aun conscientes de las limitaciones que contiene, nos daríamos por satisfe-chos si sirviera para un mejor conocimiento de la especie humana como realidad singular, y para una defensa inteligente de la misma frente a quienes pretenden diluirla como una cosa más entre el resto de las realida-des de nuestro mundo. Y esta pretensión es importante no sólo realida-desde el punto de vista meramente teórico y académico, sino también por las con-secuencias de tipo ético y social que se hallan en juego, puesto que sólo desde la defensa de la singularidad ontológica y ética de nuestra especie parece posible seguir luchando por la dignidad de todos los seres huma-nos, en especial y sobre todo por aquellos situados socialmente por debajo de las capas más influyentes de la sociedad. En muchas ocasiones corren el peligro de que sus derechos estén situados por detrás (si no olvidados) de las mascotas de quienes están sobrados de recursos económicos y cul-turales. Nuestro proceso de humanización irá acercándose a unas metas dignas del ser humano cuando vayamos conformando una sociedad en la que todos los seres humanos tengamos igualdad real de derechos, sin dis-tinción de sexos, clases sociales, culturas y religiones, conseguido todo, claro está, sin olvidarnos del respeto a las condiciones de vida de los ani-males y del cuidado y sostenimiento del entorno ecológico, que nos con-tiene y sin el que nada somos ni podríamos existir.

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Capítulo 1

El entronque de la especie humana

en la biosfera

1. LOS AVATARES DE LA AUTOCOMPRENSIÓN ANTROPOLÓGICA Los avances tan espectaculares en el ámbito de las ciencias en ge-neral, y de las ciencias humanas en particular, en los dos últimos siglos sobre todo, han producido un vuelco significativo en la autocompren-sión del ser humano. De entenderse como una especie única y salida di-rectamente de las manos de Dios, hemos pasado a reconocernos como una especie más emergida del proceso evolutivo. Podemos afirmar que desde mitad del siglo XIX, con la aparición de la teoría de la selección de

Darwin y los avances en el campo de la genética, tras G. Mendel y sus continuadores, se ha producido lo que podemos denominar un fuerte pro-ceso de biologización de la Antropología. De tal modo que en la actuali-dad se está extendiendo un modo de pensar que tiende a diluir la frontera entro lo humano y el resto de los animales. Se pretende quebrar con ello la común e inveterada tradición antropocéntrica del humanismo filosófi-co y religioso que ha dominado la totalidad de las culturas humanas. Los argumentos que se presentan no son triviales, y cobran una mayor fuer-za al calor de las exageraciones que la cosmovisión antropocéntrica ha mantenido sobre la superioridad de la especie humana y su pretendida condición de rey absoluto de la naturaleza. Pero este modo de pensar ma-terialista y reduccionista parece olvidar, o tal vez menospreciar, muchos aspectos o cualidades que conforman la especie humana, y que abogan claramente por una diferencia esencial entre ella y el resto de los seres integrantes de la biosfera.

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Por de pronto, el ser humano es el único ser vivo que se hace proble-ma de sí mismo, que ha toproble-mado conciencia de su condición existencial, y se muestra crítico consigo mismo y con el resto de lo que existe. Esta capacidad la ha ejercido, de modo más o menos explícito y consciente, desde siempre, desde que empezó a ser homo, representando esa capa-cidad inquiriente el salto de lo no-humano a lo humano y constituyendo tal cualidad una de los distintivos clave de su especie. Es el salto de la naturaleza a la cultura, del determinismo biológico a la indeterminación de lo cultural. También es importante señalar que tal cualidad comporta-mental no constituye un lujo sino una necesidad. En la medida en que la biología no nos ha dotado de estructuras comportamentales fijas e ins-tintivas, no tenemos mas remedio que pensar cómo tenemos que actuar, qué alternativas entre las que se nos presentan tenemos que elegir, y, en definitiva, qué modelo de autorrealización queremos perseguir. Así, como dice Michael Landmann, cada anthropos se convierte necesaria-mente en un anthropo-logos, en un ser consciente y rector de su propia realización1.

Pero desde esos orígenes, los seres humanos han ido afinando su pro-pio retrato, pasando de una cripto-antropología a una antropología cons-ciente y explícita2, pero también sometida a continuos cambios y

revisio-nes. Esos cambios podríamos sintetizarlos en los siguientes:

1) El paso de verse como una realidad más dentro del cosmos, a la necesidad de hacer de sí un objeto específico y autónomo de reflexión, así como de conformar una disciplina específica, la Antropología, que tenga por objeto propio y exclusivo la reali-dad humana. Durante la época griega y medieval, el ser humano constituía una parte más del conjunto de los saberes, constituyén-dose durante la Edad Media el tratado De Anima para el estudio del ser humano, junto a otros capítulos del mismo tratado dedi-cados a Dios, a los animales, y al resto de las demás creaturas naturales. De hecho, el nombre de Antropología no aparece has-ta el s. XVI (O. Casmann)3. Y no será más que a partir de I. Kant

cuando se constituye la reflexión filosófica acerca del ser huma-no en un tema sustantivo y con pretensiones de ser el centro de la filosofía. Para Kant, las tres preguntas en las que sintetiza el

sa-1 Cfr. Landmann, Michael, Antropología filosófica. Autointerpretación del hombre en

la historia y en el presente, México, UTEHA, 1961, p. 8.

2 Cfr. ibídem, pp. 10 y ss.

3 El humanista protestante O. Casmann publicó en 1596 un libro que tenía por primera

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ber filosófico, se resumen en una cuarta: ¿qué es el hombre? De ahí también que M. Foucault, cuando en su libro Las palabras y

las cosas4 analice críticamente las posibilidades epistemológicas

de una antropología filosófica desde la óptica del presente, pueda afirmar que el hombre es un invento reciente, así como decretar, desde la perspectiva de una nueva episteme estructuralista, que el

hombre ha muerto.

2) Un nuevo horizonte de reflexión sobre lo humano ha consisti-do en pasar de una concepción temática de sí a otra

problemáti-ca5. El ser humano comienza percibiéndose como un tema de

re-flexión, con muchas lagunas desconocidas, pero seguro de poseer ya las bases fundamentales de su condición y de su existencia desde las raíces esenciales de la cosmovisión en la que se susten-ta. En cambio, a medida que ha ido estudiando y comprendiendo más hondamente los diversos aspectos de su realidad, se ha ido comprendiendo más hondamente como problema. Ahora bien, la problematicidad de la condición humana, como indica M. Buber, no es sólo una cualidad de la antropología contemporánea, sino que ha sido un rasgo que ha ido emergiendo de modo intermiten-te a lo largo de la historia de la filosofía occidental6. Pero es en el

momento presente cuando más conscientemente habría asumido el ser humano su radical condición problemática, produciéndose la aparente contradicción entre el hecho de que nunca como hasta ahora el ser humano ha conocido más cosas acerca de sí mismo, al mismo tiempo de que nunca como hasta ahora se ha sentido tan problemático. Como indican tanto Heidegger como M. Scheler7, el

ser humano no sabe lo que es y sabe que no lo sabe. Hemos pasa-do, pues, de entendernos desde una esencia ontológica ya sabida y constatada, a entendernos como una realidad abierta, en continuo proceso de realización y construcción desde nuestras propias de-cisiones libres.

3) Se ha producido también el paso de un estudio del ser humano desde el enfoque de la filosofía especulativa, a otro en el que co-bra cada vez más preponderancia el enfoque científico. Es el paso

4 Madrid, Siglo XXI, 1968.

5 Cfr. García Bacca, J. D., Antropología filosófica contemporánea, Caracas, UCV,

1947, cap. 2.º; Morey, M., El hombre como argumento, Barcelona, Anthropos, 1987, p. 9; Beorlegui, C., Antropología filosófica. Nosotros: urdimbre solidaria y responsable, Bilbao, Universidad de Deusto, 2004 (2.ª ed.), pp. 45-49.

6 Cfr. Buber, M., ¿Qué es el hombre?, México, FCE, 1949.

7 Cfr. Heidegger, M., Kant y el problema de la metafísica, México, FCE, 1954; Scheler, M.,

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de lo que se ha denominado la filosofía del hombre a las antropo-logías científicas, ya en pleno siglo XIX. También es verdad que

todos los filósofos que han teorizado sobre el ser humano, han tenido en cuenta los datos y aportaciones de las ciencias de su tiempo, pero aparte de que el nivel técnico que las ciencias de esas épocas poseían era muy endeble, las aportaciones de las ciencias poseían un carácter más bien secundario y periférico. Y no podía ser de otra forma, puesto que, como vamos a ver en el apartado si-guiente, los rasgos que definían al ser humano eran de tipo espiri-tual y racional, terreno específico de la filosofía, y no tanto de tipo material y corpóreo, ámbito de las ciencias.

4) Un cuarto rasgo consiste en pasar de una concepción antropológi-ca basada en los aspectos racionales y espirituales (el ser humano es definido como animal racional, animal que tiene alma) a otra en la que se tienen más en cuenta, y en algunos casos predomina, los aspectos materiales y corpóreos. Se partía de una concepción dualista, en la que lo anímico se imponía de modo rotundo sobre lo corpóreo, que aparecía como algo a la postre complementario, y más todavía como un estorbo a controlar. No es que no se tuvie-ra en cuenta anteriormente lo corpóreo, sino que se considetuvie-raba como algo accidental y secundario. Ello suponía una concepción dualista de la condición humana, conformada por un alma y su cuerpo como dos sustancias diferentes y autónomas, aunque no todos los modelos antropológicos de esas épocas defendieran pos-turas dualistas. En el entorno de la cultura homérica, así como en la literatura bíblica de los semitas, el ser humano era concebido desde una radical unidad que se desplegaba en una pluralidad de perspectivas, que no suponían aceptar el dualismo ontológico8. De

igual manera, el hilemorfismo de Aristóteles y de Santo Tomás entendía la realidad humana como compuesta por dos principios ontológicos inseparables, frente al dualismo de sustancias defen-dido por Platón y posteriormente por Descartes y sus seguidores. Para el filósofo francés, lo que define la esencia de lo humano es el alma en cuanto conciencia, definida como «una sustancia cuya única esencia y naturaleza toda es pensar», y «no necesita, para ser, de lugar alguno, ni depende de cosa alguna material; de suer-te que essuer-te yo, es decir, el alma por la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo y hasta más fácil de conocer que éste, y, aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de ser

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to es»9. Pero lo que constituye un giro esencial en la concepción

actual del ser humano es la superación de la visión dualista acer-ca del mismo y la correspondiente acentuación de la importancia del cuerpo en la definición de lo humano. Con toda tranquilidad podemos decir ahora que el hombre es su cuerpo, aunque tal afir-mación se entienda de muy diferente manera desde un monismo fisicalista que desde una postura funcionalista, o desde el emer-gentismo. No es momento de detenernos en presentar las diver-sas teorías actuales sobre el clásico problema de las relaciones alma-cuerpo, o mente-cuerpo10, pero sí es importante señalar que

las posturas más aceptadas en la actualidad desechan una idea de alma separada del cuerpo para aceptar (excepto los monismos re-duccionistas) una idea de mente o psique como estructura o modo específico de estar sistematizado el cerebro o el cuerpo humano. Este conjunto de virajes o de giros profundos en la concepción del ser humano, especialmente el último descrito, se va produciendo como consecuencia del espectacular avance que experimentan las ciencias na-turales desde el Renacimiento, sobre todo la fisiología, la zoología, la medicina, la morfología comparada y el resto de las ciencias dedicadas al estudio de los rasgos físicos y de los comportamientos de los animales. Todos estos avances van mostrando la similitud física del cuerpo humano con el resto de las especies animales, y desembocando en la evidencia de la común naturaleza de las diferentes especies vivas, sin que pueda esca-par a esta común esencia biológica la especie humana. Todo iba apuntan-do hacia una concepción evolutiva de la biosfera, e incluso del conjun-to de la realidad cósmica, en la que conjun-todo conforma un conjunconjun-to unitario tanto en su composición material última como en su concatenación his-tórica. En la unificación de este modo de ver las cosas, y sobre todo en el cambio tan drástico que supuso para la concepción del ser humano, la teoría de la selección natural de Ch. Darwin ocupa un lugar preferencial y definitivo.

9 Descartes, R., De método, A. T., VI, 558 (tr. cast., Discurso del método, Madrid,

Es-pasa-Calpe, 1937/1970 (12.ª ed.), p. 50; cfr. Meditaciones IX, 63 (tr. cast.: Meditaciones

metafísicas, Madrid, Espasa-Calpe, 1937/1970, 12.ª ed.).

10 Cfr. Gardner, H., La nueva ciencia de la mente (Paidós, Barcelona,1987; 2.ª ed.:

2000); Martínez-Freire, P. F., La nueva filosofía de la mente (Gedisa, Barcelona, 1995); Liz, M., Perspectivas actuales en filosofía de la mente (Gobierno de Canarias, Tenerife, 2001); Broncano, F. (ed.), La mente humana (Trotta, Madrid, 1995); Moya, C., Filosofía

de la mente (Universitat de València, Valencia, 2004); Martínez-Freire, P. F. (ed.), Filoso-fía actual de la mente (Contrastes, Suplemento 6, Valencia, 2001). Cfr. Churchland, P. M., Materia y conciencia. Introducción contemporánea a la filosofía de la mente, Barcelona,

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2. LA BIOLOGÍA PRE-DARWINIANA

Aunque la biología se ha hecho popular y ha incidido de forma impor-tante en el ámbito del pensamiento a raíz de los avances y propuestas de Ch. Darwin, sin embargo tampoco sus teorías hubieran sido posibles sin las aportaciones anteriores11. Ya los presocráticos y los más importantes

filósofos griegos, como Aristóteles, dedicaron su atención al estudio de los animales, pero desde una óptica estática. Aun así, sus trabajos fueron sentando las bases de las futuras clasificaciones de los seres vivos. Duran-te la Edad Media, se sigue con la misma concepción fixista de las especies vivas, interpretando la biosfera desde la óptica de la Biblia, entendida de modo literal.

Con el Renacimiento se da comienzo a las ciencias empíricas, produ-ciéndose grandes avances en el campo de la anatomía de la mano de Ve-salio. Desde la óptica religiosa predominante en la Europa cristiana, se consideraba al cuerpo humano como algo único, como parte de una per-sona humana, prohibiéndose cualquier tipo de investigación sobre el mis-mo. Pero poco a poco se fueron superando estas barreras, avanzando los estudios comparativos sobre las formas y estructuras corpóreas entre los diversos animales y el ser humano. Estos estudios van a despertar la idea de la variación de estas formas anatómicas en el tiempo, quedando en en-tredicho la noción fixista de especie. A esto se añadieron los importantes descubrimientos geográficos realizados en esa época, que traerían al mis-mo tiempo noticias de nuevas especies de plantas y de animales, así comis-mo el descubrimiento de los primeros fósiles. Las cuestiones que se plantea-ban los estudiosos se originaplantea-ban del hecho de por qué estas desconocidas especies vivas se daban sólo en esos lugares y no en otros.

A partir del s. XVII es cuando propiamente se comienza la historia de la

biología en sentido estricto y empírico, de la mano de figuras como el ita-liano Francesco Redi, que realiza la primera demostración de la no existen-cia de la generación espontánea (aunque la demostración definitiva la rea-lizará más adelante L. Pasteur), y el holandés Antony Van Leeuwenhoek, quien provisto de una rudimentaria tecnología microscópica descubrirá los glóbulos de la sangre, los infusorios y las bacterias. Ambos científicos plantearán la cuestión central sobre la relación entre la materia y la vida,

11 Cfr. Rostand, J., Introducción a la historia de la biología, Barcelona, Planeta, 1985;

Radl, E. M., Historia de las teorías biológicas, Madrid, Alianza, 2 vols., 1988; Grasa Her-nández, R., El evolucionismo: de Darwin a la sociobiología, Madrid, Cincel, 1986; Ba-rahona, A./Ayala, Fr. J., El siglo de los genes. Patrones de explicación en genética, Madrid, Alianza, 2009; Buskes, Chris, La herencia de Darwin. La evolución en nuestra visión del

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produciéndose dos tipos de respuestas muy diferentes: la de los

epigenéti-cos o transformistas y la de los preformacionistas o fijistas.

a) La postura fijista es la que predominará hasta el siglo XIX,

defen-diendo la invariabilidad de las especies, de tal modo que, siguien-do la mentalidad bíblica, cada especie viva habría sisiguien-do creada di-rectamente por Dios.

b) Los transformistas defendían, en cambio, que unas especies prove-nían de otras, negando la total independencia de unas especies res-pecto a las demás.

A pesar de sus contrapuestos planteamientos, ambas posturas reali-zaron aportaciones importantes a la historia de la biología, porque ambas tenían parte de verdad. Así, Linneo era creacionista y fijista, pero no le impidió realizar sus excelentes clasificaciones taxonómicas sin las que el transformacionismo no habría progresado. Y Buffon, defensor de la pos-tura transformacionista, aplica sus planteamientos sólo a las especies infe-riores, no a las supeinfe-riores, ya que el transformismo era considerado como una degradación de las especies, no como progreso12.

Pero ya a partir del siglo XVIII se va generalizando la idea de progreso,

como consecuencia del influjo del tiempo y de la historia en el ámbito del ser humano y de la realidad, aunque la sensibilidad por lo histórico como elemento constitutivo de la realidad no se impondrá hasta el siglo XIX. Por

otro lado, el estudio de los diversos fósiles encontrados va produciendo en los científicos el convencimiento de la ampliación de la edad de la tierra, contraviniendo las deducciones bíblicas. Buffon llega a proponer la cifra de 70.000 años para la historia de la tierra, organizados esos años en siete etapas, hasta llegar a la aparición del hombre.

El primer científico que se puede considerar ya evolucionista fue J. Bta. Lamarck13. Es el primero que propone un sistema evolucionista

más o menos coherente y completo, en obras como Historia de los

anima-les sin vértebras (1815-1822), amplia obra de siete volúmenes precedidos

por una introducción, y Filosofía zoológica (1809), donde desarrolla la primera teoría positiva de la evolución de los seres vivos14. Lamarck

par-tía de dos convicciones de partida. La primera consispar-tía en defender que los seres vivos se hallan distribuidos en una escala que va de los más sim-ples a los más complejos. Y la segunda idea consideraba que esta escala

12 Sobre Linneo y Buffon, cfr. Schwoerbel, W., Evolución, Barcelona, Salvat, 1986,

pp. 56-60; Radl, E. M., o.c., vol. 2.º, pp. 1-6.

13 Cfr. Rostand, J., o.c., 79 y ss.; Grasa Hernández, R., o.c., 34 y ss.; Schwoerbel, W.,

o.c., 60 y ss.; Radl, E. M., o.c., pp. 7 y ss.

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no era completamente regular sino imperfecta. Y este conjunto de cam-bios que conforman esa escala de especies vivas, era consecuencia y fruto de la evolución.

Lamarck consideraba que la evolución era consecuencia de varios factores, el primero de los cuales era la tendencia de lo viviente a com-plejificarse, debido a una fuerza interna que tiende de forma constante a complicar la organización. Junto a esta fuerza complejificadora, actúa una segunda, que empuja a los seres vivos a la adaptación a su entorno, a las circunstancias. Para Lamarck, el medio actúa sobre los organismos creando necesidades, y los organismos se modifican para adaptarse al medio. De ahí que la vida no sea perfecta, sino que depende de la fuerza adaptadora a las circunstancias del medio. Por eso que J. Ruffié ha

de-nominado a su planteamiento necesidad sin azar15. El tercer elemento

de su teoría, por el que Lamarck es un referente en las teorías evolucio-nistas, es la transmisión a los descendientes de los caracteres adquiridos. De todos modos, esta idea no es original de Lamarck sino al parecer un tópico de la época, y tampoco la defendió con demasiada radicalidad. Sabemos, además, que el propio Darwin la defendió sin problemas en algunos momentos de su vida. El cuarto factor de la teoría lamarckiana es la generación espontánea, entendiendo que las especies se van rege-nerando permanentemente, renovándose continuamente los organismos más pequeños.

Lamarck también se ocupó de situar a los seres humanos en el proce-so evolutivo, no vacilando en colocarlos en parentesco con los animales. Para Lamarck, el hombre desciende de los animales en el ámbito de lo corpóreo, pero también defiende que el origen de la especie humana tiene que haberse producido por un sistema original y diferente al del resto de las especies animales.

A pesar de su importancia en la historia de la biología, sus ideas no tu-vieron demasiada acogida, por una cierta ingenuidad a la hora de explicar sus teorías, no probando nada de lo que defendía de forma seria, además de seguir todavía defendiendo teorías como la del flogisto. De ahí que en sus polémicas con el fijista Cuvier16, de más seriedad científica y de mayor

prestigio, saliera siempre derrotado. Por otro lado, es posible que el mo-mento en el que Lamarck exponía sus ideas fuera todavía pronto para que la sociedad aceptase las ideas evolucionistas. De todos modos, la historia posterior no ha olvidado sus aportaciones y considera a Lamarck como un antecedente necesario y fundamental de las teorías de Ch. Darwin.

15 Cfr. Ruffié, J., De la naturaleza a la cultura, Barcelona, Muchnik Editores, 1982. 16 Cfr. Schwoerbel, W., o.c., 65-68.

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d) que haya «identidad de órgano» (con identidad de Sala y Sección); e) que haya alteridad, es decir, que las sentencias aportadas sean de persona distinta a la recurrente, e) que

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