• No se han encontrado resultados

La estructura actual del empleo asalariado

El problema del desempleo tiene aquí considerable importancia y es pre- ciso tratarlo con mayor detenimiento, sobre todo su relación con las divisio- nes raciales y de género de la sociedad norteamericana que acabamos de describir. Hay ciertas tendencias que son verdaderamente preocupantes.

Los cambios históricos son muy llamativos. Mientras que la participación de los hombres blancos en la fuerza laboral descendió desde el 82% de 1940 al 76% en 1980, permaneciendo estable desde entonces (en gran parte por una caída de la participación de los blancos de edad superior a los 55 años), para los negros, el cuadro es dramáticamente diferente. En 1940, el 84% per- tenecía a la fuerza laboral asalariada. En 1980, sólo el 67% participaba en la fuerza laboral. Las cifras resultan aún más gráficas si aumentamos el marco

cronológico de referencia. En 1930, el 80% de los negros estaba empleado; en 1983, este porcentaje había caído hasta el 56%. En 1993, el porcentaje sólo ha subido al 67%54. Por supuesto, esta situación está relacionada con la trans- formación del trabajo agrícola en los Estados Unidos. El descenso resultó par- ticularmente dramático para los negros de 24 años o más jóvenes 55. Siendo ya baja hasta extremos peligrosos, la tasa de participación en la fuerza laboral de los negros menores de 20 años no consigue estabilizarse 56

Aunque todo esto ya es bastante malo, la descripción de la situación todavía no está completa. También tenemos que hablar de las meteóricas tasas de mortalidad y de las causas de fallecimiento de los hombres negros.

En 1991, la tasa de "fallecimientos esperados" de los hombres negros de 20 años era casi el doble de la de los blancos de edad similar: 1,39 por 1.000 frente al 2,74 57. Durante los años de Reagan y Bush (1980-1992), esta tasa aumentó en un 30% en el caso de los negros y descendió en un 26% en el de los blancos 58

. Y el número de muertes violentas de los jóvenes negros

también fue en aumento progresivo. Las muertes violentas o en accidente de los varones negros de edades comprendidas entre 15 y 24 años aumen- taron en un 43% durante los años ochenta 59

; la tasa de muertes violentas o

en accidente de los varones blancos de edades similares y durante el mis- mo período de tiempo descendió cerca del 25%60. Un estudio más minu- cioso revela que la frecuencia de muertes por arma de fuego de alumnos negros de instituto es casi cinco veces mayor que la de alumnos blancos de la misma edad 61

. Dadas las tasas de mortalidad generales de jóvenes en

edad escolar y el diferencial entre las tasas que corresponden a jóvenes negros y blancos, podemos también afirmar que la razón de que se gradúen en el instituto menos alumnos negros que blancos consiste en que no viven lo suficiente.

También es alarmante y revelador el aumento de las tasas de encarcela- miento de varones negros y mulatos y, sobre todo, de jóvenes de color. No cabe duda de que cualquier análisis de las tasas de encarcelamiento de los Estados Unidos tiene que tratar por separado las correspondientes a unas y otras razas y no referirlas a la población general. En 1992, los hombres y muje- res latinos y negros constituían sólo el 16% de la población de los Estados Uni- dos, mientras que los blancos eran más del 80%62. Comparemos estas cifras con las estadísticas de 1991, que muestran que el 58,8% de los internos de

cárceles locales63, el 64,7% de los de prisiones estatales64 y el 35% de los internos de prisiones federales eran personas de color 65. Aunque el porcenta- je global de jóvenes internados en instituciones públicas aumentó el 5% entre 1987 y 1989, el de jóvenes de "minorías" aumentó el 13% (14% de negros y 10% de latinos), mientras que el porcentaje de jóvenes blancos descendió en un 5% 66. A 31 de diciembre de 1991, había un total de 395.245 presos negros bajo la jurisdicción de las autoridades de prisiones estatales y federales, mien- tras que los blancos sólo eran 385.34767. La probabilidad de que los negros queden sometidos a la custodia de las autoridades de prisiones es más de cin- co veces mayor que la de los blancos, y la probabilidad de que los hombres negros sean asesinados o muertos por policías es casi ocho veces mayor que la de los blancos 68. Basándonos en estos números, parece evidente que, en los Estados Unidos, se ha decidido tratar la pobreza encarcelando o dejando que muera un elevado porcentaje de personas de color, muchos de cuyos deli- tos y necesidades están directamente relacionados con las condiciones económicas y de vivienda, así como con las pautas de segregación racial que experimentan. Esto ha tenido una dramática influencia en la estructura familiar y en las perspectivas de futuro de los jóvenes negros.

A principios de los años 80, el Center for the Study of Social Policy hizo la proyección de que, si continuaban las tendencias económicas del momento, a finales del siglo, el 70% de las familias negras tendrían a su cabeza muje- res solas. El análisis de las estadísticas de 1993 pone de manifiesto que hay fundamento para prever que, en el año 2000, la tasa será del 60%69, aunque, ya en la actualidad, casi el 70% de los niños negros nacen de mujeres solte- ras70. La mejor formulación del problema corresponde a ELLWOOD y SUMMERS, en su estudio sobre las posibilidades de empleo de los jóvenes negros: "cual- quier medida concebible muestra que la situación del mercado de trabajo para los jóvenes negros es mala y va a peor". Y continúan diciendo que: "no puede pasarse por alto la magnitud del problema: en 1980, antes de que se dejasen sentir los efectos importantes de la recesión, sólo uno de cada tres jóvenes negros que salía de la escuela encontraba trabajo" 71. Los números actuales no son mejores.

Sin embargo, una vez contratadas, la tasa de ascenso de las personas de color sigue siendo más baja. También son mucho más vulnerables a la pérdi-

da del empleo en períodos de restricción económica. La "nueva" economía de servicios, en presunta expansión, no ha modificado esta situación de forma apreciable. Las pautas de empleo asalariado muestran las situaciones habi- tuales: el mercado de trabajo secundario dominado por trabajos con salarios bajos, muchos de ellos a tiempo parcial, con pocos o ningún beneficio, poca seguridad en el trabajo y sin sindicatos 72.

Esto pone de manifiesto un aspecto importante. Las tasas de desempleo se diferencian según el tipo de trabajo asalariado. En todos los países occi- dentales, los trabajadores manuales y "no especializados" padecen un desempleo mucho mayor que los de ocupaciones profesionales y no manua- les. En este aspecto, el sexo y la raza desempeñan un papel muy importan- te, así como la división internacional del trabajo y lo que suele denominarse "fuga de capitales", cuando las empresas trasladan sus fábricas de uno a otro país, en busca de mano de obra más barata y sin afiliación a sindicatos en el Tercer Mundo. Cualquier análisis de los efectos del NAFTA y del GATT* pone de manifiesto que estos "acuerdos" sólo han acelerado este abandono de los trabajadores de los Estados Unidos, en beneficio de naciones en las que es más fácil explotar a sus trabajadores 73. El trabajo asalariado de las mujeres

también se concentra en el mercado de trabajo secundario, de modo similar al de las minorías. En 1993, las mujeres constituían el 61,7% de los trabaja- dores de las industrias de servicios 74, cuyo salario medio es, con frecuencia,

el más bajo de toda la industria de los Estados Unidos y cuyos beneficios, en el mejor de los casos, son mínimos 75. De hecho, en la mayoría de las naciones industrializadas, la tasa de desempleo de los hombres es menor que en las mujeres y, a menudo, de forma espectacular 76. Y estas diferencias quizá estén minimizadas porque "el efecto del trabajador desanimado" influye más en las mujeres, sobre todo en tiempos de declive económico 77.

Hay que señalar un último y cada vez más significativo elemento de esta situación, sobre todo si tenemos en cuenta su importancia con respecto a la cuestión del abandono de los estudios. Desde 1973, viene aumentando una característica concreta del desempleo. Se trata del efecto desproporcionado del desempleo sobre los potenciales trabajadores jóvenes. En los Estados Uni- dos, la tasa de desempleo juvenil (entre 16 y 19 años) en 1993 era del 19,0%, mientras que la tasa correspondiente a todos los trabajadores era del 6,8% 78

.

Como señalamos antes en este capítulo, las tasas de desempleo juvenil en los Estados Unidos estaban entre dos y seis veces por encima de la tasa global de desempleo, dependiendo de la raza de los sujetos. Por supuesto, podríamos mirar la llamativa tasa global de desempleo del 24,3% de quienes abandonan los estudios en los Estados Unidos y decir que ese porcentaje avala el argu- mento de que nuestros jóvenes sólo pueden evitar un futuro económico de- primente si permanecen en la escuela. Pero, en realidad, ese número es infe- rior al 26,8% de desempleados negros de edades comprendidas entre los 16 y los 24 años que han terminado el bachillerato 79. Esto plantea un importante

problema, tanto ideológico como económico, porque a una proporción impor- tante de la nueva generación de jóvenes se le está ofreciendo un futuro sin perspectivas a largo plazo de poder ganarse la vida con independencia de las reducidas ayudas de la asistencia social. "De esa experiencia, es difícil que sur- jan la diligencia, la disciplina ni el consumo de masas" 80. En las crisis económi-

cas precedentes, no se ha contemplado esta concentración del desempleo en los jóvenes, pero ahora parece haberse convertido en norma de nuestro siste- ma económico más que en señal de la existencia de una crisis mayor y más fundamental. Y sin embargo, en la medida en que la elevada tasa de desem- pleo juvenil se ha convertido en un lugar común estructural, las valoraciones populares de las raíces de todos nuestros males económicos sitúan rápida- mente la causa en los chicos o en las escuelas. Las consecuencias sociales de esta normalización nos acompañarán, sin duda, durante muchos años 81

.

Por tanto, es evidente que la carga del desempleo se reparte de forma desigual entre los distintos grupos de edad, raza y sexo. Los más afectados son las personas de color, las mujeres y los jóvenes 82. Estos grupos predo-

78 U.S. Bureau of the Census: Statistical Abstract of the United States: 1994, pág. 416.

79 Ibid., pág. 173.

80 GREEN y SUTCLIFFE: The Profit System, págs. 321-322.

81 Paul WILLIS hace la provocativa afirmación de que una de las principales consecuencias

de la elevadas tasas de desempleo juvenil corresponde al ámbito ideológico. Dado que muchos hombres y mujeres jóvenes carecen de cheques de pago, aunque siguen "colgados" en los almacenes y centros comerciales, sólo consumen productos con los ojos. Esto puede subvertir las bases del salario capitalista, desde el punto de vista de los trabajadores jóvenes. Puede quedar afectada la conexión entre el consumo y el trabajo remunerado. El efecto sobre las rela- ciones patriarcales en los hogares de la clase trabajadora también puede ser inmenso. Véase: Paul WILLIS (s/f): "Youth Unemployment: Thinking the Unthinkable", trabajo inédito, Wolver- hampton Polytechnic: Wolverhampton (Inglaterra).

82 Rebecca M. BLANK y Alan S. BLINDER: "Macroeconomics, Income Distribution, and

minan en las posiciones peor pagadas y menos autónomas de la economía, sobre todo las de la industria de servicios83. En 1989, las mujeres represen-

taban el 80% de todos los puestos de apoyo administrativo, pero sólo el 9% de los trabajadores de producción, manipulación y reparaciones de precisión. Las mujeres ocupaban el 68% de los puestos de ventas al por menor y de servicios personales, pero sólo el 40% de los puestos ejecutivos, directivos y administrativos 84. Y en 1990, la probabilidad de que las mujeres, las perso- nas de color y los jóvenes tuvieran "ingresos anuales bajos" (6,10 dólares por hora o menos) era doble que la de los hombres blancos85. Esta forma evi- dente de crear divisiones en el empleo y en el desempleo —y de contribuir a la generación y exacerbación de tensiones sociales— de nuestra economía debería hacernos reflexionar.

A pesar de todo, estas estadísticas sobre el desempleo son engañosas. La tasa de desempleo medida no da fe de la gravedad del problema. No refle- ja las alteraciones de la duración de la situación de desempleo. Así, algunas encuestas realizadas en naciones capitalistas occidentales han puesto de manifiesto que la duración media de la situación de desempleo aumentó desde las 7 semanas en 1970 a más de 45 semanas en 1984. Y entre 1980 y 1993, el porcentaje de trabajadores de los Estados Unidos que experimenta períodos de desempleo superiores a los 6 meses casi se ha duplicado, mien- tras que la permanencia global en situación de paro de todas las personas desempleadas se incrementó más del 50%, de una media de 11,9 a las 18,1 semanas 86. Y esta media era casi un 10% más elevada en el caso de los negros que en el de los blancos 87. Por tanto, lo más frecuente es que estas

estadísticas sobre el desempleo se refieran a personas que siguen desem- pleadas y "sólo aluden al período actual de desempleo"88.

Tan significativo como lo anterior es que las medidas usuales del desem- pleo no registran a quienes han dado en llamarse desempleados ocultos, las personas que se han deprimido tanto que han dejado de buscar trabajo, habi- da cuenta de las reiteradas experiencias negativas de encontrar sólo trabajos con dedicación parcial, temporales o con salarios bajos, o ninguno en abso- luto. No es raro descubrir que hay casi tantos individuos que se incluyen en estas categorías como en las estadísticas oficiales de desempleados 89. Si

queremos obtener un cuadro preciso de lo que está ocurriendo en realidad y se añaden esas categorías a las estadísticas, nos acercaremos, como míni- mo, al doble de las tasas oficiales.

No obstante, las cantidades mencionadas no reflejan toda la situación. Como señalamos antes, las tasas diferenciales y los tipos de empleo dispo- nibles para hombres y mujeres, y para blancos y personas de color, ponen de manifiesto que las divisiones por género y raza del trabajo estructuran las experiencias de los grupos de personas de maneras muy diferentes.

Por último, el mero hecho de tener un trabajo asalariado no nos dice qué cambios se han producido en los tipos de trabajo que efectúan las personas. Por ejemplo, trabajar como conserje, con un salario mínimo*, cuando antes se ha trabajado en una acería por 15 dólares a la hora supone un tipo de tra- bajo cualitativamente diferente. Sin embargo, la persona en cuestión está empleada. Pero los trabajos disponibles, el nivel salarial, las relaciones socia- les en el trabajo, la autonomía, el respeto, etcétera, son radicalmente diferen- tes. El descenso de la tasa oficial de desempleo puede ocultar lo que sucede en realidad de forma muy significativa.